jueves, 18 de junio de 2026

HABLEMOS DE POR QUÉ ES TAN IMPORTANTE LA PEDAGOGÍA… ¡POR FIN!

 

El objeto principal de su estudio es la educación como un fenómeno sociocultural, por lo que existen conocimientos de otras ciencias que ayudan a comprender el concepto educativo, como, por ejemplo, la historia, la psicología, la sociología, la política y la filosofía, entre otras.

Además, tiene la función de orientar las acciones educativas con base en ciertas prácticas, técnicas, principios y métodos cuyo objetivo es el de ayudar, guiar, conducir e intervenir en los procesos de «enseñanza-aprendizaje».

Ya los grandes pensadores griegos como Platón, Sócrates y Aristóteles dejaron plasmada en sus escritos la importancia de asignar métodos para el conocimiento y estudio de determinadas disciplinas. Aun así, a pesar de lo indiscutible que es la necesidad de una pedagogía práctica en todo proceso de enseñanza, existe un sector retrógrado, cerrado de mente y yo diría que, incluso, «negacionista», que piensa que la pedagogía no es necesaria. Incluso hay profesionales de la educación que siguen pensando que «la letra con sangre entra» (aunque no se atrevan a decirlo abiertamente por aquello de no ser políticamente incorrectos) y que siguen considerando la obediencia como un valor a estimular en el alumnado.

Son los de siempre. Los que rinden pleitesía a las empresas, a los empresarios y a los poderes públicos en general; los que procuran que el fundamentalismo de sus religiones sea el que marque las pautas a seguir en la educación; los de confundir el respeto con el miedo; los que se valen de su posición de poder para imponer sus criterios; los clasistas; los de «donde manda patrón...», los del «porque sí», los del «yo a tu edad...». Como si los tiempos no cambiaran, como si no se realizaran estudios reputados que avalan otras formas de educación.

¡Todas las etapas educativas necesitan de la pedagogía!

La Educación Infantil, la Primaria, la Secundaria, el Bachillerato, la Formación Profesional o la formación universitaria necesitan de docentes dispuestos a aplicar metodologías pedagógicas adaptadas al contexto, al alumnado, a las enseñanzas, a los medios, a las circunstancias y a las necesidades de cada momento.

Se necesita humanizar la educación, adaptarnos todos y todas a los nuevos tiempos y avanzar. Además, todo eso debemos hacerlo tanto en el seno de las familias como en las enseñanzas regladas. Dicho de otra forma: ¡La pedagogía es hoy más necesaria que nunca!

Aprendizaje cooperativo, aulas invertidas, aprendizaje basado en el pensamiento, pensamiento creativo o de diseño, aprendizaje basado en proyectos, gamificación... Todos estos son métodos pedagógicos cuya eficacia está fuera de toda duda; por consiguiente, no se trata de creer o no creer en ellos, sino más bien de aceptar esta realidad que, por desgracia, un sector retrógrado del profesorado todavía se niega a reconocer.

Os animo a todos mis compañeros y compañeras de carrera a que sigáis trabajando para convertiros en grandes pedagogos para así conseguir, entre todos, desterrar de una vez ideas como la segregación por sexo, la exclusión de personas con discapacidad pensando que eso afecta a la famosa «excelencia» del alumnado, la obediencia o la sumisión del estudiante (futuro trabajador), la pleitesía a las empresas como si estas fueran un ejemplo moral de institución social, la idea de respeto basada en la posición de poder, o el machismo y la xenofobia como forma de asunción de desigualdades.

En esa lucha os vais a encontrar frente a personas que pertenecen a esos grupos reaccionarios que, os lo aseguro, van a pelear con todas sus fuerzas, todos sus medios (que serán siempre muchos más que los nuestros, incluidas las posiciones de poder) y todos sus métodos (de todo tipo, incluyendo los ilegales, los inmorales o los poco éticos) con tal de conseguir mantener sus privilegios o su forma de entender la educación, anclada en los años de la revolución industrial o, lo que es peor, añorando los años del fascismo y el franquismo.

Inventaron las aulas bilingües, que no son más que una forma encubierta de segregación (como todos sabemos); la formación dual, como forma de proporcionar mano de obra gratis a las empresas (como todos sabemos igualmente), o la privatización de la educación como forma de hacer negocio a costa de un derecho fundamental de todas las personas.

Las normas y su cumplimiento son necesarias, las actitudes (incluida la del respeto) se fomentan y se trabajan; precisamente por eso es fundamental la pedagogía en todas las etapas educativas, así como la que, como padres y madres, aplicamos en casa.

Fdo. Diego Bueno

martes, 16 de junio de 2026

HABLEMOS DE COMPRENDER LA ADOLESCENCIA… ¡POR FIN!

 

La adolescencia no constituye una enfermedad ni una etapa destructiva, sino un proceso natural de transición, búsqueda de identidad y ganancia de autonomía. En este período se experimentan cambios a tres niveles: biológicos y físicos, marcados por la maduración sexual y corporal; psicológicos, centrados en la construcción de la identidad, un egocentrismo transitorio y marcadas fluctuaciones emocionales; y sociales, donde el grupo de iguales adquiere una importancia crucial. Científicamente, esto se explica porque las zonas cerebrales encargadas de las emociones se desarrollan antes que la corteza prefrontal, responsable del control de impulsos y la planificación, lo que justifica muchas de las conductas de riesgo o respuestas viscerales propias de la edad.

El ejercicio de la autoridad y el afecto en el hogar determina el clima de esta etapa, distinguiéndose habitualmente cuatro estilos educativos:

El estilo autoritario, caracterizado por un alto control y bajo afecto, impone normas rígidas sin diálogo, lo que suele traducirse en jóvenes con baja autoestima, retraídos o fuertemente rebeldes fuera de casa.

El estilo permisivo ofrece un alto afecto pero un bajo control, confundiendo el papel de progenitores con el de amigos; esto genera jóvenes con baja tolerancia a la frustración y dificultades de adaptación escolar.

El estilo negligente o indiferente muestra un déficit tanto de afecto como de control, derivando en inseguridad crónica y problemas graves de conducta.

Finalmente, el estilo democrático o asertivo, el idóneo en el plano pedagógico, combina un afecto incondicional visible con límites claros, coherentes y razonados, fomentando una negociación flexible según la madurez del menor. Este enfoque produce adolescentes responsables, autónomos, con buena autoestima y capacidad para resolver conflictos.

Establecer un estilo democrático implica combinar en el día a día la exigencia firme con el afecto incondicional, evitando mandar por el mero hecho de imponer la autoridad o ceder para evitar disputas. La clave reside en practicar una flexibilidad progresiva. A medida que se demuestra responsabilidad en pequeñas parcelas, como los horarios o las tareas domésticas, se pueden otorgar mayores márgenes de autonomía, como la organización del estudio o la ampliación excepcional de una hora de llegada. En el trato personal, resulta fundamental valorar el esfuerzo y no únicamente el resultado, reconociendo explícitamente los intentos de mejora.

Un caso práctico ilustra esta dinámica ante la petición de retrasar la hora de regreso un sábado por una celebración especial. El enfoque autoritario negaría la opción de forma tajante basándose en la sumisión al techo familiar, lo que genera frustración y deseos de engaño. El enfoque permisivo concedería total libertad sin fijar límites, desprotegiendo al menor. El enfoque democrático, en cambio, validaría el deseo del joven pero condicionaría la ampliación excepcional de la hora a compromisos concretos, como avisar ante cualquier imprevisto y dejar las obligaciones escolares previas organizadas.

Pilares de la Convivencia: Comunicación y Afecto

Los adolescentes tienden a cerrarse en banda cuando perciben interrogatorios o juicios de valor. En la convivencia diaria, el control policial debe sustituirse por una escucha activa que no busque ofrecer soluciones inmediatas, sino permitir el desahogo y guiar al menor mediante preguntas sobre sus sentimientos y posibles soluciones. El afecto físico, aunque deba adaptarse a gestos más discretos por el pudor propio de la edad, sigue siendo indispensable para transmitir seguridad.

Una herramienta esencial en la comunicación eficaz son los mensajes centrados en el "yo" en lugar de los reproches dirigidos al "tú". Ante una situación común, como encontrar la cocina sin recoger a pesar de haber un pacto previo, la comunicación barrera optaría por el insulto y la descalificación personal, provocando el encierro o la réplica airada del joven. La comunicación asertiva, por el contrario, expresa el cansancio propio, la frustración que genera el incumplimiento del trato y la necesidad de que se respete lo acordado, desarmando así la actitud defensiva del adolescente.

Los límites, lejos de ser un castigo, constituyen una forma de cuidado. Educar implica transitar del castigo arbitrario, nacido del enfado o la impotencia, a la consecuencia lógica pactada de antemano. Las normas deben establecerse en momentos de calma y las innegociables deben ser muy pocas, ceñidas estrictamente a la salud, la seguridad o el respeto básico. Todo lo demás es susceptible de negociación. Si se incumple un límite, como exceder el tiempo pactado en el uso de pantallas durante la cena, aplicar un castigo desproporcionado e imposible de cumplir solo genera rencor. La alternativa pedagógica consiste en aplicar con calma la consecuencia previamente acordada, como la reducción equivalente del tiempo de ocio tecnológico al día siguiente, permitiendo que el menor asuma la responsabilidad de sus actos sin caer en la sobreprotección.

Toda intervención educativa en esta etapa requiere paciencia a largo plazo. En pleno conflicto, conviene recordar que el cerebro del adolescente se encuentra en reconstrucción y que la aparente rebeldía no es un ataque personal, sino un intento, a menudo torpe, de descubrir su propia identidad de forma independiente.

El Conflicto Específico entre Madre e Hija

La relación entre una madre y su hija adolescente presenta a menudo una intensidad emocional singular. Históricamente, la madre ha sido el espejo principal de cuidado e identidad femenina. Para construir una identidad propia, la joven necesita distanciarse de ese modelo, recurriendo con frecuencia a la crítica, la oposición o el rechazo de la ropa, las opiniones y las costumbres maternas. Esta frustración suele volcarse en la madre porque representa el entorno más seguro; la hija sabe de forma inconsciente que ese amor es incondicional y que el vínculo resistirá la tormenta.

El peligro surge cuando la madre entra en competencia con la hija, ya sea por el físico, la atención o el deseo de tener la última palabra, lo que distorsiona gravemente los roles familiares. Esta situación a veces coincide temporalmente con la crisis de la mediana edad de la progenitora, avivando inseguridades sobre el paso del tiempo. Sin embargo, la madre debe mantener su posición de adulta. Ponerse al mismo nivel o discutir como una igual deja a la adolescente huérfana de una figura de referencia. La juventud no demanda una amiga ni una rival, sino un faro y un límite seguro.

Frente a las malas contestaciones, la autorregulación materna es clave; engancharse en la discusión obliga a la hija a elevar el tono para marcar distancias. Mantener la calma demuestra que la estabilidad adulta es sólida, ofreciendo una profunda seguridad al menor. El proceso equivale a romper un cascarón: si se empuja desde fuera para demostrar fuerza, se puede dañar a la criatura. El papel materno consiste en sostener el nido con firmeza y paciencia mientras se aprende a volar, asumiendo que el proceso puede incluir algún aletazo.

El Ámbito Escolar: Fomentar la Autonomía en el Estudio

En el terreno académico, el acompañamiento debe sustituir la fiscalización por el seguimiento del proceso, manteniendo una comunicación fluida con los tutores del centro educativo y permaneciendo alerta a señales como el absentismo o un descenso brusco de las notas, que suelen reflejar problemas emocionales o de acoso.

A partir de la educación secundaria, sentarse a estudiar diariamente con los hijos es un error que frena su maduración y cronifica la dependencia. El objetivo idóneo es pasar de ejercer como copiloto a actuar como un director de orquesta. Esto implica gestionar el entorno y no las tareas directas, asegurando un espacio silencioso, un horario regular y la retirada absoluta del teléfono móvil durante el tiempo de trabajo.

La intervención familiar debe centrarse en enseñar a planificar a principio de semana utilizando la agenda para fragmentar los deberes, pero dejando la ejecución en manos del estudiante. Si el menor muestra dudas, conviene devolverle la responsabilidad preguntándole qué ha hecho previamente para resolver el problema por sí mismo antes de ofrecer una pista y retirarse. Al final de la tarde, el seguimiento se limita a la rendición de cuentas, verificando que el trabajo planificado se ha realizado. Si existen errores en el contenido, es preferible que los detecte el profesor al día siguiente, permitiendo que el alumno experimente el impacto real de su propio esfuerzo. Dar autonomía no es desentenderse, sino sustituir el control policial por un acompañamiento firme que enseñe a tolerar la frustración a solas.

Finalmente, la labor educativa se extiende a la salud y el uso de las nuevas tecnologías, promoviendo el descanso, la alimentación equilibrada y la prevención del consumo de sustancias. En el ámbito digital, resulta indispensable pactar los tiempos de uso, retirar los dispositivos de los dormitorios durante la noche y educar en el respeto en las redes sociales para prevenir el ciberacoso.

El fin último de la educación en esta etapa no consiste en mantener un control absoluto, sino en guiar de forma afectuosa y firme hacia una autonomía madura, responsable y sana.

Fdo. Diego Bueno

 

jueves, 4 de junio de 2026

HABLEMOS DE VELOCIDAD VITAL… ¡POR FIN!

 

Medios de comunicación, especialistas de la medicina, redes sociales y hasta el boca a boca; todos tenemos asumido y difundimos, como si fuera un dogma, que “vivir deprisa no es bueno”. Bien, pues me opongo a ese absolutismo de pensamiento y, por supuesto, lo voy a argumentar. Pienso que en muchas ocasiones estamos juzgando el concepto de "velocidad" desde un punto de vista equivocado.

Es cierto que, en comparación con otras épocas de la historia, vivimos en la era de la prisa; eso es un hecho. La respuesta a esta forma de vida es una filosofía que se repite como un mantra en libros de autoayuda, pódcast y redes sociales: ¡hay que frenar! Además, para colmo, ¡nos lo dicen en tono de reproche!: que si corremos no vemos el paisaje, que la velocidad nos anestesia y que vivir rápido es la garantía más absoluta para perderse las pequeñas cosas de la vida, por no hablar de lo mal que afecta a la salud. Todo eso me parece correcto en muchos casos, pero creo que hay un aspecto que se suele pasar por alto. Hay personas que necesitamos esa velocidad, que la hemos necesitado siempre, y que eso nos ha permitido vivir mejor y vivir más.

Yo, personalmente, siempre he vivido rápido, al menos en comparación con muchas de las personas que me han rodeado. Ya sabemos que el concepto de rápido y lento es subjetivo y se basa en la comparación con otros modelos de vida.

La velocidad no es sinónimo de superficialidad, sino de capacidad de procesamiento. Si tu "procesador central" va más rápido, tu percepción del tiempo se expande, lo que te permite vivir de forma intensa sin perder la nitidez de los detalles. Como nos enseñaron en la escuela, la velocidad es un concepto inventado; es simplemente la relación entre el espacio recorrido y el tiempo empleado. En la vida, la ecuación no es tan distinta. La velocidad vital no existe por sí sola, sino que es la relación entre los espacios que ocupas y en los que te mueves (físicos, intelectuales, emocionales) y los tiempos que empleas.

Ya nos decía Einstein hace más de un siglo que el tiempo no es algo fijo ni absoluto, sino que es elástico y relativo. Si la física demuestra que el movimiento altera el cronómetro (véase la teoría de la relatividad especial, ampliamente demostrada), ¿por qué nos empeñamos en aplicar una regla fija a la mente humana? El gran error social, a mi parecer, es asumir que todos tenemos el mismo motor y el mismo procesador.

Cuando estamos en el lugar que nos gusta, junto a la gente que queremos y haciendo lo que nos apasiona, el tiempo pasa volando, ¿verdad que sí? En otras ocasiones, coincidiendo con lo que no nos hace felices, el tiempo se nos hace súper lento. Cuando nos movemos rápido por la vida, interactuando en más espacios y procesando estímulos a mayor velocidad, no estamos acortando nuestra existencia ni haciéndola más borrosa. Al contrario: ¡estamos dilatando nuestra experiencia!

No todos procesamos la información al mismo ritmo. Hay quienes necesitan una tarde entera de silencio para digerir un capítulo de un libro, y hay quienes, en esa misma tarde, devoran varios capítulos, escuchan un disco, recogen la cocina y, entre medias, se detienen a observar cómo la luz de la tarde cruza el salón. ¡Y lo hacen saboreándolo todo! Vivir a mucha velocidad no significa, necesariamente, pasar de largo; significa interactuar en más espacios en el mismo tramo de tiempo.

Si tus capacidades te permiten procesar la realidad de manera más ágil, tu abanico de experiencias se multiplica. Es más, a mi parecer, sería un desatino cercano a la indolencia dejar de aprovechar esa cualidad y aburguesarse. Quien vive rápido porque puede, no está huyendo del presente, sino que lo está exprimiendo. Es capaz de captar el matiz de una conversación, la belleza de un gesto o el sabor de un café en cuestión de segundos, porque su "zoom" mental es más rápido, no más borroso. Mientras el dogma nos dice que la prisa difumina el paisaje, la psicología cognitiva nos recuerda que una mente activa y veloz puede enfocar con una nitidez asombrosa múltiples detalles a la vez.

Por supuesto, no hablo de la velocidad ansiosa, de esa prisa neurótica que nace del estrés y del "no llegar". Esa prisa sí que es ciega. Hablo de la velocidad vital elegida y disfrutada, la que nace del entusiasmo, de la curiosidad insaciable y de las ganas de abarcar mundo. Se puede vivir con el acelerador pisado y, a la vez, tener la sensibilidad intacta para lo pausado. Se puede ser un torbellino de actividad y, en el núcleo de ese movimiento, conservar una calma perfecta para apreciar los detalles que otros, incluso yendo despacio, no son capaces de ver.

Al final, la vida no se mide solo en los años que acumulamos, sino en la cantidad de realidad que somos capaces de procesar y disfrutar en esos años.

Solo existe un escenario en el que el freno debe ser pisado de forma imperativa: ¡la salud! La salud manda. Si nuestro cuerpo nos pide calma, debemos darle calma; si por edad o por enfermedad nos toca aminorar la marcha, debemos adaptarnos. Pero esa adaptación nunca es fácil para quien ha sido capaz de vivir y sentir intensamente, saboreando mucho, de mil formas distintas y de manera vehemente. Doy fe de ello.

Existe un proceso de adaptación a esos cambios, una especie de duelo, y se necesita tiempo para aceptar que los ritmos ahora son otros: más lentos, más pausados. Las ganas de masticar, sentir y disfrutar de cada bocanada de aire no se van; pero las fuerzas para hacerlo a la velocidad acostumbrada, sí. Y en esa nueva velocidad, obligada pero asumida, nos toca aprender a saborear el mundo con la misma intensidad de siempre, aunque sea a un compás diferente.

Esta realidad supone, a mi parecer, una de las grandes frustraciones y retos de la vida: aceptar que el combustible, en mi caso en forma de aire, nos afecta en todos los aspectos, incluidas todas las velocidades, ya sean de procesamiento, de movimiento o de respuesta. Al fin y al cabo, el cuerpo humano no es tan distinto de una llama: necesita oxígeno para arder, y cuando ese oxígeno escasea, la intensidad de la llama cambia, aunque el fuego siga ahí.

Fdo. Diego Bueno.

HABLEMOS DE POR QUÉ ES TAN IMPORTANTE LA PEDAGOGÍA… ¡POR FIN!

  El objeto principal de su estudio es la educación como un fenómeno sociocultural, por lo que existen conocimientos de otras ciencias que a...