martes, 9 de abril de 2019

HABLEMOS DE LA AMABILIDAD Y EL CARIÑO... ¡POR FIN!




A día de hoy, desde mi perspectiva de quincuagenario, puedo permitirme ya dar una serie de consejos a las generaciones futuras.

Las relaciones interpersonales han sufrido una transformación brusca en los últimos veinte años. Ya no nos comunicamos únicamente de la forma tradicional, sino que se han incorporado a nuestra vida diaria formas de relacionarnos que requieren, como poco, ciertas pautas a tener en cuenta.

Las redes sociales y la mensajería instantánea son parte cotidiana de nuestra interacción con los demás. Esto, unido al hecho de tener más que cubiertas nuestras necesidades primarias, nos induce en muchos casos al individualismo y al egocentrismo. Quienes superéis los treinta y tantos recordaréis que fue en la calle, en las relaciones "en vivo", donde aprendimos a convivir. Hoy día las cosas han cambiado: en algunos aspectos para mejor y en otros, sin duda, hemos involucionado. Términos tan nuestros como “la pandilla” están desapareciendo del glosario adolescente, lo cual es un síntoma significativo de que las relaciones ya no son como antaño.

Buena parte de lo que aprendimos —lo bueno y lo malo— lo asimilamos en la calle, en el “búscate la vida”, en la “ley del más fuerte”, en el llanto, las risas o el cabreo compartido. Esa particularidad nos embruteció en ciertos aspectos, pero también nos dotó de mayor resiliencia emocional y mejores herramientas sociales. Nos hizo más fuertes y nos enriqueció; ahí aprendimos a ser asertivos. Aprendimos a identificar y valorar los sentimientos ajenos a través de la gestualidad, los tonos y el volumen de voz. Nos dimos cuenta de que la amabilidad, más allá de la cortesía, abre puertas, facilita la comunicación y acerca a las personas. Todo ese compendio de aprendizajes está hoy más alejado de la realidad comunicativa de los jóvenes.

El secreto de la amabilidad y su capacidad para acercar corazones, limar asperezas y conciliar no reside tanto en la riqueza del vocabulario como en el tono y el gesto. Esto explica por qué en las comunicaciones digitales, donde faltan estos elementos, sea más difícil expresarla y por qué nos vemos obligados a emplear emoticonos.

¡Sé amable!

Trata a las personas con amabilidad y, a quienes quieres, trátalas además con cariño. Se trata de una actitud vital. Como decía el admirado Chiquito de la Calzada: “Una mala tarde la tiene cualquiera”, pero no es lo mismo sufrir malos momentos en una vida plena de amabilidad, que tener buenos momentos en una vida enfurruñada, distante o recelosa.

¡Apuesta por el consenso y por la distensión! ¡Busca tener un carácter conciliador! ¡Bromea, sonríe! Es perfectamente compatible bromear y apaciguar con ser un gran profesional, responsable, leal u honesto. De hecho, está demostrado que una buena actitud aumenta la productividad y facilita el trabajo en equipo. Es posible decir “NO” siendo amable, e incluso cariñoso. Del mismo modo, se puede uno posicionar firmemente sin necesidad de ser vehemente o intolerante.

Esto es aplicable a todo: relaciones profesionales, amistades, desconocidos, familia y, por supuesto, en el amor. Ser amable es gratis y solo aporta beneficios, tanto a uno mismo como al entorno. A veces las personas atraviesan malos momentos o viven en la desconfianza; la amabilidad suaviza el trato con ellas y provoca el acercamiento.

Una buena actitud vital no tiene por qué ser forzada, pero sí puede ser aprendida. Basta con tenerlo en mente y repetirlo hasta que se convierta en hábito. Hay personas a las que les sale de forma natural; otras han de trabajarlo. Sea como sea: ¡promuévelo, estimúlalo!

Sé cariñoso con las personas por las que sientes algo bonito. Muestra el cariño. Acaricia con la mirada, con las palabras, con el tono y con el tacto. ¡Nada une más ni te hace sentir mejor! Bromear es un signo evidente de inteligencia. Procura saber cuándo, cómo y con quién hacerlo, pero hazlo. Agudiza tu ingenio, sé creativo y fomenta el sentido del humor.

Sé agradecido y generoso. Eso no implica ignorar la maldad, sino estar por encima del rencor para no malgastar tiempo ni esfuerzos. Piensa, decide, elige y no permitas que te tomen por tonto. Reclama y ponte serio si es necesario, sé contundente cuando la situación lo requiera, pero hazlo siempre con la mayor amabilidad y verás resultados extraordinarios. Mira de frente, emplea el tono adecuado, pero hazlo todo con el alma limpia de quien es, esencialmente, amable.

Sé consciente de que tu positividad se contagia porque se irradia. La amabilidad es posible incluso cuando las cosas no van bien. Y, sobre todo, sé amable contigo mismo, porque si no, será imposible serlo con los demás. No te tomes las cosas como algo personal y elige siempre pensar bien del otro. De las decepciones se aprende y se crece; todos hemos decepcionado y todos hemos sido decepcionados. Así somos los humanos. Pero si todo lo que te ocurre va adornado de amabilidad, te aseguro que absolutamente todo irá muchísimo mejor.

Fdo. Diego Bueno

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