El juego: El motor de la mente
en todas las etapas de la vida
Suelo decirles a mis alumnos y
alumnas que un examen no es más que un juego; un reto con un objetivo claro
que, abordado con la actitud adecuada, puede resultar incluso divertido. Esta
premisa, que a veces les choca, tiene un sólido respaldo científico: el juego
es el mejor aliado del desarrollo cognitivo.
Tradicionalmente, hemos asociado
esta actividad a la infancia, etapa en la que resulta imprescindible para la
maduración de procesos como la percepción, la memoria, el lenguaje y la
estructuración del pensamiento. Su magia reside en la capacidad de simular la
realidad, ofreciendo un escenario idóneo y seguro para cometer errores y
aprender de ellos a través de la práctica. Si jugar es gratificante por sí
mismo y pensar es el mejor ejercicio para nuestro cerebro, ¿qué puede haber
mejor que realizar ambas actividades a la vez?
Un lenguaje universal: del
patio de recreo a la madurez
Sin embargo, el juego no es un
patrimonio exclusivo de la niñez. Su relevancia no se desvanece con los años,
sino que evoluciona hasta transformarse en un baluarte de salud y bienestar
para todas las etapas de la vida:
- En la edad adulta y la vejez: Actúa como un
verdadero "gimnasio cerebral". Participar en retos mentales
ayuda a mantener y expandir la reserva cognitiva, funcionando como
un escudo protector frente al deterioro neurodegenerativo. Jugar en la
madurez no es una distracción banal; es una herramienta de prevención que
mantiene encendida la chispa de la curiosidad.
- En la salud mental: Para quienes atraviesan
procesos de enfermedad, el juego ofrece un espacio de seguridad y
estructura. Ayuda a canalizar la ansiedad y mejora la autoestima mediante
la consecución de pequeños logros, sustituyendo los pensamientos
intrusivos por el enfoque y la gratificación del reto superado.
- Como herramienta social y humana: El juego
es el puente más corto entre dos personas. Fomenta la empatía, nos enseña
a negociar y nos obliga a mirar a los ojos del otro. En un mundo cada vez
más digital y aséptico, el juego presencial nos devuelve nuestra esencia
más colaborativa.
Un asunto de "Estado
Mental"
Jugar es, por tanto, un asunto
muy serio. Al jugar nos empleamos al máximo, manifestamos nuestro afán de
superación y ponemos en práctica todos nuestros recursos para alcanzar la meta.
En este contexto, nos permitimos reconocer nuestros límites y capacidades con
un margen de error que otras actividades de la vida no perdonan, lo que
fortalece nuestro autoconcepto.
Pero no nos engañemos: el juego
requiere un esfuerzo nada despreciable. No se disfruta igual una victoria
lograda con sudor que una regalada por el adversario. El éxito sin esfuerzo no
produce el placer deseado, y sin ese placer, el juego deja de ser atractivo.
Para triunfar necesitamos concentración, perseverancia y paciencia.
En definitiva, no dejamos de
jugar porque envejecemos; envejecemos porque dejamos de jugar. El juego es una
medicina preventiva sin efectos secundarios que debería estar presente en el
"botiquín" de cualquier hogar, independientemente de la edad de sus
habitantes. Aceptar sus retos es, sencillamente, la mejor forma de seguir
aprendiendo.
Las competencias cognitivas:
Nuestra caja de herramientas
Nuestras competencias mentales
están estructuradas en cuatro niveles esenciales que debemos activar para
resolver cualquier desafío:
- Pensamiento Comprensivo: Es la capacidad de
entender correctamente la información recibida. Incluye operaciones como
clasificar, analizar, sintetizar y descubrir el "porqué" de las
cosas. Es la fase crítica de cualquier examen o juego mental: sin
comprensión, la resolución es imposible.
- Competencias Críticas: Nos sirven para
evaluar la información e investigar la fiabilidad de las fuentes.
Interpretan causas y predicen efectos. Tras entender los datos, debemos
analizarlos con rigor antes de ponernos a trabajar.
- Competencias Creativas: El pensamiento
creativo nos permite alumbrar ideas, establecer relaciones inéditas,
producir imágenes o crear metáforas. Es el paso definitivo hacia
soluciones ingeniosas.
- Competencias Complejas: Aglutinan las tres
anteriores. Abarcan desde la captura de la información —a veces encriptada
en un enunciado— hasta el planteamiento estratégico, la resolución y la
necesaria comprobación final.
Tipología del desafío
Para entrenar nuestra mente,
podemos distinguir seis grandes áreas de juego:
- Cálculo matemático e inteligencia numérica.
- Capacidad, razonamiento lógico y agilidad mental.
- Estrategia y paciencia.
- Memoria y observación.
- Inteligencia verbal y comunicación.
- Enigmas y juegos mentales puros.
El arte de resolver:
Estrategias y "consejillos"
A menudo, el fracaso ante un
problema matemático o un examen se debe a tres errores comunes: pensar que se
pide algo que no se pide, ignorar información vital o creer haber leído algo
que el enunciado no dice.
Para evitarlo, aquí os
propongo algunas estrategias que siempre comparto con mis estudiantes:
- Lectura pausada: Lee atentamente el
enunciado. No te precipites; asegúrate de haber captado cada detalle antes
de empezar.
- Visualiza el problema: Toma notas, haz
esquemas o dibujos. El registro visual ayuda a "ver" la solución
donde antes solo había palabras.
- Sé sistemático/a: Busca información
adicional si es necesario y conecta el ejercicio con experiencias
similares que hayas tenido antes.
- Actitud positiva: Cada ejercicio es un reto.
No "tires la toalla" al primer obstáculo.
- El valor del ensayo-error: Prueba, escribe,
tacha y vuelve a escribir. Los errores no son fallos, son experiencia
acumulada.
- Creatividad y sentido común: Atrévete con
métodos insólitos o extraños. Deja que fluyan las ideas; alguna será la
llave maestra.
- El reposo del guerrero: Si el bloqueo
persiste, deja "descansar" el problema y retómalo más tarde con
una mirada fresca.
- La prueba del algodón: Una vez hallada la
solución, comprueba que se ajusta al enunciado. Y, lo más importante:
explícalo a otra persona. Solo cuando eres capaz de explicar el proceso
paso a paso, puedes estar seguro de que lo has comprendido a fondo.
Aprender del error: Una
filosofía de vida
Decía Bertrand Russell: «¿Para
qué repetir los errores antiguos habiendo tantos nuevos por cometer?». Esta
frase refleja la importancia de no temer a la equivocación. Hay errores fruto
de la inexperiencia o la impaciencia, y otros que nacen de respuestas
automáticas sin atender al enunciado.
Recordemos a Einstein cuando
afirmaba que «quien no haya cometido un error es que nunca ha intentado algo
nuevo», o a Tagore advirtiéndonos que «si cierras la puerta a todos los
errores, la verdad quedará fuera». No hace falta ser un profesional de las
matemáticas para resolver un problema complejo; basta con ser una persona
despierta y servirse del ingenio.
A modo de conclusión
El juego es un instrumento de
aprendizaje tan legítimo y valioso como cualquier otro. Es necesario subrayar
esto porque todavía arrastramos la herencia de la educación de la Revolución
Industrial: aquel modelo que no buscaba el crecimiento integral de la persona,
sino que se limitaba a formar mano de obra dócil y útil para las fábricas. En
ese contexto, el juego tenía "mala prensa"; se consideraba una
actividad carente de seriedad.
Por desgracia, este complejo aún
subyace en buena parte del profesorado. Sin embargo, la pedagogía práctica que
implementamos día a día en las aulas demuestra con total nitidez que el juego
es un pilar fundamental del aprendizaje. Dado que la capacidad de aprender es
una de nuestras características más humanas y nos acompaña durante toda la
existencia, el juego se revela como un aliado excepcional que, además, nos
proporciona bienestar emocional.
Debemos superar complejos y
tabúes; es hora de perder el miedo a jugar y ser plenamente conscientes de las
ventajas que nos ofrecen los diversos tipos de desafíos lúdicos.
Deberíamos transmitir con mayor
ahínco a los jóvenes que razonar de forma entretenida reduce el
"coste" del aprendizaje. A través de la lúdica, adquirimos
competencias, capacidades y actitudes que, de otro modo, resultarían mucho más
difíciles de alcanzar. Una vez salvados los obstáculos, pasar de la
incertidumbre a la habilidad de resolución genera una sensación gratificante y
altamente estimulante para nuestro cerebro.
Así pues, no demos una
importancia excesiva a los fallos. Mantengamos una actitud positiva y, sobre
todo, no dejemos nunca de jugar.
Fdo. Diego Bueno
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