Medios de comunicación, especialistas de la medicina, redes sociales y
hasta el boca a boca; todos tenemos asumido y difundimos, como si fuera un
dogma, que “vivir deprisa no es bueno”. Bien, pues me opongo a ese absolutismo
de pensamiento y, por supuesto, lo voy a argumentar. Pienso que en muchas
ocasiones estamos juzgando el concepto de "velocidad" desde un punto
de vista equivocado.
Es cierto que, en comparación con otras épocas de la historia, vivimos en
la era de la prisa; eso es un hecho. La respuesta a esta forma de vida es una
filosofía que se repite como un mantra en libros de autoayuda, pódcast y redes
sociales: ¡hay que frenar! Además, para colmo, ¡nos lo dicen en tono de
reproche!: que si corremos no vemos el paisaje, que la velocidad nos anestesia
y que vivir rápido es la garantía más absoluta para perderse las pequeñas cosas
de la vida, por no hablar de lo mal que afecta a la salud. Todo eso me parece
correcto en muchos casos, pero creo que hay un aspecto que se suele pasar por
alto. Hay personas que necesitamos esa velocidad, que la hemos necesitado
siempre, y que eso nos ha permitido vivir mejor y vivir más.
Yo, personalmente, siempre he vivido rápido, al menos en comparación con
muchas de las personas que me han rodeado. Ya sabemos que el concepto de rápido
y lento es subjetivo y se basa en la comparación con otros modelos de vida.
La velocidad no es sinónimo de superficialidad, sino de capacidad de
procesamiento. Si tu "procesador central" va más rápido, tu
percepción del tiempo se expande, lo que te permite vivir de forma intensa sin
perder la nitidez de los detalles. Como nos enseñaron en la escuela, la
velocidad es un concepto inventado; es simplemente la relación entre el espacio
recorrido y el tiempo empleado. En la vida, la ecuación no es tan distinta. La
velocidad vital no existe por sí sola, sino que es la relación entre los espacios
que ocupas y en los que te mueves (físicos, intelectuales, emocionales) y los
tiempos que empleas.
Ya nos decía Einstein hace más de un siglo que el tiempo no es algo fijo ni
absoluto, sino que es elástico y relativo. Si la física demuestra que el
movimiento altera el cronómetro (véase la teoría de la relatividad especial,
ampliamente demostrada), ¿por qué nos empeñamos en aplicar una regla fija a la
mente humana? El gran error social, a mi parecer, es asumir que todos tenemos
el mismo motor y el mismo procesador.
Cuando estamos en el lugar que nos gusta, junto a la gente que queremos y
haciendo lo que nos apasiona, el tiempo pasa volando, ¿verdad que sí? En otras
ocasiones, coincidiendo con lo que no nos hace felices, el tiempo se nos hace
súper lento. Cuando nos movemos rápido por la vida, interactuando en más
espacios y procesando estímulos a mayor velocidad, no estamos acortando nuestra
existencia ni haciéndola más borrosa. Al contrario: ¡estamos dilatando nuestra
experiencia!
No todos procesamos la información al mismo ritmo. Hay quienes necesitan
una tarde entera de silencio para digerir un capítulo de un libro, y hay
quienes, en esa misma tarde, devoran varios capítulos, escuchan un disco,
recogen la cocina y, entre medias, se detienen a observar cómo la luz de la
tarde cruza el salón. ¡Y lo hacen saboreándolo todo! Vivir a mucha velocidad no
significa, necesariamente, pasar de largo; significa interactuar en más
espacios en el mismo tramo de tiempo.
Si tus capacidades te permiten procesar la realidad de manera más ágil, tu
abanico de experiencias se multiplica. Es más, a mi parecer, sería un desatino
cercano a la indolencia dejar de aprovechar esa cualidad y aburguesarse. Quien
vive rápido porque puede, no está huyendo del presente, sino que lo está
exprimiendo. Es capaz de captar el matiz de una conversación, la belleza de un
gesto o el sabor de un café en cuestión de segundos, porque su "zoom"
mental es más rápido, no más borroso. Mientras el dogma nos dice que la prisa
difumina el paisaje, la psicología cognitiva nos recuerda que una mente activa
y veloz puede enfocar con una nitidez asombrosa múltiples detalles a la vez.
Por supuesto, no hablo de la velocidad ansiosa, de esa prisa neurótica que
nace del estrés y del "no llegar". Esa prisa sí que es ciega. Hablo
de la velocidad vital elegida y disfrutada, la que nace del entusiasmo, de la
curiosidad insaciable y de las ganas de abarcar mundo. Se puede vivir con el
acelerador pisado y, a la vez, tener la sensibilidad intacta para lo pausado.
Se puede ser un torbellino de actividad y, en el núcleo de ese movimiento,
conservar una calma perfecta para apreciar los detalles que otros, incluso
yendo despacio, no son capaces de ver.
Al final, la vida no se mide solo en los años que acumulamos, sino en la
cantidad de realidad que somos capaces de procesar y disfrutar en esos años.
Solo existe un escenario en el que el freno debe ser pisado de forma
imperativa: ¡la salud! La salud manda. Si nuestro cuerpo nos pide calma,
debemos darle calma; si por edad o por enfermedad nos toca aminorar la marcha,
debemos adaptarnos. Pero esa adaptación nunca es fácil para quien ha sido capaz
de vivir y sentir intensamente, saboreando mucho, de mil formas distintas y de
manera vehemente. Doy fe de ello.
Existe un proceso de adaptación a esos cambios, una especie de duelo, y se
necesita tiempo para aceptar que los ritmos ahora son otros: más lentos, más
pausados. Las ganas de masticar, sentir y disfrutar de cada bocanada de aire no
se van; pero las fuerzas para hacerlo a la velocidad acostumbrada, sí. Y en esa
nueva velocidad, obligada pero asumida, nos toca aprender a saborear el mundo
con la misma intensidad de siempre, aunque sea a un compás diferente.
Esta realidad supone, a mi parecer, una de las grandes frustraciones y
retos de la vida: aceptar que el combustible, en mi caso en forma de aire, nos
afecta en todos los aspectos, incluidas todas las velocidades, ya sean de
procesamiento, de movimiento o de respuesta. Al fin y al cabo, el cuerpo humano
no es tan distinto de una llama: necesita oxígeno para arder, y cuando ese
oxígeno escasea, la intensidad de la llama cambia, aunque el fuego siga ahí.
Fdo. Diego Bueno.