Si un detective busca a una
persona desaparecida durante años y no hay llamadas ni movimientos bancarios ni
señales de vida, concluye que está muerta. Con Dios, a mi entender, ocurre lo
mismo: miles de años de historia, billones de oraciones desesperadas y la
respuesta objetiva ha sido siempre el vacío. No existe ni una sola intervención
divina verificable, medible o documentable. Con estos datos, lo razonable, a mi
humilde entender, sería ser ateos o, como mucho, agnósticos. Os paso a exponer
las razones:
En la Edad de Bronce abundaban
los milagros. Mares que se abrían, muertos que resucitaban, arbustos en llamas…
Hoy, con 8.000 millones de teléfonos inteligentes registrando cada segundo,
detectores de ondas gravitacionales y herramientas de precisión subatómica,
Dios no aparece por ninguna parte ni en ningún caso. Además se da la curiosa
circunstancia de que, “casualmente”, a mayor capacidad de verificación humana,
menos manifestaciones divinas ocurren.
Por otra parte, la neurociencia
ha demostrado que las experiencias místicas pueden inducirse artificialmente.
Existen estudios totalmente rigurosos y contrastados que prueban, por una
parte, que si se estimula el lóbulo temporal con campos electromagnéticos, se
logra que las personas sientan una "presencia divina o angelical".
Pensad bien lo que esto significa. Por otra parte, hay estudios, igualmente
contrastados, que evidencian que los túneles de luz, los encuentros con seres
radiantes y el éxtasis místico de las experiencias cercanas a la muerte que
cuentan las personas que la han vivido no son más que el cerebro
"drogándose a sí mismo" ante la inminencia de la muerte para poder
morir en paz. Al final, si lo espiritual se reduce a pura neuroquímica, Dios no
es más que una construcción cerebral.
Si nos fijamos bien, además, los
dioses siempre se crean a imagen y semejanza de la cultura que los adora. Son
guerreros para los vikingos, burócratas para los romanos o un monarca absoluto
en la Europa feudal, y mueren cuando sus civilizaciones desaparecen (ya nadie
adora a Ra o a Zeus).
Basta prestar atención también a
algo demasiado obvio que debería hacernos recapacitar, y es que la religión de
un individuo está determinada casi por completo por su "código
postal" de nacimiento. Si naces en China, lo normal es que seas budista o
ateo, mientras que si naces en Arabia, lo más probable es que seas musulmán.
Esto descoloca la idea de un Dios universal ya que, por lo que se ve, hay una
clara dependencia de la geografía.
Históricamente, se recurría a la
divinidad para explicar lo incomprendido, desde los truenos hasta las
enfermedades. Sin embargo, con el avance científico, Dios ha ido en retirada
constante hacia los huecos más pequeños de nuestra ignorancia. Darwin desmanteló
el argumento del diseño biológico mediante la selección natural, y la
cosmología actual (con hipótesis como el multiverso o la teoría de cuerdas)
sugiere que las constantes físicas adecuadas para la vida son fruto del azar y
del sesgo de supervivencia. Asimismo, físicos como Lawrence Krauss han
planteado cómo el universo puede surgir matemáticamente de la nada. Es cierto
que aún sabemos muy poco, pero el avance del conocimiento es imparable; a
medida que desentrañamos los misterios del cosmos, vamos desterrando dogmas
absurdos de otras épocas que, inexplicablemente, se resisten a desaparecer en
pleno siglo XXI.
A todo esto se suma que la
distribución del dolor en el mundo no sigue ningún patrón moral como nos
decían. Los tsunamis, la malaria o el cáncer infantil no respetan la virtud ni
dependen de decisiones humanas, lo que desploma el argumento del libre albedrío
para justificar el sufrimiento natural. El filósofo Sam Harris señala que un
Dios pasivo ante el Holocausto o la tortura infantil sería moralmente inferior
a cualquier ser humano decente. Suscribo plenamente sus palabras. Por eso, ante
las tragedias inevitables de la naturaleza, suelo repetir una misma frase:
«Menos mal que Dios no existe; porque si existiera, habría que renunciar a un
ser tan cruel».
El invento de las religiones
tiene su razón de ser en términos evolutivos; es una de nuestras
características más humanas. Otra cuestión es que a día de hoy tenga algún
sentido.
Nuestro cerebro está programado
de fábrica para pecar de precavido: el que huía de una sombra “por si acaso”,
sobrevivía; el optimista, a menudo no lo contaba. De siempre ha sido más
rentable confundir una rama con una serpiente que quedarte tan tranquilo
pensando que una víbora es solo un palo. El paso siguiente fue inevitable:
empezamos a aplicar esa misma lógica a todo el entorno, imaginando voluntades e
intenciones detrás del viento, los truenos o la muerte. Esta tendencia a buscar
un responsable invisible detrás de cada cosa desconocida fue lo que acabó dando
forma a las religiones... Y ese imaginario compartido fue el auténtico
pegamento de las primeras tribus. No importaba si el mito era verdad o mentira;
lo que importaba es que nos obligaba a cooperar, a mantener al grupo unido y a
hacernos más fuertes. En términos de supervivencia, eso ha sido fundamental.
Por otra parte, es lógico que el
materialismo deje grandes huecos sin responder, pero la mayoría de esos vacíos
solo reflejan nuestras propias limitaciones para entender el cosmos. Una
hormiga no tiene capacidad para ver a un elefante y viceversa. Son nuestras
evidentes limitaciones físicas y biológicas las que necesitan el consuelo de un
creador, y justamente de esa necesidad han surgido, desde siempre, los
aprovechados y manipuladores que han gobernado todas las religiones a costa de
la flaqueza humana.
¿Por qué existe el universo en
lugar de la nada más absoluta? ¿De dónde salen las leyes de la física o el
laberinto de la conciencia? ¿Cómo sostenemos las matemáticas o la propia moral?
Si todo se reduce a la materia, ¿es el amor solo un espejismo y nuestros
pensamientos meras reacciones químicas al azar en las que ni siquiera podemos
confiar? Son preguntas enormes, pero quizás el error sea exigirle todas las
respuestas a una ciencia que acaba de empezar, o buscar el refugio fácil en un
Dios inventado para tapar lo que no entendemos. Quizás lo correcto sería hacer
un ejercicio de humildad y asumir nuestras limitaciones hasta el punto de ser
capaces de vivir en la incertidumbre.
Mi admirado Tomás de Aquino
—filósofo, pero sobre todo teólogo— argumentó que Dios no es "un ser entre
otros", sino el Ser mismo, el acto puro de existir o el "fundamento
del ser". Esta podría ser una solución para aquellas personas que
necesitan creer en lo increíble. Él no era agnóstico, pero quizás sea el
agnosticismo honesto la única posibilidad de asumir y aceptar la incertidumbre,
sin la necesidad de inventar certezas artificiales en forma de dioses para
calmar ese vacío con el cual nacemos, vivimos y morimos. Al fin y al cabo, la
certeza de un Dios no es imprescindible, de la misma manera que su
desconocimiento tampoco es un callejón sin salida.
Desde mi ateísmo exacerbado hacia
las religiones —claramente inventadas por los humanos— y mi agnosticismo ante
lo incierto, tengo claro que la clave es asumir la incertidumbre como parte de
eso que llamamos “vida” y, a ser posible, aceptarla; no con resignación, sino
con absoluta naturalidad.
Fdo. Diego Bueno Linero