viernes, 30 de enero de 2026

HABLEMOS DE TRANSPORTE URBANO EN SEVILLA... ¡POR FIN!

 

Año 2026. Llevamos ya un cuarto de siglo XXI. En la ciudad de Sevilla vivimos unas setecientas mil personas que, si sumamos el entorno metropolitano, alcanzamos el millón y medio. Durante el año 2025, la ciudad recibió a más de 3,5 millones de turistas (según datos del INE y el Ayuntamiento), superando la barrera histórica de los 8,5 millones de pernoctaciones anuales con una estancia media de 2,2 noches por visitante.

Pues bien, Sevilla cuenta con una sola línea de metro que cruza la ciudad de este a oeste. Una sola vía, sin ramificaciones ni nada que se le parezca, para un metro que, además, circula a bajísima velocidad. Los responsables políticos de todas las administraciones y colores —ineptos en este sentido desde hace más de cuarenta años— no han sido capaces de ponerse de acuerdo para hacer de Sevilla la ciudad moderna, en cuanto a transporte, que merecemos tanto quienes vivimos aquí como quienes nos visitan.

El único mérito destacable de este Ayuntamiento fue el impulso de la red de carriles bici bajo el gobierno de coalición del PSOE e IU, con Alfredo Sánchez Monteseirín y Antonio Rodrigo Torrijos a la cabeza. A pesar de convertir a Sevilla en un referente europeo de movilidad ciclista, el proyecto recibió críticas feroces. Aún recuerdo las palabras del ínclito Antonio Burgos insultando a los responsables del carril bici con argumentos tan variopintos como que ir en bici era cosa de "tiesos" o que aquello no tendría éxito. Este señor, ya fallecido, recibió el reconocimiento de Hijo Predilecto de Andalucía en 2020. No digo más.

Cuando viajas por Europa te das cuenta del enorme déficit que sufre Sevilla. Con nuestro volumen de población, el servicio de autobuses por sí solo, por muy bien que se gestione, es incapaz de cumplir su misión de forma eficiente. La estampa de esperar un buen rato en la parada para que, cuando llegue el bus, no pare por ir abarrotado, es una imagen típicamente sevillana que no se ve en ciudades de similares características. Esto es algo que los sevillanos debemos saber.

Recuerdo también aquellas excusas, supuestamente técnicas, que decían que el suelo de Sevilla era demasiado húmedo para una obra de tal magnitud. ¡Sí, eso decían! Basta viajar a ciudades europeas bañadas e incluso sumergidas en agua (Ámsterdam, Toulouse, Estocolmo o Copenhague) o recordar el Eurotúnel bajo el Canal de la Mancha para que esas excusas provoquen risa.

Vivimos tiempos donde la ecología es prioritaria. Lo dice la ciencia y lo padecemos los ciudadanos. Se restringe el acceso al centro de las ciudades para contaminar menos y se fomenta el transporte público. De hecho, en el centro y norte de Europa, el transporte es semigratuito para casi todos y, por supuesto, libre de coste para mayores, niños o personas con discapacidad. ¡No hay que irse lejos! En Dos Hermanas, a solo doce kilómetros, el bus urbano es gratuito para todo el mundo.

Sin embargo, en este contexto de siglo XXI, conciencia ecológica y fomento del transporte público, el Ayuntamiento de Sevilla, a través de TUSSAM, ha decidido no renovar el bonobús gratuito a las personas con discapacidad cuya renta familiar supere cierto umbral, incluyendo a personas con un 65% de discapacidad.

Mientras la tendencia europea camina hacia la gratuidad universal, aquí se le cobra billete a quienes más lo necesitan. ¿Quiénes usan el transporte público? Los trabajadores, los estudiantes, los mayores y quienes no pueden conducir. La gente con dinero que no quiere conducir utiliza el taxi. Por tanto, ¿a quién perjudica esta medida? … A los de siempre.

Fdo. Diego Bueno

martes, 27 de enero de 2026

HABLEMOS DE QUÉ ES Y QUÉ NO ES PENSAMIENTO CRÍTICO... ¡POR FIN!

 

Empiezo fuerte con esta afirmación: “La libertad de expresión protege a las personas, pero no la validez de lo que dicen”. Por ejemplo, ser terraplanista no es una opinión respetable por razones obvias. Somos libres de opinar lo que nos dé la gana pero, lógicamente, no todas las opiniones son respetables.

El pensamiento crítico consiste en someter las opiniones a una "criba". Desarrollar este concepto es fundamental hoy en día; estamos saturados de información y expuestos a opiniones no contrastadas que, en muchos casos, son puramente demagógicas.

Las personas demagogas apelan a los prejuicios, miedos y emociones del público (en lugar de a la razón) para ganar apoyo, presentando soluciones simplistas a problemas complejos. Es frecuente la creación de “relatos” y el uso de la desinformación para construir una versión interesada de la realidad que ignore los datos contrastados.

La pedagogía moderna, aplicada a todos los procesos de enseñanza-aprendizaje, no se entiende sin la estimulación del pensamiento crítico, tanto en el discente como en el propio docente. Pero ¡ojo!, no os equivocquéis ni permitáis que os confundan: el pensamiento crítico no consiste en "llevar la contraria", en querer ser distinto porque eso te hace parecer interesante o en ser escéptico ante todo. Consiste en actuar como un filtro de calidad para nuestra mente.

Puesto que el pensamiento crítico es una facultad inherente a la madurez, su fomento en edades tempranas se convierte en un vehículo esencial para acelerar el desarrollo personal y la autonomía de niños y jóvenes. Este proceso de analizar, evaluar y estructurar las ideas de forma objetiva se basa en varios pilares:

  1. Evaluación de la evidencia: ¿De dónde viene el dato? ¿Es una fuente fiable o un sesgo? No se trata de creer lo que queremos que sea verdad, sino lo que la prueba demuestra.
  2. Reconocimiento de sesgos: Admitir que todos tenemos prejuicios (sesgo de confirmación, de autoridad, etc.). El pensador crítico cuestiona sus propias creencias antes que las de los demás.
  3. Lógica argumentativa: Detectar falacias [1] (ataques personales en lugar de a la idea, generalizaciones apresuradas, falacia del “hombre de paja”, etc.).

La inteligencia crítica consiste en la capacidad de darse cuenta del error propio y cambiar de rumbo. Para finalizar, necesito dejar claras algunas pautas desde un punto de vista pedagógico:

Existe una confusión común entre "criticar" y "pensar críticamente". Aquí es donde muchas opiniones pierden su validez. Todo el mundo tiene una opinión, pero sin fundamento es solo ruido. El pensamiento crítico exige un esfuerzo intelectual de contraste; la libertad de pensamiento no es gratuita.

Por otra parte, están los escépticos radicales. Negar que el ser humano llegó a la Luna o que las vacunas funcionan no es ser "crítico", ¡es ser negacionista! El pensamiento crítico respeta los consensos científicos mientras no aparezcan pruebas mejores. También están quienes caen en el cinismo, creyendo que todo el mundo miente y nada tiene valor. El pensador crítico busca la verdad, no la destrucción de toda idea.

Por último, están quienes se toman el pensamiento crítico como un ataque personal. En un debate sano, se atacan los argumentos, nunca a la persona que los emite.

Espero haber aclarado alguna duda que pudiera existir.

Fdo. Diego Bueno


[1] En un próximo artículo os hablaré de las falacias. Un tema que me parece interesantísimo, ya que son uno de los principales enemigos del pensamiento crítico y se usan con demasiada frecuencia.

domingo, 25 de enero de 2026

HABLEMOS DE “¿QUÉ ESTÁ PASANDO CON LAS DIFICULTADES DE CONCENTRACIÓN?” ... ¡POR FIN!

 


Estoy seguro de que el tema te interesa, pero en cuanto veas que se extiende más de media página, es probable que decidas no leerlo a pesar de tu interés.

Es evidente que nuestro estilo de vida supone ser una fábrica de preocupaciones y que cada vez nos cuesta más concentrarnos, tomar decisiones e incluso pensar. ¿Qué nos está ocurriendo? ¿Es esto normal? ¿por qué ocurre?, ¿cómo podemos mejorar nuestra capacidad de concentración? Lo voy a analizar paso a paso e intentaré ser directo y conciso para que no te diluyas y decidas no seguir leyendo:

Mantener una conversación fluida, rendir en el trabajo con cierta solvencia o, simplemente, tomar una decisión cotidiana por sencilla que parezca... En los últimos tiempos, estas acciones que antes dábamos por sentadas parecen costar un mundo. La frase se ha convertido en un mantra colectivo: «No puedo concentrarme, no sé qué me pasa». Y no es una exageración; parece que nuestra capacidad de atención se ha visto reducida a apenas unos ocho segundos de enfoque antes de que la mente salte a otra rama.

¿Es esto normal? ¿Estamos ante un problema grave? Lo primero que debemos hacer es serenarnos: el hecho de que sea un fenómeno compartido nos indica que no es un fallo individual, sino una respuesta a nuestro entorno. Vivimos en una atmósfera de angustia, exceso de información y una incertidumbre constante que nuestro cerebro, simplemente, no es capaz de procesar. El ruido —tanto el externo como el emocional— ha terminado por saturar nuestra maquinaria mental.

La trampa química: dopamina y algoritmos

Para entender por qué nos cuesta tanto soltar el móvil, hay que mirar bajo el capó de nuestra biología. Cada vez que recibimos un "like", un mensaje o simplemente hacemos scroll y encontramos algo nuevo, nuestro cerebro libera un pequeño "chute" de dopamina. Es el neurotransmisor del placer y la recompensa, el mismo que se activa con el juego o las adicciones.

Las grandes empresas tecnológicas no ignoran esto; al contrario, lo utilizan como base de su modelo de negocio. Saben perfectamente cómo funciona nuestra química cerebral y diseñan sus interfaces para que ese flujo de dopamina sea constante. Han convertido nuestras pantallas en máquinas tragaperras de bolsillo. No es que nos falte fuerza de voluntad por naturaleza, es que estamos compitiendo contra algoritmos diseñados por ingenieros y psicólogos para secuestrar nuestra atención y fragmentar nuestro tiempo. Nos han entrenado para la gratificación instantánea, y por eso, cualquier tarea que requiera esfuerzo y paciencia ahora nos resulta cuesta arriba.

La atención como motor de vida

A menudo cometemos el error de pensar que la atención es solo una herramienta para estudiar o trabajar. Sin embargo, como bien señalaba Daniel Goleman en su obra Focus, la atención es el activo psicológico esencial para el desempeño en la vida. Si no somos capaces de centrar el foco, nuestras relaciones se resienten y perdemos oportunidades de ser felices.

Pero hay algo más profundo: la atención es la forma más pura de amor. Cuando le dedicamos nuestra atención plena a otra persona, le estamos diciendo que su existencia es valiosa para nosotros. En un mundo que nos quiere dispersos, pararse a escuchar a alguien sin mirar de reojo la pantalla es un acto de generosidad inmenso. La atención es, en última instancia, lo que nos permite recordar qué es lo importante y dedicarle el tiempo que merece a quienes queremos.

¿Por qué nos cuesta tanto hacer "foco"?

Si analizamos las causas, nos daremos cuenta de que hemos construido un estilo de vida que es, por definición, enemigo de la concentración. Por un lado, tenemos la acumulación de tareas y el cansancio físico. Por otro, esa hiperconexión que mencionábamos, que actúa como un saboteador constante. Si a esto le añadimos el sedentarismo y la desorganización, el resultado es una mente errática. Y no podemos olvidar la ansiedad: estar constantemente preocupados por el futuro nos impide, por sistema, habitar el presente.

Estrategias para recuperar el mando

¿Qué podemos hacer para educar de nuevo a nuestra mente? No hay fórmulas mágicas, pero sí hábitos que funcionan:

1.        Fragmentar el tiempo: Trabaja en intervalos cortos, de unos 30 minutos. Saber que solo tienes ese bloque te ayuda a rendir al máximo. (En algunos sistemas educativos están empezando a plantearse la supresión de las sesiones de una hora sustituyéndolas por las de 30 minutos)

2.        Monotarea absoluta: Una sola cosa a la vez. Visualiza tu mente como una casa donde solo puedes recibir visitas de una en una. Si amontonas tareas y preocupaciones, la casa se vuelve inhabitable.

3.        La música como aliada: Como herramienta terapéutica, la música es excepcional para el enfoque. Ciertos ritmos, como la música barroca o los sonidos ambientales constantes (ruido blanco), ayudan a sincronizar nuestras ondas cerebrales y a crear un "muro sonoro" que nos protege de las distracciones externas. La música no solo amansa a las fieras; también calma la mente dispersa.

4.        El ajedrez y juegos de estrategia: La gamificación en las aulas y en las casas potencia y estimula la atención mantenida a la vez que permite la interacción constante entre personas. Adquirir habilidades sociales nos capacita para buscar menos ese aislamiento que nos deja en manos del skroll.

5.        Higiene emocional y desconexión: En tiempos de mucho ruido, busca el equilibrio. Apaga las notificaciones que no sean vitales. Recuperar el mando sobre cuándo miramos la pantalla es el primer paso para recuperar nuestra libertad mental.

Para concluir, debemos entender que decir «no puedo concentrarme» es hoy un signo de los tiempos. Nuestro cerebro está intentando sobrevivir en un mundo de una complejidad inédita para el que no está biológicamente concebido. La buena noticia es que recuperar el control es posible. Se trata de entrenar el enfoque día a día, entendiendo que donde ponemos nuestra atención, estamos poniendo nuestra vida. Hagamos que valga la pena. Cambiar actitudes es posible, aunque requiere entrenamiento, esfuerzo y constancia. Conocer el origen nos proporciona el motor que supone la motivación para intentarlo, hacerlo y conseguirlo.

Fdo. Diego Bueno


martes, 20 de enero de 2026

HABLEMOS DE LA NECESIDAD DE NECESITAR… ¡POR FIN!

 


En buena medida, nuestro malestar emocional viene determinado por esa incontrolable pulsión de "necesitar" cosas. Para empezar, debemos ser conscientes de que se trata, únicamente, de una creencia que forjamos en nuestro diálogo interno. Nos convencemos de que, para estar bien, es imperativo estar delgado, que llegue el viernes, ser el más inteligente, tener una agenda llena de amigos o poseer un coche mejor. Nos imponemos la obligación de tener pareja, un piso en propiedad, dominar idiomas, calzar esos zapatos de moda, ser extrovertidos o viajar sin descanso.

El problema reside en que muchas personas, si sienten que falla un solo eslabón de esa cadena infinita, se consideran un fracaso. Se sienten en la ruina emocional.

Sin embargo, las personas más fuertes y felices suelen ser aquellas que necesitan muy poco. En su diálogo interior se repiten, constantemente, que no precisan de grandes artificios para alcanzar el bienestar. Les basta con tener cubiertas las necesidades básicas y poco más. No dependen de lo material, ni siquiera de validaciones inmateriales constantes. Su narrativa es distinta: “No necesito que todo el mundo me trate bien todo el tiempo”, “tengo salud, tengo mucho más de lo que realmente requiero”. Son capaces de ver todo lo bueno que poseen y todo lo bueno que son; se aceptan y, desde esa aceptación, deciden mejorar aquello que es mejorable.

A veces, los árboles nos impiden ver el bosque. Por eso es tan recomendable apartarnos, tomar distancia y observar nuestra vida desde otra perspectiva. Lo único necesario para transformar nuestra visión es ser conscientes de su importancia y tener la voluntad de hacerlo. Y, si el camino se hace cuesta arriba, siempre podemos buscar ayuda profesional. Es fundamental entender que, por ejemplo, la dependencia emocional nace, precisamente, de necesidades de afecto y reconocimiento que no son reales, sino proyecciones de una baja autoestima.

La felicidad, al fin y al cabo, reside dentro de nosotros. Buscarla fuera no solo supone un gasto de energía innecesario, sino que nos condena a la impotencia y la frustración. El verdadero cambio nace del esfuerzo de introversión necesario para conocernos y mejorarnos.

Fdo. Diego Bueno

¡REBELAOS!

Todas, en mayor o menor medida, habéis sido víctimas de la discriminación y la desigualdad. Incluso aquellas que pensais que ...