Año 2026. Llevamos ya un cuarto
de siglo XXI. En la ciudad de Sevilla vivimos unas setecientas mil personas
que, si sumamos el entorno metropolitano, alcanzamos el millón y medio. Durante
el año 2025, la ciudad recibió a más de 3,5 millones de turistas (según datos
del INE y el Ayuntamiento), superando la barrera histórica de los 8,5 millones
de pernoctaciones anuales con una estancia media de 2,2 noches por visitante.
Pues bien, Sevilla cuenta con una
sola línea de metro que cruza la ciudad de este a oeste. Una sola vía, sin
ramificaciones ni nada que se le parezca, para un metro que, además, circula a
bajísima velocidad. Los responsables políticos de todas las administraciones y
colores —ineptos en este sentido desde hace más de cuarenta años— no han sido
capaces de ponerse de acuerdo para hacer de Sevilla la ciudad moderna, en
cuanto a transporte, que merecemos tanto quienes vivimos aquí como quienes nos
visitan.
El único mérito destacable de
este Ayuntamiento fue el impulso de la red de carriles bici bajo el gobierno de
coalición del PSOE e IU, con Alfredo Sánchez Monteseirín y Antonio Rodrigo
Torrijos a la cabeza. A pesar de convertir a Sevilla en un referente europeo de
movilidad ciclista, el proyecto recibió críticas feroces. Aún recuerdo las
palabras del ínclito Antonio Burgos insultando a los responsables del carril
bici con argumentos tan variopintos como que ir en bici era cosa de
"tiesos" o que aquello no tendría éxito. Este señor, ya fallecido,
recibió el reconocimiento de Hijo Predilecto de Andalucía en 2020. No digo más.
Cuando viajas por Europa te das
cuenta del enorme déficit que sufre Sevilla. Con nuestro volumen de población,
el servicio de autobuses por sí solo, por muy bien que se gestione, es incapaz
de cumplir su misión de forma eficiente. La estampa de esperar un buen rato en
la parada para que, cuando llegue el bus, no pare por ir abarrotado, es una
imagen típicamente sevillana que no se ve en ciudades de similares
características. Esto es algo que los sevillanos debemos saber.
Recuerdo también aquellas
excusas, supuestamente técnicas, que decían que el suelo de Sevilla era
demasiado húmedo para una obra de tal magnitud. ¡Sí, eso decían! Basta viajar a
ciudades europeas bañadas e incluso sumergidas en agua (Ámsterdam, Toulouse,
Estocolmo o Copenhague) o recordar el Eurotúnel bajo el Canal de la Mancha para
que esas excusas provoquen risa.
Vivimos tiempos donde la ecología
es prioritaria. Lo dice la ciencia y lo padecemos los ciudadanos. Se restringe
el acceso al centro de las ciudades para contaminar menos y se fomenta el
transporte público. De hecho, en el centro y norte de Europa, el transporte es
semigratuito para casi todos y, por supuesto, libre de coste para mayores,
niños o personas con discapacidad. ¡No hay que irse lejos! En Dos Hermanas, a
solo doce kilómetros, el bus urbano es gratuito para todo el mundo.
Sin embargo, en este contexto de
siglo XXI, conciencia ecológica y fomento del transporte público, el
Ayuntamiento de Sevilla, a través de TUSSAM, ha decidido no renovar el bonobús
gratuito a las personas con discapacidad cuya renta familiar supere cierto
umbral, incluyendo a personas con un 65% de discapacidad.
Mientras la tendencia europea
camina hacia la gratuidad universal, aquí se le cobra billete a quienes más lo
necesitan. ¿Quiénes usan el transporte público? Los trabajadores, los
estudiantes, los mayores y quienes no pueden conducir. La gente con dinero que
no quiere conducir utiliza el taxi. Por tanto, ¿a quién perjudica esta medida? …
A los de siempre.
Fdo. Diego Bueno