martes, 15 de septiembre de 2026

HABLEMOS DE LA REFORMA DE DISCAPACIDAD Y DEPENDENCIA EN LA QUE EL PP VUELVE A APOSTAR POR LA SEGREGACIÓN… ¡POR FIN!

 

Este pasado 9 de septiembre se ha votado en el Senado el dictamen de la reforma de las Leyes de Discapacidad y Dependencia. Una vez más, el PP quiere frenar la inclusión en la escuela ordinaria a través de estas cuatro enmiendas:

Enmienda 112 y 113: Consolidan o justifican la segregación al mantener vivas las modalidades separadas (centros de educación especial o aulas específicas) de forma habitual.

Enmienda 114: Elimina la obligación legal de que los equipos de orientación busquen primero alternativas de inclusión real en aulas ordinarias.

Enmienda 143: Suprime la obligación (recogida en la LOMLOE) de dotar de recursos suficientes a los centros ordinarios en un plazo determinado para poder atender la diversidad.

La derecha española, sumida en su cerrazón de mente y buscando la privatización de la educación de las personas con discapacidad (hay que ser desalmado),  defiende un modelo donde los centros de Educación Especial sigan siendo una vía habitual y no una excepción, favoreciendo que la administración no invierta lo suficiente en adaptar la escuela pública ordinaria. El motivo de fondo es clasista: se trata de que quien pueda pagarlo, que lo pague, y a quien no, que se joda.

Los argumentos que dan están plagados de tópicos, como ese (y sé que lo piensan muchos padres y madres) de que la presencia de alumnado con discapacidad en un aula ordinaria va en contra de la excelencia. Como si no le viniera bien al alumnado sin discapacidad convivir con personas con discapacidad. El aula debe ser un reflejo de la calle.

Está más que demostrado que compartir aula con alumnado con necesidades especiales no resta posibilidades al alumnado aventajado. No lo digo yo; no es una percepción subjetiva. Lo dicen los resultados académicos (incluido el famoso informe PISA) en aquellos países donde hay total inclusión. Segregar, apartar y, por consiguiente, discriminar, está mal. El único precepto que hay que cumplir es invertir más en educación. ¿En qué se puede invertir más y mejor para el futuro de un país?

Os voy a contar cómo es el modelo educativo de los países nórdicos, la conocida como «Escuela para Todos» de Finlandia, Noruega o Suecia.

Existen los colegios especiales, sí, pero con un rol absolutamente marginal. Alrededor del 95% o 98% del alumnado con necesidades educativas especiales está en la escuela ordinaria. A partir de los años ochenta no se anduvieron con gilipolleces. ¡Cerraron o reconvirtieron la mayoría de los centros específicos! Justo lo contrario de lo que proponen PP y VOX.

¿Significa eso que metieron a los chavales en un aula común y se lavaron las manos? No. Los antiguos centros de educación especial se transformaron en centros de recursos para asesorar al profesorado de a pie. La excepción allí es la norma aquí ya que solo los casos con afecciones gravísimas o dependencias muy severas acuden a entornos plenamente especializados.

La inclusión en los países nórdicos es una inversión brutal en recursos humanos y organizativos. Su sistema se sostiene sobre un modelo de tres capas:

Apoyo General: Co-docencia. Dos profesores dentro del aula ordinaria de forma habitual. No un voluntario, no un técnico a media jornada: dos docentes enseñando juntos.

Apoyo Intensivo: Refuerzo temporal en grupos reducidos para quien lo necesite, sin necesidad de esperar a que un informe psicopedagógico tarde ocho meses en autorizarlo.

Apoyo Especial: Un Plan Individualizado (IEP) con asistentes de aula y especialistas integrados en la propia plantilla del colegio.

Allí no se espera a que el alumno o la alumna fracase para intervenir, sino que se interviene para que no fracase. Y las familias no tienen que dejarse la piel ni la cuenta corriente ya que disponen de transporte adaptado, asistencia en el hogar y servicios de respiro familiar que están garantizados por el sistema público de bienestar.

¡Dignidad, no caridad!

¿Y qué pasa con PISA y la famosa «excelencia»?

Llegamos al meollo de la cuestión. La derecha y, en general, quienes se oponen a la inclusión sostienen que meter a todo el mundo en la misma clase «baja el nivel» y perjudica al alumnado de altas capacidades. ¿Qué dicen los datos objetivos de los informes PISA? Pues dicen que la inclusión plena no tira del nivel hacia abajo sino que tira del suelo hacia arriba.

Y no es una impresión mía ni una cuestión subjetiva. Cuando se publicaron los resultados de PISA 2018, la propia ministra de Educación finlandesa señaló que las diferencias entre las 214 escuelas evaluadas eran mínimas: el sistema no fabrica centros buenos y centros malos según a quién escolaricen. Y no es casualidad: Finlandia no separa, no clasifica ni divide a su alumnado por itinerarios durante los nueve años de educación básica. Compárese con Alemania, donde a los diez años se deriva a cada niño hacia un tipo de instituto distinto según su rendimiento —Gymnasium, Realschule, Hauptschule—, y donde los primeros resultados de PISA provocaron tal disgusto que allí lo llamaron el «shock PISA»: obligó a cuestionar precisamente ese modelo de separación temprana. No es una ocurrencia mía: la propia investigación académica sobre PISA se ha usado durante años para estudiar qué efecto tiene separar al alumnado por capacidades desde edades tempranas. Casualmente el modelo alemán es el que hace babear a la derechona española.

Y sí, Finlandia ha bajado puestos desde 2012, como otros países de nuestro entorno. Pero ningún análisis serio atribuye ese descenso a la inclusión. Los motivos son el aumento de alumnado en situación socioeconómica desfavorecida y que los adolescentes leen menos por gusto que antes. Lo digo para que nadie me acuse de contar solo la mitad de la película.

Los países nórdicos han demostrado que la equidad reduce drásticamente el fracaso escolar. Su fortaleza no es fabricar un puñado de «superestudiantes» de élite al estilo de los sistemas asiáticos, donde la presión y la segregación temprana hacen estragos en la salud mental de los chavales, sino lograr que la inmensa mayoría alcance competencias sólidas para la vida favoreciendo, a la vez, la excelencia del alumnado aventajado

¿Tiene riesgos este modelo? Por supuesto. El gran reto de la inclusión real en una clase heterogénea es no descuidar los extremos: garantizar que quien necesita más tiempo lo tenga, pero sin frenar ni aburrir al que puede volar más alto. Y eso solo se consigue a base de recursos, ratios reducidas y mucha pedagogía aplicada.

La inclusión real no es un eufemismo para abaratar la educación ni un cartel para colgar en la puerta del instituto. Inclusión es dotar al profesorado de herramientas, de parejas pedagógicas en el aula y de especialistas que estén al pie del cañón, no sobrecargados con veinte centros a la vez.

La excelencia de un sistema educativo no se mide por la nota del alumno más brillante, sino por el respeto, la autosuficiencia y la dignidad que es capaz de ofrecerle al que más dificultades tiene para salir adelante. Este precepto ayuda a todo el alumnado, incluidos los alumnos y alumnas brillantes tal y como se puede comprobar. Esto es lo que no quieren entender los cenutrios que buscan la segregación.

Quien lea esto y dude de lo que digo, que se informe. Que se informe bien antes de decir o proponer medidas que atentan contra los derechos humanos más elementales. Una pena que andemos así todavía en los tiempos que corren.

Fdo. Diego Bueno

sábado, 12 de septiembre de 2026

HABLEMOS DE ¿VIVIMOS TIEMPOS DE MAYOR FALTA DE EMPATÍA?... ¡POR FIN!

 

Al menos entre la gente de mi edad, existe una sensación compartida, un tema recurrente, casi unánime en cualquier conversación me atrevo a decir. Se trata de la firme convicción de que vivimos en una sociedad cada vez más egoísta, más insensible y desprovista de valores éticos básicos. Es como que observas que cada cual va a lo suyo y se olvida de que debemos convivir y, por consiguiente, debe haber unas normas para que esa convivencia sea factible y agradable para todos. Miramos a nuestro alrededor y nos invade la amarga certeza de que la empatía cotiza a la baja y de que cualquier tiempo pasado fue, sin duda alguna, infinitamente mejor.

Mucho me temo que esta percepción tiene dos caras: una parte de trampa mental y otra, bastante más amarga, de realidad pura y dura.

Comencemos por desmontar la primera parte. Según lo que he podido investigar, resulta que el hecho de que la ciudadanía sienta que la moral pública se desmorona no es un invento del siglo XXI. Se trata de un mecanismo psicológico viejo como la propia humanidad: el sesgo de declive o la ilusión del "tiempos pasados fueron mejores". La explicación científica es, simple y llanamente, una cuestión de supervivencia cognitiva. Nuestro cerebro, en su afán por protegernos, tiende a filtrar los recuerdos desagradables del pasado y a conservar los positivos (“declinación rosada”, se llama), mientras que el presente nos impacta en tiempo real con toda su crudeza, ruido y sobreinformación.

A esto se le suma la brecha generacional. Cada generación adulta juzga a los jóvenes desde la comodidad de quien ya ha superado los titubeos, miedos, incertidumbres y choques con muros típicos de la juventud, olvidando sus propios errores y proyectando una nostalgia idealizada de su propia época. Por lo visto, ya en la Grecia clásica, Sócrates se quejaba de que los jóvenes de su tiempo eran tiranos, no respetaban a los mayores y despreciaban la autoridad. Como podéis comprobar… ¡nada nuevo!

Hasta aquí, la trampa de la memoria. Pero quedarse únicamente en la explicación psicológica para justificar el malestar actual sería una coartada cómoda para no mirar de frente a la realidad. Porque, al margen de los engaños de la mente, hay algo que se ha roto en el tejido social. Y aquí es donde la sociología nos ofrece respuestas certeras. El sociólogo Zygmunt Bauman (uno de mis admirados) definió con maestría el terreno que pisamos al bautizar nuestra era como la Modernidad Líquida.

En la modernidad sólida —la de nuestras madres y padres—, la vida se vertebraba sobre instituciones fuertes y perdurables: empleos estables para toda la vida, comunidades de vecinos con lazos sólidos, familias con horizontes claros y un sentido de pertenencia compartido. Las reglas del juego eran previsibles y los compromisos se firmaban a largo plazo. Los roles, incluso los estereotipados, estaban perfectamente definidos y delimitados. Todo eso era sólido, sinónimo de seguridad y estabilidad.

Hoy, todo eso se ha derretido. Vivimos sumergidos en una liquidez donde nada dura, nada se consolida y donde la velocidad se ha convertido en el valor supremo. Supongo que es el precio de la libertad y la igualdad de derechos y oportunidades. Para comprender por qué sentimos que la empatía se evapora, conviene analizar cómo esta liquidez ha dinamitado nuestra convivencia a través de varios ejes fundamentales:

Por una parte nos han vendido la moto de que somos infinitamente libres porque podemos elegir entre cien tipos de yogures o cambiar de perfil en una red social. ¡Mentira! Se trata de una libertad de consumo, no de una libertad real. Nos han dejado solos frente a los problemas estructurales, transformando las luchas colectivas por derechos en batallas individuales donde cada cual debe buscarse la vida.

En la sociedad sólida, la persona se definía por su aportación o su trabajo; hoy nos conciben simple y llanamente como consumidores. La identidad ya no se construye a base de coherencia y valores, sino que se compra y se descarta según la moda de turno. El gran temor del ciudadano contemporáneo no es faltar a la ética, sino quedarse obsoleto o excluido del mercado.

En la era de las prisas, la inmediatez y el clic, el tiempo ha dejado de ser una línea continua de progreso para convertirse en una sucesión de momentos desconectados. La propia rutina es, en sí, una especie de scroll infinito impulsado por esa prótesis tecnológica en la que se ha convertido el teléfono móvil. Ya hay estudios completamente fiables han demostrado cómo la pantalla ha erosionado la conversación cara a cara, ese espacio imprescindible donde la mirada, el tono y el silencio del otro nos obligan a ejercitar la empatía real. En esta cultura de lo efímero, el compromiso a largo plazo (con una pareja, con un proyecto, con una causa) se percibe como una carga molesta que resta libertad. Al intermediar nuestra convivencia a través de un cristal, evitamos la incomodidad de la vulnerabilidad ajena, pero también nos privamos de la capacidad de conmovernos. Y sin tiempo, dedicación ni presencia física frente al otro, la empatía es sencillamente imposible.

Por otra parte, hemos pasado de las empresas con arraigo y lealtad mutua entre empleador y trabajador a la era de la flexibilidad extrema y el sálvese quien pueda. La precariedad laboral y la volatilidad no solo precarizan el bolsillo; precarizan el alma, minan la autoestima y destruyen los lazos de solidaridad en la trinchera del trabajo diario.

Las comunidades tradicionales, basadas en la ayuda mutua y el apoyo sincero, ya no se llevan. En su lugar han surgido comunidades "pegamento" o de ocasión: alianzas efímeras pegadas con la silicona de los intereses individuales o el consumo compartido, que se disuelven con la misma rapidez con la que se crearon.

Sin embargo, sería una trampa de ceguera selectiva o de pura hipocresía negar los indudables avances éticos que hemos conquistado. Si miramos atrás sin esa nostalgia rosa, la sociedad sólida de hace cuatro o cinco décadas era también profundamente rígida, autoritaria y excluyente. En ella estaban normalizadas la crueldad, las costumbres arcaicas, la obediencia como forma de sometimiento, la máxima de «la letra con sangre entra» y la violencia en general.

Hoy disfrutamos de una conciencia ética mucho más amplia en aspectos donde antes reinaba el silencio: la tolerancia cero ante cualquier forma de violencia o abuso (en la pareja, en el aula o en el trabajo), el reconocimiento explícito de la diversidad y los avances en la inclusión real de las personas con discapacidad, o una sensibilidad ecológica que busca proteger el futuro de los que vendrán. Hemos sustituido el respeto impuesto por el miedo por un respeto basado en la dignidad individual. Y eso es un logro formidable que no debemos desmerecer.

La tragedia de nuestro tiempo no es que hayamos avanzado en derechos y libertades (¡faltaría más!), sino que el mercado haya aprovechado esa individualidad para convertirla en aislamiento y consumo.

Dicho de otra forma: el sistema actual exige ser flexible, adaptable y voluble; exige no atarse a nada ni a nadie para poder rotar al ritmo que marca el mercado. En este escenario, la empatía y la compasión han pasado a considerarse debilidades estructurales. Es algo así como que si te detienes a ayudar al de al lado, pierdes posiciones en la carrera.

No nos engañemos. Es verdad que nuestra mente tiende a idealizar el ayer, pero también es una verdad incómoda que el modelo de sociedad que estamos construyendo (aun reconociendo y valorando los tremendos avances) premia el egoísmo y castiga el compromiso.

Nos toca a toda la sociedad, desde la pedagogía aplicada, desde la familia, desde las aulas y desde la vida diaria, negarnos a jugar ese juego. La empatía no es un adorno ético ni un eslogan buenista de campaña institucional; es la matriz fundamental que nos mantiene humanos, es lo que nos hace soportables los unos a los otros. Frente al sálvese quien pueda de la vida líquida, va siendo hora de volver a apostar por la solidez de los lazos compartidos, la solidaridad auténtica y el respeto por la dignidad del de al lado aunque esos valores no aparezcan en ningún currículo.

Fdo. Diego Bueno Linero

Nota de recomendación:

Recomiendo la lectura de «Modernidad Líquida» de Zygmunt Bauman a docentes, educadores, sociólogos, psicólogos, pedagogos y, en general, a toda persona que sienta curiosidad por lo humano, por cómo pensamos y por qué.

martes, 1 de septiembre de 2026

HABLEMOS DE MI JUBILACIÓN... ¡POR FIN!

 

Por el día que es, por las circunstancias especiales, hoy me toca hablar de mí.

Por la mañana, repartidor de género de alimentación en una C15 con el carnet de conducir recién sacado; por la tarde, cortador de bacalao. Este fue mi primer trabajo «formal», por supuesto sin contrato, sin nómina, cobrando por semanas, totalmente explotado, trabajando diez horas diarias en turno partido y cobrando 9000 pesetas a la semana (sí, he dicho bien). Así durante nueve meses en los que me jugaba la vida, literalmente, al tener que conducir con prisas cada día, meterme en los barrios con más delincuencia de Sevilla (aquella sí que era delincuencia) y ser víctima de más de un robo, incluido uno en el que el jefe me acusó de haberme quedado yo con la mercancía sustraída.

Antes, durante y después de esa etapa ya hacía trabajos esporádicos como juez de línea (mi pasión era y sigue siendo el fútbol) y así me sacaba mi dinerito para salir a tomar unas cervezas con la que era mi novia (a día de hoy mi esposa). Fui pintor de brocha gorda en trabajos que me salían. Aprendí pronto el oficio. Incluso organizaba porras durante los mundiales con papeletas que vendía para pagarme las vacaciones de camping con los amigos.

Mientras estudiaba delineación industrial, hacía trabajos para los “niños de papá” que estudiaban ingeniería o arquitectura, dibujándoles las láminas que ellos debían hacer pero que no hacían porque preferían pagar a gente como yo para que se las hiciera. De forma esporádica también trabajé haciendo fotocopias de libros (algo ilegal, claro) por las noches en papelerías que nos contrataban a puerta cerrada para que no les pillaran. Llegué incluso a tocar la armónica junto a un amigo en la calle Sierpes para coger dinero para ir a la feria. No es que viviéramos en la pobreza en mi casa, era simplemente que sentía la necesidad de ser autosuficiente y buscarme yo las habichuelas. Supongo que heredé ese hábito de mis padres ya que mi padre, además de ser trabajador de los astilleros como carpintero, lo compaginaba con un trabajo que tenía por las tardes en una carpintería de muebles y mi madre, además de ser ama de casa trabajaba como limpiadora en bloques de pisos desde bien joven.

Tras esos primeros contactos con el mundo laboral, entré como delineante en EMASESA, la empresa de aguas de Sevilla. El cambio a mejor fue brusco. Condiciones bastante más dignas, aunque se trataba de un proyecto con fecha de caducidad que me llevaría directo al paro tras su finalización. Concretamente, dibujé a escala 1:10000 toda la red de saneamiento del distrito diez de Sevilla, que es el de mayor extensión y población.

En esa época ya compaginaba trabajo, estudios y la chirigota, con la que, tras quedar semifinalistas en el carnaval de Cádiz, nos salían actuaciones todos los fines de semana durante cuatro años. Eso me permitía rascar otro dinerito para mis gastos además de vivir a fondo y a tope la experiencia del carnaval.

Durante unos meses fui también pinche de cocina, tanto en el hospital infantil del Virgen del Rocío como en el de traumatología. Buenas condiciones, pero solo trabajaba como sustituto en verano. Luego me salió un puesto como operario en una fábrica de azulejos sevillanos donde el ritmo era cómodo y me dejó espacio para componer para la última chirigota en la que salí. El problema vino cuando la fábrica quebró y nos fuimos todos a la calle.

Más adelante, gracias a la titulación de Técnico especialista en máquinas herramienta que obtuve en el centro donde he ejercido la docencia los últimos 19 años, trabajé como cortador y jefe de equipo en una fábrica de perfiles de aluminio, desde donde pasé (en el mismo lugar) a una empresa dedicada a la fabricación de accesorios de aluminio mediante máquinas transfer. Allí aprendí a fondo mecánica, neumática, hidráulica, sistemas de producción, mantenimiento electromecánico y automatización. Fueron once años en total. Once años de explotación y de anécdotas de todo tipo de los que, aún a día de hoy, conservo pesadillas esporádicas. Cuando eres víctima de acoso laboral ni siquiera eres consciente del todo, y menos en una época en la que ni siquiera existía ese término.

Se trataba de la típica empresa familiar en la que el jefe era un fascista reconocido de los que brindaban con cava cada 20 de noviembre junto a sus cinco hijos, a cual peor. Usaban todos los métodos propios de la mafia: extorsión, chantaje, manipulación y acoso. Jugaban con el miedo al despido, cambiaban órdenes sobre la marcha para culparte a ti de sus errores y minusvaloraban tu esfuerzo para destruirte la autoestima y volverte dócil. Relegaban al incómodo, cambiaban turnos solo para joder la vida familiar y te hacían sentir que ponerse enfermo o exigir tus derechos era una traición al amo que te daba de comer. Daban por hecho que las horas extras se regalasen y buscaban siempre la coartada perfecta para echar a los trabajadores sin pagar un duro.

Sé que hay gente que piensa que mi posicionamiento en la izquierda tiene su origen en esa mala experiencia, pero se equivocan. He podido comprobar a lo largo de los años que lo mío no fue un caso aislado. Era y sigue siendo lo habitual en un porcentaje altísimo del empresariado, la explotación pura y dura de los trabajadores. Allí padecí en mis carnes lo peor del ser humano, la falta absoluta de escrúpulos con tal de mantener un estatus, un beneficio económico y un abuso de poder impune.

El nacimiento de mi hijo David, con los problemas de salud con los que vino al mundo, me hizo dejar aquel trabajo y me abrió los ojos a una luz nueva. Trabajé como amo de casa (eso sí, sin remuneración alguna, al igual que todas las amas de casa históricamente) y educador de mis hijos durante cuatro años (algo de lo que me siento tan orgulloso como profundamente agradecido a la vida). Tras esa etapa surgió la posibilidad de convertirme en profesor de formación profesional en mi especialidad (mecanizado y mantenimiento de máquinas) y no lo dudé un solo segundo. La docencia siempre me atrajo, siempre fue mi verdadera pasión. Ya la ejercía de forma natural en la empresa enseñando a los nuevos compañeros que se incorporaban, y me apasionaba.

Como docente he ejercido durante los últimos 20 años, compaginando el trabajo diario en el aula y taller con oposiciones, más estudios universitarios y la participación en proyectos ilusionantes que me han hecho crecer, a partes iguales, como persona y como profesional. La pedagogía aplicada siempre ha sido una de mis grandes pasiones, la brújula que ha guiado cada una de mis decisiones metodológicas.

Ha sido una trayectoria profesional intensamente rica, variada y llena de aprendizajes continuos. Un camino que no solo me ha proporcionado el sustento vital y autosuficiencia, sino que ha reforzado mi autoestima a base de retos superados. A lo largo de estas más de cuatro décadas he tenido la oportunidad de conocer lo mejor y lo peor de la condición humana, pero, sobre todo, este camino me ha regalado a compañeros excelentes, muchos de los cuales son hoy amigos imprescindibles.

Me quedo, sin dudarlo un solo segundo, con esta última etapa que ha sido también la más extensa de mi vida profesional, la docencia. Ese contacto permanente y cotidiano con el alumnado me ha mantenido conectado en todo momento con las nuevas generaciones, con sus inquietudes, sus códigos y sus formas de ver la vida. Siempre he defendido que convivir a diario con la juventud es el verdadero secreto para mantener la mente fresca y el espíritu joven a pesar del inevitable paso de los años. Como decía mi querido y admirado amigo Anastasio (D.E.P.) en uno de nuestros monólogos, tirando de esa ironía tan suya, «Lo peor de esto es que ellos siempre tienen la misma edad y nosotros, en cambio, cada año sumamos uno más».

Es, sin duda para mí, la profesión más bonita del mundo. ¡La educación! Esa ventana privilegiada desde la que aportar mi pequeño granito de arena para construir una sociedad un poco mejor. Además, me ha brindado la oportunidad de viajar al extranjero, impregnarme de otras culturas, conocer de cerca distintos sistemas educativos y, sobre todo, traer, incorporar, disfrutar y transmitir todo lo aprendido a mi día a día. He tenido la suerte de ir aplicando las nuevas metodologías pedagógicas que iban surgiendo, impulsado por esa inquietud por no quedarme nunca obsoleto, sumando cursos y más cursos para seguir aprendiendo: Inteligencia emocional, prevención del acoso escolar, coeducación, nuevas tecnologías aplicadas a las aulas, automatización e incluso las herramientas de inteligencia artificial que hoy revolucionan la enseñanza. Todo con el único fin de dar siempre lo mejor de mí a quienes tenía enfrente.

Y es que, por extraño que pudiera parecer, la tarea más repetida y auténtica de un buen docente es la de aprender.

Aprender, evolucionar, descubrir y disfrutar. Disfrutar del enriquecimiento personal para después compartirlo con el pasillo, el taller y el aula a base de pura pasión. He tenido el inmenso privilegio de presenciar el milagro de tantos chavales acostumbrados al fracaso escolar, desahuciados o señalados por su propio entorno, que de pronto encontraban una chispa, conseguían titular y abrían de par en par las puertas a un futuro laboral digno. Ver y ser partícipe de ese cambio de mirada y el chute de autoestima en un chaval que ya no esperaba nada de sí mismo es, sencillamente, la mayor recompensa que esta profesión me ha podido regalar.

He tenido la inestimable oportunidad de participar de primera mano y con absoluta entrega en la vida activa del IES El Arenal de Dos Hermanas. Durante muchísimos años he disfrutado enormemente organizando e impartiendo charlas sobre enfermedades poco frecuentes para visibilizar realidades que nos tocan de cerca, divulgando sobre flamenco y flamencología para poner en valor nuestras raíces, y promoviendo y participando en actuaciones musicales de todo tipo que llenaban de vida los pasillos. Sin olvidar, por supuesto, la organización de campeonatos de ajedrez o de torneos de pádel, momentos de convivencia pura más allá del aula.

Todo ello compartido con compañeros y compañeras inolvidables con quienes he sintonizado, he colaborado hombro con hombro y he construido proyectos hermosos que me han dejado infinidad de satisfacciones personales y profesionales, incluidos premios a nivel nacional y autonómico. Como también he peleado, con la misma fuerza, contra todo lo que consideraba nocivo para el alumnado y la educación, siendo el máximo exponente de esa batalla mi postura firme contra la llamada formación dual.

Sin embargo, a raíz de la conversión del centro en CPIFP en 2021 (o al menos coincidiendo en el tiempo con esa transformación y, supongo que influido también por mi enfermedad), fui dándome cuenta de que mis fuerzas pedían otro ritmo. De forma progresiva, fui apartándome de la primera línea en la participación y vida activa del centro para centrarme en lo esencial: el trabajo en el aula y taller con mi alumnado y el cuidado de mi salud.

Mirando atrás, a cada etapa, a cada paso y a cada aprendizaje de este largo recorrido, no puedo por menos que estar infinitamente agradecido a la vida por tanto. Me he sentido siempre, en general, profundamente valorado, apreciado, respetado y querido, tanto por los compañeros con los que he compartido trinchera como por el alumnado que ha pasado por mis aulas. Sentir ese afecto sincero y saber que tu paso por la vida de los demás ha dejado una huella positiva es, sin duda, la mayor recompensa a la que se puede aspirar.

Termino mi vida profesional con el corazón lleno, con la serenidad que da la tranquilidad del deber cumplido en cada etapa y con la certeza absoluta de que cada esfuerzo, cada mala noche y cada ilusión puesta en el camino han merecido, con creces, la pena.

Hoy, 2 de septiembre de 2026, se cierra el ciclo de mi carrera profesional y paso a ser jubilado. Una jubilación voluntaria a la que llego antes de lo previsto porque, a veces, el cuerpo marca sus propios tiempos y la salud manda, obligándome a tomar una decisión que no era ni deseada ni esperada. Pero toca encarar un proceso de adaptación, concienciación y aceptación que creo que ya está superado. Entro en otra etapa. La vida no es más que una sucesión de etapas y esta no me da ningún miedo porque la conozco, la entiendo y la deseo. Toca dedicarme a mi familia, algo que siempre he hecho pero ahora ya de pleno, volcado en mis hijos, en mi esposa y en mí mismo. Al deporte en la medida en que el cuerpo me lo permita, a escribir, tal como llevo haciendo desde que tenía 12 años, a disfrutar de lo pequeño y de lo grande, a cuidar sin prisa las amistades elegidas conscientemente... Y a asumir con orgullo mi nuevo cometido como amo de casa y preparador para las oposiciones de mi hijo David. Como sabéis, David es una persona con discapacidad, y eso hace que todo este reto sea más complicado, más intenso y, al mismo tiempo, infinitamente más ilusionante y bonito.

Estos son mis objetivos. Básicamente disfrutar de la vida, del mucho o poco tiempo que me quede, a otras velocidades, buscando la calma y la serenidad pero procurando que jamás se apaguen mis pasiones ni mis inquietudes. Procurando no dejar de aprender, sea lo que sea, disfrutando a tope de mi música (la que escucho y la que hago), creyendo en el amor como siempre, defendiendo la justicia social y saboreando cada momento con las personas a las que quiero y que me quieren. Familia y amigos.

Gracias a quienes habéis contribuido a que mi vida profesional mereciera la pena.

Fdo. Diego Bueno

HABLEMOS DE LA REFORMA DE DISCAPACIDAD Y DEPENDENCIA EN LA QUE EL PP VUELVE A APOSTAR POR LA SEGREGACIÓN… ¡POR FIN!

  Este pasado 9 de septiembre se ha votado en el Senado el dictamen de la reforma de las Leyes de Discapacidad y Dependencia. Una vez más, e...