Es obvio que ser padre va
infinitamente más allá del hecho de tener hijos o hijas. Es, posiblemente, la
arquitectura más compleja y completa del amor. A diferencia de otros afectos
como las relaciones de pareja, la paternidad se construye sobre un cimiento de
responsabilidad perpetua y un desvelo que no conoce descanso; es un proceso que
no se agota en el tiempo y que supera, con creces, el simple ejercicio de
dictar normas o trazar límites.
Educar en el amor y con amor es
un desafío mucho mayor que imponer la obediencia. No es tarea fácil y no basta
con el mandato; se requiere la palabra precisa y el argumento sereno. Exige el
arte de la escucha activa, la delicadeza de la empatía y, sobre todo, el
ejercicio de memoria, es decir, recordar quiénes fuimos a su edad para entender
quiénes son ellos hoy, mientras nos esforzamos por caminar al compás de sus
tiempos. Se trata de un reto apasionante, intenso y constante.
Hay una belleza melancólica en
este oficio: ser padre es ver cómo nuestra propia tarde se tiñe de sombras
mientras en ellos estalla el sol de la juventud. Es aceptar que somos el espejo
donde se miran, un ejemplo constante que se proyecta en cada gesto mínimo de la
vida diaria.
No sé si ese instinto de
protección que nos desborda nace de la genética, de la biología o de los ecos
de una sociedad que nos asignó el rol de guardianes. Lo cierto es que ese
"sinvivir" habita en nosotros; esa necesidad casi física de saber que
están bien, de que el mundo les es propicio.
Por fortuna, muchos hemos logrado
sacudirnos el polvo de viejos atavismos y silencios impuestos. Nos hemos
concedido el lujo (que debería ser norma) de besar, de acariciar y de desnudar
nuestras emociones. Hemos descubierto que convivir no es solo coincidir bajo el
mismo techo, sino convertir el silencio en diálogo. Es entender que el
verdadero hogar no se levanta con ladrillos, sino con la calidez de la palabra
entregada y el refugio de un abrazo a tiempo. Aceptar que cometemos errores y
tener la humildad de reconocerlos es nuestra mayor lección; al final, en el
arte de ser padre, nunca dejamos de ser, también, eternos aprendices.
Hoy quiero apelar a cada padre
que lea estas líneas. Los invito a barrer los escombros de esos complejos y
tabúes que, durante tanto tiempo, nos vendaron la boca y nos enfriaron las
manos. Seamos capaces de comunicarnos en toda nuestra amplitud. Usemos la
palabra no como un instrumento de mando, sino como el puente más firme para
acercarnos a su mundo; no para emitir juicios que levanten muros, sino para
cultivar la paciencia necesaria para entender sus propios silencios. Que
nuestros hijos e hijas no vean en nosotros una figura de la que esconderse,
sino un refugio seguro de libertad, lealtad y expresión, un lugar donde sus
miedos y sus sueños puedan ser pronunciados sin temor. Seamos ese espacio donde
la palabra sea siempre bienvenida, donde el diálogo y el afecto sean el mapa y
la brújula, logrando así que la distancia generacional se disuelva en la
calidez de una conversación sincera.
Feliz día a todos esos padres
que, más allá del título, ejercen la paternidad con el alma, honrando el
compromiso de estar presentes y la valentía de seguir aprendiendo.
Fdo. Diego Bueno
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