lunes, 28 de septiembre de 2026

HABLEMOS DE APRENDER EN LA EDAD ADULTA... ¡POR FIN!

 

Dedicado a todos mis congéneres, principalmente a amistades, familia y compañeros y compañeras de trabajo que ya no cumplirán los 50 años.

Cuarenta años como profesional aprendiendo cada día sin llamarlo aprender: normas nuevas, máquinas nuevas, procesos nuevos, alumnado nuevo, leyes educativas que cambiaban antes de haber entendido la anterior, la revolución de los ordenadores, la de internet, la de las metodologías innovadoras, software, aplicaciones, las IA… Cuando trabajas, sea cual sea tu profesión, no dejas de aprender. Forma parte de tu quehacer diario, viene impuesto y lo asumes. Ese aprender constante mantiene a tu cerebro activo y en plena forma.

Sin embargo, llega un momento en que, sin ceremonia y sin nadie que te avise de lo que viene después, de buenas a primeras, te ves en casa, sin esas obligaciones y, por consiguiente, también sin esa necesidad de estar aprendiendo. Durante cuatro décadas ha sido el sistema laboral el que ha llevado las riendas de tu curiosidad mediante exigencias externas, y el peligro de la jubilación es que ese motor impuesto se apaga de golpe. Si en ese momento no eres capaz de encender tu propio motor interno —el del aprendizaje elegido por puro placer vital y sin jefes a los que rendir cuentas—, la inercia te arrastra hacia un parón definitivo.

Cuando la etapa de trabajo termina, la vida tiende a simplificarse. Más que por decisión propia, por ausencia de demanda y de exigencia, de modo que cada día se parece más al anterior. Ya sabemos que un cerebro al que nadie le pide nada difícil deja de responder. Está más que comprobado. Dos años después de haber dejado de trabajar, cuando cuesta concentrarse o fallan los nombres, todo el mundo dirá lo mismo: «Es cosa de la edad». Sin embargo, no es solo la edad. También influye clarísimamente que nadie le ha vuelto a exigir nada a ese cerebro.

Y así se cierra el círculo: «Me retiro de lo difícil porque se supone que por edad ya no estoy para eso, al retirarme empeoro, y al empeorar compruebo que, en efecto, ya no estaba para eso». Desde dentro nunca parece un bucle; lo que parece es una comprobación honesta de la realidad.

Lo he visto muchísimas veces en las aulas, en ese alumno que dice la típica frase de «yo no valgo para esto» antes de intentarlo o que abandona justo cuando deja de notar la mejora. Nadie nace con esa frase grabada. ¡Se aprende! Un niño de ocho años que oye las bromas sobre las dificultades del abuelo con el móvil no las está oyendo sobre el abuelo: las está guardando para dentro de cincuenta años. Y cuando le toque, no le parecerá un prejuicio, le parecerá sentido común. Está más que comprobado que la actitud respecto al aprendizaje influye notablemente en la capacidad para aprender.

Otra cosa que conozco bien de las aulas es el alumno que necesita «tres pasadas» donde otro necesita solo una. Pero debe quedar claro que ¡tardar más no es no poder! Sin embargo, se suelen confundir ambas cosas. En la Formación Profesional siempre hemos sabido que no se aprende atiborrándose de teoría de golpe ni buscando atajos milagrosos, sino aplicando el «aprender haciendo». De adulto hay que trocear la dificultad en pedazos pequeños y asumir la incomodidad de la práctica real en lugar de refugiarse una y otra vez en lo que ya dominamos.

A continuación voy a desmontar tres mitos que, simple y llanamente, son falsos.

El primer mito dice que «el cerebro adulto ya está hecho». ¡Mentira! Durante casi todo el siglo XX, la ciencia oficial dijo lo mismo que decían tus abuelos. Se equivocaban. A los aspirantes a taxista de Londres los escanearon antes y después de años memorizando la ciudad entera, y los que aprobaron cambiaron físicamente el hipocampo. Eran adultos, muchos de mediana edad. Aprendieron, y por eso su cerebro cambió. Con esto, el refrán de «loro viejo no aprende a hablar» queda para lo que siempre fue: una barbaridad normalizada como si fuera natural.

El segundo mito es el del «Ahora ya no. ¿Para qué?». Eufemismo para no decir «me da miedo hacerlo mal delante de la gente». Un niño de nueve años que toca fatal el violín no arriesga nada; todo el mundo ve normal que se equivoque o sea torpe al aprender. Un adulto competente que se dispone a aprender a tocar el mismo violín y lo toca igual de mal se juega lo que ha construido durante décadas. El precio no es el esfuerzo mental, es la exposición pública. Por eso tanta gente aprende a escondidas y otro tanto renuncia a aprender. Y luego está la cuenta de los listillos, esa de «tengo 55 años y, para cuando lo consiga, tendré 60». Los cinco años van a pasar igual, lo aprendas o no. La elección real es si llegar a los 60 sabiéndolo o sin saberlo.

Y el tercero afirma que «aprender tiene que servir para algo». Esta es la mentira que más daño hace, y la que más me toca de cerca.

«¿Y esto para qué sirve?». Veinte años oyendo esa pregunta a mi alumnado. La respuesta fácil siempre ha sido escurrir el bulto con el «sirve para el examen» o el «sirve para el mercado laboral». Yo, en cambio, he preferido siempre la respuesta más honesta que conozco: muchas personas no estudian botánica para acabar como botánicos y, aunque así fuera, eso no te asegura un puesto de trabajo como tal; pero a partir de ahí, el paseo por el campo ya no es el mismo paseo. Donde antes había verde, ahora hay especies con nombre, con historia y con estación. Ahora hay más matices, más posibilidad de disfrute, más autoestima. El campo no ha cambiado. ¡Ha cambiado quien lo mira! Y eso se cobra y se disfruta desde la primera semana, aprendas lo que aprendas, sin necesidad de título, sin puesto de trabajo asociado y sin nadie que te lo tenga que agradecer. Con la música pasa igual: cuando estudias música o algún instrumento, empiezas a oír cosas, matices, sonidos… en canciones que llevabas veinte años escuchando. Con el dibujo o la pintura, empiezas a fijarte en cómo influye la luz. En mi caso, todo lo aprendido sobre pedagogía o inteligencia emocional, por ejemplo, me hizo entender mucho mejor cómo funciona nuestro cerebro, cómo son los comportamientos humanos, cómo trabajar para buscar la mejora personal cada día, cómo acercarme más al concepto de felicidad, cómo buscar la mejor forma de transmitir conocimientos, cómo ser más eficiente en mis quehaceres diarios o cómo afrontar con el mejor ánimo el día a día.

Piénsalo bien. ¿Qué ocurre cuando una sociedad solo admite el aprendizaje que sirve para algo concreto? Pues ocurre, precisamente, que quien deja de ser mano de obra es como que pierde el permiso para aprender. Eso es lo que dice, ajustado a la realidad, la palabra «empleabilidad», es decir: ¡eres valioso mientras produces! Y un jubilado, básicamente, es alguien a quien ya no le debería interesar aprender porque no hay un puesto de trabajo que conseguir o mejorar.

Asimismo hay otra razón más práctica para decidir apostar por el aprendizaje: cuando nos acomodamos en la rutina en la que casi todos los días son iguales y no se requiere nuestro esfuerzo y atención hasta el punto de crear pocos recuerdos, los años pasan volando. Aprender algo difícil, con sus errores y sus tropiezos, hace que los años vuelvan a durar. Solo por eso ya merece la pena aprender algo.

Ahora bien, hay que ser honesto y hablar claro. ¡No todo se puede! Nadie será bailarín profesional empezando a los cincuenta. Pero una limitación real, pequeña y concreta no justifica una renuncia enorme. Hay gente que no ha aprendido un idioma en su vida por miedo a la pronunciación, es decir, ha renunciado a todo para evitar lo único que no podía conseguir: una buena pronunciación.

El freno no está en el cerebro. Está en un hábito mental que nadie nos enseñó de forma expresa y que, sin embargo, ha echado tantas raíces que lo asumimos como si fuera una ley natural. Una sociedad que da por hecho que sus mayores ya no tienen por qué aprender, les niega algo más que una afición: les niega la dignidad de seguir siendo principiantes.

Yo, que he pasado media vida enseñando a otros a no rendirse a la primera, no pienso hacer lo contrario ahora que me toca a mí. No pienso sentarme a ver la vida pasar desde la barrera ni ejercer de espectador pasivo. Voy a ser el peor de la clase en algo. Con torpeza, con paciencia y a base de pura pasión. Porque el día que lo intento y me pongo a ello es mejor que el día que no lo intento. Recuerda que lo peor de un cerebro atrofiado es que precisamente esa atrofia nos impide darnos cuenta de que realmente está atrofiado.

Y tú, que estás leyendo esto… ¡piensa en algo que te gustaría aprender!

¿Ya?

Es muy probable que se te haya pasado por la cabeza la típica frase, esa de «Ahora ya no. Con mi edad, ¿para qué?». ¡Comprueba si es cierta! Veinte minutos esta semana. Pintura, fotografía, jardinería, idioma, un instrumento musical, escritura… ¡lo que te dé la gana, coño! Y si puedes, búscate un grupo, un taller o una academia donde haya más gente metiendo la pata a tu lado. Aprender en compañía te obliga a cumplir con la cita y, sobre todo, te demuestra en directo que compartir el coste de la vergüenza sale mucho más barato que quedarse solo en casa.

Fdo. Diego Bueno Linero


domingo, 20 de septiembre de 2026

HABLEMOS DE HABILIDADES SOCIALES EN LA ACTUALIDAD… ¡POR FIN!

 

Tengo la sensación de que, de forma sistemática, exigimos y esperamos que nuestros jóvenes salgan del sistema educativo preparados para la vida, pero es evidente que hay lecciones que solo pueden ser aprendidas en casa y en la calle. En esas, flaquean a mi entender. Me refiero a destrezas que hasta ahora eran básicas y que en estos tiempos pasan a ser extrañas, por aquello de que cada vez es más raro verlas en los chavales y las chavalas. Hablo de la capacidad para saber relacionarse con las demás personas.

Mirar a los ojos, pedir disculpas o encajar un «no» son habilidades sociales que se aprenden, se ensayan, se trabajan y se mejoran; no vienen con nosotros por el simple hecho de nacer. La gente de mi generación compaginaba la enseñanza reglada con la universidad de la calle. Es cierto que nuestros padres y madres nos educaban como podían y sabían —que no era mucho—, pero donde más aprendíamos a convivir, en nuestra etapa infantil, adolescente y postadolescente, era en la calle. Ahí debías encontrar tu sitio, hacerte valer y aprender a gestionar emociones, tanto las tuyas como las de los demás.

La falta de horas de parque y de calle en estas etapas., sumada al exceso de horas de pantalla, ha hecho que la gente joven, en general, arrastre un déficit en cuanto a habilidades sociales. Me recuerda a aquellos empollones que se pasaban la vida estudiando y no salían a la calle, con lo cual se perdían todo lo relacionado con la convivencia entre iguales. La diferencia es que ahora no pisan la calle por leer y estudiar, sino por estar enganchados a vídeos cortos «embobantes». Estamos diseñados para socializar en vivo, con contacto, con miradas a los ojos, con tonos, con volúmenes y con gestos, pero todo eso es necesario entrenarlo.

Las habilidades sociales no son una gracia divina ni una cuestión de suerte genética. Son como una especie de músculo pedagógico y humano que requiere entrenamiento, constancia y orientación.

Observo que existen ciertas falacias acerca del aprendizaje de la convivencia; mitos que han existido siempre pero que últimamente están más en boga. El primero de ellos es dar por hecho que lo básico se trae ya aprendido. Me refiero a saber escuchar, iniciar y mantener una conversación, formular una pregunta o dar las gracias. Parecen obviedades, pero en un entorno donde la pantalla anestesia el contacto directo, estas conductas básicas se han convertido en auténticas rarezas. Escuchar al que habla sin mirar el teléfono o dar un «gracias» sincero no es una cuestión de cortesía, sino la primera premisa para reconocer la existencia del otro como un igual.

Un segundo error es dar por hecho que la capacidad para estar en grupo no es más que un instinto natural. Pues no. Las llamadas habilidades avanzadas o alternativas a la agresión —pedir ayuda, disculparse, emplear el autocontrol o negociar ante un conflicto— no se activan por arte de magia. Educar también es enseñar a marcar y respetar límites. Si no dotamos a nuestros hijos y alumnos de herramientas para canalizar la frustración o defender sus derechos sin recurrir a la violencia verbal o física, los abocamos a resolver los problemas por la vía del aplastamiento. La verdadera inclusión y la convivencia pacífica no consisten en mirar para otro lado ante un mal comportamiento, sino en enseñar a gestionar ese comportamiento dentro del espacio común.

Y un tercer mito que no ayuda a fomentar la capacidad para convivir es pensar que el manejo del estrés y la afectividad es cosa exclusiva de la vida adulta. Me sorprende ver a chavales paralizados ante el fracaso, incapaces de gestionar la vergüenza o totalmente vulnerables a la presión del grupo. Ponemos el grito en el cielo cuando comprobamos la dificultad que tienen para comprender los sentimientos ajenos, pero eso se ensaya, se trabaja, se aprende. Responder a una acusación con serenidad, hacer frente a un mensaje contradictorio o prepararse para una conversación difícil son aprendizajes esenciales para la vida. Si los encerramos en una burbuja donde no hay espacio para la discrepancia o la frustración, les estamos quitando la oportunidad de construir una autoestima sólida.

Las habilidades de planificación, el autocontrol y la empatía no se adquieren descargando una aplicación ni memorizando definiciones para aprobar un examen teórico. Se aprenden en el roce, en el debate, en el patio del colegio, en la calle y en la mesa familiar.

Tratar a las nuevas generaciones como seres capaces y de pleno derecho exige dejar de lado el paternalismo edulcorado y asumir la responsabilidad ética de enseñarles a convivir, empezando por permitirles la convivencia entre iguales sin intervenir por norma. Porque una sociedad que aprende a escucharse, a disculparse y a respetarse en lo pequeño es la única que estará verdaderamente preparada para construir un futuro digno y justo para todos.

Fdo. Diego Bueno Linero

martes, 15 de septiembre de 2026

HABLEMOS DE LA REFORMA DE DISCAPACIDAD Y DEPENDENCIA EN LA QUE EL PP VUELVE A APOSTAR POR LA SEGREGACIÓN… ¡POR FIN!

 

Este pasado 9 de septiembre se ha votado en el Senado el dictamen de la reforma de las Leyes de Discapacidad y Dependencia. Una vez más, el PP quiere frenar la inclusión en la escuela ordinaria a través de estas cuatro enmiendas:

Enmienda 112 y 113: Consolidan o justifican la segregación al mantener vivas las modalidades separadas (centros de educación especial o aulas específicas) de forma habitual.

Enmienda 114: Elimina la obligación legal de que los equipos de orientación busquen primero alternativas de inclusión real en aulas ordinarias.

Enmienda 143: Suprime la obligación (recogida en la LOMLOE) de dotar de recursos suficientes a los centros ordinarios en un plazo determinado para poder atender la diversidad.

La derecha española, sumida en su cerrazón de mente y buscando la privatización de la educación de las personas con discapacidad (hay que ser desalmado),  defiende un modelo donde los centros de Educación Especial sigan siendo una vía habitual y no una excepción, favoreciendo que la administración no invierta lo suficiente en adaptar la escuela pública ordinaria. El motivo de fondo es clasista: se trata de que quien pueda pagarlo, que lo pague, y a quien no, que se joda.

Los argumentos que dan están plagados de tópicos, como ese (y sé que lo piensan muchos padres y madres) de que la presencia de alumnado con discapacidad en un aula ordinaria va en contra de la excelencia. Como si no le viniera bien al alumnado sin discapacidad convivir con personas con discapacidad. El aula debe ser un reflejo de la calle.

Está más que demostrado que compartir aula con alumnado con necesidades especiales no resta posibilidades al alumnado aventajado. No lo digo yo; no es una percepción subjetiva. Lo dicen los resultados académicos (incluido el famoso informe PISA) en aquellos países donde hay total inclusión. Segregar, apartar y, por consiguiente, discriminar, está mal. El único precepto que hay que cumplir es invertir más en educación. ¿En qué se puede invertir más y mejor para el futuro de un país?

Os voy a contar cómo es el modelo educativo de los países nórdicos, la conocida como «Escuela para Todos» de Finlandia, Noruega o Suecia.

Existen los colegios especiales, sí, pero con un rol absolutamente marginal. Alrededor del 95% o 98% del alumnado con necesidades educativas especiales está en la escuela ordinaria. A partir de los años ochenta no se anduvieron con gilipolleces. ¡Cerraron o reconvirtieron la mayoría de los centros específicos! Justo lo contrario de lo que proponen PP y VOX.

¿Significa eso que metieron a los chavales en un aula común y se lavaron las manos? No. Los antiguos centros de educación especial se transformaron en centros de recursos para asesorar al profesorado de a pie. La excepción allí es la norma aquí ya que solo los casos con afecciones gravísimas o dependencias muy severas acuden a entornos plenamente especializados.

La inclusión en los países nórdicos es una inversión brutal en recursos humanos y organizativos. Su sistema se sostiene sobre un modelo de tres capas:

Apoyo General: Co-docencia. Dos profesores dentro del aula ordinaria de forma habitual. No un voluntario, no un técnico a media jornada: dos docentes enseñando juntos.

Apoyo Intensivo: Refuerzo temporal en grupos reducidos para quien lo necesite, sin necesidad de esperar a que un informe psicopedagógico tarde ocho meses en autorizarlo.

Apoyo Especial: Un Plan Individualizado (IEP) con asistentes de aula y especialistas integrados en la propia plantilla del colegio.

Allí no se espera a que el alumno o la alumna fracase para intervenir, sino que se interviene para que no fracase. Y las familias no tienen que dejarse la piel ni la cuenta corriente ya que disponen de transporte adaptado, asistencia en el hogar y servicios de respiro familiar que están garantizados por el sistema público de bienestar.

¡Dignidad, no caridad!

¿Y qué pasa con PISA y la famosa «excelencia»?

Llegamos al meollo de la cuestión. La derecha y, en general, quienes se oponen a la inclusión sostienen que meter a todo el mundo en la misma clase «baja el nivel» y perjudica al alumnado de altas capacidades. ¿Qué dicen los datos objetivos de los informes PISA? Pues dicen que la inclusión plena no tira del nivel hacia abajo sino que tira del suelo hacia arriba.

Y no es una impresión mía ni una cuestión subjetiva. Cuando se publicaron los resultados de PISA 2018, la propia ministra de Educación finlandesa señaló que las diferencias entre las 214 escuelas evaluadas eran mínimas: el sistema no fabrica centros buenos y centros malos según a quién escolaricen. Y no es casualidad: Finlandia no separa, no clasifica ni divide a su alumnado por itinerarios durante los nueve años de educación básica. Compárese con Alemania, donde a los diez años se deriva a cada niño hacia un tipo de instituto distinto según su rendimiento —Gymnasium, Realschule, Hauptschule—, y donde los primeros resultados de PISA provocaron tal disgusto que allí lo llamaron el «shock PISA»: obligó a cuestionar precisamente ese modelo de separación temprana. No es una ocurrencia mía: la propia investigación académica sobre PISA se ha usado durante años para estudiar qué efecto tiene separar al alumnado por capacidades desde edades tempranas. Casualmente el modelo alemán es el que hace babear a la derechona española.

Y sí, Finlandia ha bajado puestos desde 2012, como otros países de nuestro entorno. Pero ningún análisis serio atribuye ese descenso a la inclusión. Los motivos son el aumento de alumnado en situación socioeconómica desfavorecida y que los adolescentes leen menos por gusto que antes. Lo digo para que nadie me acuse de contar solo la mitad de la película.

Los países nórdicos han demostrado que la equidad reduce drásticamente el fracaso escolar. Su fortaleza no es fabricar un puñado de «superestudiantes» de élite al estilo de los sistemas asiáticos, donde la presión y la segregación temprana hacen estragos en la salud mental de los chavales, sino lograr que la inmensa mayoría alcance competencias sólidas para la vida favoreciendo, a la vez, la excelencia del alumnado aventajado

¿Tiene riesgos este modelo? Por supuesto. El gran reto de la inclusión real en una clase heterogénea es no descuidar los extremos: garantizar que quien necesita más tiempo lo tenga, pero sin frenar ni aburrir al que puede volar más alto. Y eso solo se consigue a base de recursos, ratios reducidas y mucha pedagogía aplicada.

La inclusión real no es un eufemismo para abaratar la educación ni un cartel para colgar en la puerta del instituto. Inclusión es dotar al profesorado de herramientas, de parejas pedagógicas en el aula y de especialistas que estén al pie del cañón, no sobrecargados con veinte centros a la vez.

La excelencia de un sistema educativo no se mide por la nota del alumno más brillante, sino por el respeto, la autosuficiencia y la dignidad que es capaz de ofrecerle al que más dificultades tiene para salir adelante. Este precepto ayuda a todo el alumnado, incluidos los alumnos y alumnas brillantes tal y como se puede comprobar. Esto es lo que no quieren entender los cenutrios que buscan la segregación.

Quien lea esto y dude de lo que digo, que se informe. Que se informe bien antes de decir o proponer medidas que atentan contra los derechos humanos más elementales. Una pena que andemos así todavía en los tiempos que corren.

Fdo. Diego Bueno

sábado, 12 de septiembre de 2026

HABLEMOS DE ¿VIVIMOS TIEMPOS DE MAYOR FALTA DE EMPATÍA?... ¡POR FIN!

 

Al menos entre la gente de mi edad, existe una sensación compartida, un tema recurrente, casi unánime en cualquier conversación me atrevo a decir. Se trata de la firme convicción de que vivimos en una sociedad cada vez más egoísta, más insensible y desprovista de valores éticos básicos. Es como que observas que cada cual va a lo suyo y se olvida de que debemos convivir y, por consiguiente, debe haber unas normas para que esa convivencia sea factible y agradable para todos. Miramos a nuestro alrededor y nos invade la amarga certeza de que la empatía cotiza a la baja y de que cualquier tiempo pasado fue, sin duda alguna, infinitamente mejor.

Mucho me temo que esta percepción tiene dos caras: una parte de trampa mental y otra, bastante más amarga, de realidad pura y dura.

Comencemos por desmontar la primera parte. Según lo que he podido investigar, resulta que el hecho de que la ciudadanía sienta que la moral pública se desmorona no es un invento del siglo XXI. Se trata de un mecanismo psicológico viejo como la propia humanidad: el sesgo de declive o la ilusión del "tiempos pasados fueron mejores". La explicación científica es, simple y llanamente, una cuestión de supervivencia cognitiva. Nuestro cerebro, en su afán por protegernos, tiende a filtrar los recuerdos desagradables del pasado y a conservar los positivos (“declinación rosada”, se llama), mientras que el presente nos impacta en tiempo real con toda su crudeza, ruido y sobreinformación.

A esto se le suma la brecha generacional. Cada generación adulta juzga a los jóvenes desde la comodidad de quien ya ha superado los titubeos, miedos, incertidumbres y choques con muros típicos de la juventud, olvidando sus propios errores y proyectando una nostalgia idealizada de su propia época. Por lo visto, ya en la Grecia clásica, Sócrates se quejaba de que los jóvenes de su tiempo eran tiranos, no respetaban a los mayores y despreciaban la autoridad. Como podéis comprobar… ¡nada nuevo!

Hasta aquí, la trampa de la memoria. Pero quedarse únicamente en la explicación psicológica para justificar el malestar actual sería una coartada cómoda para no mirar de frente a la realidad. Porque, al margen de los engaños de la mente, hay algo que se ha roto en el tejido social. Y aquí es donde la sociología nos ofrece respuestas certeras. El sociólogo Zygmunt Bauman (uno de mis admirados) definió con maestría el terreno que pisamos al bautizar nuestra era como la Modernidad Líquida.

En la modernidad sólida —la de nuestras madres y padres—, la vida se vertebraba sobre instituciones fuertes y perdurables: empleos estables para toda la vida, comunidades de vecinos con lazos sólidos, familias con horizontes claros y un sentido de pertenencia compartido. Las reglas del juego eran previsibles y los compromisos se firmaban a largo plazo. Los roles, incluso los estereotipados, estaban perfectamente definidos y delimitados. Todo eso era sólido, sinónimo de seguridad y estabilidad.

Hoy, todo eso se ha derretido. Vivimos sumergidos en una liquidez donde nada dura, nada se consolida y donde la velocidad se ha convertido en el valor supremo. Supongo que es el precio de la libertad y la igualdad de derechos y oportunidades. Para comprender por qué sentimos que la empatía se evapora, conviene analizar cómo esta liquidez ha dinamitado nuestra convivencia a través de varios ejes fundamentales:

Por una parte nos han vendido la moto de que somos infinitamente libres porque podemos elegir entre cien tipos de yogures o cambiar de perfil en una red social. ¡Mentira! Se trata de una libertad de consumo, no de una libertad real. Nos han dejado solos frente a los problemas estructurales, transformando las luchas colectivas por derechos en batallas individuales donde cada cual debe buscarse la vida.

En la sociedad sólida, la persona se definía por su aportación o su trabajo; hoy nos conciben simple y llanamente como consumidores. La identidad ya no se construye a base de coherencia y valores, sino que se compra y se descarta según la moda de turno. El gran temor del ciudadano contemporáneo no es faltar a la ética, sino quedarse obsoleto o excluido del mercado.

En la era de las prisas, la inmediatez y el clic, el tiempo ha dejado de ser una línea continua de progreso para convertirse en una sucesión de momentos desconectados. La propia rutina es, en sí, una especie de scroll infinito impulsado por esa prótesis tecnológica en la que se ha convertido el teléfono móvil. Ya hay estudios completamente fiables han demostrado cómo la pantalla ha erosionado la conversación cara a cara, ese espacio imprescindible donde la mirada, el tono y el silencio del otro nos obligan a ejercitar la empatía real. En esta cultura de lo efímero, el compromiso a largo plazo (con una pareja, con un proyecto, con una causa) se percibe como una carga molesta que resta libertad. Al intermediar nuestra convivencia a través de un cristal, evitamos la incomodidad de la vulnerabilidad ajena, pero también nos privamos de la capacidad de conmovernos. Y sin tiempo, dedicación ni presencia física frente al otro, la empatía es sencillamente imposible.

Por otra parte, hemos pasado de las empresas con arraigo y lealtad mutua entre empleador y trabajador a la era de la flexibilidad extrema y el sálvese quien pueda. La precariedad laboral y la volatilidad no solo precarizan el bolsillo; precarizan el alma, minan la autoestima y destruyen los lazos de solidaridad en la trinchera del trabajo diario.

Las comunidades tradicionales, basadas en la ayuda mutua y el apoyo sincero, ya no se llevan. En su lugar han surgido comunidades "pegamento" o de ocasión: alianzas efímeras pegadas con la silicona de los intereses individuales o el consumo compartido, que se disuelven con la misma rapidez con la que se crearon.

Sin embargo, sería una trampa de ceguera selectiva o de pura hipocresía negar los indudables avances éticos que hemos conquistado. Si miramos atrás sin esa nostalgia rosa, la sociedad sólida de hace cuatro o cinco décadas era también profundamente rígida, autoritaria y excluyente. En ella estaban normalizadas la crueldad, las costumbres arcaicas, la obediencia como forma de sometimiento, la máxima de «la letra con sangre entra» y la violencia en general.

Hoy disfrutamos de una conciencia ética mucho más amplia en aspectos donde antes reinaba el silencio: la tolerancia cero ante cualquier forma de violencia o abuso (en la pareja, en el aula o en el trabajo), el reconocimiento explícito de la diversidad y los avances en la inclusión real de las personas con discapacidad, o una sensibilidad ecológica que busca proteger el futuro de los que vendrán. Hemos sustituido el respeto impuesto por el miedo por un respeto basado en la dignidad individual. Y eso es un logro formidable que no debemos desmerecer.

La tragedia de nuestro tiempo no es que hayamos avanzado en derechos y libertades (¡faltaría más!), sino que el mercado haya aprovechado esa individualidad para convertirla en aislamiento y consumo.

Dicho de otra forma: el sistema actual exige ser flexible, adaptable y voluble; exige no atarse a nada ni a nadie para poder rotar al ritmo que marca el mercado. En este escenario, la empatía y la compasión han pasado a considerarse debilidades estructurales. Es algo así como que si te detienes a ayudar al de al lado, pierdes posiciones en la carrera.

No nos engañemos. Es verdad que nuestra mente tiende a idealizar el ayer, pero también es una verdad incómoda que el modelo de sociedad que estamos construyendo (aun reconociendo y valorando los tremendos avances) premia el egoísmo y castiga el compromiso.

Nos toca a toda la sociedad, desde la pedagogía aplicada, desde la familia, desde las aulas y desde la vida diaria, negarnos a jugar ese juego. La empatía no es un adorno ético ni un eslogan buenista de campaña institucional; es la matriz fundamental que nos mantiene humanos, es lo que nos hace soportables los unos a los otros. Frente al sálvese quien pueda de la vida líquida, va siendo hora de volver a apostar por la solidez de los lazos compartidos, la solidaridad auténtica y el respeto por la dignidad del de al lado aunque esos valores no aparezcan en ningún currículo.

Fdo. Diego Bueno Linero

Nota de recomendación:

Recomiendo la lectura de «Modernidad Líquida» de Zygmunt Bauman a docentes, educadores, sociólogos, psicólogos, pedagogos y, en general, a toda persona que sienta curiosidad por lo humano, por cómo pensamos y por qué.

martes, 1 de septiembre de 2026

HABLEMOS DE MI JUBILACIÓN... ¡POR FIN!

 

Por el día que es, por las circunstancias especiales, hoy me toca hablar de mí.

Por la mañana, repartidor de género de alimentación en una C15 con el carnet de conducir recién sacado; por la tarde, cortador de bacalao. Este fue mi primer trabajo «formal», por supuesto sin contrato, sin nómina, cobrando por semanas, totalmente explotado, trabajando diez horas diarias en turno partido y cobrando 9000 pesetas a la semana (sí, he dicho bien). Así durante nueve meses en los que me jugaba la vida, literalmente, al tener que conducir con prisas cada día, meterme en los barrios con más delincuencia de Sevilla (aquella sí que era delincuencia) y ser víctima de más de un robo, incluido uno en el que el jefe me acusó de haberme quedado yo con la mercancía sustraída.

Antes, durante y después de esa etapa ya hacía trabajos esporádicos como juez de línea (mi pasión era y sigue siendo el fútbol) y así me sacaba mi dinerito para salir a tomar unas cervezas con la que era mi novia (a día de hoy mi esposa). Fui pintor de brocha gorda en trabajos que me salían. Aprendí pronto el oficio. Incluso organizaba porras durante los mundiales con papeletas que vendía para pagarme las vacaciones de camping con los amigos.

Mientras estudiaba delineación industrial, hacía trabajos para los “niños de papá” que estudiaban ingeniería o arquitectura, dibujándoles las láminas que ellos debían hacer pero que no hacían porque preferían pagar a gente como yo para que se las hiciera. De forma esporádica también trabajé haciendo fotocopias de libros (algo ilegal, claro) por las noches en papelerías que nos contrataban a puerta cerrada para que no les pillaran. Llegué incluso a tocar la armónica junto a un amigo en la calle Sierpes para coger dinero para ir a la feria. No es que viviéramos en la pobreza en mi casa, era simplemente que sentía la necesidad de ser autosuficiente y buscarme yo las habichuelas. Supongo que heredé ese hábito de mis padres ya que mi padre, además de ser trabajador de los astilleros como carpintero, lo compaginaba con un trabajo que tenía por las tardes en una carpintería de muebles y mi madre, además de ser ama de casa trabajaba como limpiadora en bloques de pisos desde bien joven.

Tras esos primeros contactos con el mundo laboral, entré como delineante en EMASESA, la empresa de aguas de Sevilla. El cambio a mejor fue brusco. Condiciones bastante más dignas, aunque se trataba de un proyecto con fecha de caducidad que me llevaría directo al paro tras su finalización. Concretamente, dibujé a escala 1:10000 toda la red de saneamiento del distrito diez de Sevilla, que es el de mayor extensión y población.

En esa época ya compaginaba trabajo, estudios y la chirigota, con la que, tras quedar semifinalistas en el carnaval de Cádiz, nos salían actuaciones todos los fines de semana durante cuatro años. Eso me permitía rascar otro dinerito para mis gastos además de vivir a fondo y a tope la experiencia del carnaval.

Durante unos meses fui también pinche de cocina, tanto en el hospital infantil del Virgen del Rocío como en el de traumatología. Buenas condiciones, pero solo trabajaba como sustituto en verano. Luego me salió un puesto como operario en una fábrica de azulejos sevillanos donde el ritmo era cómodo y me dejó espacio para componer para la última chirigota en la que salí. El problema vino cuando la fábrica quebró y nos fuimos todos a la calle.

Más adelante, gracias a la titulación de Técnico especialista en máquinas herramienta que obtuve en el centro donde he ejercido la docencia los últimos 19 años, trabajé como cortador y jefe de equipo en una fábrica de perfiles de aluminio, desde donde pasé (en el mismo lugar) a una empresa dedicada a la fabricación de accesorios de aluminio mediante máquinas transfer. Allí aprendí a fondo mecánica, neumática, hidráulica, sistemas de producción, mantenimiento electromecánico y automatización. Fueron once años en total. Once años de explotación y de anécdotas de todo tipo de los que, aún a día de hoy, conservo pesadillas esporádicas. Cuando eres víctima de acoso laboral ni siquiera eres consciente del todo, y menos en una época en la que ni siquiera existía ese término.

Se trataba de la típica empresa familiar en la que el jefe era un fascista reconocido de los que brindaban con cava cada 20 de noviembre junto a sus cinco hijos, a cual peor. Usaban todos los métodos propios de la mafia: extorsión, chantaje, manipulación y acoso. Jugaban con el miedo al despido, cambiaban órdenes sobre la marcha para culparte a ti de sus errores y minusvaloraban tu esfuerzo para destruirte la autoestima y volverte dócil. Relegaban al incómodo, cambiaban turnos solo para joder la vida familiar y te hacían sentir que ponerse enfermo o exigir tus derechos era una traición al amo que te daba de comer. Daban por hecho que las horas extras se regalasen y buscaban siempre la coartada perfecta para echar a los trabajadores sin pagar un duro.

Sé que hay gente que piensa que mi posicionamiento en la izquierda tiene su origen en esa mala experiencia, pero se equivocan. He podido comprobar a lo largo de los años que lo mío no fue un caso aislado. Era y sigue siendo lo habitual en un porcentaje altísimo del empresariado, la explotación pura y dura de los trabajadores. Allí padecí en mis carnes lo peor del ser humano, la falta absoluta de escrúpulos con tal de mantener un estatus, un beneficio económico y un abuso de poder impune.

El nacimiento de mi hijo David, con los problemas de salud con los que vino al mundo, me hizo dejar aquel trabajo y me abrió los ojos a una luz nueva. Trabajé como amo de casa (eso sí, sin remuneración alguna, al igual que todas las amas de casa históricamente) y educador de mis hijos durante cuatro años (algo de lo que me siento tan orgulloso como profundamente agradecido a la vida). Tras esa etapa surgió la posibilidad de convertirme en profesor de formación profesional en mi especialidad (mecanizado y mantenimiento de máquinas) y no lo dudé un solo segundo. La docencia siempre me atrajo, siempre fue mi verdadera pasión. Ya la ejercía de forma natural en la empresa enseñando a los nuevos compañeros que se incorporaban, y me apasionaba.

Como docente he ejercido durante los últimos 20 años, compaginando el trabajo diario en el aula y taller con oposiciones, más estudios universitarios y la participación en proyectos ilusionantes que me han hecho crecer, a partes iguales, como persona y como profesional. La pedagogía aplicada siempre ha sido una de mis grandes pasiones, la brújula que ha guiado cada una de mis decisiones metodológicas.

Ha sido una trayectoria profesional intensamente rica, variada y llena de aprendizajes continuos. Un camino que no solo me ha proporcionado el sustento vital y autosuficiencia, sino que ha reforzado mi autoestima a base de retos superados. A lo largo de estas más de cuatro décadas he tenido la oportunidad de conocer lo mejor y lo peor de la condición humana, pero, sobre todo, este camino me ha regalado a compañeros excelentes, muchos de los cuales son hoy amigos imprescindibles.

Me quedo, sin dudarlo un solo segundo, con esta última etapa que ha sido también la más extensa de mi vida profesional, la docencia. Ese contacto permanente y cotidiano con el alumnado me ha mantenido conectado en todo momento con las nuevas generaciones, con sus inquietudes, sus códigos y sus formas de ver la vida. Siempre he defendido que convivir a diario con la juventud es el verdadero secreto para mantener la mente fresca y el espíritu joven a pesar del inevitable paso de los años. Como decía mi querido y admirado amigo Anastasio (D.E.P.) en uno de nuestros monólogos, tirando de esa ironía tan suya, «Lo peor de esto es que ellos siempre tienen la misma edad y nosotros, en cambio, cada año sumamos uno más».

Es, sin duda para mí, la profesión más bonita del mundo. ¡La educación! Esa ventana privilegiada desde la que aportar mi pequeño granito de arena para construir una sociedad un poco mejor. Además, me ha brindado la oportunidad de viajar al extranjero, impregnarme de otras culturas, conocer de cerca distintos sistemas educativos y, sobre todo, traer, incorporar, disfrutar y transmitir todo lo aprendido a mi día a día. He tenido la suerte de ir aplicando las nuevas metodologías pedagógicas que iban surgiendo, impulsado por esa inquietud por no quedarme nunca obsoleto, sumando cursos y más cursos para seguir aprendiendo: Inteligencia emocional, prevención del acoso escolar, coeducación, nuevas tecnologías aplicadas a las aulas, automatización e incluso las herramientas de inteligencia artificial que hoy revolucionan la enseñanza. Todo con el único fin de dar siempre lo mejor de mí a quienes tenía enfrente.

Y es que, por extraño que pudiera parecer, la tarea más repetida y auténtica de un buen docente es la de aprender.

Aprender, evolucionar, descubrir y disfrutar. Disfrutar del enriquecimiento personal para después compartirlo con el pasillo, el taller y el aula a base de pura pasión. He tenido el inmenso privilegio de presenciar el milagro de tantos chavales acostumbrados al fracaso escolar, desahuciados o señalados por su propio entorno, que de pronto encontraban una chispa, conseguían titular y abrían de par en par las puertas a un futuro laboral digno. Ver y ser partícipe de ese cambio de mirada y el chute de autoestima en un chaval que ya no esperaba nada de sí mismo es, sencillamente, la mayor recompensa que esta profesión me ha podido regalar.

He tenido la inestimable oportunidad de participar de primera mano y con absoluta entrega en la vida activa del IES El Arenal de Dos Hermanas. Durante muchísimos años he disfrutado enormemente organizando e impartiendo charlas sobre enfermedades poco frecuentes para visibilizar realidades que nos tocan de cerca, divulgando sobre flamenco y flamencología para poner en valor nuestras raíces, y promoviendo y participando en actuaciones musicales de todo tipo que llenaban de vida los pasillos. Sin olvidar, por supuesto, la organización de campeonatos de ajedrez o de torneos de pádel, momentos de convivencia pura más allá del aula.

Todo ello compartido con compañeros y compañeras inolvidables con quienes he sintonizado, he colaborado hombro con hombro y he construido proyectos hermosos que me han dejado infinidad de satisfacciones personales y profesionales, incluidos premios a nivel nacional y autonómico. Como también he peleado, con la misma fuerza, contra todo lo que consideraba nocivo para el alumnado y la educación, siendo el máximo exponente de esa batalla mi postura firme contra la llamada formación dual.

Sin embargo, a raíz de la conversión del centro en CPIFP en 2021 (o al menos coincidiendo en el tiempo con esa transformación y, supongo que influido también por mi enfermedad), fui dándome cuenta de que mis fuerzas pedían otro ritmo. De forma progresiva, fui apartándome de la primera línea en la participación y vida activa del centro para centrarme en lo esencial: el trabajo en el aula y taller con mi alumnado y el cuidado de mi salud.

Mirando atrás, a cada etapa, a cada paso y a cada aprendizaje de este largo recorrido, no puedo por menos que estar infinitamente agradecido a la vida por tanto. Me he sentido siempre, en general, profundamente valorado, apreciado, respetado y querido, tanto por los compañeros con los que he compartido trinchera como por el alumnado que ha pasado por mis aulas. Sentir ese afecto sincero y saber que tu paso por la vida de los demás ha dejado una huella positiva es, sin duda, la mayor recompensa a la que se puede aspirar.

Termino mi vida profesional con el corazón lleno, con la serenidad que da la tranquilidad del deber cumplido en cada etapa y con la certeza absoluta de que cada esfuerzo, cada mala noche y cada ilusión puesta en el camino han merecido, con creces, la pena.

Hoy, 2 de septiembre de 2026, se cierra el ciclo de mi carrera profesional y paso a ser jubilado. Una jubilación voluntaria a la que llego antes de lo previsto porque, a veces, el cuerpo marca sus propios tiempos y la salud manda, obligándome a tomar una decisión que no era ni deseada ni esperada. Pero toca encarar un proceso de adaptación, concienciación y aceptación que creo que ya está superado. Entro en otra etapa. La vida no es más que una sucesión de etapas y esta no me da ningún miedo porque la conozco, la entiendo y la deseo. Toca dedicarme a mi familia, algo que siempre he hecho pero ahora ya de pleno, volcado en mis hijos, en mi esposa y en mí mismo. Al deporte en la medida en que el cuerpo me lo permita, a escribir, tal como llevo haciendo desde que tenía 12 años, a disfrutar de lo pequeño y de lo grande, a cuidar sin prisa las amistades elegidas conscientemente... Y a asumir con orgullo mi nuevo cometido como amo de casa y preparador para las oposiciones de mi hijo David. Como sabéis, David es una persona con discapacidad, y eso hace que todo este reto sea más complicado, más intenso y, al mismo tiempo, infinitamente más ilusionante y bonito.

Estos son mis objetivos. Básicamente disfrutar de la vida, del mucho o poco tiempo que me quede, a otras velocidades, buscando la calma y la serenidad pero procurando que jamás se apaguen mis pasiones ni mis inquietudes. Procurando no dejar de aprender, sea lo que sea, disfrutando a tope de mi música (la que escucho y la que hago), creyendo en el amor como siempre, defendiendo la justicia social y saboreando cada momento con las personas a las que quiero y que me quieren. Familia y amigos.

Gracias a quienes habéis contribuido a que mi vida profesional mereciera la pena.

Fdo. Diego Bueno

miércoles, 26 de agosto de 2026

HABLEMOS DEL ARTE DE DAR EN ESTOS TIEMPOS… ¡POR FIN!

 

Vivimos tiempos marcados por el repliegue hacia el propio yo. Nos enroscamos en postura fetal a modo de protección frente a una supuesta —o no tan supuesta— agresividad exterior. Se trata de una era donde el egoísmo parece haber ganado terreno en la cotidianidad. Muchas personas adoptan la lógica del miedo: «Si todos son egoístas, yo, por mi bien, debo serlo también».

Visto desde una perspectiva evolutiva y social, este fenómeno tiene cierta lógica, a mi entender, ya que la mayoría de quienes vivimos en el primer mundo tenemos cubiertas las necesidades primarias, tanto vitales como materiales. Al desaparecer la urgencia de la supervivencia básica, surge la falsa ilusión de la autosuficiencia, olvidando que la cooperación, el apoyo mutuo, la solidaridad y el altruismo son pilares indispensables para la convivencia humana. Así ha sido siempre y esa es, precisamente, la base de nuestro éxito como especie.

Por más que nos empeñemos en ensalzar el amor como el sentimiento supremo y la llave maestra para alcanzar la tan ansiada felicidad, hay una verdad ineludible que conviene recordar: ¡resulta absolutamente imposible experimentar un amor auténtico sin la capacidad de dar y de darse! El amor no se sostiene en el vacío ni en el mero deseo; exige la entrega generosa y diaria de lo mejor de uno mismo. Requiere ejercitar activamente el entendimiento, la paciencia, la tolerancia y una empatía genuina capaz de ponernos en la piel del otro.

Por todo ello, resulta completamente incompatible el egoísmo del que muchas personas hacen gala —con frecuencia escudado bajo la superficial excusa de un malentendido «amor propio»— con la auténtica plenitud que brota de la entrega desinteresada. Querernos a nosotros mismos jamás debería ser un pretexto para aislarnos en la complacencia, sino la base firme desde la que ofrecer nuestra mejor versión al mundo. Y digo bien… ¡al mundo!, no solo a las personas amadas.

Además, esta dinámica individualista actual tiene una triste cara B: la vivencia de la carencia convertida en exigencia. Con frecuencia, quien se entrega pero no recibe lo que considera justo, termina demandando atenciones, gestos y afectos a modo de «regalos reclamados». Pero los verdaderos regalos no se piden ni se exigen. En el preciso instante en que un detalle debe ser solicitado o demandado, la acción pierde su pureza y deja de ser un regalo para convertirse en una transacción o en una obligación cumplida. ¡Ojo!, está muy bien solicitar lo que se desea, esto forma parte del arte de la comunicación pero una cosa es expresar nuestros gustos y deseos y otra bien distinta es tener que andar reclamando lo que se necesita.

Además, suele decirse que nunca se llega a conocer del todo a la otra persona, pero, a mi entender, esto ocurre simplemente porque todos vamos cambiando. Cambia la persona y cambia la forma de entender al otro. Cambia tanto el emisor como el receptor. Cambian los gustos y necesidades, cambian las formas de regalarse y de recibir al otro.

Nos encontramos, por tanto, ante una paradoja profundamente incongruente: por una parte somos más egoístas que nunca y, por otra, seguimos ensalzando el amor. Vemos a nuestro alrededor a gente que demanda, que pone condiciones, que exige pero no da; gente que se entrega pero no recibe con justicia; gente que cree en el amor pero ya no espera regalar ni ser regalada; gente que «regala» a modo de inversión para sacar tajada de alguna forma, o gente que apenas da migajas esperando recibir a cambio oro puro.

El verdadero acto de regalar —ya sea un objeto, un gesto, tiempo, palabras o afecto— nace de la libre iniciativa de quien decide ofrecerse al otro de manera genuina. La auténtica magia del amor radica en que la dádiva debe ser disfrutada con la misma intensidad por quien la ofrece que por quien la recibe; solo entonces el acto de dar trasciende al individuo y se convierte en un puente indestructible entre dos almas. Esto, que parece tan simple, es algo que, en mi opinión, hemos ido perdiendo o que, al menos, se ha devaluado gravemente en los tiempos que corren.

Fdo. Diego Bueno

sábado, 15 de agosto de 2026

HABLEMOS DE ESA GENTE QUE NO ESCUCHA… ¡POR FIN!

 

Sí. Sé que a todos nos ha pasado. Incluso nos ha pasado muchas veces, con gente muy distinta y en situaciones muy dispares.

​Estás escuchando lo que la otra persona te está contando. Le miras a los ojos, muestras interés, te esfuerzas para que, gestualmente, le quede claro que le estás prestando atención; le haces ver que la entiendes e incluso, no estando de acuerdo en lo que sea que te esté contando, no intervienes para no interrumpir. Haces gala de una empatía absoluta, de manual, digiriendo e hilando con santa paciencia hasta que, por fin, llega tu turno. Tu momento para intervenir y hacer que lo que está ocurriendo deje de ser un monólogo y se convierta en un diálogo.

​Y en ese preciso instante en que empiezas a hablar… ¡ZAS! La otra persona, tu interlocutor, de repente deja de prestarte atención. Ya sea porque se pone a interactuar con el móvil, porque sigue a lo suyo con la labor que hacía antes de hablarte, porque se pone a hablar con un tercero o, directamente, porque se da la media vuelta y se va (creedme que me ha tocado padecer todos estos supuestos). El caso es que te deja ahí, con la palabra en la boca y cara de gilipollas.

​Lógicamente te quedas pensando: «¿Pero esto qué coño es?».

​Parece que nos hemos olvidado de que conversar es un intercambio de regalos: tú me das tu tiempo, yo te doy mi atención, tú me das tu opinión y yo te doy la mía y ambos nos damos empatía y respeto. Cuando ese trueque se rompe y solo uno entrega, la charla deja de ser un espacio compartido para convertirse en una incautación.

​Que tu interlocutor decida mirar la pantalla de un móvil a mitad de una conversación te hace sentir invisible. Y lo peor no es la falta de educación que eso supone —que, por supuesto, también—, sino la absoluta falta de curiosidad, interés y respeto por el otro. Mucha gente ha cambiado el arte de conversar por la urgencia de ser escuchada, sin importar lo más mínimo qué tiene que decir quien está enfrente.

​Porque escuchar no es solo estar en silencio esperando tu turno para volver a hablar. Escuchar es acoger, es validar, es tener la generosidad de estar presente. Y cuando esa presencia se rompe por la mitad, lo que era un puente entre dos personas se convierte en un muro. Al menos a mí me pasa que me alejo mental y físicamente.

​En más de una ocasión me han dado ganas de decir «¿Te molesta si hablo mientras miras el móvil?». A ver si así, por lo menos, nos da para sacarle una sonrisa a la ironía. Ojo, y debo aclarar que lo del móvil es el caso más extremo y sangrante, pero no el único. A veces, de forma «casual», la otra persona cambia la mirada, se la ve distraída, se ocupa de alguna cosa ajena a la conversación, llama a alguien o se distrae con las musarañas. Lo cierto es que creo que no merece la pena decir nada. Simplemente aprendes que con esa persona no es ni posible ni aconsejable conversar, así que te retiras, te apartas, te alejas e incluso a veces desapareces.

​Es evidente que el esfuerzo que haces es claramente ímprobo. Muchas veces, en honor a una amistad o un contexto concreto, por respeto y por pura educación, incluso permites que esa persona te explique con todo lujo de detalles algo que acaba de descubrir, adoptando la pose y la importancia de quien se cree en posesión de uno de los grandes secretos de la humanidad… cuando resulta que tú ya conocías ese «secreto» desde hacía años.

​Ahí estás tú, mordiéndote la lengua, haciendo acopio de una humildad casi franciscana, asintiendo con la cabeza mientras aguantas el impulso de decirle: «Oye, que eso ya lo hacía mi abuela en los noventa». No lo haces por no romper la magia, por no chafarle el entusiasmo ni herir su ego descubridor. Decides regalarle tu tiempo y tu atención, haciendo ver que te está revelando el misterio de la piedra filosofal.

​Por eso, el contraste resulta todavía más sangrante. Te has tragado su lección magistral sobre la rueda, has aguantado el chaparrón de su entusiasmo autorreferencial y, cuando por fin le dices algo tan simple como: «Sí, claro, de hecho yo lo leí hace tiempo en…», ves cómo sus ojos se apartan de los tuyos, su mano busca instintivamente el teléfono en el bolsillo o mira hacia el techo buscando una mosca a la que prestarle más atención que a ti.

​En ese milisegundo descubres la dura realidad: no quería compartir un hallazgo contigo, solo quería un público. No buscaba un interlocutor, buscaba un espejo donde mirarse y un par de orejas prestadas. Y en cuanto el protagonismo cambia de manos, la conversación deja de interesarle.

​Estoy seguro de que esto nos pasa a todos y a todas en demasiadas ocasiones (incluidas esas personas). Ojalá no sea yo una de ellas jamás.

​Fdo. Diego Bueno


lunes, 10 de agosto de 2026

HABLEMOS DE SUCIEDAD EN ESPACIOS PÚBLICOS… ¡POR FIN!

 

Hay imágenes en las redes sociales que se quedan grabadas y que obligan a detenerse a reflexionar sobre lo que está pasando a nuestro alrededor. En estos días he vuelto a ver fotografías de barrios vulnerables con las calles llenas de suciedad, postales lamentables de playas tras una jornada multitudinaria o zonas desoladas después de cualquier evento masivo (conciertos, partido de fútbol, cabalgata de reyes, procesiones…). Hay una tendencia cada vez más extendida a tirarlo todo al suelo sin ningún miramiento, amparada en esa cómoda y egoísta idea de que ya vendrá alguien detrás a recogerlo. Esa falta de respeto por lo común no surge de la nada ni es un hecho aislado, sino la manifestación visible de un problema mucho más profundo.

En la España de pleno siglo XXI y por desgracia, en Andalucía más comúnmente, nos encontramos con muchas personas que no han recibido en sus hogares una educación adecuada que promueva la convivencia real y el respeto al entorno compartido. Se trata de familias en las que no se ha fomentado la libertad individual vinculada al cumplimiento de unas normas básicas de ciudadanía. Lo más preocupante de esta situación es que esas personas están criando a sus hijos e hijas bajo el mismo patrón, transmitiendo las mismas carencias y perpetuando un bucle muy difícil de romper. Cuando el incivismo se normaliza desde la infancia en el propio hogar, la calle se convierte simplemente en un vertedero o en un lugar sin ley donde todo vale, sobre todo cuando existe el amparo del anonimato en la multitud.

Romper esta cadena intergeneracional es un reto complejo pero imprescindible si queremos construir una sociedad cohesionada. A mi entender esa ruptura solo es posible actuando desde tres frentes complementarios que deben remar en la misma dirección. En primer lugar es fundamental educar a los propios padres y madres, ofreciéndoles herramientas y acompañamiento para que entiendan la importancia de transmitir valores de respeto y responsabilidad en el día a día. Muchas veces no se trata de mala intención, sino de una absoluta falta de referentes y de pautas formativas en la vida adulta.

En segundo lugar necesitamos una verdadera presión social articulada mediante la concienciación comunitaria. No podemos permanecer indiferentes ni mirar hacia otro lado ante las conductas incívicas en el espacio público. El rechazo ciudadano pedagógico y las campañas continuadas deben dejar claro que el espacio de todos nos pertenece a todos y requiere el cuidado de cada uno. La libertad individual pierde su sentido cuando destruye la convivencia común.

Por último, el papel de las instituciones educativas resulta determinante. La escuela, el instituto y la universidad son los espacios públicos por excelencia donde se puede y se debe compensar lo que a veces no llega desde las familias. El sistema educativo no puede limitarse a la mera transmisión de contenidos académicos, sino que debe ejercer de motor de transformación social, enseñando a vivir en comunidad y cultivando el sentido del bien común desde la infancia. Solo combinando la formación a las familias, la concienciación social y una educación pública comprometida seremos capaces de romper este bucle y devolver el valor al civismo que tanto necesitamos. Sin embargo, el marco educativo debe ir acompañado de medidas de control firmes y efectivas. Resulta imprescindible aumentar la vigilancia, dotando de más medios humanos y materiales a las autoridades para que puedan velar por la convivencia y evitar los desmanes que vemos a diario en nuestras calles. Esto exige implantar sanciones económicas ejemplares y verdaderamente disuasorias que vayan de la mano de medidas reeducativas y que generen un verdadero reproche social en quien las recibe. Las consecuencias económicas deben ser claras, pero sin olvidar en ningún momento que la herramienta principal para lograr una sociedad respetuosa y madura siempre será la educación.

Fdo. Diego Bueno

viernes, 7 de agosto de 2026

HABLEMOS DE COMPORTAMIENTOS QUE DEMUESTRAN FALTA DE INTELIGENCIA EMOCIONAL… ¡POR FIN!

 

A lo largo de los años, tanto en las aulas como en el día a día con la familia, los amigos o los compañeros de trabajo, uno va dándose cuenta de que la verdadera sabiduría no es simplemente acumular conocimientos, títulos o vivencias. Sabio es, más bien, quien sabe aplicar de forma efectiva cada cosa aprendida y, sobre todo, quien sabe ignorar con inteligencia todo aquello que no suma, lo que resulta inútil y no le permite crecer para avanzar como persona. En definitiva, es fundamental actuar con inteligencia emocional y esta se fomenta, se promueve, se estimula.

Como bien señalaba Daniel Goleman, «la inteligencia emocional representa el 80 por ciento del éxito en la vida». Y es que ser inteligente emocionalmente no consiste en atinar en todo ni en convertirse en el más simpático o el más popular del grupo. Esta competencia pasa verdaderamente por el autocontrol y la autoconfianza: actitudes que se cultivan por dentro, pero que se reflejan de forma natural en el exterior a través de conductas mucho más asertivas.

Sin embargo, a veces caemos en automatismos cotidianos que revelan que aún nos queda camino por recorrer en esa gestión emocional. Aquí comparto algunos comportamientos muy habituales que demuestran esa falta de inteligencia emocional y cómo podemos enfocarlos con mayor madurez. Os resultará fácil identificarlos e identificar a las personas de vuestro entorno que suelen cometer estos errores

1. Perder la paciencia cuando alguien no entiende tu explicación

¿Cuántas veces hemos oído (o dicho) eso de «¿Es que es tan difícil de entender?» o «¡Cualquiera entendería esto!»? Ponernos tensos y enfadarnos cuando otra persona no capta a la primera lo que explicamos es un síntoma claro de rigidez y cierto egocentrismo.

A veces olvidamos algo básico en pedagogía y en la vida: no todos procesamos la información de la misma manera ni al mismo ritmo. Culpar al otro de no entender casi nunca es la solución; más bien demuestra nuestra incapacidad para adaptar nuestro mensaje o ponernos en su lugar. Un par de minutos de empatía, respirar profundo y buscar otra forma de explicarlo hacen maravillas. Sé por experiencia que la buena docencia está íntimamente relacionada con la paciencia.

2. Burlarse de los demás y exigirles que "aguanten la broma"

Hay una línea muy clara —pero que a algunos les cuesta ver— entre reírse con la gente y reírse de la gente. La inteligencia emocional nos da ese «radar» o intuición para saber cuándo un chiste o un comentario cae simpático y cuándo genera incomodidad o daño.

Pero ¿de dónde nace realmente esa burla a destiempo e hiriente? En el fondo, casi nunca surge del buen humor o de la alegría, sino del deseo inconfesado de superioridad o de la necesidad de enmascarar las propias inseguridades. La persona que necesita señalar, ridiculizar o poner en evidencia al otro suele utilizar el humor punzante como una coraza o como una herramienta de dominio social: menoscabar la dignidad de alguien para reafirmarse ante el grupo. Es el atajo fácil para sentirse fuerte a costa de la vulnerabilidad ajena.

Cuando alguien carece de esa sensibilidad y de la suficiente empatía para ponerse en el lugar del otro, suele recurrir a la típica excusa defensiva: «Es que no aguantas nada», «eres un amargado» o «hay que ver lo sensible que eres». Echar la culpa a la víctima de la broma es una forma cobarde de no asumir que nuestro humor ha sido inoportuno e insensible. El verdadero humor une, crea complicidad y alivia tensiones; la burla a destiempo solo delata la desconexión emocional de quien la emite.

3. Enrocarse en una opinión y cerrarse al diálogo

Todos vamos construyendo con los años un sistema de valores y creencias basado en nuestra educación, experiencias y vivencias. Ese marco de referencia nos da seguridad. El problema surge cuando convertimos nuestras ideas en una coraza inexpugnable.

Cuando falta madurez emocional, cualquier discrepancia o punto de vista contrario se percibe como un ataque personal o una amenaza a nuestra identidad. En lugar de escuchar, analizar e integrar otros puntos de vista —aunque sea para reafirmar o matizar el nuestro—, nos ponemos a la defensiva. Abrazar la diversidad de opiniones no nos debilita; al contrario, nos enriquece. A menudo, nuestros sesgos políticos y sociales nos ciegan ante la realidad del otro, condicionando negativamente la forma en que vivimos, pensamos y nos relacionamos.

4. Encajar cualquier crítica con un «ataque de furia» o un escudo de justificantes

Pocas situaciones ponen tanto a prueba la madurez emocional de una persona como la forma en que reacciona cuando alguien señala un fallo, una mejora o una discrepancia sobre su trabajo o su actitud.

Cuando la inteligencia emocional brilla por su ausencia, la crítica no se percibe como una oportunidad para aprender o matizar, sino como un atentado directo al ego. Ante esto, la reacción suele oscilar entre dos extremos igualmente inmaduros: la agresividad (atacar de vuelta al otro para desacreditarlo) o la victimización defensiva («es que siempre me echáis la culpa a mí» o soltar una batería interminable de excusas antes de haber escuchado siquiera el argumento completo).

La verdadera autoconfianza y la madurez no residen en creerse perfecto, sino en la serenidad de escuchar, filtrar lo que nos sirve para crecer y desechar lo que no suma. Quien salta a la mínima o no soporta que le lleven la contraria demuestra que su autoestima no se apoya en una base firme, sino en una estructura muy frágil que necesita aparentar infalibilidad para no derrumbarse.

5. Buscar culpables exteriormente en lugar de asumir responsabilidades

Es el clásico «ver la paja en el ojo ajeno y no la viga en el propio». Ante un problema o un fallo —sea en la pareja, en un grupo de trabajo o en la familia—, hay personas cuyo primer impulso es buscar al culpable para señalarlo con el dedo.

Esta actitud suele esconder una profunda inseguridad infantil: la creencia de que cometer un error es una tragedia imperdonable. La madurez emocional, en cambio, nos enseña que el error es una parte natural del aprendizaje y del crecimiento personal. En vez de desgastarnos buscando a quién echarle las culpas, lo inteligente es enfocar la energía en analizar las causas y buscar soluciones compartidas.

6. Vivir amargado/a y renegando constantemente del trabajo

Pasamos una parte enorme de nuestras vidas trabajando; es una realidad inapelable. Si bien el trabajo no lo es todo en la vida, mirarlo únicamente como una condena o un lastre insoportable acaba minando nuestra salud mental y la de quienes nos rodean.

Cualquier labor, por sencilla o compleja que sea, nos aporta algo: aprendizaje, disciplina, relaciones humanas o sustento. Si llegamos al punto en que nuestro trabajo nos resulta verdaderamente detestable y nos consume por dentro, en lugar de quedarnos estancados en el lamento continuo, lo emocionalmente inteligente es tomar las riendas y buscar activamente alternativas para evolucionar. La queja sin acción solo genera frustración.

Reflexión final

La inteligencia emocional no es una meta fija a la que se llega y ya está, sino un músculo que se entrena día a día. No requiere que seamos perfectos ni que atinemos en todo; basta con cultivar el autocontrol y la autoconfianza, reconocer los errores con humildad y poner empatía, paciencia y asertividad en cada una de nuestras acciones. Al hacerlo, situamos la felicidad en el lugar correcto: no como un estado de perfección inalcanzable, sino como la consecuencia natural de saber gestionar nuestro mundo interior y cuidar nuestras relaciones. Entrenar estas capacidades nos libera del peso del perfeccionismo, nos aporta paz mental ante la equivocación y nos conecta genuinamente con los demás, demostrando que la felicidad no consiste en ser impecables, sino en tener la madurez y la serenidad necesarias para disfrutar de la vida.

Fdo. Diego Bueno

lunes, 20 de julio de 2026

HABLEMOS DE “ABSENTISMO LABORAL” … ¡POR FIN!

 

Resulta indignante comprobar cómo, una vez más, la patronal decide de forma unilateral y con la complicidad de los medios afines (todo perfectamente orquestado) qué se debate y qué no se debate en este país. Con todo lo que queda por mejorar en la cultura empresarial de las grandes corporaciones —desde la precariedad hasta los riesgos psicosociales, pasando por la seguridad, las horas extras no pagadas o la conciliación familiar—, prefieren desviar el foco y señalar con el dedo a las personas asalariadas. Han construido un relato tramposo en el que los culpables de todos los males de la economía somos, cómo no, los trabajadores. ¡Vergonzoso!

Absentismo dicen…

Bien pues hablemos, ¡por fin!, de realidades y no de sus cortinas de humo. Los datos macroeconómicos desmontan su mentira punto por punto. Por un lado, la productividad por hora trabajada en España ha crecido casi un 18%. Por otro, la mediana y gran empresa se está embolsando beneficios absolutos de récord histórico, superando los 65.000 millones de euros anuales en los balances del Ibex 35. Ganancias milmillonarias, margen tras margen, trimestre tras trimestre.

Según los datos oficiales del Ministerio de Trabajo y Economía Social, durante el último año completo se registraron en España más de 620.000 accidentes laborales con baja y más de 540.000 sin baja. De todos ellos, 735 trabajadores perdieron la vida y más de 3.700 sufrieron accidentes graves en sus puestos de trabajo. Esto significa que, de media, dos personas mueren al día en España trabajando. ¡Dos muertes al día por ir a ganarse el pan!

La patronal habla de «absentismo» para criminalizar las bajas mientras ignora que hay más de 1.700 accidentes de trabajo diarios (que se dice pronto), muchos de ellos fruto de la sobrecarga y la falta de prevención.

¿Y cuál es la respuesta de la gran patronal ante semejante esfuerzo, rentabilidad y riesgo vital? ¿Un reparto justo de las ganancias? ¿Mejores salarios? ¿Respeto a la salud laboral? No. Su respuesta es llamarnos «vagos» e «insolidarios» y acusarnos de «absentismo» cuando nos enfermamos o cuando intentamos arañar un par de horas para cuidar a nuestras familias.

Son sencillamente insaciables. No tienen límites ni miramientos. Da igual cuánto produzcas, da igual cuánto ganen ellos: nunca es suficiente. Y por eso resulta irrisorio, cuando no insultante, escuchar a los voceros de las corporaciones llenarse la boca hablando de la «responsabilidad social empresarial» o de cómo «crean riqueza y empleo». ¡Por favor! Que no nos vendan la moto como si la creación de empleo fuera un acto de caridad o un favor a la sociedad. Si de ellos dependiera, recortarían la plantilla al mínimo imprescindible y nos exprimirían cada minuto de la jornada hasta el agotamiento (tal como han hecho siempre hasta que ha habido leyes que se lo prohibían). No contratan por filantropía; contratan porque nos necesitan para generar el valor que luego ellos se embolsan.

Calificar de «absentismo» el derecho a enfermar, a recuperarse o a conciliar la vida laboral con la personal no es solo un error conceptual; es una falta de respeto absoluta a la dignidad humana. Pretenden señalar a quien necesita una baja médica justa, a quien intenta criar a sus hijos, a quien cuida de sus mayores o de familiares con discapacidad como si fueran defraudadores. Es vil, es perverso y demuestra una insensibilidad que clama al cielo.

Lo peor de todo es que no les da vergüenza, sencillamente porque no la tienen. Han perdido cualquier atisbo de sentido ético y la más mínima decencia. En su ecuación solo entran las cuentas de resultados, los márgenes de beneficio y la exigencia implacable de apretar aún más las tuercas a quien ya está produciendo al máximo.

¿Qué hay fraude en las bajas?... La incapacidad temporal la firma un médico o una médica. Las bajas no “se cogen”. Y si hay casos de fraude pues que se investiguen y se multen, sin embargo, del fraude de los empresarios, infinitamente mayor que el que pueda haber en el colectivo de trabajadores y trabajadoras, no se habla.  Si midiéramos el impacto en una balanza económica y social, el fraude derivado de bajas indebidas representa menos del 2% del agujero económico que sufre el país, frente al 98% que genera el fraude empresarial y fiscal.

No podemos permitir que impongan su marco mental. Conciliar no es falta de compromiso; es un derecho. Ponerte enfermo no es absentismo; es una realidad biológica y social. Y rendir un 18% más no tendría que pagarse con sospechas ni criminalizaciones. Es hora de decir basta a este cinismo patronal y recordarles que una sociedad madura y justa se mide por cómo protege a sus trabajadores, no por cómo los exprime para justificar su propia avaricia.

Fdo. Diego Bueno.

martes, 14 de julio de 2026

HABLEMOS DE ¡GOLPE DE ESTADO! … ¡POR FIN!

 

A ver, me gusta huir de grandilocuencias, exageraciones e hipérboles; sin embargo, visto lo visto y viendo lo que llevo un tiempo viendo, no tengo más remedio que usar el término que más se asemeja a lo que estoy comprobando: ¡Estamos inmersos en un golpe de Estado!

Es verdad que no hay tanques en las calles, pero no son necesarios para calificar de golpe de Estado esta forma de ejercer la oposición. Bulos, insultos permanentes, calumnias y una maquinaria de lodo mediático permanente. Es un acoso, un atraco, un asalto perpetrado por una conjunción de poderes del Estado: la oposición, la derecha, los empresarios, los medios de comunicación afines, buena parte de las fuerzas de seguridad y, por supuesto, el Poder Judicial.

A veces es muy sutil y la mayoría de las personas ni se enteran. Nadie habla del juicio de la trama eólica, por poner un ejemplo, en el que se piden 134 años de prisión para altos cargos del PP por delitos de prevaricación, cohecho, tráfico de influencias, blanqueo de capitales y fraude fiscal. Todo se centra, en este caso, en la supuesta (e imposible) prevaricación del hermano del presidente, que termina con una condena de inhabilitación (nada penal). Pero lo verdaderamente grave es que la prevaricación la cometen estos jueces que, a sabiendas de que se trata de una condena injusta, la llevan a cabo.

El hermano del presidente ocupó el puesto de coordinador de los conservatorios de música de la Diputación de Badajoz, puesto para el que estaba cualificado sobradamente. Este hombre no puede evitar ser hermano del presidente; sin embargo, su preparación está fuera de toda duda. Se formó inicialmente en Economía y posteriormente encauzó su carrera en la música clásica. Realizó estudios musicales en prestigiosas instituciones internacionales situadas en países como Rusia (donde se graduó como director de orquesta), además de complementar su aprendizaje en centros de Italia (Milán y Siena) y Suiza (Lucerna). Domina varios idiomas (destacando el inglés y el ruso a nivel bilingüe, junto a conocimientos de italiano, francés, alemán y japonés). ¡Está infinitamente más y mejor preparado que el presidente del partido de la oposición que aspira a gobernar este país algún día!

Pero es que, además, la posible prevaricación (¡¡¡¡no probada!!!!) no la comete el contratado jamás. ¡La comete quien contrata de forma indebida!

Cuando hay una clarísima persecución y hay delitos, yo siempre digo que quien la haga que la pague, sea del partido que sea. Por desgracia, la corrupción está instaurada en toda la sociedad (lo sabemos todos porque lo vemos todos cada día) y los políticos, al fin y al cabo, no son más que representantes de la sociedad. Por supuesto que deberían dar ejemplo, pero la corrupción lo inunda todo. La diferencia está en el trato que cada partido da a la corrupción detectada en sus filas y, por supuesto, no todos los políticos son iguales y no todos los partidos políticos son iguales. En algunos está más arraigada la corrupción que en otros.

Por mucho que traten desde la CEOE y, en general, desde toda la derecha, de culpar a los trabajadores (ahora les ha dado por el problema del absentismo), los grandes robos a mano armada los cometen las élites, los poderosos. No existen grandes corporaciones que no apliquen políticas faltas de un mínimo de ética, porque todos sabemos que un comportamiento honesto no te hace rico.

En fin. Lo que más pena me da es que la mayoría de la gente se indigne porque un trabajador robe 100 euros (lo cual está mal, claro que sí) y no se indigne ante los enormes robos de los poderosos. Me cabrea que tachen de corrupto a un gobierno porque sentencian con inhabilitación, sin pruebas y sin posibilidad de haber cometido prevaricación, al hermano del presidente de la forma más injusta del mundo, y no se inmuten ante un caso mucho más flagrante como el de la hermana del presidente de la Junta de Andalucía o los grandes delitos de la derecha. Me indigna que no vean ese acoso y derribo y… sí… me reitero… ¡GOLPE DE ESTADO!

Fdo. Diego Bueno

HABLEMOS DE “SER UN SESENTÓN” ... ¡POR FIN!

 

Recuerdo cuando Paul McCartney, con apenas veintitantos años y la cara limpia de arrugas, nos cantaba aquello de “When I’m Sixty-Four”. Con esas edades, los sesenta nos parecían un territorio desconocido, alejado y oculto, casi de ciencia ficción. Una frontera lejana donde la vida se volvía de color sepia, de chimenea, mecedora y babuchas de invierno a cuadros. En la canción nos preguntaba si todavía lo necesitaríamos, si todavía lo alimentaríamos cuando el calendario alcanzara esa cifra.

Hoy, tras haber cruzado ya ese umbral y mirar el espejo, uno no puede evitar sonreír de medio lado. La respuesta a la vieja canción de “mis Beatles” no es de nostalgia, sino de una rotunda y serena presencia. Sí, Paul, aquí estoy. Y no estoy apagándome, al contrario, estoy encendiendo las luces más cálidas de la casa. Dice mi esposa que soy el tonto de las lucecitas. Supongo que es una forma inconsciente de añadir color a mi entorno y por tanto a mi nueva vida de jubilado.

Ser sesentón es, ante todo, haber conquistado el derecho de caminar sin prisa. Durante décadas hemos corrido por las metas, por los hijos, por la profesión, por el mañana o, simplemente, porque sí. Ahora, casi de repente, el mañana se ha convertido en un ahora espacioso. Llega esta edad en la que los días transcurren despacio a la vez que los años pasan rápido. Ya no miramos para juzgar, sino para comprender y sumergirnos en la realidad. Hay una poesía callada en observar cómo cae la tarde, en escuchar un viejo acorde de guitarra o en saborear un café por la mañana sintiendo que somos dueños casi absolutos de nuestro tiempo. Hemos aprendido a viajar ligeros de equipaje, dejando caer por el camino los compromisos que solo eran compromiso, y las ganas de convencer a nadie de nada, para quedarnos solo con lo esencial, que es un puñado de buenos amigos, las canciones que nunca fallan y el amor que ha sabido madurar.

Sin embargo, a los sesenta, la mochila también pesa. La vida es un poliedro que nos ha mostrado sus peores caras y sus más afiladas aristas. Hemos caminado lo suficiente como para conocer la pérdida y haber tenido que despedir a seres que eran parte de nosotros, de nuestra propia esencia. A veces pienso en ese partido que ya no jugaremos, en esa voz que ya no volveré a escuchar, en ese escenario que de pronto se queda a oscuras, en esas escaleras que ahora se resisten a ser subidas o en aquellos gestos cotidianos que ya nunca se me contagiarán. Sin embargo, es precisamente ahora cuando aprendemos a mirar el dolor con otros ojos. Llega un momento en que decidimos dejar de mirar más allá de donde podemos ver, comprendiendo que la ausencia nunca se sitúa en el horizonte sino en la forma en que el alma recuerda lo perdido. Cuando los ojos se cansan de confirmar los vacíos, los cerramos despacio, como quien clausura una casa que se abandona, y decidimos simplemente sentir.

En esa penumbra voluntaria y madura descubrimos que amar no es retener una presencia, sino consentir que su huella siga latiendo sin exigirle regreso. Aprendemos a encontrar a quienes se fueron en la tibieza de nuestras propias manos, en la cicatriz dulce de la memoria, en ese rincón del alma donde lo perdido no desaparece, sino que aprende a convertirse en luz.

Y en ese mismo aprendizaje de la madurez, descubrimos también la inmensa gratitud hacia aquellos que nos sostuvieron en el camino. Recordamos con ternura los momentos en que se caían nuestros cielos, cuando se nos torcía la voz, cuando los miedos nos miraban de frente o cuando el sendero plano de repente se hacía pendiente. Es en esas horas difíciles, cuando la esperanza parecía querer abandonar, donde siempre apareció una mano dispuesta a sostenernos, una presencia silenciosa y atenta que nunca nos dejó atrás. Por eso, ahora que empezamos a hacer balance, buscamos las claridades del horizonte para agradecer de frente, con el corazón abierto, a quienes nos acompañaron a pie de calle sin pedir nada a cambio.

Dicen que la juventud es un fuego impetuoso que busca devorarlo todo. Los sesenta, en cambio, son la cálida belleza de las brasas. Hemos jubilado al ego y le hemos dado la bienvenida a la ternura. Ya no nos importa ser el centro del escenario y preferimos disfrutar viendo crecer a los nuestros, compartiendo lo aprendido no como una lección magistral, sino como quien ofrece un vaso de agua fresca en mitad del camino.

Llegar aquí es una victoria cotidiana y hermosa, un estado de gracia donde los bolsillos se llenan de proyectos (unos nuevos y otros para ser retomados), de viajes pendientes, de letras, muchas letras, guardadas en un cajón y de risas compartidas. Paul se preguntaba si nos querrían al llegar a esta edad y la respuesta es que nos queremos más que nunca a nosotros mismos y al mundo cercano que nos rodea. Porque a pesar de las cicatrices, o precisamente gracias a ellas, por primera vez en la vida ya no solo miramos pasar los días, sino que los sentimos enteros y en su más maravillosa plenitud. Con todo el agradecimiento del mundo por cada año ganado, no solo vivido, y por preservar intactas las ganas de vivir mucho más.

Fdo. Diego Bueno

HABLEMOS DE APRENDER EN LA EDAD ADULTA... ¡POR FIN!

  Dedicado a todos mis congéneres, principalmente a amistades, familia y compañeros y compañeras de trabajo que ya no cumplirán los 50 años....