Suele decirse que el amor se celebra en las cimas de las montañas, en la
conquista de esas cumbres que tanto costó escalar y que nos ofrecen una
perspectiva limpia del mundo. Y es cierto. Es cierto que se celebra bajo el sol
de los días buenos, en esos despertares donde la luz inunda la estancia y el
día comienza con el aroma prometedor de una taza de café humeante; un ritual de
paz que uno necesita que sea eterno. Pero, aunque la cima es hermosa, es en la
espesura del valle donde el amor se vuelve sagrado. Allí, cuando el camino se
vuelve abrupto y la oscuridad de una inesperada niebla mental nos impide
apreciar el verdor de las plantas o el frescor del rocío en los pies, es donde
realmente se descubre su milagro. El amor no es solo la bandera que se planta
en el éxito, sino el bastón que se clava en el barro para que no caigamos.
Hay una bendición silenciosa en el simple hecho de no estar solo cuando las
circunstancias arrecian. No estarlo nos rescata de esa soledad fría que nos
vuelve vulnerables, de ese vacío que magnifica los temores. Sentirse acompañado
no es solo la presencia física de alguien al lado; es la certeza absoluta de
saber que existe un puerto seguro, con el muelle siempre dispuesto, donde
atracar cuando la salud flaquea y el cuerpo pide tregua, o cuando el peso de
las responsabilidades parece asfixiarnos bajo un cielo de plomo.
Es esa mano que se extiende, firme en su suavidad y paciente en su espera,
en medio de la tormenta que a veces suponen los desvelos por los hijos (esos
hijos que son, literalmente, nuestro propio corazón viviendo y latiendo fuera
de nuestro cuerpo). Es ese “creo en ti” susurrado justo cuando te sientes
desvalido ante la impotencia de la retirada; cuando las batallas perdidas te
obligan a replegar velas y renunciar, con dolor, a aspiraciones laborales,
profesionales y personales que creías inamovibles.
En esos momentos, el amor nos susurra al oído que la carga, al compartirse,
se vuelve extrañamente liviana, casi ingrávida, porque hay otros hombros que
ayudan a sostener el mundo.
Qué suerte inmensa la de quienes encontramos en la persona amada esa
tolerancia que no juzga los silencios o, en mi caso, los excesos de palabras,
esa paciencia que sabe aguardar a que pase el temporal sin pedir explicaciones,
y ese apoyo incondicional que apenas necesita de un par de sílabas para decir:
«aquí estoy». Porque en esos momentos de fragilidad, donde uno se siente
despojado de sus armaduras y profundamente vulnerable, la presencia del otro
actúa como un bálsamo antiguo y sabio. Es el eco que nos devuelve la calma
perdida, el hombro que absorbe el peso de nuestras dudas y la mirada que nos
sigue reconociendo, con la misma ternura de siempre, incluso cuando nosotros
mismos nos sentimos perdidos en nuestro propio laberinto.
La comunicación es, en este escenario, el nexo de unión, la amalgama
invisible que nos mantiene unidos frente a la erosión del tiempo y los
problemas. La palabra es el medio vital: es el agua para el pez o el aire
limpio para las aves. Es lo que nos define como humanos y lo que nos permite
cartografiar nuestros sentimientos, emociones y estados de ánimo; pero es,
asimismo, la herramienta para ofrecer nuestra disposición y nuestra empatía más
profunda.
Como amante incondicional de la comunicación, me atrevo a sugerirla, a
recomendarla y a defenderla como el más noble de los puentes. Una comunicación
que se manifiesta en la elocuencia de las miradas, en la gramática de los
gestos, en la calidez del tacto y, por supuesto, en la palabra —escrita o
hablada— que se lanza como un salvavidas.
Porque el compromiso implícito en cualquier relación verdadera no es un
contrato, sino un acto de presencia. Es «estar». Estar cuando hay que estar,
sin condiciones ni horarios. Es abrazar de cualquier forma posible cuando el
día amanece nublado, sujetar con fuerza en la tormenta y adherirse con todo el
alma cuando el viento se convierte en huracán. El compromiso nos convierte en
el faro necesario para el barco que, por un momento, se siente a la deriva. Y
es que, en la cercanía del amor, incluso el silencio compartido es, a veces, la
más hermosa y reconfortante de todas las músicas.
En definitiva, la
verdadera fortuna no reside en transitar una vida sin problemas, sino en contar
con esa alma que decide caminar a nuestro lado, transformando cada adversidad
en un motivo más para celebrar el milagro de ser, simplemente, nosotros.
Fdo. Diego Bueno
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