Tengo la sensación de que, de forma sistemática, exigimos y esperamos que
nuestros jóvenes salgan del sistema educativo preparados para la vida, pero es
evidente que hay lecciones que solo pueden ser aprendidas en casa y en la
calle. En esas, flaquean a mi entender. Me refiero a destrezas que hasta ahora
eran básicas y que en estos tiempos pasan a ser extrañas, por aquello de que
cada vez es más raro verlas en los chavales y las chavalas. Hablo de la
capacidad para saber relacionarse con las demás personas.
Mirar a los ojos, pedir disculpas o encajar un «no» son habilidades
sociales que se aprenden, se ensayan, se trabajan y se mejoran; no vienen con
nosotros por el simple hecho de nacer. La gente de mi generación compaginaba la
enseñanza reglada con la universidad de la calle. Es cierto que nuestros padres
y madres nos educaban como podían y sabían —que no era mucho—, pero donde más
aprendíamos a convivir, en nuestra etapa infantil, adolescente y
postadolescente, era en la calle. Ahí debías encontrar tu sitio, hacerte valer
y aprender a gestionar emociones, tanto las tuyas como las de los demás.
La falta de horas de parque y de calle en estas etapas., sumada al exceso
de horas de pantalla, ha hecho que la gente joven, en general, arrastre un
déficit en cuanto a habilidades sociales. Me recuerda a aquellos empollones que
se pasaban la vida estudiando y no salían a la calle, con lo cual se perdían
todo lo relacionado con la convivencia entre iguales. La diferencia es que
ahora no pisan la calle por leer y estudiar, sino por estar enganchados a
vídeos cortos «embobantes». Estamos diseñados para socializar en vivo, con
contacto, con miradas a los ojos, con tonos, con volúmenes y con gestos, pero
todo eso es necesario entrenarlo.
Las habilidades sociales no son una gracia divina ni una cuestión de suerte
genética. Son como una especie de músculo pedagógico y humano que requiere
entrenamiento, constancia y orientación.
Observo que existen ciertas falacias acerca del aprendizaje de la
convivencia; mitos que han existido siempre pero que últimamente están más en
boga. El primero de ellos es dar por hecho que lo básico se trae ya aprendido.
Me refiero a saber escuchar, iniciar y mantener una conversación, formular una
pregunta o dar las gracias. Parecen obviedades, pero en un entorno donde la
pantalla anestesia el contacto directo, estas conductas básicas se han
convertido en auténticas rarezas. Escuchar al que habla sin mirar el teléfono o
dar un «gracias» sincero no es una cuestión de cortesía, sino la primera
premisa para reconocer la existencia del otro como un igual.
Un segundo error es dar por hecho que la capacidad para estar en grupo no
es más que un instinto natural. Pues no. Las llamadas habilidades avanzadas o
alternativas a la agresión —pedir ayuda, disculparse, emplear el autocontrol o
negociar ante un conflicto— no se activan por arte de magia. Educar también es
enseñar a marcar y respetar límites. Si no dotamos a nuestros hijos y alumnos
de herramientas para canalizar la frustración o defender sus derechos sin
recurrir a la violencia verbal o física, los abocamos a resolver los problemas
por la vía del aplastamiento. La verdadera inclusión y la convivencia pacífica
no consisten en mirar para otro lado ante un mal comportamiento, sino en
enseñar a gestionar ese comportamiento dentro del espacio común.
Y un tercer mito que no ayuda a fomentar la capacidad para convivir es
pensar que el manejo del estrés y la afectividad es cosa exclusiva de la vida
adulta. Me sorprende ver a chavales paralizados ante el fracaso, incapaces de
gestionar la vergüenza o totalmente vulnerables a la presión del grupo. Ponemos
el grito en el cielo cuando comprobamos la dificultad que tienen para
comprender los sentimientos ajenos, pero eso se ensaya, se trabaja, se aprende.
Responder a una acusación con serenidad, hacer frente a un mensaje contradictorio
o prepararse para una conversación difícil son aprendizajes esenciales para la
vida. Si los encerramos en una burbuja donde no hay espacio para la
discrepancia o la frustración, les estamos quitando la oportunidad de construir
una autoestima sólida.
Las habilidades de
planificación, el autocontrol y la empatía no se adquieren descargando una
aplicación ni memorizando definiciones para aprobar un examen teórico. Se
aprenden en el roce, en el debate, en el patio del colegio, en la calle y en la
mesa familiar.
Tratar a las nuevas
generaciones como seres capaces y de pleno derecho exige dejar de lado el
paternalismo edulcorado y asumir la responsabilidad ética de enseñarles a
convivir, empezando por permitirles la convivencia entre iguales sin intervenir
por norma. Porque una sociedad que aprende a escucharse, a disculparse y a
respetarse en lo pequeño es la única que estará verdaderamente preparada para
construir un futuro digno y justo para todos.
Fdo. Diego Bueno Linero
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