lunes, 20 de julio de 2026

HABLEMOS DE “ABSENTISMO LABORAL” … ¡POR FIN!

 

Resulta indignante comprobar cómo, una vez más, la patronal decide de forma unilateral y con la complicidad de los medios afines (todo perfectamente orquestado) qué se debate y qué no se debate en este país. Con todo lo que queda por mejorar en la cultura empresarial de las grandes corporaciones —desde la precariedad hasta los riesgos psicosociales, pasando por la seguridad, las horas extras no pagadas o la conciliación familiar—, prefieren desviar el foco y señalar con el dedo a las personas asalariadas. Han construido un relato tramposo en el que los culpables de todos los males de la economía somos, cómo no, los trabajadores. ¡Vergonzoso!

Absentismo dicen…

Bien pues hablemos, ¡por fin!, de realidades y no de sus cortinas de humo. Los datos macroeconómicos desmontan su mentira punto por punto. Por un lado, la productividad por hora trabajada en España ha crecido casi un 18%. Por otro, la mediana y gran empresa se está embolsando beneficios absolutos de récord histórico, superando los 65.000 millones de euros anuales en los balances del Ibex 35. Ganancias milmillonarias, margen tras margen, trimestre tras trimestre.

Según los datos oficiales del Ministerio de Trabajo y Economía Social, durante el último año completo se registraron en España más de 620.000 accidentes laborales con baja y más de 540.000 sin baja. De todos ellos, 735 trabajadores perdieron la vida y más de 3.700 sufrieron accidentes graves en sus puestos de trabajo. Esto significa que, de media, dos personas mueren al día en España trabajando. ¡Dos muertes al día por ir a ganarse el pan!

La patronal habla de «absentismo» para criminalizar las bajas mientras ignora que hay más de 1.700 accidentes de trabajo diarios (que se dice pronto), muchos de ellos fruto de la sobrecarga y la falta de prevención.

¿Y cuál es la respuesta de la gran patronal ante semejante esfuerzo, rentabilidad y riesgo vital? ¿Un reparto justo de las ganancias? ¿Mejores salarios? ¿Respeto a la salud laboral? No. Su respuesta es llamarnos «vagos» e «insolidarios» y acusarnos de «absentismo» cuando nos enfermamos o cuando intentamos arañar un par de horas para cuidar a nuestras familias.

Son sencillamente insaciables. No tienen límites ni miramientos. Da igual cuánto produzcas, da igual cuánto ganen ellos: nunca es suficiente. Y por eso resulta irrisorio, cuando no insultante, escuchar a los voceros de las corporaciones llenarse la boca hablando de la «responsabilidad social empresarial» o de cómo «crean riqueza y empleo». ¡Por favor! Que no nos vendan la moto como si la creación de empleo fuera un acto de caridad o un favor a la sociedad. Si de ellos dependiera, recortarían la plantilla al mínimo imprescindible y nos exprimirían cada minuto de la jornada hasta el agotamiento (tal como han hecho siempre hasta que ha habido leyes que se lo prohibían). No contratan por filantropía; contratan porque nos necesitan para generar el valor que luego ellos se embolsan.

Calificar de «absentismo» el derecho a enfermar, a recuperarse o a conciliar la vida laboral con la personal no es solo un error conceptual; es una falta de respeto absoluta a la dignidad humana. Pretenden señalar a quien necesita una baja médica justa, a quien intenta criar a sus hijos, a quien cuida de sus mayores o de familiares con discapacidad como si fueran defraudadores. Es vil, es perverso y demuestra una insensibilidad que clama al cielo.

Lo peor de todo es que no les da vergüenza, sencillamente porque no la tienen. Han perdido cualquier atisbo de sentido ético y la más mínima decencia. En su ecuación solo entran las cuentas de resultados, los márgenes de beneficio y la exigencia implacable de apretar aún más las tuercas a quien ya está produciendo al máximo.

¿Qué hay fraude en las bajas?... La incapacidad temporal la firma un médico o una médica. Las bajas no “se cogen”. Y si hay casos de fraude pues que se investiguen y se multen, sin embargo, del fraude de los empresarios, infinitamente mayor que el que pueda haber en el colectivo de trabajadores y trabajadoras, no se habla.  Si midiéramos el impacto en una balanza económica y social, el fraude derivado de bajas indebidas representa menos del 2% del agujero económico que sufre el país, frente al 98% que genera el fraude empresarial y fiscal.

No podemos permitir que impongan su marco mental. Conciliar no es falta de compromiso; es un derecho. Ponerte enfermo no es absentismo; es una realidad biológica y social. Y rendir un 18% más no tendría que pagarse con sospechas ni criminalizaciones. Es hora de decir basta a este cinismo patronal y recordarles que una sociedad madura y justa se mide por cómo protege a sus trabajadores, no por cómo los exprime para justificar su propia avaricia.

Fdo. Diego Bueno.

martes, 14 de julio de 2026

HABLEMOS DE ¡GOLPE DE ESTADO! … ¡POR FIN!

 

A ver, me gusta huir de grandilocuencias, exageraciones e hipérboles; sin embargo, visto lo visto y viendo lo que llevo un tiempo viendo, no tengo más remedio que usar el término que más se asemeja a lo que estoy comprobando: ¡Estamos inmersos en un golpe de Estado!

Es verdad que no hay tanques en las calles, pero no son necesarios para calificar de golpe de Estado esta forma de ejercer la oposición. Bulos, insultos permanentes, calumnias y una maquinaria de lodo mediático permanente. Es un acoso, un atraco, un asalto perpetrado por una conjunción de poderes del Estado: la oposición, la derecha, los empresarios, los medios de comunicación afines, buena parte de las fuerzas de seguridad y, por supuesto, el Poder Judicial.

A veces es muy sutil y la mayoría de las personas ni se enteran. Nadie habla del juicio de la trama eólica, por poner un ejemplo, en el que se piden 134 años de prisión para altos cargos del PP por delitos de prevaricación, cohecho, tráfico de influencias, blanqueo de capitales y fraude fiscal. Todo se centra, en este caso, en la supuesta (e imposible) prevaricación del hermano del presidente, que termina con una condena de inhabilitación (nada penal). Pero lo verdaderamente grave es que la prevaricación la cometen estos jueces que, a sabiendas de que se trata de una condena injusta, la llevan a cabo.

El hermano del presidente ocupó el puesto de coordinador de los conservatorios de música de la Diputación de Badajoz, puesto para el que estaba cualificado sobradamente. Este hombre no puede evitar ser hermano del presidente; sin embargo, su preparación está fuera de toda duda. Se formó inicialmente en Economía y posteriormente encauzó su carrera en la música clásica. Realizó estudios musicales en prestigiosas instituciones internacionales situadas en países como Rusia (donde se graduó como director de orquesta), además de complementar su aprendizaje en centros de Italia (Milán y Siena) y Suiza (Lucerna). Domina varios idiomas (destacando el inglés y el ruso a nivel bilingüe, junto a conocimientos de italiano, francés, alemán y japonés). ¡Está infinitamente más y mejor preparado que el presidente del partido de la oposición que aspira a gobernar este país algún día!

Pero es que, además, la posible prevaricación (¡¡¡¡no probada!!!!) no la comete el contratado jamás. ¡La comete quien contrata de forma indebida!

Cuando hay una clarísima persecución y hay delitos, yo siempre digo que quien la haga que la pague, sea del partido que sea. Por desgracia, la corrupción está instaurada en toda la sociedad (lo sabemos todos porque lo vemos todos cada día) y los políticos, al fin y al cabo, no son más que representantes de la sociedad. Por supuesto que deberían dar ejemplo, pero la corrupción lo inunda todo. La diferencia está en el trato que cada partido da a la corrupción detectada en sus filas y, por supuesto, no todos los políticos son iguales y no todos los partidos políticos son iguales. En algunos está más arraigada la corrupción que en otros.

Por mucho que traten desde la CEOE y, en general, desde toda la derecha, de culpar a los trabajadores (ahora les ha dado por el problema del absentismo), los grandes robos a mano armada los cometen las élites, los poderosos. No existen grandes corporaciones que no apliquen políticas faltas de un mínimo de ética, porque todos sabemos que un comportamiento honesto no te hace rico.

En fin. Lo que más pena me da es que la mayoría de la gente se indigne porque un trabajador robe 100 euros (lo cual está mal, claro que sí) y no se indigne ante los enormes robos de los poderosos. Me cabrea que tachen de corrupto a un gobierno porque sentencian con inhabilitación, sin pruebas y sin posibilidad de haber cometido prevaricación, al hermano del presidente de la forma más injusta del mundo, y no se inmuten ante un caso mucho más flagrante como el de la hermana del presidente de la Junta de Andalucía o los grandes delitos de la derecha. Me indigna que no vean ese acoso y derribo y… sí… me reitero… ¡GOLPE DE ESTADO!

Fdo. Diego Bueno

HABLEMOS DE “SER UN SESENTÓN” ... ¡POR FIN!

 

Recuerdo cuando Paul McCartney, con apenas veintitantos años y la cara limpia de arrugas, nos cantaba aquello de “When I’m Sixty-Four”. Con esas edades, los sesenta nos parecían un territorio desconocido, alejado y oculto, casi de ciencia ficción. Una frontera lejana donde la vida se volvía de color sepia, de chimenea, mecedora y babuchas de invierno a cuadros. En la canción nos preguntaba si todavía lo necesitaríamos, si todavía lo alimentaríamos cuando el calendario alcanzara esa cifra.

Hoy, tras haber cruzado ya ese umbral y mirar el espejo, uno no puede evitar sonreír de medio lado. La respuesta a la vieja canción de “mis Beatles” no es de nostalgia, sino de una rotunda y serena presencia. Sí, Paul, aquí estoy. Y no estoy apagándome, al contrario, estoy encendiendo las luces más cálidas de la casa. Dice mi esposa que soy el tonto de las lucecitas. Supongo que es una forma inconsciente de añadir color a mi entorno y por tanto a mi nueva vida de jubilado.

Ser sesentón es, ante todo, haber conquistado el derecho de caminar sin prisa. Durante décadas hemos corrido por las metas, por los hijos, por la profesión, por el mañana o, simplemente, porque sí. Ahora, casi de repente, el mañana se ha convertido en un ahora espacioso. Llega esta edad en la que los días transcurren despacio a la vez que los años pasan rápido. Ya no miramos para juzgar, sino para comprender y sumergirnos en la realidad. Hay una poesía callada en observar cómo cae la tarde, en escuchar un viejo acorde de guitarra o en saborear un café por la mañana sintiendo que somos dueños casi absolutos de nuestro tiempo. Hemos aprendido a viajar ligeros de equipaje, dejando caer por el camino los compromisos que solo eran compromiso, y las ganas de convencer a nadie de nada, para quedarnos solo con lo esencial, que es un puñado de buenos amigos, las canciones que nunca fallan y el amor que ha sabido madurar.

Sin embargo, a los sesenta, la mochila también pesa. La vida es un poliedro que nos ha mostrado sus peores caras y sus más afiladas aristas. Hemos caminado lo suficiente como para conocer la pérdida y haber tenido que despedir a seres que eran parte de nosotros, de nuestra propia esencia. A veces pienso en ese partido que ya no jugaremos, en esa voz que ya no volveré a escuchar, en ese escenario que de pronto se queda a oscuras, en esas escaleras que ahora se resisten a ser subidas o en aquellos gestos cotidianos que ya nunca se me contagiarán. Sin embargo, es precisamente ahora cuando aprendemos a mirar el dolor con otros ojos. Llega un momento en que decidimos dejar de mirar más allá de donde podemos ver, comprendiendo que la ausencia nunca se sitúa en el horizonte sino en la forma en que el alma recuerda lo perdido. Cuando los ojos se cansan de confirmar los vacíos, los cerramos despacio, como quien clausura una casa que se abandona, y decidimos simplemente sentir.

En esa penumbra voluntaria y madura descubrimos que amar no es retener una presencia, sino consentir que su huella siga latiendo sin exigirle regreso. Aprendemos a encontrar a quienes se fueron en la tibieza de nuestras propias manos, en la cicatriz dulce de la memoria, en ese rincón del alma donde lo perdido no desaparece, sino que aprende a convertirse en luz.

Y en ese mismo aprendizaje de la madurez, descubrimos también la inmensa gratitud hacia aquellos que nos sostuvieron en el camino. Recordamos con ternura los momentos en que se caían nuestros cielos, cuando se nos torcía la voz, cuando los miedos nos miraban de frente o cuando el sendero plano de repente se hacía pendiente. Es en esas horas difíciles, cuando la esperanza parecía querer abandonar, donde siempre apareció una mano dispuesta a sostenernos, una presencia silenciosa y atenta que nunca nos dejó atrás. Por eso, ahora que empezamos a hacer balance, buscamos las claridades del horizonte para agradecer de frente, con el corazón abierto, a quienes nos acompañaron a pie de calle sin pedir nada a cambio.

Dicen que la juventud es un fuego impetuoso que busca devorarlo todo. Los sesenta, en cambio, son la cálida belleza de las brasas. Hemos jubilado al ego y le hemos dado la bienvenida a la ternura. Ya no nos importa ser el centro del escenario y preferimos disfrutar viendo crecer a los nuestros, compartiendo lo aprendido no como una lección magistral, sino como quien ofrece un vaso de agua fresca en mitad del camino.

Llegar aquí es una victoria cotidiana y hermosa, un estado de gracia donde los bolsillos se llenan de proyectos (unos nuevos y otros para ser retomados), de viajes pendientes, de letras, muchas letras, guardadas en un cajón y de risas compartidas. Paul se preguntaba si nos querrían al llegar a esta edad y la respuesta es que nos queremos más que nunca a nosotros mismos y al mundo cercano que nos rodea. Porque a pesar de las cicatrices, o precisamente gracias a ellas, por primera vez en la vida ya no solo miramos pasar los días, sino que los sentimos enteros y en su más maravillosa plenitud. Con todo el agradecimiento del mundo por cada año ganado, no solo vivido, y por preservar intactas las ganas de vivir mucho más.

Fdo. Diego Bueno

domingo, 12 de julio de 2026

HABLEMOS DE LOS NEGACIONISTAS DEL CAMBIO CLIMÁTICO… ¡POR FIN!

 

A raíz del incendio en la provincia de Almería, he observado en comentarios en redes sociales la enorme cantidad de gente que a día de hoy se sigue declarando negacionista del cambio climático. Concretamente son negacionistas cabreados, conocedores, supuestamente, de unas “verdades” que el resto de los mortales desconocemos, incluida toda la comunidad científica.

Yo no digo que el incendio sea consecuencia del cambio climático. No estoy lo suficientemente cualificado como para llegar a ninguna conclusión ni en un sentido ni en otro. Probablemente haya un conjunto de factores. Lo que sí sé es que el cambio climático es una realidad ¡IN-CUES-TIO-NA-BLE!

El negacionismo actual ya no puede ocultar que el termostato del planeta está alterado (hace solo unos años lo negaba también), así que ha mutado en una serie de "comodines" y mantras muy ensayados que conviene desmontar con datos objetivos y pura ciencia, la cual intentaré hacer accesible a todo el mundo.

Para empezar, a modo de aperitivo, debo dejar claro que cuando un negacionista cabreado dice que el cambio climático "es solo una teoría", comete un error de base. En ciencia, una Teoría no es una ocurrencia o una sospecha de barra de bar; es la explicación máxima y mejor probada de cómo funciona todo. Negar el cambio climático basándose en que la ciencia puede equivocarse es tan absurdo como bajarse de un avión en pleno vuelo porque no te terminas de creer las leyes de la aerodinámica.

Hay pilares de nuestro progreso que nadie discute porque, si fallaran, nuestra tecnología dejaría de funcionar:

Gracias a la teoría microbiana, por ejemplo, sabemos que los virus y las bacterias causan enfermedades. Cada vez que usamos gel hidroalcohólico o tomamos un antibiótico, avalamos a la ciencia.

Si las ecuaciones de la relatividad de Einstein fueran falsas, el GPS de nuestro teléfono móvil fallaría con errores de más de 10 kilómetros cada día.

En cuanto al efecto invernadero, fue descubierto en el siglo XIX. Es la ley física que explica cómo ciertos gases atrapan el calor del Sol. Gracias a este efecto natural, la Tierra no es un bloque de hielo. La física detrás del efecto invernadero es tan exacta e incuestionable como la que hace que un avión vuele.

El problema del efecto invernadero, explicado para que sea entendible por todo el mundo, es que los humanos hemos decidido tejer una manta insoportablemente gruesa alrededor del planeta.

Para sostener su postura, el negacionismo global recurre siempre a los mismos argumentos tergiversados. Voy a desmontar algunos de esos mantras que suelen decir.

Dicen, por ejemplo, que "siempre ha habido ciclos de frío y calor” y “que la Tierra cambia sola". Y sí, es cierto que el clima cambia de forma natural, pero ¡nunca a esta velocidad! Los cambios naturales del pasado (como las glaciaciones) tardaban miles o millones de años en producirse, dando tiempo a la vida a adaptarse. El calentamiento actual ha ocurrido en apenas 150 años, coincidiendo al milímetro con la Revolución Industrial (no, no es casualidad) y la quema masiva de carbón, petróleo y gas. El IPCC (el grupo de expertos de la ONU) destaca que la velocidad del calentamiento en los últimos 50 años es la más alta en dos milenios.

Para que lo pueda entender todo el mundo… Si la temperatura del cuerpo humano sube un grado en un siglo, es evolución; si sube un grado en cinco minutos, es una fiebre de hospital. ¡La Tierra tiene fiebre!

Otra tontería que suelen decir es: "¿Cómo va a haber calentamiento si este invierno ha habido olas de frío histórico y nevadas récord?".

Confunden el tiempo (el día a día en un lugar) con el clima (la tendencia global a largo plazo). Que un día haga un frío atroz en tu ciudad no altera el hecho de que el planeta, en su conjunto, bate récords de calor año tras año. De hecho, la NASA explica que el deshielo del Ártico debilita las corrientes polares, provocando que masas de aire congelado "se escapen" hacia el sur con más violencia.

Si te cuesta entenderlo, te pongo un símil: es como mirar tu cuenta bancaria. Si un mes te ingresan un dinero extra por sorpresa, no significa que seas rico si arrastras una deuda millonaria que no para de crecer.

Hay otros muchos negacionistas que dicen (por supuesto, sin argumentar con un mínimo de base científica) que la culpa del calentamiento es de la actividad solar y las erupciones volcánicas, y que, por tanto, los humanos no somos responsables. Sin embargo, los satélites demuestran que la energía del Sol se ha mantenido estable o incluso ha bajado levemente en los últimos 50 años. Si el Sol fuera el culpable, calentaría toda la atmósfera por igual; sin embargo, la capa baja se calienta y la alta se enfría porque nuestros gases atrapan el calor abajo. ¿Y los volcanes? Toda la actividad volcánica del mundo junta no llega a emitir ni el 1% del  que provocamos los humanos al año. Los factores naturales hoy tienen un impacto casi insignificante.

Hay, igualmente, un mito basado en que el dióxido de carbono es algo bueno, que es alimento para las plantas y que "¡el  es vida!". Pero, claro, se trata de un sesgo muy burdo. Una verdad a medias es la peor de las mentiras. El agua también es vital, pero si te tiran a una piscina atado de pies y manos, te ahogas. Durante los últimos 800.000 años, la concentración de  en la atmósfera nunca había superado las 300 partes por millón (ppm). Hoy hemos superado las 420 ppm. La naturaleza no puede absorber tal cantidad a la velocidad que la producimos, y menos mientras deforestamos los pulmones del planeta.

Cuando hablamos de cambio climático suele ser frecuente escuchar o leer a gente que opina que se trata de una agenda ideológica de la izquierda para controlarnos y un negocio para llenarse los bolsillos con placas solares destruyendo el campo.

Las leyes de la física y la química no tienen carné de afiliado. El  atrapa el calor exactamente igual bajo cualquier gobierno. El Acuerdo de París lo firman más de 190 países de todos los signos políticos (incluidas las monarquías del Golfo). De hecho, uno de los primeros discursos históricos de alerta ante la ONU lo dio Margaret Thatcher en 1989, icono indiscutible del conservadurismo global. Por otro lado, mezclar el debate de cómo se gestiona la transición energética (donde es totalmente legítimo criticar la instalación de macroparques solares en zonas agrícolas) con negar la ciencia es una trampa intolerable. El verdadero enemigo del campo es la desertificación y las sequías crónicas que destruyen el suelo fértil.

Otra cuestión que suelen tomar como base argumental es que hay científicos, incluso premios Nobel, que dicen que el cambio climático no existe o que no es para tanto. Claro que tener un título de científico no te hace infalible ni te da la verdad absoluta si actúas al margen del método científico. En la ciencia no importa quién dice las cosas (argumento de autoridad), sino qué pruebas y datos demostrables aporta para sostenerlo. Ese minúsculo grupo de científicos disidentes (menos del 3% a nivel mundial) no tiene estudios publicados en revistas científicas serias que sostengan sus teorías. De hecho, varios institutos de investigación han intentado replicar los experimentos de esos "científicos negacionistas" y siempre han encontrado lo mismo: errores metodológicos de bulto, datos manipulados o gráficas recortadas para que cuadren con sus conclusiones.

Muchos de esos supuestos expertos independientes pertenecen a laboratorios financiados directamente por las grandes multinacionales del petróleo, el gas y el carbón. Es el mismo exacto patrón que sufrimos en los años 60 y 70: las tabacaleras pagaban a médicos y científicos de renombre para que dijeran en la televisión y en las revistas que el tabaco no provocaba cáncer. Aquellos médicos también tenían un título, pero estaban comprados.

En definitiva, hacer pasar la opinión de cuatro científicos a sueldo o de jubilados de la investigación como equivalente al consenso del 97% de la comunidad internacional no es buscar la verdad; es una estafa intelectual. Buscan desesperadamente a un señor con bata que valide sus prejuicios para poder seguir durmiendo tranquilos mientras el mundo se quema.

Al final, el negacionismo de red social o de barra de bar a veces es un problema de falta de información, de falta de profundización en los temas sobre los que la gente se presta a debatir y opinar. Otras veces suele tratarse de una barrera emocional, miedo a los cambios económicos o simple trinchera política.

Se puede, y se debe, debatir profundamente sobre cómo solucionar el problema (si con más mercado, con más intervención estatal, con energía nuclear o con renovables). Ese debate es político y necesario. Pero negar el diagnóstico del médico es una temeridad.

No merece la pena arriesgar el único hogar que tenemos por pura cabezonería. La atmósfera responde a la física, no a la cerrazón de mentes.

Es una pena que la gente confunda el pensamiento crítico con el negacionismo de manual. Lo que abunda en esas posturas no es la búsqueda de la verdad, sino una necesidad imperiosa de llamar la atención y un complejo de superioridad intelectual digno de estudio. Es fascinating ver cómo personas sin la más mínima formación científica hacen gala de una prepotencia infinita, convenciéndose a sí mismas de que poseen un conocimiento secreto que al resto de los mortales se nos escapa. Es más, se piensan que deberíamos darles las gracias por revelárnoslo.

Para ellos, el "pensamiento crítico" consiste simplemente en llevar la contraria a la mayoría por el mero placer de sentirse especiales. Necesitan creer que somos una masa manipulada para poder subirse al pedestal de su propio ego y, desde ahí, insultar al resto llamándonos "borregos". Pero la triste realidad es que no son mentes despiertas ni rebeldes del sistema; son solo peones de la desinformación atrapados en sus propios problemas personales y en una ignorancia que, desafortunadamente, abunda cada vez más en las redes sociales.

Fdo. Diego Bueno

martes, 7 de julio de 2026

HABLEMOS DEL SILENCIO DE DIOS... ¡POR FIN!

 

Si un detective busca a una persona desaparecida durante años y no hay llamadas ni movimientos bancarios ni señales de vida, concluye que está muerta. Con Dios, a mi entender, ocurre lo mismo: miles de años de historia, billones de oraciones desesperadas y la respuesta objetiva ha sido siempre el vacío. No existe ni una sola intervención divina verificable, medible o documentable. Con estos datos, lo razonable, a mi humilde entender, sería ser ateos o, como mucho, agnósticos. Os paso a exponer las razones:

En la Edad de Bronce abundaban los milagros. Mares que se abrían, muertos que resucitaban, arbustos en llamas… Hoy, con 8.000 millones de teléfonos inteligentes registrando cada segundo, detectores de ondas gravitacionales y herramientas de precisión subatómica, Dios no aparece por ninguna parte ni en ningún caso. Además se da la curiosa circunstancia de que, “casualmente”, a mayor capacidad de verificación humana, menos manifestaciones divinas ocurren.

Por otra parte, la neurociencia ha demostrado que las experiencias místicas pueden inducirse artificialmente. Existen estudios totalmente rigurosos y contrastados que prueban, por una parte, que si se estimula el lóbulo temporal con campos electromagnéticos, se logra que las personas sientan una "presencia divina o angelical". Pensad bien lo que esto significa. Por otra parte, hay estudios, igualmente contrastados, que evidencian que los túneles de luz, los encuentros con seres radiantes y el éxtasis místico de las experiencias cercanas a la muerte que cuentan las personas que la han vivido no son más que el cerebro "drogándose a sí mismo" ante la inminencia de la muerte para poder morir en paz. Al final, si lo espiritual se reduce a pura neuroquímica, Dios no es más que una construcción cerebral.

Si nos fijamos bien, además, los dioses siempre se crean a imagen y semejanza de la cultura que los adora. Son guerreros para los vikingos, burócratas para los romanos o un monarca absoluto en la Europa feudal, y mueren cuando sus civilizaciones desaparecen (ya nadie adora a Ra o a Zeus).

Basta prestar atención también a algo demasiado obvio que debería hacernos recapacitar, y es que la religión de un individuo está determinada casi por completo por su "código postal" de nacimiento. Si naces en China, lo normal es que seas budista o ateo, mientras que si naces en Arabia, lo más probable es que seas musulmán. Esto descoloca la idea de un Dios universal ya que, por lo que se ve, hay una clara dependencia de la geografía.

Históricamente, se recurría a la divinidad para explicar lo incomprendido, desde los truenos hasta las enfermedades. Sin embargo, con el avance científico, Dios ha ido en retirada constante hacia los huecos más pequeños de nuestra ignorancia. Darwin desmanteló el argumento del diseño biológico mediante la selección natural, y la cosmología actual (con hipótesis como el multiverso o la teoría de cuerdas) sugiere que las constantes físicas adecuadas para la vida son fruto del azar y del sesgo de supervivencia. Asimismo, físicos como Lawrence Krauss han planteado cómo el universo puede surgir matemáticamente de la nada. Es cierto que aún sabemos muy poco, pero el avance del conocimiento es imparable; a medida que desentrañamos los misterios del cosmos, vamos desterrando dogmas absurdos de otras épocas que, inexplicablemente, se resisten a desaparecer en pleno siglo XXI.

A todo esto se suma que la distribución del dolor en el mundo no sigue ningún patrón moral como nos decían. Los tsunamis, la malaria o el cáncer infantil no respetan la virtud ni dependen de decisiones humanas, lo que desploma el argumento del libre albedrío para justificar el sufrimiento natural. El filósofo Sam Harris señala que un Dios pasivo ante el Holocausto o la tortura infantil sería moralmente inferior a cualquier ser humano decente. Suscribo plenamente sus palabras. Por eso, ante las tragedias inevitables de la naturaleza, suelo repetir una misma frase: «Menos mal que Dios no existe; porque si existiera, habría que renunciar a un ser tan cruel».

El invento de las religiones tiene su razón de ser en términos evolutivos; es una de nuestras características más humanas. Otra cuestión es que a día de hoy tenga algún sentido.

Nuestro cerebro está programado de fábrica para pecar de precavido: el que huía de una sombra “por si acaso”, sobrevivía; el optimista, a menudo no lo contaba. De siempre ha sido más rentable confundir una rama con una serpiente que quedarte tan tranquilo pensando que una víbora es solo un palo. El paso siguiente fue inevitable: empezamos a aplicar esa misma lógica a todo el entorno, imaginando voluntades e intenciones detrás del viento, los truenos o la muerte. Esta tendencia a buscar un responsable invisible detrás de cada cosa desconocida fue lo que acabó dando forma a las religiones... Y ese imaginario compartido fue el auténtico pegamento de las primeras tribus. No importaba si el mito era verdad o mentira; lo que importaba es que nos obligaba a cooperar, a mantener al grupo unido y a hacernos más fuertes. En términos de supervivencia, eso ha sido fundamental.

Por otra parte, es lógico que el materialismo deje grandes huecos sin responder, pero la mayoría de esos vacíos solo reflejan nuestras propias limitaciones para entender el cosmos. Una hormiga no tiene capacidad para ver a un elefante y viceversa. Son nuestras evidentes limitaciones físicas y biológicas las que necesitan el consuelo de un creador, y justamente de esa necesidad han surgido, desde siempre, los aprovechados y manipuladores que han gobernado todas las religiones a costa de la flaqueza humana.

¿Por qué existe el universo en lugar de la nada más absoluta? ¿De dónde salen las leyes de la física o el laberinto de la conciencia? ¿Cómo sostenemos las matemáticas o la propia moral? Si todo se reduce a la materia, ¿es el amor solo un espejismo y nuestros pensamientos meras reacciones químicas al azar en las que ni siquiera podemos confiar? Son preguntas enormes, pero quizás el error sea exigirle todas las respuestas a una ciencia que acaba de empezar, o buscar el refugio fácil en un Dios inventado para tapar lo que no entendemos. Quizás lo correcto sería hacer un ejercicio de humildad y asumir nuestras limitaciones hasta el punto de ser capaces de vivir en la incertidumbre.

Mi admirado Tomás de Aquino —filósofo, pero sobre todo teólogo— argumentó que Dios no es "un ser entre otros", sino el Ser mismo, el acto puro de existir o el "fundamento del ser". Esta podría ser una solución para aquellas personas que necesitan creer en lo increíble. Él no era agnóstico, pero quizás sea el agnosticismo honesto la única posibilidad de asumir y aceptar la incertidumbre, sin la necesidad de inventar certezas artificiales en forma de dioses para calmar ese vacío con el cual nacemos, vivimos y morimos. Al fin y al cabo, la certeza de un Dios no es imprescindible, de la misma manera que su desconocimiento tampoco es un callejón sin salida.

Desde mi ateísmo exacerbado hacia las religiones —claramente inventadas por los humanos— y mi agnosticismo ante lo incierto, tengo claro que la clave es asumir la incertidumbre como parte de eso que llamamos “vida” y, a ser posible, aceptarla; no con resignación, sino con absoluta naturalidad.

Fdo. Diego Bueno Linero