Al menos entre
la gente de mi edad, existe una sensación compartida, un tema recurrente, casi
unánime en cualquier conversación me atrevo a decir. Se trata de la firme
convicción de que vivimos en una sociedad cada vez más egoísta, más insensible
y desprovista de valores éticos básicos. Es como que observas que cada cual va
a lo suyo y se olvida de que debemos convivir y, por consiguiente, debe haber
unas normas para que esa convivencia sea factible y agradable para todos.
Miramos a nuestro alrededor y nos invade la amarga certeza de que la empatía
cotiza a la baja y de que cualquier tiempo pasado fue, sin duda alguna,
infinitamente mejor.
Mucho me temo
que esta percepción tiene dos caras: una parte de trampa mental y otra,
bastante más amarga, de realidad pura y dura.
Comencemos por
desmontar la primera parte. Según lo que he podido investigar, resulta que el
hecho de que la ciudadanía sienta que la moral pública se desmorona no es un
invento del siglo XXI. Se trata de un mecanismo psicológico viejo como la
propia humanidad: el sesgo de declive o la ilusión del "tiempos pasados
fueron mejores". La explicación científica es, simple y llanamente, una
cuestión de supervivencia cognitiva. Nuestro cerebro, en su afán por
protegernos, tiende a filtrar los recuerdos desagradables del pasado y a
conservar los positivos (“declinación rosada”, se llama), mientras que el
presente nos impacta en tiempo real con toda su crudeza, ruido y
sobreinformación.
A esto se le
suma la brecha generacional. Cada generación adulta juzga a los jóvenes desde
la comodidad de quien ya ha superado los titubeos, miedos, incertidumbres y
choques con muros típicos de la juventud, olvidando sus propios errores y
proyectando una nostalgia idealizada de su propia época. Por lo visto, ya en la
Grecia clásica, Sócrates se quejaba de que los jóvenes de su tiempo eran
tiranos, no respetaban a los mayores y despreciaban la autoridad. Como podéis
comprobar… ¡nada nuevo!
Hasta aquí, la
trampa de la memoria. Pero quedarse únicamente en la explicación psicológica
para justificar el malestar actual sería una coartada cómoda para no mirar de
frente a la realidad. Porque, al margen de los engaños de la mente, hay algo
que se ha roto en el tejido social. Y aquí es donde la sociología nos ofrece
respuestas certeras. El sociólogo Zygmunt Bauman (uno de mis admirados) definió
con maestría el terreno que pisamos al bautizar nuestra era como la Modernidad
Líquida.
En la
modernidad sólida —la de nuestras madres y padres—, la vida se vertebraba sobre
instituciones fuertes y perdurables: empleos estables para toda la vida,
comunidades de vecinos con lazos sólidos, familias con horizontes claros y un
sentido de pertenencia compartido. Las reglas del juego eran previsibles y los
compromisos se firmaban a largo plazo. Los roles, incluso los estereotipados,
estaban perfectamente definidos y delimitados. Todo eso era sólido, sinónimo de
seguridad y estabilidad.
Hoy, todo eso
se ha derretido. Vivimos sumergidos en una liquidez donde nada dura, nada se
consolida y donde la velocidad se ha convertido en el valor supremo. Supongo
que es el precio de la libertad y la igualdad de derechos y oportunidades. Para
comprender por qué sentimos que la empatía se evapora, conviene analizar cómo
esta liquidez ha dinamitado nuestra convivencia a través de varios ejes
fundamentales:
Por una parte
nos han vendido la moto de que somos infinitamente libres porque podemos elegir
entre cien tipos de yogures o cambiar de perfil en una red social. ¡Mentira! Se
trata de una libertad de consumo, no de una libertad real. Nos han dejado solos
frente a los problemas estructurales, transformando las luchas colectivas por
derechos en batallas individuales donde cada cual debe buscarse la vida.
En la sociedad
sólida, la persona se definía por su aportación o su trabajo; hoy nos conciben
simple y llanamente como consumidores. La identidad ya no se construye a base
de coherencia y valores, sino que se compra y se descarta según la moda de
turno. El gran temor del ciudadano contemporáneo no es faltar a la ética, sino
quedarse obsoleto o excluido del mercado.
En la era de
las prisas, la inmediatez y el clic, el tiempo ha dejado de ser una línea
continua de progreso para convertirse en una sucesión de momentos
desconectados. La propia rutina es, en sí, una especie de scroll infinito
impulsado por esa prótesis tecnológica en la que se ha convertido el teléfono
móvil. Ya hay estudios completamente fiables han demostrado cómo la pantalla ha
erosionado la conversación cara a cara, ese espacio imprescindible donde la
mirada, el tono y el silencio del otro nos obligan a ejercitar la empatía real.
En esta cultura de lo efímero, el compromiso a largo plazo (con una pareja, con
un proyecto, con una causa) se percibe como una carga molesta que resta
libertad. Al intermediar nuestra convivencia a través de un cristal, evitamos
la incomodidad de la vulnerabilidad ajena, pero también nos privamos de la
capacidad de conmovernos. Y sin tiempo, dedicación ni presencia física frente
al otro, la empatía es sencillamente imposible.
Por otra
parte, hemos pasado de las empresas con arraigo y lealtad mutua entre empleador
y trabajador a la era de la flexibilidad extrema y el sálvese quien pueda. La
precariedad laboral y la volatilidad no solo precarizan el bolsillo; precarizan
el alma, minan la autoestima y destruyen los lazos de solidaridad en la
trinchera del trabajo diario.
Las
comunidades tradicionales, basadas en la ayuda mutua y el apoyo sincero, ya no
se llevan. En su lugar han surgido comunidades "pegamento" o de
ocasión: alianzas efímeras pegadas con la silicona de los intereses
individuales o el consumo compartido, que se disuelven con la misma rapidez con
la que se crearon.
Sin embargo,
sería una trampa de ceguera selectiva o de pura hipocresía negar los indudables
avances éticos que hemos conquistado. Si miramos atrás sin esa nostalgia rosa,
la sociedad sólida de hace cuatro o cinco décadas era también profundamente
rígida, autoritaria y excluyente. En ella estaban normalizadas la crueldad, las
costumbres arcaicas, la obediencia como forma de sometimiento, la máxima de «la
letra con sangre entra» y la violencia en general.
Hoy
disfrutamos de una conciencia ética mucho más amplia en aspectos donde antes
reinaba el silencio: la tolerancia cero ante cualquier forma de violencia o
abuso (en la pareja, en el aula o en el trabajo), el reconocimiento explícito
de la diversidad y los avances en la inclusión real de las personas con
discapacidad, o una sensibilidad ecológica que busca proteger el futuro de los
que vendrán. Hemos sustituido el respeto impuesto por el miedo por un respeto
basado en la dignidad individual. Y eso es un logro formidable que no debemos
desmerecer.
La tragedia de
nuestro tiempo no es que hayamos avanzado en derechos y libertades (¡faltaría
más!), sino que el mercado haya aprovechado esa individualidad para convertirla
en aislamiento y consumo.
Dicho de otra
forma: el sistema actual exige ser flexible, adaptable y voluble; exige no
atarse a nada ni a nadie para poder rotar al ritmo que marca el mercado. En
este escenario, la empatía y la compasión han pasado a considerarse debilidades
estructurales. Es algo así como que si te detienes a ayudar al de al lado,
pierdes posiciones en la carrera.
No nos
engañemos. Es verdad que nuestra mente tiende a idealizar el ayer, pero también
es una verdad incómoda que el modelo de sociedad que estamos construyendo (aun
reconociendo y valorando los tremendos avances) premia el egoísmo y castiga el
compromiso.
Nos toca a
toda la sociedad, desde la pedagogía aplicada, desde la familia, desde las
aulas y desde la vida diaria, negarnos a jugar ese juego. La empatía no es un
adorno ético ni un eslogan buenista de campaña institucional; es la matriz
fundamental que nos mantiene humanos, es lo que nos hace soportables los unos a
los otros. Frente al sálvese quien pueda de la vida líquida, va siendo hora de
volver a apostar por la solidez de los lazos compartidos, la solidaridad
auténtica y el respeto por la dignidad del de al lado aunque esos valores no
aparezcan en ningún currículo.
Fdo. Diego
Bueno Linero
Nota de
recomendación:
Recomiendo la
lectura de «Modernidad Líquida» de Zygmunt Bauman a docentes, educadores,
sociólogos, psicólogos, pedagogos y, en general, a toda persona que sienta
curiosidad por lo humano, por cómo pensamos y por qué.
