martes, 5 de mayo de 2026

HABLEMOS DE ENCONTRAR REFUGIO EN LA PALABRA “NOSOTROS” … ¡POR FIN!

 

Suele decirse que el amor se celebra en las cimas de las montañas, en la conquista de esas cumbres que tanto costó escalar y que nos ofrecen una perspectiva limpia del mundo. Y es cierto. Es cierto que se celebra bajo el sol de los días buenos, en esos despertares donde la luz inunda la estancia y el día comienza con el aroma prometedor de una taza de café humeante; un ritual de paz que uno necesita que sea eterno. Pero, aunque la cima es hermosa, es en la espesura del valle donde el amor se vuelve sagrado. Allí, cuando el camino se vuelve abrupto y la oscuridad de una inesperada niebla mental nos impide apreciar el verdor de las plantas o el frescor del rocío en los pies, es donde realmente se descubre su milagro. El amor no es solo la bandera que se planta en el éxito, sino el bastón que se clava en el barro para que no caigamos.

Hay una bendición silenciosa en el simple hecho de no estar solo cuando las circunstancias arrecian. No estarlo nos rescata de esa soledad fría que nos vuelve vulnerables, de ese vacío que magnifica los temores. Sentirse acompañado no es solo la presencia física de alguien al lado; es la certeza absoluta de saber que existe un puerto seguro, con el muelle siempre dispuesto, donde atracar cuando la salud flaquea y el cuerpo pide tregua, o cuando el peso de las responsabilidades parece asfixiarnos bajo un cielo de plomo.

Es esa mano que se extiende, firme en su suavidad y paciente en su espera, en medio de la tormenta que a veces suponen los desvelos por los hijos (esos hijos que son, literalmente, nuestro propio corazón viviendo y latiendo fuera de nuestro cuerpo). Es ese “creo en ti” susurrado justo cuando te sientes desvalido ante la impotencia de la retirada; cuando las batallas perdidas te obligan a replegar velas y renunciar, con dolor, a aspiraciones laborales, profesionales y personales que creías inamovibles.

En esos momentos, el amor nos susurra al oído que la carga, al compartirse, se vuelve extrañamente liviana, casi ingrávida, porque hay otros hombros que ayudan a sostener el mundo.

Qué suerte inmensa la de quienes encontramos en la persona amada esa tolerancia que no juzga los silencios o, en mi caso, los excesos de palabras, esa paciencia que sabe aguardar a que pase el temporal sin pedir explicaciones, y ese apoyo incondicional que apenas necesita de un par de sílabas para decir: «aquí estoy». Porque en esos momentos de fragilidad, donde uno se siente despojado de sus armaduras y profundamente vulnerable, la presencia del otro actúa como un bálsamo antiguo y sabio. Es el eco que nos devuelve la calma perdida, el hombro que absorbe el peso de nuestras dudas y la mirada que nos sigue reconociendo, con la misma ternura de siempre, incluso cuando nosotros mismos nos sentimos perdidos en nuestro propio laberinto.

La comunicación es, en este escenario, el nexo de unión, la amalgama invisible que nos mantiene unidos frente a la erosión del tiempo y los problemas. La palabra es el medio vital: es el agua para el pez o el aire limpio para las aves. Es lo que nos define como humanos y lo que nos permite cartografiar nuestros sentimientos, emociones y estados de ánimo; pero es, asimismo, la herramienta para ofrecer nuestra disposición y nuestra empatía más profunda.

Como amante incondicional de la comunicación, me atrevo a sugerirla, a recomendarla y a defenderla como el más noble de los puentes. Una comunicación que se manifiesta en la elocuencia de las miradas, en la gramática de los gestos, en la calidez del tacto y, por supuesto, en la palabra —escrita o hablada— que se lanza como un salvavidas.

Porque el compromiso implícito en cualquier relación verdadera no es un contrato, sino un acto de presencia. Es «estar». Estar cuando hay que estar, sin condiciones ni horarios. Es abrazar de cualquier forma posible cuando el día amanece nublado, sujetar con fuerza en la tormenta y adherirse con todo el alma cuando el viento se convierte en huracán. El compromiso nos convierte en el faro necesario para el barco que, por un momento, se siente a la deriva. Y es que, en la cercanía del amor, incluso el silencio compartido es, a veces, la más hermosa y reconfortante de todas las músicas.

En definitiva, la verdadera fortuna no reside en transitar una vida sin problemas, sino en contar con esa alma que decide caminar a nuestro lado, transformando cada adversidad en un motivo más para celebrar el milagro de ser, simplemente, nosotros.

Fdo. Diego Bueno

lunes, 4 de mayo de 2026

Hablemos de hartazgo en Andalucía... ¡por fin!

 

Algunos ya estamos hasta los cojones de ser el culo de España, el escenario perpetuo de la charanga y la pandereta. Hartos de ser siempre los "graciosos" y el hazmerreír oficial, mientras soportamos los peores datos en educación, sanidad, empleo y vivienda. Nos falta inversión, nos falta progreso y nos falta investigación, pero nos sobra condescendencia ajena.
Estoy harto de tradiciones arcaicas y de señoritos de cortijo; de chulos a caballo y empresarios explotadores, pero también de trabajadores marmotas: callados, conformistas y sumisos a un rol de clase que no les pertenece. Me quema que la incultura y el analfabetismo funcional nos conviertan en una sociedad dócil, completamente manipulable por quienes nos quieren así, anestesiados. Me indigna la naturalidad con la que se acepta el desmantelamiento de la sanidad pública, obligándonos a recurrir a la privada sin que rechiste ni Dios. Con esa misma pasividad se paga una educación privada, asumiéndolo como un destino irremediable. Me asombra la impunidad con la que permitimos que la avaricia de los de siempre destruya Doñana, o cómo ignoramos la falta de educación de quienes ensucian nuestras calles tras cualquier evento, la falta de ética de las empresas que contaminan y explotan a los trabajadores y la ausencia total de escrúpulos ante el maltrato animal en esa Andalucía profunda que se niega a despertar.
Estoy hasta los mismos de ver cómo en otras zonas de España tienen más servicios o sueldos más altos por el mismo trabajo. Yo vivo en una ciudad, pero basta darse una vuelta por cualquier pueblo de Andalucía para comprobar el atraso, en todos los sentidos, que hace que las brechas con respecto al resto del país sigan intactas o, peor aún, se ensanchen.
Ya está bien, ¡hostias!
Creo, sinceramente, que estamos inmersos en una sociedad lo suficientemente enferma como para necesitar, no un parche, sino una cirugía profunda. Un cambio que, por desgracia, sé que no llegará en estas elecciones pero al menos, ¡votad, coño! Que ya está bien de esta pasividad, de que cada vez que hay una manifestación por algo importante vayan cuatro gatos y luego te quejes de que te dan cita para el médico dentro de una semana. Te quejas de que tienes que gastarte una pasta para que tu hijo estudie la FP que le gusta, o de lo que cuestan las gafas, el dentista y el especialista.
¿No te indigna la mierda de comida que dan a tus hijos en el comedor del colegio? ¿No te revuelve las tripas que un compañero de otra comunidad gane casi el doble que tú haciendo lo mismo? ¿No te indigna que la televisión pública andaluza esté tan manipulada como chapada a la antigua, mientras sus propios trabajadores gritan en huelga contra esa censura? ¿De verdad me vas a decir que el problema de Andalucía son las mujeres con burka? ¿Vas a votar lo mismo que vota tu jefe a pesar de que vuestros intereses son opuestos? ¿Vas a votar por la privatización de lo público siendo tú un trabajador público? ¿Vas a abstenerte mientras te explotan laboralmente? ¿Vas a seguir repitiendo el mantra de que todos los políticos son iguales, cuando las leyes que unos y otros firman te afectan de forma radicalmente distinta? ¿Vas a votar a esos que aquel 4 de diciembre se postularon contra Andalucía? ¿A quienes tiran por tierra la figura del padre de la patria andaluza? ¿A quienes han renegado de nuestra tierra desde siempre, tratándonos como una colonia de segunda?

En fin. Harto. Estoy harto de mirar a mi alrededor y ver que el avance de mi Andalucía no lleva la misma velocidad que el del resto de España. Me subleva ver cómo esa brecha nos condena a asumir un papel secundario en una sociedad española donde, a pesar de ser la comunidad más poblada, nos mantienen sin voz y sin voto. Somos el motor que no dejan arrancar, la mayoría silenciada por su propia pasividad. Ya está bien de ser los últimos en importancia, porque la relevancia de un pueblo no se mide por los minutos que nos regalan en televisión entre folclore y charanga. La importancia real se demuestra garantizando los derechos de los ciudadanos y asegurando un nivel de vida que sea, como mínimo, igual al del resto de España. No queremos palmaditas en la espalda ni ferias; queremos la misma dignidad, el mismo progreso y el mismo respeto que los demás. Ni más, ni menos.
Fdo. Diego Bueno.

HABLEMOS DE ENCONTRAR REFUGIO EN LA PALABRA “NOSOTROS” … ¡POR FIN!

  Suele decirse que el amor se celebra en las cimas de las montañas, en la conquista de esas cumbres que tanto costó escalar y que nos ofrec...