domingo, 12 de julio de 2026

HABLEMOS DE LOS NEGACIONISTAS DEL CAMBIO CLIMÁTICO… ¡POR FIN!

 

A raíz del incendio en la provincia de Almería, he observado en comentarios en redes sociales la enorme cantidad de gente que a día de hoy se sigue declarando negacionista del cambio climático. Concretamente son negacionistas cabreados, conocedores, supuestamente, de unas “verdades” que el resto de los mortales desconocemos, incluida toda la comunidad científica.

Yo no digo que el incendio sea consecuencia del cambio climático. No estoy lo suficientemente cualificado como para llegar a ninguna conclusión ni en un sentido ni en otro. Probablemente haya un conjunto de factores. Lo que sí sé es que el cambio climático es una realidad ¡IN-CUES-TIO-NA-BLE!

El negacionismo actual ya no puede ocultar que el termostato del planeta está alterado (hace solo unos años lo negaba también), así que ha mutado en una serie de "comodines" y mantras muy ensayados que conviene desmontar con datos objetivos y pura ciencia, la cual intentaré hacer accesible a todo el mundo.

Para empezar, a modo de aperitivo, debo dejar claro que cuando un negacionista cabreado dice que el cambio climático "es solo una teoría", comete un error de base. En ciencia, una Teoría no es una ocurrencia o una sospecha de barra de bar; es la explicación máxima y mejor probada de cómo funciona todo. Negar el cambio climático basándose en que la ciencia puede equivocarse es tan absurdo como bajarse de un avión en pleno vuelo porque no te terminas de creer las leyes de la aerodinámica.

Hay pilares de nuestro progreso que nadie discute porque, si fallaran, nuestra tecnología dejaría de funcionar:

Gracias a la teoría microbiana, por ejemplo, sabemos que los virus y las bacterias causan enfermedades. Cada vez que usamos gel hidroalcohólico o tomamos un antibiótico, avalamos a la ciencia.

Si las ecuaciones de la relatividad de Einstein fueran falsas, el GPS de nuestro teléfono móvil fallaría con errores de más de 10 kilómetros cada día.

En cuanto al efecto invernadero, fue descubierto en el siglo XIX. Es la ley física que explica cómo ciertos gases atrapan el calor del Sol. Gracias a este efecto natural, la Tierra no es un bloque de hielo. La física detrás del efecto invernadero es tan exacta e incuestionable como la que hace que un avión vuele.

El problema del efecto invernadero, explicado para que sea entendible por todo el mundo, es que los humanos hemos decidido tejer una manta insoportablemente gruesa alrededor del planeta.

Para sostener su postura, el negacionismo global recurre siempre a los mismos argumentos tergiversados. Voy a desmontar algunos de esos mantras que suelen decir.

Dicen, por ejemplo, que "siempre ha habido ciclos de frío y calor” y “que la Tierra cambia sola". Y sí, es cierto que el clima cambia de forma natural, pero ¡nunca a esta velocidad! Los cambios naturales del pasado (como las glaciaciones) tardaban miles o millones de años en producirse, dando tiempo a la vida a adaptarse. El calentamiento actual ha ocurrido en apenas 150 años, coincidiendo al milímetro con la Revolución Industrial (no, no es casualidad) y la quema masiva de carbón, petróleo y gas. El IPCC (el grupo de expertos de la ONU) destaca que la velocidad del calentamiento en los últimos 50 años es la más alta en dos milenios.

Para que lo pueda entender todo el mundo… Si la temperatura del cuerpo humano sube un grado en un siglo, es evolución; si sube un grado en cinco minutos, es una fiebre de hospital. ¡La Tierra tiene fiebre!

Otra tontería que suelen decir es: "¿Cómo va a haber calentamiento si este invierno ha habido olas de frío histórico y nevadas récord?".

Confunden el tiempo (el día a día en un lugar) con el clima (la tendencia global a largo plazo). Que un día haga un frío atroz en tu ciudad no altera el hecho de que el planeta, en su conjunto, bate récords de calor año tras año. De hecho, la NASA explica que el deshielo del Ártico debilita las corrientes polares, provocando que masas de aire congelado "se escapen" hacia el sur con más violencia.

Si te cuesta entenderlo, te pongo un símil: es como mirar tu cuenta bancaria. Si un mes te ingresan un dinero extra por sorpresa, no significa que seas rico si arrastras una deuda millonaria que no para de crecer.

Hay otros muchos negacionistas que dicen (por supuesto, sin argumentar con un mínimo de base científica) que la culpa del calentamiento es de la actividad solar y las erupciones volcánicas, y que, por tanto, los humanos no somos responsables. Sin embargo, los satélites demuestran que la energía del Sol se ha mantenido estable o incluso ha bajado levemente en los últimos 50 años. Si el Sol fuera el culpable, calentaría toda la atmósfera por igual; sin embargo, la capa baja se calienta y la alta se enfría porque nuestros gases atrapan el calor abajo. ¿Y los volcanes? Toda la actividad volcánica del mundo junta no llega a emitir ni el 1% del  que provocamos los humanos al año. Los factores naturales hoy tienen un impacto casi insignificante.

Hay, igualmente, un mito basado en que el dióxido de carbono es algo bueno, que es alimento para las plantas y que "¡el  es vida!". Pero, claro, se trata de un sesgo muy burdo. Una verdad a medias es la peor de las mentiras. El agua también es vital, pero si te tiran a una piscina atado de pies y manos, te ahogas. Durante los últimos 800.000 años, la concentración de  en la atmósfera nunca había superado las 300 partes por millón (ppm). Hoy hemos superado las 420 ppm. La naturaleza no puede absorber tal cantidad a la velocidad que la producimos, y menos mientras deforestamos los pulmones del planeta.

Cuando hablamos de cambio climático suele ser frecuente escuchar o leer a gente que opina que se trata de una agenda ideológica de la izquierda para controlarnos y un negocio para llenarse los bolsillos con placas solares destruyendo el campo.

Las leyes de la física y la química no tienen carné de afiliado. El  atrapa el calor exactamente igual bajo cualquier gobierno. El Acuerdo de París lo firman más de 190 países de todos los signos políticos (incluidas las monarquías del Golfo). De hecho, uno de los primeros discursos históricos de alerta ante la ONU lo dio Margaret Thatcher en 1989, icono indiscutible del conservadurismo global. Por otro lado, mezclar el debate de cómo se gestiona la transición energética (donde es totalmente legítimo criticar la instalación de macroparques solares en zonas agrícolas) con negar la ciencia es una trampa intolerable. El verdadero enemigo del campo es la desertificación y las sequías crónicas que destruyen el suelo fértil.

Otra cuestión que suelen tomar como base argumental es que hay científicos, incluso premios Nobel, que dicen que el cambio climático no existe o que no es para tanto. Claro que tener un título de científico no te hace infalible ni te da la verdad absoluta si actúas al margen del método científico. En la ciencia no importa quién dice las cosas (argumento de autoridad), sino qué pruebas y datos demostrables aporta para sostenerlo. Ese minúsculo grupo de científicos disidentes (menos del 3% a nivel mundial) no tiene estudios publicados en revistas científicas serias que sostengan sus teorías. De hecho, varios institutos de investigación han intentado replicar los experimentos de esos "científicos negacionistas" y siempre han encontrado lo mismo: errores metodológicos de bulto, datos manipulados o gráficas recortadas para que cuadren con sus conclusiones.

Muchos de esos supuestos expertos independientes pertenecen a laboratorios financiados directamente por las grandes multinacionales del petróleo, el gas y el carbón. Es el mismo exacto patrón que sufrimos en los años 60 y 70: las tabacaleras pagaban a médicos y científicos de renombre para que dijeran en la televisión y en las revistas que el tabaco no provocaba cáncer. Aquellos médicos también tenían un título, pero estaban comprados.

En definitiva, hacer pasar la opinión de cuatro científicos a sueldo o de jubilados de la investigación como equivalente al consenso del 97% de la comunidad internacional no es buscar la verdad; es una estafa intelectual. Buscan desesperadamente a un señor con bata que valide sus prejuicios para poder seguir durmiendo tranquilos mientras el mundo se quema.

Al final, el negacionismo de red social o de barra de bar a veces es un problema de falta de información, de falta de profundización en los temas sobre los que la gente se presta a debatir y opinar. Otras veces suele tratarse de una barrera emocional, miedo a los cambios económicos o simple trinchera política.

Se puede, y se debe, debatir profundamente sobre cómo solucionar el problema (si con más mercado, con más intervención estatal, con energía nuclear o con renovables). Ese debate es político y necesario. Pero negar el diagnóstico del médico es una temeridad.

No merece la pena arriesgar el único hogar que tenemos por pura cabezonería. La atmósfera responde a la física, no a la cerrazón de mentes.

Es una pena que la gente confunda el pensamiento crítico con el negacionismo de manual. Lo que abunda en esas posturas no es la búsqueda de la verdad, sino una necesidad imperiosa de llamar la atención y un complejo de superioridad intelectual digno de estudio. Es fascinating ver cómo personas sin la más mínima formación científica hacen gala de una prepotencia infinita, convenciéndose a sí mismas de que poseen un conocimiento secreto que al resto de los mortales se nos escapa. Es más, se piensan que deberíamos darles las gracias por revelárnoslo.

Para ellos, el "pensamiento crítico" consiste simplemente en llevar la contraria a la mayoría por el mero placer de sentirse especiales. Necesitan creer que somos una masa manipulada para poder subirse al pedestal de su propio ego y, desde ahí, insultar al resto llamándonos "borregos". Pero la triste realidad es que no son mentes despiertas ni rebeldes del sistema; son solo peones de la desinformación atrapados en sus propios problemas personales y en una ignorancia que, desafortunadamente, abunda cada vez más en las redes sociales.

Fdo. Diego Bueno

martes, 7 de julio de 2026

HABLEMOS DEL SILENCIO DE DIOS... ¡POR FIN!

 

Si un detective busca a una persona desaparecida durante años y no hay llamadas ni movimientos bancarios ni señales de vida, concluye que está muerta. Con Dios, a mi entender, ocurre lo mismo: miles de años de historia, billones de oraciones desesperadas y la respuesta objetiva ha sido siempre el vacío. No existe ni una sola intervención divina verificable, medible o documentable. Con estos datos, lo razonable, a mi humilde entender, sería ser ateos o, como mucho, agnósticos. Os paso a exponer las razones:

En la Edad de Bronce abundaban los milagros. Mares que se abrían, muertos que resucitaban, arbustos en llamas… Hoy, con 8.000 millones de teléfonos inteligentes registrando cada segundo, detectores de ondas gravitacionales y herramientas de precisión subatómica, Dios no aparece por ninguna parte ni en ningún caso. Además se da la curiosa circunstancia de que, “casualmente”, a mayor capacidad de verificación humana, menos manifestaciones divinas ocurren.

Por otra parte, la neurociencia ha demostrado que las experiencias místicas pueden inducirse artificialmente. Existen estudios totalmente rigurosos y contrastados que prueban, por una parte, que si se estimula el lóbulo temporal con campos electromagnéticos, se logra que las personas sientan una "presencia divina o angelical". Pensad bien lo que esto significa. Por otra parte, hay estudios, igualmente contrastados, que evidencian que los túneles de luz, los encuentros con seres radiantes y el éxtasis místico de las experiencias cercanas a la muerte que cuentan las personas que la han vivido no son más que el cerebro "drogándose a sí mismo" ante la inminencia de la muerte para poder morir en paz. Al final, si lo espiritual se reduce a pura neuroquímica, Dios no es más que una construcción cerebral.

Si nos fijamos bien, además, los dioses siempre se crean a imagen y semejanza de la cultura que los adora. Son guerreros para los vikingos, burócratas para los romanos o un monarca absoluto en la Europa feudal, y mueren cuando sus civilizaciones desaparecen (ya nadie adora a Ra o a Zeus).

Basta prestar atención también a algo demasiado obvio que debería hacernos recapacitar, y es que la religión de un individuo está determinada casi por completo por su "código postal" de nacimiento. Si naces en China, lo normal es que seas budista o ateo, mientras que si naces en Arabia, lo más probable es que seas musulmán. Esto descoloca la idea de un Dios universal ya que, por lo que se ve, hay una clara dependencia de la geografía.

Históricamente, se recurría a la divinidad para explicar lo incomprendido, desde los truenos hasta las enfermedades. Sin embargo, con el avance científico, Dios ha ido en retirada constante hacia los huecos más pequeños de nuestra ignorancia. Darwin desmanteló el argumento del diseño biológico mediante la selección natural, y la cosmología actual (con hipótesis como el multiverso o la teoría de cuerdas) sugiere que las constantes físicas adecuadas para la vida son fruto del azar y del sesgo de supervivencia. Asimismo, físicos como Lawrence Krauss han planteado cómo el universo puede surgir matemáticamente de la nada. Es cierto que aún sabemos muy poco, pero el avance del conocimiento es imparable; a medida que desentrañamos los misterios del cosmos, vamos desterrando dogmas absurdos de otras épocas que, inexplicablemente, se resisten a desaparecer en pleno siglo XXI.

A todo esto se suma que la distribución del dolor en el mundo no sigue ningún patrón moral como nos decían. Los tsunamis, la malaria o el cáncer infantil no respetan la virtud ni dependen de decisiones humanas, lo que desploma el argumento del libre albedrío para justificar el sufrimiento natural. El filósofo Sam Harris señala que un Dios pasivo ante el Holocausto o la tortura infantil sería moralmente inferior a cualquier ser humano decente. Suscribo plenamente sus palabras. Por eso, ante las tragedias inevitables de la naturaleza, suelo repetir una misma frase: «Menos mal que Dios no existe; porque si existiera, habría que renunciar a un ser tan cruel».

El invento de las religiones tiene su razón de ser en términos evolutivos; es una de nuestras características más humanas. Otra cuestión es que a día de hoy tenga algún sentido.

Nuestro cerebro está programado de fábrica para pecar de precavido: el que huía de una sombra “por si acaso”, sobrevivía; el optimista, a menudo no lo contaba. De siempre ha sido más rentable confundir una rama con una serpiente que quedarte tan tranquilo pensando que una víbora es solo un palo. El paso siguiente fue inevitable: empezamos a aplicar esa misma lógica a todo el entorno, imaginando voluntades e intenciones detrás del viento, los truenos o la muerte. Esta tendencia a buscar un responsable invisible detrás de cada cosa desconocida fue lo que acabó dando forma a las religiones... Y ese imaginario compartido fue el auténtico pegamento de las primeras tribus. No importaba si el mito era verdad o mentira; lo que importaba es que nos obligaba a cooperar, a mantener al grupo unido y a hacernos más fuertes. En términos de supervivencia, eso ha sido fundamental.

Por otra parte, es lógico que el materialismo deje grandes huecos sin responder, pero la mayoría de esos vacíos solo reflejan nuestras propias limitaciones para entender el cosmos. Una hormiga no tiene capacidad para ver a un elefante y viceversa. Son nuestras evidentes limitaciones físicas y biológicas las que necesitan el consuelo de un creador, y justamente de esa necesidad han surgido, desde siempre, los aprovechados y manipuladores que han gobernado todas las religiones a costa de la flaqueza humana.

¿Por qué existe el universo en lugar de la nada más absoluta? ¿De dónde salen las leyes de la física o el laberinto de la conciencia? ¿Cómo sostenemos las matemáticas o la propia moral? Si todo se reduce a la materia, ¿es el amor solo un espejismo y nuestros pensamientos meras reacciones químicas al azar en las que ni siquiera podemos confiar? Son preguntas enormes, pero quizás el error sea exigirle todas las respuestas a una ciencia que acaba de empezar, o buscar el refugio fácil en un Dios inventado para tapar lo que no entendemos. Quizás lo correcto sería hacer un ejercicio de humildad y asumir nuestras limitaciones hasta el punto de ser capaces de vivir en la incertidumbre.

Mi admirado Tomás de Aquino —filósofo, pero sobre todo teólogo— argumentó que Dios no es "un ser entre otros", sino el Ser mismo, el acto puro de existir o el "fundamento del ser". Esta podría ser una solución para aquellas personas que necesitan creer en lo increíble. Él no era agnóstico, pero quizás sea el agnosticismo honesto la única posibilidad de asumir y aceptar la incertidumbre, sin la necesidad de inventar certezas artificiales en forma de dioses para calmar ese vacío con el cual nacemos, vivimos y morimos. Al fin y al cabo, la certeza de un Dios no es imprescindible, de la misma manera que su desconocimiento tampoco es un callejón sin salida.

Desde mi ateísmo exacerbado hacia las religiones —claramente inventadas por los humanos— y mi agnosticismo ante lo incierto, tengo claro que la clave es asumir la incertidumbre como parte de eso que llamamos “vida” y, a ser posible, aceptarla; no con resignación, sino con absoluta naturalidad.

Fdo. Diego Bueno Linero


martes, 23 de junio de 2026

HABLEMOS DE LA PESCA DE ARRASTRE DE LA DERECHA ESPAÑOLA... ¡POR FIN!

 

A la hora de causar estragos y desafección en la opinión pública, así como un rechazo generalizado hacia la política, la derecha española juega con una ventaja nada despreciable: a la gente de izquierdas nos causa verdadera repulsión la corrupción, sobre todo la intrínseca a los grandes poderes del Estado. Por desgracia para el país, y por suerte para ellos, esto no ocurre en la derecha.

Teniendo claro este precepto, la estrategia a seguir es más que evidente. Acusar, difamar, fiscalizar, hostigar y azuzar a los poderes del Estado para que rastreen igual que lo hace un sabueso en busca de droga dentro de un vehículo en la frontera con Gibraltar. Abren y revuelven cajones y armarios, levantan alfombras y se llevan “palante” lo que pillen. Por el camino lo desordenan y rompen todo. Ese es el famoso “palantismo” que mencionaba la virgen de Madrid (virgen por lo de impoluta y santa ya que, al fin y al cabo, sus 7.291 fallecidos por desatención, abandono y desamparo iban a morir de todas formas).

Bien, pues esto es lo que yo llamo “pesca de arrastre”. Históricamente, la derecha ha hecho gala y se ha escudado en su supuesta mejor gestión de la economía para convencer a los trabajadores de que les den su voto. Pero ¡vaya mala suerte! Resulta que la economía va mejor que nunca y que las cifras de desempleo son las mejores en décadas y todo a pesar de pandemia, guerras y aranceles de Trump, así que hay que apelar irremediablemente a lo único que les queda, es decir, al patriotismo de banderita —el verdadero tampoco les vale porque, por desgracia para ellos, Pedro Sánchez ha mejorado la imagen, el prestigio y la percepción de España en todo el mundo— y a la corrupción. Lo de las costumbres arcaicas no les da tantos votos ya. Eso se lo queda la ultraderecha y lo de la seguridad tampoco cuela a pesar del intento de hacer creer que hay un okupa por cada metro cuadrado o que es normal que te ocupen tu vivienda mientras bajas al Mercadona a por una tortilla de plástico.

Tras soltar todo tipo de redes, legales e ilegales, lícitas e ilícitas, éticas y espurias, y recogerlas... han encontrado oro puro. Corrupción de la buena en el gobierno progresista y en el propio partido socialista, así que las personas de izquierdas estamos abatidas, frustradas y desoladas.

Resulta que es precisamente en esa desolación donde se desvela el abismo que nos separa. Mientras que en la derecha la reacción ante la podredumbre propia es el cierre de filas, el corporativismo rastrero y la justificación sistemática de los suyos, en la izquierda el golpe duele en el alma. Nos abrimos en canal, exigimos responsabilidades fulminantes y nos desangramos tanto pública como íntimamente. Ese dolor visceral, esa falta de anestesia ante la deshonestidad, es el precio que pagamos por tener principios éticos y no meros intereses electorales.

Y es ahí, en nuestro desánimo, donde la pesca de arrastre celebra su verdadero triunfo. Su fin último nunca fue limpiar las instituciones, sino inocular el veneno del "todos son iguales" en el electorado progresista. Saben perfectamente que su votante es fiel y disciplinado, inmune al desencanto; por eso, su victoria depende de que nosotros, ante la frustración, tiremos la toalla, nos rindamos al cinismo y nos quedemos en casa el día de las elecciones. El éxito de su red no es haber pescado a unos corruptos en la izquierda, sino conseguir que la gente honrada renuncie a la política. Ahí es donde suele pescar el populismo de la extrema derecha y eso es realmente peligroso.

La corrupción es un enorme problema. Siempre lo ha sido. Lleva siglos incrustada en el ADN de las instituciones de este país. Existe en todos los estamentos, en todas las instancias, en todas las profesiones. Se asume con una normalidad pasmosa, de la misma manera que siempre se ha normalizado el defraudar a Hacienda o el pedir una factura sin IVA. Con esa misma naturalidad se asimilan las mordidas en las recalificaciones de terrenos, la compra de voluntades o los famosos pelotazos urbanísticos.

Si de verdad aspiramos a un cambio higiénico, a convertir la corrupción en un estigma socialmente deleznable, la Justicia no puede llevar una venda que solo tape un ojo. Debe actuar con la misma celeridad y el mismo peso ante cualquier desmán, sin importar las siglas ni los apellidos. Y eso incluye al emérito, al misterioso e indescifrable 'M. Rajoy' que nadie logra identificar, a las presidencias autonómicas de Madrid o Valencia, y a cualquier exministro y expresidente del Gobierno. Sin embargo, visto lo visto, la venda de la justicia parece tener demasiados agujeros. Al final, no estamos ante una cruzada por la limpieza democrática, sino ante una descarnada estrategia de asalto al poder.

Quienes os defináis como personas de izquierdas, estoy seguro de que sentiréis la misma desolación que yo; una quiebra interna que se despliega en tres frentes abiertos. Desolación, en primer lugar, por la podredumbre descubierta en el seno del gobierno progresista y en el propio PSOE. Desolación, también, al constatar cómo ciertos sectores de la justicia, los grandes medios de comunicación y las propias cloacas de las fuerzas de seguridad del Estado se alinean, por las buenas o por las malas, para derrocar a un ejecutivo democráticamente elegido. Y desolación, finalmente, ante la demoledora sospecha de que esta estrategia les servirá para volver a ganar las elecciones, abriendo de par en par las puertas a una nueva era de recortes despiadados en nuestros derechos, en nuestra sanidad y en nuestra educación pública.

Fdo. Diego Bueno.

lunes, 22 de junio de 2026

HABLEMOS DE JUNIO, LA PURIFICACIÓN Y LA ESPERANZA… ¡POR FIN!

 

Junio, la noche de San Juan. El mes de la purificación. Siempre he pensado que buena parte de lo verdaderamente importante en la vida ocurre en junio, tanto lo bueno como lo malo. Es un tiempo de días eternos de luz, de hogueras y de aguas limpias que, dependiendo del rito que elijas seguir, te invitan a resetear el alma.

Para mí, este mes posee un encanto único, casi magnético. Es el prólogo perfecto del verano, ese momento en el que el calor del día y la vida, de repente, se trasladan por completo a las plazas y portales en forma de cercanía entre las personas. Hay una poesía callada en esas noches en las que el aire huele a libertad, el reloj deja de importar y las conversaciones se alargan sin prisa bajo un cielo estrellado que se resiste a oscurecer. Así tuve la suerte de vivir los junios desde bien pequeño: vecinas al fresco en las casapuertas y en las aceras, sillas de playa, pipas, música hecha y cantada, cotilleos, risas… y la radio de fondo. Junio tiene esa magia indomable que une el bullicio de la gente compartiendo en la calle hasta altas horas, la intensidad de los finales de curso, el sabor del ansiado principio de las vacaciones y, en definitiva, la vuelta al mar. Una reconexión profunda con nuestra propia espiritualidad y con una música más íntima y libre.

Y en mitad de esta atmósfera, la noche de San Juan se alza como una celebración de tiempos ancestrales. Me fascina pensar que sus raíces se hunden en un pasado puramente natural y astronómico: el solsticio de verano. Mucho antes de que el cristianismo existiera, los pueblos antiguos —como los celtas o las culturas mediterráneas— veneraban los elementos que les daban la vida. Al observar que a partir del 21 de junio los días empezaban a acortarse, encendían hogueras monumentales en un rito hermoso: querían "darle fuerzas" al Sol para que no se apagara, a la vez que usaban las llamas para purificar los cuerpos, quemar lo viejo y atraer la fertilidad. Era una fiesta de la tierra, de los sentidos y de la vida. Una velada tan mágica que los antiguos celtas e incluso los romanos creían que esa noche el velo entre el mundo real y el invisible desaparecía por completo. Decían las viejas fábulas que era el momento en que las hadas salían a bailar entre los hombres y que las plantas ocultaban tesoros, recordándonos que la naturaleza, en junio, alcanza su máximo esplendor espiritual

La historia nos muestra cómo el cristianismo se apoderó de esta costumbre pagana de una forma muy astuta. Las religiones imperialistas, históricamente, se han adueñado de todo: de los lugares de culto, de los palacios, de las riquezas, de las costumbres y hasta de los ritos de los pueblos que sometían, pasándoles una capa de pintura ortodoxa para su propio beneficio y control. Con San Juan hicieron exactamente eso. Al ver que era imposible erradicar una fiesta tan arraigada en el alma del pueblo, la Iglesia católica la camufló bajo su propio dogma, situando el nacimiento de San Juan Bautista justo seis meses antes de la Navidad, coincidiendo con el solsticio.

Incluso el propio bautismo, que hoy nos presentan como un sacramento central de su doctrina, no es más que otro rito de purificación a través del agua copiado, apropiado y arrebatado de aquellas tradiciones paganas que ya limpiaban el espíritu sumergiéndose en los ríos y en los mares.

Pero, a pesar de los dogmas y de las instituciones que intentaron adueñarse de nuestra memoria colectiva, nadie ha podido apagar la verdadera esencia de esta noche. Por eso me ha atraído desde siempre. Cuando saltamos sobre el fuego o miramos las brasas, estamos quemando todo lo malo en un intento de apartarlo y alejarlo de nuestras vidas, aunque solo sea de forma simbólica.

San Juan sigue siendo, año tras año, la oportunidad perfecta para los grandes comienzos y las grandes despedidas. Una ventana abierta a la esperanza. Antiguamente, los deseos de la comunidad estaban puestos en las cosechas que debían asegurar el sustento; hoy, nuestras esperanzas se vuelcan en el futuro, tanto a nivel individual como colectivo. Al final, contra el fuego, el agua, la espiritualidad libre y las ganas de renovación del ser humano, no hay dogma que pueda.

Disfruten de junio, de la noche de San Juan, del fuego y del agua, del calor, incluido el humano, de la vuelta al mar y a mirar arriba a los cielos estrellados. Quemen lo que tengan que quemar, purifíquense y renueven sueños porque esto, ni más ni menos, es la vida.

¡Salud para vivirlo!

Fdo. Diego Bueno.

jueves, 18 de junio de 2026

HABLEMOS DE POR QUÉ ES TAN IMPORTANTE LA PEDAGOGÍA… ¡POR FIN!

 

El objeto principal de su estudio es la educación como un fenómeno sociocultural, por lo que existen conocimientos de otras ciencias que ayudan a comprender el concepto educativo, como, por ejemplo, la historia, la psicología, la sociología, la política y la filosofía, entre otras.

Además, tiene la función de orientar las acciones educativas con base en ciertas prácticas, técnicas, principios y métodos cuyo objetivo es el de ayudar, guiar, conducir e intervenir en los procesos de «enseñanza-aprendizaje».

Ya los grandes pensadores griegos como Platón, Sócrates y Aristóteles dejaron plasmada en sus escritos la importancia de asignar métodos para el conocimiento y estudio de determinadas disciplinas. Aun así, a pesar de lo indiscutible que es la necesidad de una pedagogía práctica en todo proceso de enseñanza, existe un sector retrógrado, cerrado de mente y yo diría que, incluso, «negacionista», que piensa que la pedagogía no es necesaria. Incluso hay profesionales de la educación que siguen pensando que «la letra con sangre entra» (aunque no se atrevan a decirlo abiertamente por aquello de no ser políticamente incorrectos) y que siguen considerando la obediencia como un valor a estimular en el alumnado.

Son los de siempre. Los que rinden pleitesía a las empresas, a los empresarios y a los poderes públicos en general; los que procuran que el fundamentalismo de sus religiones sea el que marque las pautas a seguir en la educación; los de confundir el respeto con el miedo; los que se valen de su posición de poder para imponer sus criterios; los clasistas; los de «donde manda patrón...», los del «porque sí», los del «yo a tu edad...». Como si los tiempos no cambiaran, como si no se realizaran estudios reputados que avalan otras formas de educación.

¡Todas las etapas educativas necesitan de la pedagogía!

La Educación Infantil, la Primaria, la Secundaria, el Bachillerato, la Formación Profesional o la formación universitaria necesitan de docentes dispuestos a aplicar metodologías pedagógicas adaptadas al contexto, al alumnado, a las enseñanzas, a los medios, a las circunstancias y a las necesidades de cada momento.

Se necesita humanizar la educación, adaptarnos todos y todas a los nuevos tiempos y avanzar. Además, todo eso debemos hacerlo tanto en el seno de las familias como en las enseñanzas regladas. Dicho de otra forma: ¡La pedagogía es hoy más necesaria que nunca!

Aprendizaje cooperativo, aulas invertidas, aprendizaje basado en el pensamiento, pensamiento creativo o de diseño, aprendizaje basado en proyectos, gamificación... Todos estos son métodos pedagógicos cuya eficacia está fuera de toda duda; por consiguiente, no se trata de creer o no creer en ellos, sino más bien de aceptar esta realidad que, por desgracia, un sector retrógrado del profesorado todavía se niega a reconocer.

Os animo a todos mis compañeros y compañeras de carrera a que sigáis trabajando para convertiros en grandes pedagogos para así conseguir, entre todos, desterrar de una vez ideas como la segregación por sexo, la exclusión de personas con discapacidad pensando que eso afecta a la famosa «excelencia» del alumnado, la obediencia o la sumisión del estudiante (futuro trabajador), la pleitesía a las empresas como si estas fueran un ejemplo moral de institución social, la idea de respeto basada en la posición de poder, o el machismo y la xenofobia como forma de asunción de desigualdades.

En esa lucha os vais a encontrar frente a personas que pertenecen a esos grupos reaccionarios que, os lo aseguro, van a pelear con todas sus fuerzas, todos sus medios (que serán siempre muchos más que los nuestros, incluidas las posiciones de poder) y todos sus métodos (de todo tipo, incluyendo los ilegales, los inmorales o los poco éticos) con tal de conseguir mantener sus privilegios o su forma de entender la educación, anclada en los años de la revolución industrial o, lo que es peor, añorando los años del fascismo y el franquismo.

Inventaron las aulas bilingües, que no son más que una forma encubierta de segregación (como todos sabemos); la formación dual, como forma de proporcionar mano de obra gratis a las empresas (como todos sabemos igualmente), o la privatización de la educación como forma de hacer negocio a costa de un derecho fundamental de todas las personas.

Las normas y su cumplimiento son necesarias, las actitudes (incluida la del respeto) se fomentan y se trabajan; precisamente por eso es fundamental la pedagogía en todas las etapas educativas, así como la que, como padres y madres, aplicamos en casa.

Fdo. Diego Bueno

martes, 16 de junio de 2026

HABLEMOS DE COMPRENDER LA ADOLESCENCIA… ¡POR FIN!

 

La adolescencia no constituye una enfermedad ni una etapa destructiva, sino un proceso natural de transición, búsqueda de identidad y ganancia de autonomía. En este período se experimentan cambios a tres niveles: biológicos y físicos, marcados por la maduración sexual y corporal; psicológicos, centrados en la construcción de la identidad, un egocentrismo transitorio y marcadas fluctuaciones emocionales; y sociales, donde el grupo de iguales adquiere una importancia crucial. Científicamente, esto se explica porque las zonas cerebrales encargadas de las emociones se desarrollan antes que la corteza prefrontal, responsable del control de impulsos y la planificación, lo que justifica muchas de las conductas de riesgo o respuestas viscerales propias de la edad.

El ejercicio de la autoridad y el afecto en el hogar determina el clima de esta etapa, distinguiéndose habitualmente cuatro estilos educativos:

El estilo autoritario, caracterizado por un alto control y bajo afecto, impone normas rígidas sin diálogo, lo que suele traducirse en jóvenes con baja autoestima, retraídos o fuertemente rebeldes fuera de casa.

El estilo permisivo ofrece un alto afecto pero un bajo control, confundiendo el papel de progenitores con el de amigos; esto genera jóvenes con baja tolerancia a la frustración y dificultades de adaptación escolar.

El estilo negligente o indiferente muestra un déficit tanto de afecto como de control, derivando en inseguridad crónica y problemas graves de conducta.

Finalmente, el estilo democrático o asertivo, el idóneo en el plano pedagógico, combina un afecto incondicional visible con límites claros, coherentes y razonados, fomentando una negociación flexible según la madurez del menor. Este enfoque produce adolescentes responsables, autónomos, con buena autoestima y capacidad para resolver conflictos.

Establecer un estilo democrático implica combinar en el día a día la exigencia firme con el afecto incondicional, evitando mandar por el mero hecho de imponer la autoridad o ceder para evitar disputas. La clave reside en practicar una flexibilidad progresiva. A medida que se demuestra responsabilidad en pequeñas parcelas, como los horarios o las tareas domésticas, se pueden otorgar mayores márgenes de autonomía, como la organización del estudio o la ampliación excepcional de una hora de llegada. En el trato personal, resulta fundamental valorar el esfuerzo y no únicamente el resultado, reconociendo explícitamente los intentos de mejora.

Un caso práctico ilustra esta dinámica ante la petición de retrasar la hora de regreso un sábado por una celebración especial. El enfoque autoritario negaría la opción de forma tajante basándose en la sumisión al techo familiar, lo que genera frustración y deseos de engaño. El enfoque permisivo concedería total libertad sin fijar límites, desprotegiendo al menor. El enfoque democrático, en cambio, validaría el deseo del joven pero condicionaría la ampliación excepcional de la hora a compromisos concretos, como avisar ante cualquier imprevisto y dejar las obligaciones escolares previas organizadas.

Pilares de la Convivencia: Comunicación y Afecto

Los adolescentes tienden a cerrarse en banda cuando perciben interrogatorios o juicios de valor. En la convivencia diaria, el control policial debe sustituirse por una escucha activa que no busque ofrecer soluciones inmediatas, sino permitir el desahogo y guiar al menor mediante preguntas sobre sus sentimientos y posibles soluciones. El afecto físico, aunque deba adaptarse a gestos más discretos por el pudor propio de la edad, sigue siendo indispensable para transmitir seguridad.

Una herramienta esencial en la comunicación eficaz son los mensajes centrados en el "yo" en lugar de los reproches dirigidos al "tú". Ante una situación común, como encontrar la cocina sin recoger a pesar de haber un pacto previo, la comunicación barrera optaría por el insulto y la descalificación personal, provocando el encierro o la réplica airada del joven. La comunicación asertiva, por el contrario, expresa el cansancio propio, la frustración que genera el incumplimiento del trato y la necesidad de que se respete lo acordado, desarmando así la actitud defensiva del adolescente.

Los límites, lejos de ser un castigo, constituyen una forma de cuidado. Educar implica transitar del castigo arbitrario, nacido del enfado o la impotencia, a la consecuencia lógica pactada de antemano. Las normas deben establecerse en momentos de calma y las innegociables deben ser muy pocas, ceñidas estrictamente a la salud, la seguridad o el respeto básico. Todo lo demás es susceptible de negociación. Si se incumple un límite, como exceder el tiempo pactado en el uso de pantallas durante la cena, aplicar un castigo desproporcionado e imposible de cumplir solo genera rencor. La alternativa pedagógica consiste en aplicar con calma la consecuencia previamente acordada, como la reducción equivalente del tiempo de ocio tecnológico al día siguiente, permitiendo que el menor asuma la responsabilidad de sus actos sin caer en la sobreprotección.

Toda intervención educativa en esta etapa requiere paciencia a largo plazo. En pleno conflicto, conviene recordar que el cerebro del adolescente se encuentra en reconstrucción y que la aparente rebeldía no es un ataque personal, sino un intento, a menudo torpe, de descubrir su propia identidad de forma independiente.

El Conflicto Específico entre Madre e Hija

La relación entre una madre y su hija adolescente presenta a menudo una intensidad emocional singular. Históricamente, la madre ha sido el espejo principal de cuidado e identidad femenina. Para construir una identidad propia, la joven necesita distanciarse de ese modelo, recurriendo con frecuencia a la crítica, la oposición o el rechazo de la ropa, las opiniones y las costumbres maternas. Esta frustración suele volcarse en la madre porque representa el entorno más seguro; la hija sabe de forma inconsciente que ese amor es incondicional y que el vínculo resistirá la tormenta.

El peligro surge cuando la madre entra en competencia con la hija, ya sea por el físico, la atención o el deseo de tener la última palabra, lo que distorsiona gravemente los roles familiares. Esta situación a veces coincide temporalmente con la crisis de la mediana edad de la progenitora, avivando inseguridades sobre el paso del tiempo. Sin embargo, la madre debe mantener su posición de adulta. Ponerse al mismo nivel o discutir como una igual deja a la adolescente huérfana de una figura de referencia. La juventud no demanda una amiga ni una rival, sino un faro y un límite seguro.

Frente a las malas contestaciones, la autorregulación materna es clave; engancharse en la discusión obliga a la hija a elevar el tono para marcar distancias. Mantener la calma demuestra que la estabilidad adulta es sólida, ofreciendo una profunda seguridad al menor. El proceso equivale a romper un cascarón: si se empuja desde fuera para demostrar fuerza, se puede dañar a la criatura. El papel materno consiste en sostener el nido con firmeza y paciencia mientras se aprende a volar, asumiendo que el proceso puede incluir algún aletazo.

El Ámbito Escolar: Fomentar la Autonomía en el Estudio

En el terreno académico, el acompañamiento debe sustituir la fiscalización por el seguimiento del proceso, manteniendo una comunicación fluida con los tutores del centro educativo y permaneciendo alerta a señales como el absentismo o un descenso brusco de las notas, que suelen reflejar problemas emocionales o de acoso.

A partir de la educación secundaria, sentarse a estudiar diariamente con los hijos es un error que frena su maduración y cronifica la dependencia. El objetivo idóneo es pasar de ejercer como copiloto a actuar como un director de orquesta. Esto implica gestionar el entorno y no las tareas directas, asegurando un espacio silencioso, un horario regular y la retirada absoluta del teléfono móvil durante el tiempo de trabajo.

La intervención familiar debe centrarse en enseñar a planificar a principio de semana utilizando la agenda para fragmentar los deberes, pero dejando la ejecución en manos del estudiante. Si el menor muestra dudas, conviene devolverle la responsabilidad preguntándole qué ha hecho previamente para resolver el problema por sí mismo antes de ofrecer una pista y retirarse. Al final de la tarde, el seguimiento se limita a la rendición de cuentas, verificando que el trabajo planificado se ha realizado. Si existen errores en el contenido, es preferible que los detecte el profesor al día siguiente, permitiendo que el alumno experimente el impacto real de su propio esfuerzo. Dar autonomía no es desentenderse, sino sustituir el control policial por un acompañamiento firme que enseñe a tolerar la frustración a solas.

Finalmente, la labor educativa se extiende a la salud y el uso de las nuevas tecnologías, promoviendo el descanso, la alimentación equilibrada y la prevención del consumo de sustancias. En el ámbito digital, resulta indispensable pactar los tiempos de uso, retirar los dispositivos de los dormitorios durante la noche y educar en el respeto en las redes sociales para prevenir el ciberacoso.

El fin último de la educación en esta etapa no consiste en mantener un control absoluto, sino en guiar de forma afectuosa y firme hacia una autonomía madura, responsable y sana.

Fdo. Diego Bueno

 

jueves, 4 de junio de 2026

HABLEMOS DE VELOCIDAD VITAL… ¡POR FIN!

 

Medios de comunicación, especialistas de la medicina, redes sociales y hasta el boca a boca; todos tenemos asumido y difundimos, como si fuera un dogma, que “vivir deprisa no es bueno”. Bien, pues me opongo a ese absolutismo de pensamiento y, por supuesto, lo voy a argumentar. Pienso que en muchas ocasiones estamos juzgando el concepto de "velocidad" desde un punto de vista equivocado.

Es cierto que, en comparación con otras épocas de la historia, vivimos en la era de la prisa; eso es un hecho. La respuesta a esta forma de vida es una filosofía que se repite como un mantra en libros de autoayuda, pódcast y redes sociales: ¡hay que frenar! Además, para colmo, ¡nos lo dicen en tono de reproche!: que si corremos no vemos el paisaje, que la velocidad nos anestesia y que vivir rápido es la garantía más absoluta para perderse las pequeñas cosas de la vida, por no hablar de lo mal que afecta a la salud. Todo eso me parece correcto en muchos casos, pero creo que hay un aspecto que se suele pasar por alto. Hay personas que necesitamos esa velocidad, que la hemos necesitado siempre, y que eso nos ha permitido vivir mejor y vivir más.

Yo, personalmente, siempre he vivido rápido, al menos en comparación con muchas de las personas que me han rodeado. Ya sabemos que el concepto de rápido y lento es subjetivo y se basa en la comparación con otros modelos de vida.

La velocidad no es sinónimo de superficialidad, sino de capacidad de procesamiento. Si tu "procesador central" va más rápido, tu percepción del tiempo se expande, lo que te permite vivir de forma intensa sin perder la nitidez de los detalles. Como nos enseñaron en la escuela, la velocidad es un concepto inventado; es simplemente la relación entre el espacio recorrido y el tiempo empleado. En la vida, la ecuación no es tan distinta. La velocidad vital no existe por sí sola, sino que es la relación entre los espacios que ocupas y en los que te mueves (físicos, intelectuales, emocionales) y los tiempos que empleas.

Ya nos decía Einstein hace más de un siglo que el tiempo no es algo fijo ni absoluto, sino que es elástico y relativo. Si la física demuestra que el movimiento altera el cronómetro (véase la teoría de la relatividad especial, ampliamente demostrada), ¿por qué nos empeñamos en aplicar una regla fija a la mente humana? El gran error social, a mi parecer, es asumir que todos tenemos el mismo motor y el mismo procesador.

Cuando estamos en el lugar que nos gusta, junto a la gente que queremos y haciendo lo que nos apasiona, el tiempo pasa volando, ¿verdad que sí? En otras ocasiones, coincidiendo con lo que no nos hace felices, el tiempo se nos hace súper lento. Cuando nos movemos rápido por la vida, interactuando en más espacios y procesando estímulos a mayor velocidad, no estamos acortando nuestra existencia ni haciéndola más borrosa. Al contrario: ¡estamos dilatando nuestra experiencia!

No todos procesamos la información al mismo ritmo. Hay quienes necesitan una tarde entera de silencio para digerir un capítulo de un libro, y hay quienes, en esa misma tarde, devoran varios capítulos, escuchan un disco, recogen la cocina y, entre medias, se detienen a observar cómo la luz de la tarde cruza el salón. ¡Y lo hacen saboreándolo todo! Vivir a mucha velocidad no significa, necesariamente, pasar de largo; significa interactuar en más espacios en el mismo tramo de tiempo.

Si tus capacidades te permiten procesar la realidad de manera más ágil, tu abanico de experiencias se multiplica. Es más, a mi parecer, sería un desatino cercano a la indolencia dejar de aprovechar esa cualidad y aburguesarse. Quien vive rápido porque puede, no está huyendo del presente, sino que lo está exprimiendo. Es capaz de captar el matiz de una conversación, la belleza de un gesto o el sabor de un café en cuestión de segundos, porque su "zoom" mental es más rápido, no más borroso. Mientras el dogma nos dice que la prisa difumina el paisaje, la psicología cognitiva nos recuerda que una mente activa y veloz puede enfocar con una nitidez asombrosa múltiples detalles a la vez.

Por supuesto, no hablo de la velocidad ansiosa, de esa prisa neurótica que nace del estrés y del "no llegar". Esa prisa sí que es ciega. Hablo de la velocidad vital elegida y disfrutada, la que nace del entusiasmo, de la curiosidad insaciable y de las ganas de abarcar mundo. Se puede vivir con el acelerador pisado y, a la vez, tener la sensibilidad intacta para lo pausado. Se puede ser un torbellino de actividad y, en el núcleo de ese movimiento, conservar una calma perfecta para apreciar los detalles que otros, incluso yendo despacio, no son capaces de ver.

Al final, la vida no se mide solo en los años que acumulamos, sino en la cantidad de realidad que somos capaces de procesar y disfrutar en esos años.

Solo existe un escenario en el que el freno debe ser pisado de forma imperativa: ¡la salud! La salud manda. Si nuestro cuerpo nos pide calma, debemos darle calma; si por edad o por enfermedad nos toca aminorar la marcha, debemos adaptarnos. Pero esa adaptación nunca es fácil para quien ha sido capaz de vivir y sentir intensamente, saboreando mucho, de mil formas distintas y de manera vehemente. Doy fe de ello.

Existe un proceso de adaptación a esos cambios, una especie de duelo, y se necesita tiempo para aceptar que los ritmos ahora son otros: más lentos, más pausados. Las ganas de masticar, sentir y disfrutar de cada bocanada de aire no se van; pero las fuerzas para hacerlo a la velocidad acostumbrada, sí. Y en esa nueva velocidad, obligada pero asumida, nos toca aprender a saborear el mundo con la misma intensidad de siempre, aunque sea a un compás diferente.

Esta realidad supone, a mi parecer, una de las grandes frustraciones y retos de la vida: aceptar que el combustible, en mi caso en forma de aire, nos afecta en todos los aspectos, incluidas todas las velocidades, ya sean de procesamiento, de movimiento o de respuesta. Al fin y al cabo, el cuerpo humano no es tan distinto de una llama: necesita oxígeno para arder, y cuando ese oxígeno escasea, la intensidad de la llama cambia, aunque el fuego siga ahí.

Fdo. Diego Bueno.

jueves, 21 de mayo de 2026

HABLEMOS DE ADOPTAR UNA POSTURA FETAL… ¡POR FIN!

 

Antes de la primera bocanada de aire, antes de conocer el peso del tiempo o el dolor de la incertidumbre, todos nos refugiamos en un ovillo perfecto. La postura fetal no es una rendición, es el lenguaje más antiguo del cuerpo. Es el blindaje instintivo que protege el pecho y esconde la mirada cuando el temporal exterior amenaza con romperlo todo. Nos encogemos no para desaparecer, sino para resistir, para regresar al origen y buscar, en nuestro propio eje, el aire y la paz que se nos niega.

El futuro era un pacto silencioso, una promesa de horizontes que dábamos por sentada. Pensaba, con la ingenuidad de los vivos, que esto duraría para siempre. Pero la vida no avisa. Llega un revés ciego, un golpe seco que hace tambalear las esperanzas y los sueños. De pronto, sientes como que todo parece terminarse demasiado pronto, como que los años han pasado demasiado rápido. Sientes que la vida es arena fina que se escapa entre los dedos y que cae, inexorable, en la parte baja del reloj de arena. Y te preguntas: ¿Ya? ¿Esto es todo?

Y en medio de este terremoto, la existencia parece perder su sentido. Te asalta el vacío al comprender la fragilidad de la memoria: saber que, pasadas dos generaciones, el olvido borrará los nombres y nadie recordará que estuvimos aquí. ¿Qué valor tiene lo que dejas si el tiempo lo termina difuminando? Esa certeza mina las fuerzas de la misma manera que lo hace la enfermedad, esa que se instala en el pecho y te condena a la búsqueda constante de lo que antes era natural. Sientes, justamente eso: falta de aire.

Esa asfixia, que te desestabiliza por dentro, te vuelve un extraño ante ti mismo. En ese ahogo, a veces tomas decisiones apresuradas o dices palabras de las que luego te arrepientes, habitando un remordimiento incómodo. No son los problemas cotidianos los que te pesan; esos los manejas. Son los problemas trascendentes, los de fondo, los que de verdad te golpean con más fuerza de lo normal. Te encuentras atrapado en una paradoja constante: a veces quieres y no puedes; otras, puedes pero ya no quieres.

Así que decides retirarte del frente. Te encierras en ti mismo, te enroscas, adoptas una postura fetal ante el mundo. Es una actitud de resistencia silenciosa, un repliegue de resignación y frustración, pero también de protección. En ese ovillo te adentras en tu propia esencia e intentas buscar un rincón de calma. Para encontrar ese equilibrio, lees y escribes desesperadamente, buscando respuestas o desahogo, y prefieres la compañía de la música como la única y verdadera encauzadora de paz.

Sin embargo, ni siquiera en ese encierro hay tregua absoluta. Mientras buscas estar bien contigo mismo, te acompaña el estrés invisible de intentar dejarlo todo listo, todo en orden, para cuando toque partir.

Y es desde este refugio de sombra y silencio desde donde nace la necesidad de pedir perdón. Un perdón a quienes me rodean por estar sin estar, por habitar la realidad solo a medias, ofreciendo una ausencia que no es física sino mental, como si el pensamiento se hubiera quedado atrapado en un exilio voluntario. Toca disculparse por esos dardos verbales, por los vaivenes del ánimo y por la incapacidad para gestionar este oleaje de emociones, tan diversas, tan extrañas y tan ajenas a mí. Queda, al menos, el amparo de las líneas escritas a contrarreloj, el refugio de Spotify a todas horas, el trabajo silencioso en los quehaceres diarios y la lectura compulsiva, como un intento callado de hallar el norte en mitad del desconcierto.

Fdo. Diego Bueno

miércoles, 20 de mayo de 2026

HABLEMOS DE RELACIONES TÓXICAS... ¡POR FIN!

 

Vivimos unos tiempos en los que, gracias a la desmitificación de la relación de pareja tradicional que duraba para toda la vida, nos encontramos con personas que cambian de pareja igual que cambian de pantalones. Creo que asistimos a una banalización de las relaciones e incluso del amor. Se llama amor a sentimientos y apegos que a veces poco tienen que ver con él. Si a eso sumamos que vivimos tiempos de enfermedades mentales o, como mínimo, de “desajustes” provocados por nuestro estilo de vida (inmediatez, pantallas, redes sociales, etc.), nos encontramos en muchos casos con relaciones cargadas de una toxicidad que, a veces, cuesta detectar.

Mi admirado psicólogo y escritor Oriol Lugo, especialista en bienestar emocional y relaciones tóxicas, enfatiza que las faltas de respeto no siempre se manifiestan a través de agresiones evidentes o gritos. A menudo, se presentan mediante dinámicas sutiles, encubiertas y cotidianas que van minando la autoestima y la confianza. Esta es la parte que considero más interesante y que abordaré más adelante, ya que el insulto directo es claramente detectable.

No obstante, he de hacer un inciso fundamental: los insultos y las famosas "pérdidas de control" no son meros accidentes o resbalones fruto de una discusión acalorada. Debemos verlos como escaladas directas de violencia psicológica.

El espejismo de la pérdida de control

Cuando se cruza la barrera del insulto o de la agresividad desmedida, se rompe el pilar básico del respeto. La excusa más habitual tras un episodio de gritos es: "Perdona, perdí el control, no era yo". Sin embargo, esta pérdida de control suele ser altamente selectiva.

Esa misma persona, ante una gran frustración con la dirección de su empresa, con un cliente o con un agente de policía, es perfectamente capaz de morderse la lengua. ¿Por qué "pierde el control" exclusivamente en la intimidad y con su pareja? Porque, de forma consciente o inconsciente, siente que tiene el permiso y la posición de poder para hacerlo. No es una incapacidad para gestionar la ira; es una demostración de dominio en un espacio de supuesta impunidad.

Además, el insulto nunca es inofensivo. Es una herramienta diseñada para degradar, y quien ejerce este tipo de violencia casi nunca asume la responsabilidad total de sus actos. Las disculpas suelen venir camufladas con condicionales: "Siento haberte hablado así, pero es que me sacas de mis casillas". Al responsabilizar a la otra persona de su propio estallido, obliga a la pareja a vivir en un estado de hipervigilancia, asumiendo una culpa que no le corresponde.

Las "Red Flags" silenciosas: Dinámicas sutiles que minan la autoestima

Identificar las agresiones microscópicas y aparentemente inofensivas es el núcleo fundamental para desmontar el abuso antes de que escale. La dominación rara vez comienza con un grito; se instala silenciosamente a través de las palabras.

Estas son algunas de las dinámicas y frases tóxicas sutiles más comunes, disfrazadas a menudo de bromas o victimismo:

  • El Gaslighting (Luz de gas): Frases como "yo nunca dije eso" o "te estás inventando las cosas". Su objetivo es reescribir la historia y hacer que la otra persona dude de su memoria y de su propia percepción.
  • La Invalidación Emocional: Expresiones como "todo te lo tomas como un drama" o "eres demasiado sensible". Buscan restar importancia a los sentimientos del otro, desviando el foco del problema y castigando a la pareja por expresar su dolor.
  • Poner en tu boca palabras que nunca dijiste: Ocurre cuando expresas un malestar y tu pareja se inventa que dijiste algo falso en el pasado para defenderse. Funciona como una cortina de humo para desviar la atención de su propio error, obligándote a ti a defenderte de una mentira y es otra forma sutil de Gaslighting que busca hacerte dudar de tu propia memoria y criterio.
  • La Culpa Invertida: "Mira lo que me haces decirte". Es una de las "banderas rojas" más graves, pues traslada la responsabilidad de la agresividad a la persona que la está sufriendo.
  • La excusa del humor: "Era solo una broma, no tienes sentido del humor". Utiliza la ironía como un caballo de Troya para introducir desprecio. Si te ofendes, te culpan por tu reacción, dejándote sin derecho a defenderte.
  • Aislamiento y falsa responsabilidad: Desde el "nadie te va a aguantar como yo" (que destruye la autoestima y fomenta la dependencia), hasta el "bueno, ya te pedí perdón, ¿qué más quieres?", que exige un cierre forzado del conflicto sin reparación real.

El síndrome de la máquina tragaperras: ¿Por qué es tan difícil salir?

Llegados a este punto, la pregunta es inevitable: si duele tanto, ¿por qué la gente no se va? La psicología lo explica con una metáfora brillante: el mecanismo de la máquina tragaperras (o refuerzo intermitente).

En una relación tóxica, la recompensa es impredecible. La pareja alterna episodios de frialdad, desprecio o castigo (que disparan el cortisol y la ansiedad) con momentos repentinos de amor intenso, arrepentimiento o "migajas" de afecto (que liberan un pico adictivo de dopamina). La mente humana reacciona exactamente igual que un ludópata frente a una máquina: entregas tu energía intentando "hacer las cosas bien", perdiendo casi siempre, pero esperando ese "premio gordo" del arrepentimiento que te da un alivio inmenso. Este ciclo crea un vínculo traumático y una dependencia neuroquímica real que anula la lógica y la razón.

TOXICIDAD

Después de analizar la radiografía del dolor, es momento de encender la luz. Identificar la toxicidad no debe servirnos solo para lamentarnos, sino para despertar. Hablar por fin de relaciones tóxicas, llamando a las cosas por su nombre, es el primer paso hacia la sanación.

Si queremos construir vínculos sanos, igualitarios y basados en los buenos tratos, debemos pasar a la acción desde una perspectiva positiva y reparadora. Aquí están las claves para lograrlo:

  1. Educación emocional desde la base: La prevención es nuestra mejor herramienta. Necesitamos enseñar a las nuevas generaciones, desde las aulas y los hogares, a identificar qué es el amor y qué es la posesión. Entender que el enfado es lícito, pero la agresión es una decisión (y una línea roja).
  2. Responsabilidad afectiva real: En una relación sana, si algo te duele, a tu pareja también le duele. No minimiza tus emociones ni te dice cómo debes sentirte; te escucha, valida tu sentimiento e intenta no repetir lo que te lastimó. El amor maduro se conjuga en equipo.
  3. Establecer (y respetar) límites firmes: Un límite no es un castigo para el otro, es una red de seguridad para uno mismo. Aprender a decir "no permito que me hables así" sin sentir culpa es el mayor acto de amor propio que podemos hacer.
  4. Romper el aislamiento y pedir ayuda: Nadie sale de una adicción emocional en soledad. Apoyarse en la familia, en los amigos de verdad y, sobre todo, en profesionales de la psicología, es vital para reestructurar la mente y romper el vínculo traumático.
  5. Reaprender a quererse: La solución definitiva a una relación tóxica es el reencuentro con uno mismo. Cuando cultivamos nuestra autoestima, dejamos de conformarnos con las "migajas" de la tragaperras porque descubrimos que ya llevamos el premio completo dentro de nosotros.

El amor no duele, no humilla y no te hace dudar de tu cordura. El amor suma, da paz y es un refugio seguro. Ya es hora de que dejemos de normalizar el sufrimiento. Hablemos de relaciones sanas. ¡Por fin!

Fdo. Diego Bueno


HABLEMOS DE LOS NEGACIONISTAS DEL CAMBIO CLIMÁTICO… ¡POR FIN!

  A raíz del incendio en la provincia de Almería, he observado en comentarios en redes sociales la enorme cantidad de gente que a día de hoy...