jueves, 19 de marzo de 2026

HABLEMOS DE SER PADRE EN EL SIGLO XXI… ¡POR FIN!

 

Es obvio que ser padre va infinitamente más allá del hecho de tener hijos o hijas. Es, posiblemente, la arquitectura más compleja y completa del amor. A diferencia de otros afectos como las relaciones de pareja, la paternidad se construye sobre un cimiento de responsabilidad perpetua y un desvelo que no conoce descanso; es un proceso que no se agota en el tiempo y que supera, con creces, el simple ejercicio de dictar normas o trazar límites.

Educar en el amor y con amor es un desafío mucho mayor que imponer la obediencia. No es tarea fácil y no basta con el mandato; se requiere la palabra precisa y el argumento sereno. Exige el arte de la escucha activa, la delicadeza de la empatía y, sobre todo, el ejercicio de memoria, es decir, recordar quiénes fuimos a su edad para entender quiénes son ellos hoy, mientras nos esforzamos por caminar al compás de sus tiempos. Se trata de un reto apasionante, intenso y constante.

Hay una belleza melancólica en este oficio: ser padre es ver cómo nuestra propia tarde se tiñe de sombras mientras en ellos estalla el sol de la juventud. Es aceptar que somos el espejo donde se miran, un ejemplo constante que se proyecta en cada gesto mínimo de la vida diaria.

No sé si ese instinto de protección que nos desborda nace de la genética, de la biología o de los ecos de una sociedad que nos asignó el rol de guardianes. Lo cierto es que ese "sinvivir" habita en nosotros; esa necesidad casi física de saber que están bien, de que el mundo les es propicio.

Por fortuna, muchos hemos logrado sacudirnos el polvo de viejos atavismos y silencios impuestos. Nos hemos concedido el lujo (que debería ser norma) de besar, de acariciar y de desnudar nuestras emociones. Hemos descubierto que convivir no es solo coincidir bajo el mismo techo, sino convertir el silencio en diálogo. Es entender que el verdadero hogar no se levanta con ladrillos, sino con la calidez de la palabra entregada y el refugio de un abrazo a tiempo. Aceptar que cometemos errores y tener la humildad de reconocerlos es nuestra mayor lección; al final, en el arte de ser padre, nunca dejamos de ser, también, eternos aprendices.

Hoy quiero apelar a cada padre que lea estas líneas. Los invito a barrer los escombros de esos complejos y tabúes que, durante tanto tiempo, nos vendaron la boca y nos enfriaron las manos. Seamos capaces de comunicarnos en toda nuestra amplitud. Usemos la palabra no como un instrumento de mando, sino como el puente más firme para acercarnos a su mundo; no para emitir juicios que levanten muros, sino para cultivar la paciencia necesaria para entender sus propios silencios. Que nuestros hijos e hijas no vean en nosotros una figura de la que esconderse, sino un refugio seguro de libertad, lealtad y expresión, un lugar donde sus miedos y sus sueños puedan ser pronunciados sin temor. Seamos ese espacio donde la palabra sea siempre bienvenida, donde el diálogo y el afecto sean el mapa y la brújula, logrando así que la distancia generacional se disuelva en la calidez de una conversación sincera.

Feliz día a todos esos padres que, más allá del título, ejercen la paternidad con el alma, honrando el compromiso de estar presentes y la valentía de seguir aprendiendo.

Fdo. Diego Bueno

 

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