domingo, 20 de septiembre de 2026

HABLEMOS DE HABILIDADES SOCIALES EN LA ACTUALIDAD… ¡POR FIN!

 

Tengo la sensación de que, de forma sistemática, exigimos y esperamos que nuestros jóvenes salgan del sistema educativo preparados para la vida, pero es evidente que hay lecciones que solo pueden ser aprendidas en casa y en la calle. En esas, flaquean a mi entender. Me refiero a destrezas que hasta ahora eran básicas y que en estos tiempos pasan a ser extrañas, por aquello de que cada vez es más raro verlas en los chavales y las chavalas. Hablo de la capacidad para saber relacionarse con las demás personas.

Mirar a los ojos, pedir disculpas o encajar un «no» son habilidades sociales que se aprenden, se ensayan, se trabajan y se mejoran; no vienen con nosotros por el simple hecho de nacer. La gente de mi generación compaginaba la enseñanza reglada con la universidad de la calle. Es cierto que nuestros padres y madres nos educaban como podían y sabían —que no era mucho—, pero donde más aprendíamos a convivir, en nuestra etapa infantil, adolescente y postadolescente, era en la calle. Ahí debías encontrar tu sitio, hacerte valer y aprender a gestionar emociones, tanto las tuyas como las de los demás.

La falta de horas de parque y de calle en estas etapas., sumada al exceso de horas de pantalla, ha hecho que la gente joven, en general, arrastre un déficit en cuanto a habilidades sociales. Me recuerda a aquellos empollones que se pasaban la vida estudiando y no salían a la calle, con lo cual se perdían todo lo relacionado con la convivencia entre iguales. La diferencia es que ahora no pisan la calle por leer y estudiar, sino por estar enganchados a vídeos cortos «embobantes». Estamos diseñados para socializar en vivo, con contacto, con miradas a los ojos, con tonos, con volúmenes y con gestos, pero todo eso es necesario entrenarlo.

Las habilidades sociales no son una gracia divina ni una cuestión de suerte genética. Son como una especie de músculo pedagógico y humano que requiere entrenamiento, constancia y orientación.

Observo que existen ciertas falacias acerca del aprendizaje de la convivencia; mitos que han existido siempre pero que últimamente están más en boga. El primero de ellos es dar por hecho que lo básico se trae ya aprendido. Me refiero a saber escuchar, iniciar y mantener una conversación, formular una pregunta o dar las gracias. Parecen obviedades, pero en un entorno donde la pantalla anestesia el contacto directo, estas conductas básicas se han convertido en auténticas rarezas. Escuchar al que habla sin mirar el teléfono o dar un «gracias» sincero no es una cuestión de cortesía, sino la primera premisa para reconocer la existencia del otro como un igual.

Un segundo error es dar por hecho que la capacidad para estar en grupo no es más que un instinto natural. Pues no. Las llamadas habilidades avanzadas o alternativas a la agresión —pedir ayuda, disculparse, emplear el autocontrol o negociar ante un conflicto— no se activan por arte de magia. Educar también es enseñar a marcar y respetar límites. Si no dotamos a nuestros hijos y alumnos de herramientas para canalizar la frustración o defender sus derechos sin recurrir a la violencia verbal o física, los abocamos a resolver los problemas por la vía del aplastamiento. La verdadera inclusión y la convivencia pacífica no consisten en mirar para otro lado ante un mal comportamiento, sino en enseñar a gestionar ese comportamiento dentro del espacio común.

Y un tercer mito que no ayuda a fomentar la capacidad para convivir es pensar que el manejo del estrés y la afectividad es cosa exclusiva de la vida adulta. Me sorprende ver a chavales paralizados ante el fracaso, incapaces de gestionar la vergüenza o totalmente vulnerables a la presión del grupo. Ponemos el grito en el cielo cuando comprobamos la dificultad que tienen para comprender los sentimientos ajenos, pero eso se ensaya, se trabaja, se aprende. Responder a una acusación con serenidad, hacer frente a un mensaje contradictorio o prepararse para una conversación difícil son aprendizajes esenciales para la vida. Si los encerramos en una burbuja donde no hay espacio para la discrepancia o la frustración, les estamos quitando la oportunidad de construir una autoestima sólida.

Las habilidades de planificación, el autocontrol y la empatía no se adquieren descargando una aplicación ni memorizando definiciones para aprobar un examen teórico. Se aprenden en el roce, en el debate, en el patio del colegio, en la calle y en la mesa familiar.

Tratar a las nuevas generaciones como seres capaces y de pleno derecho exige dejar de lado el paternalismo edulcorado y asumir la responsabilidad ética de enseñarles a convivir, empezando por permitirles la convivencia entre iguales sin intervenir por norma. Porque una sociedad que aprende a escucharse, a disculparse y a respetarse en lo pequeño es la única que estará verdaderamente preparada para construir un futuro digno y justo para todos.

Fdo. Diego Bueno Linero

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