Ser docente hoy tiene un mérito intrínseco. No es ningún
secreto que existen numerosas formas de ganarse la vida que reportan mayores
beneficios económicos que la enseñanza. Sin embargo, nuestra profesión se mide
en una moneda distinta.
Lo cierto es que, a veces, comprobar y padecer los usos y
costumbres de buena parte de la juventud actual provoca un desencanto legítimo.
Sentimos la frustración de quien intenta construir sobre un terreno que parece
moverse constantemente. Ser docente hoy implica, por encima de todo, sostener
el sentido cuando afuera parece diluirse entre sistemas de pantallas
infinitamente más seductores que la palabra y la ilusión de un profesor.
Competir contra algoritmos diseñados en Silicon Valley con nuestra voz como
única herramienta parece una lucha de David contra Goliat, pero nosotros
contamos con algo que ninguna IA posee: la mirada.
Funes (2017) no romantiza la docencia; la pone en contexto.
Nos habla de un tiempo donde las certezas se han desplazado, donde nuestro rol
se cuestiona, se redefine y, a menudo, se desgasta. Pero también nos recuerda
algo profundamente humano: seguimos siendo necesarios, aunque el fruto
de nuestro esfuerzo no siempre florezca de inmediato.
Desde la práctica, esto conecta con los enfoques
socioculturales del aprendizaje. No enseñamos en el vacío; enseñamos en
realidades complejas, con estudiantes atravesados por contextos, emociones e
historias de vida. Aquí resuena mi admirado Vygotsky cuando plantea que
el aprendizaje es social por naturaleza. Su legado dialoga hoy con la
neurociencia y la educación emocional bajo una premisa clara: “No hay
aprendizaje sin vínculo, sin reconocimiento y sin sentido”.
El aula en clave de DUA
El secreto para no desfallecer reside en implementar el DUA
(Diseño Universal para el Aprendizaje). No se trata solo de diversificar
actividades por cumplir un expediente, sino de mirar a cada estudiante como
alguien que necesita ser comprendido antes que evaluado.
Hablar "en clave de DUA" significa asumir que la
diversidad es la norma, no la excepción. En lugar de diseñar una clase estándar
y luego "parchear" con adaptaciones para quienes tienen dificultades,
el DUA nos invita a diseñar la enseñanza desde el principio para que sea
accesible para todos. En el aula, esto se traduce en momentos muy concretos:
ese estudiante que no entrega la tarea, pero se queda charlando al final; aquel
que interrumpe buscando la atención que no recibe en otro sitio. Antes de
etiquetar, Funes nos invita a interpretar. Y eso, colegas, es tan
agotador como transformador.
¿Cómo llevar esto a la práctica diaria?
Para no perdernos en la teoría, podemos aterrizar estas
ideas en cinco pilares:
- Diseñar
desde la realidad del grupo, dejando atrás el "alumno ideal"
que solo existe en los libros de texto.
- Incorporar
espacios de escucha genuina dentro de la estructura de la clase.
- Flexibilizar
los caminos sin perder de vista el propósito pedagógico.
- Priorizar
el vínculo como la verdadera infraestructura del aprendizaje.
- Evaluar
procesos personales, huyendo de la tiranía de los estándares fríos.
Una propuesta que siempre funciona es integrar proyectos
de narrativa personal. Permitir que el estudiante vincule los contenidos
con su propia historia y entorno no solo favorece el aprendizaje significativo,
sino que fortalece su identidad.
El alcance de esta mirada es profundo ya que re-humaniza
la educación. Nos recuerda que enseñar no es simplemente "cumplir una
programación", sino acompañar procesos de vida. Y en ese acompañamiento,
es vital que no nos olvidemos de nosotros mismos; el autocuidado y el apoyo
entre compañeros y compañeras son los que nos permiten seguir ofreciendo esa
"mirada" sin quemarnos en el intento.
Incluso cuando nos asaltan las dudas o parece que nadie
valora lo que hacemos, hay una certeza que permanece intacta: dejamos huella.
Ser docente hoy no es fácil, pero sigue siendo el oficio más
necesario del mundo.
Fdo. Diego Bueno