Es probable que el título de este artículo, o el de obras tan lúcidas como
la de mi admirado Pepe Rodríguez Mentiras fundamentales de la Iglesia
católica, pueda parecerle inadecuado o exagerado a algunos o algunas de
quienes leáis esto. Sin embargo, la propia Iglesia afirma que la mentira es la
ofensa más directa contra la verdad y que mentir es hablar u obrar contra la
verdad para inducir a error al que tiene el derecho de conocerla. Además dice
que eso supone una ofensa directa a Dios. Vamos a ver si esas afirmaciones
tienen algo que ver con datos reales que os voy a ir descubriendo con solo
mirar detrás del telón dogmático.
Nuestra sociedad actual, aunque se caracteriza por una práctica religiosa
real escasa (aunque parece que ha mejorado en los últimos tiempos), permanece
fuertemente influida por una poderosa cosmovisión cristiana que, lo queramos o
no, influye en nuestra forma de pensar y ha pretendido siempre imponernos desde
los centros de poder y de influencia controlados por la jerarquía eclesiástica
una determinada forma de sentir y de vivir. Por esta razón, dado que la Iglesia
y sus dogmas son algo que nos afecta y concierne a todos sin excepción, resulta
obligada y necesaria toda reflexión que amplíe nuestros conocimientos sobre una
institución y unas creencias que han modelado los últimos dos mil años de
historia humana, al menos, en nuestro contexto.
Lo queramos o no, estamos obligados a vivir dentro del catolicismo. Eso es
así independientemente de que lo juzguemos como bueno o malo. Si nos paramos a
pensar, nos daremos cuenta de que no solo tenemos una estructura mental
católica para ser creyentes sino que también la tenemos para ser ateos. Para
negar a Dios y a la religión solo podemos hacerlo desde aquella plataforma que
nos los hizo conocer y por eso un ateo de nuestro entorno cultural es, en
esencia, un ateo católico, o sea, ¡yo!
Nuestro vocabulario cotidiano, nuestro refranero, la forma de juzgar lo
correcto y lo incorrecto y hasta los mecanismos básicos de nuestra culpabilidad
existencial son un dramático fruto de esa formación. Nuestras vidas están
dominadas por el catolicismo porque el nombre que llevamos suele ser el de un
santo o una advocación mariana, asistimos por pura inercia social a bautismos,
bodas, primeras comuniones y funerales, y las fiestas de nuestros pueblos y los
puentes vacacionales más esperados como Navidad, Reyes, Semana Santa, El Pilar
o la Inmaculada son conmemoraciones estrictamente católicas. El arte, las
calles, una buena parte de la educación y hasta la enorme financiación estatal
a través de nuestros impuestos perpetúan esta inercia junto a templos, imágenes,
celebraciones, etcétera.
Todo el mundo, ya sean creyentes o ateos, cree saber qué se dice en la
Biblia, aunque lo cierto es que prácticamente nadie la ha leído directamente.
La mayoría conoce la historia edulcorada de Jesús, pero ¿cuántos han abierto
por sí mismos un evangelio? Lo que suponemos que está escrito lo sabemos porque
la institución nos lo ha repetido de una forma interesada durante siglos
incluidos los pasajes de la pasión de Jesús relatados en las imágenes en
movimiento de las distintas celebraciones de Semana Santa. Pero la realidad
histórica, al contrastarla con los textos, es diametralmente opuesta al
catecismo.
Yo mismo lo experimenté en mis propias carnes. Allá por mis doce años, ante
la falta de respuestas coherentes, razonables y sinceras en nuestro entorno, me
dio por hacer algo poco habitual (lo de que era poco habitual lo supe luego ya
que en el momento pensé que todo el mundo lo hacía) consistente en ¡leerme el
Nuevo Testamento de principio a fin! y posteriormente muchos pasajes del
Antiguo. Sin filtros, sin intermediarios y sin dogmas preconcebidos. Y lo que
descubrí allí no hizo sino confirmar que el relato oficial y la realidad de los
textos vivían en mundos completamente separados.
Yo me preguntaba, por ejemplo, cómo es posible que lo más importante de
esta religión sea el hecho de la resurrección y que ese hecho no solo no se
relate de la misma forma, sino que los cuatro evangelios canónicos incurren en
contradicciones flagrantes e irreconciliables sobre lo que ocurrió esa mañana.
El Evangelio de Marcos, que es el más antiguo, ¡no incluye ninguna aparición de
Jesús resucitado en su versión original! A esto se suma el hecho histórico de
que durante los primeros siglos circulaban decenas de evangelios diferentes y
escritos de todo tipo. No fue hasta el siglo IV, tras un largo proceso que ya
había empezado con el tal obispo Ireneo hacia finales del siglo II, cuando la
jerarquía eclesiástica cerró el canon con solo cuatro evangelios y declaró el
resto apócrifos o heréticos, purgando todo aquello que no encajaba con el dogma
de poder que querían imponer.
Hacer ese ejercicio de estudio exhaustivo y análisis riguroso de las
fuentes bíblicas e históricas como hizo Pepe Rodríguez nos enfrenta a hechos
fundamentales que, a pesar de haber estado siempre ahí, nos han sido
celosamente ocultados. Recuerdo que su libro estuvo vetado en librerías
conservadoras y en El Corte Inglés. Yo, por suerte, lo leí cuando salió en
1997.
Basta con abrir una Biblia para constatar verdades tan incuestionables como
incómodas para el dogma. Por ejemplo, descubrimos que la Biblia hebrea no
recoge ni una vida después de la muerte ni un infierno, solo el “Sheol”[1],
que Moisés no fue el fundador del monoteísmo porque él y su pueblo fueron
simplemente monólatras al creer en un solo dios pero reconocer la existencia de
otros dioses, que los Diez Mandamientos originales no son los que recita la
Iglesia y que el culto a las imágenes está terminantemente prohibido en el
texto hasta el punto de ser calificado despectivamente de espantajos de
melonar. Además, la autoría de los cinco primeros libros de la Biblia jamás
perteneció a Moisés.
Sobre la figura de María encontramos que la Inmaculada Concepción no
aparece en el Nuevo Testamento y es un dogma tardío, definido en 1854, que tras
dar a luz a Jesús, María ofreció un sacrificio expiatorio porque la ley judía
la consideraba impura y que Jesús tuvo hermanos y hermanas, al menos seis según
Marcos 6,3, aunque la tradición católica los interpreta como primos.
Sobre el Jesús histórico sabemos que fue un judío galileo y fiel cumplidor
de la Ley hebrea que jamás fundó ninguna nueva religión ni Iglesia porque nunca
fue cristiano ni mucho menos católico. Predicó que el fin de los tiempos era
inminente y se equivocó, no instituyó ningún sacerdocio profesional, trató a
las mujeres con una igualdad insólita para su época (no como hizo luego la
Iglesia católica) y jamás habló de la Santísima Trinidad.
En cuanto a la cronología y la Pasión, históricamente Jesús fue ejecutado
cuando tenía entre 41 y 45 años según Pepe Rodríguez aunque el consenso y la
tradición lo sitúa en torno a los 33-36. No pasó tres días y tres noches en el
sepulcro sino apenas un día y medio, incumpliendo así su propia profecía. Los
apóstoles no creyeron inicialmente en su resurrección cuyos relatos evangélicos
destacan por sus contradicciones, y el propio Jesús negó la posibilidad de
volver físicamente al mundo (Lucas 16,27-31: el rico y Lázaro), invalidando con
ello la base de su presencia real en la eucaristía.
Finalmente, sobre la invención eclesiástica comprobamos que la figura del
Papa es radicalmente contraria al mensaje de Jesús y que Pedro jamás fue obispo
de Roma. Según la crítica histórica, probablemente ninguno de los cuatro
evangelios fue escrito por un apóstol. Las profecías del Antiguo Testamento
fueron redactadas a posteriori y muchos de los mitos sobre el nacimiento
prodigioso de Jesús tienen paralelos claros en leyendas de dioses paganos
anteriores, del mismo modo que la fecha de la Navidad responde probablemente a
la asimilación cristiana de festividades solares ancestrales.
Despojar a la religión de sus capas de artificio político y mitológico no
busca herir sensibilidades. Entender de dónde venimos, cómo se construyeron los
dogmas que han dirigido nuestras conciencias y qué dicen realmente los textos
originales es un ejercicio saludable de madurez colectiva. Al final, crecer
como sociedad exige atreverse a levantar la mirada, sacudirse el miedo heredado
y buscar la verdad. Porque a lo largo de dos mil años el cristianismo y más en
concreto el catolicismo ha estado inundado de barbaridades, empezando por los
propios papas.
Ahí tenemos su historial de leyes injustas, sus atropellos a los derechos
humanos, la corrupción sistemática, los asesinatos políticos, el nepotismo
descarado, los abusos sexuales, los escándalos morales y siglos de sangrientas
persecuciones. Y todo esto hablando únicamente de los papas, de modo que
imaginaos la cantidad de barbaridades que habrán cometido a lo largo de la
historia cardenales, obispos y curas. Un inmenso entramado asentado sobre la
mentira y el chantaje emocional al pueblo desde siempre. Primero, porque se le
negó sistemáticamente a la gente el acceso directo a las sagradas escrituras; y
luego, cuando por fin cualquiera pudo leerlas, porque la mayoría de los fieles
prefirió seguir consumiendo los dogmas empaquetados por la institución antes
que molestarse en comprobar lo que de verdad decían esos textos supuestamente
inspirados por su dios. Es duro admitir que nos han engañado, pero resulta
infinitamente más triste negarse a conocer la verdad para seguir viviendo en
una mentira, por muy piadosa o cómoda que parezca. Creed en el dios que os dé
la gana y cultivad la vida espiritual que consideréis oportuna, pero lo que es,
es. Todas estas afirmaciones las podéis comprobar por vosotros mismos porque,
por suerte, la Biblia ya está en vuestras manos desde hace unos cuantos siglos.
Fdo. Diego Bueno