A estas alturas de partido, como es normal y como nos ha pasado a muchas personas, me he topado con gente así, claro que sí. Son maestros/as de la manipulación que sobreviven bajo disfraces de autoestima y sonrisas tan de plástico como su ética. Llenan sus vidas personales vacías con conquistas laborales a base de la venta, en rebajas, de engaños.
Por desgracia, uno acaba descubriendo la decepción que se esconde tras esos gestos fingidos de admiración o cariño. Pero, mirándolo con perspectiva, también es una suerte: gracias a esas personas aprendes a elegir mejor tus batallas y, sobre todo, tus compañías.
En definitiva, no son más que simples figurantes obsesionados con figurar; piratas de un botín vacío cuyo único tesoro consiste en la aprobación impostada de sus semejantes. Personas falsas que triunfan en un mundo falso. Un mundo que llegan a confundir con el real. Tienen una visión del mundo y de la propia vida que se asemeja a una batalla perpetúa en la que las buenas personas son carne de cañón y ellas pelean desde la retaguardia con discursos amables en los que no creen. Así de triste. Así de revelados por casi todos. Así de impostadas.
Fdo. Diego Bueno