jueves, 21 de mayo de 2026

HABLEMOS DE ADOPTAR UNA POSTURA FETAL… ¡POR FIN!

 

Antes de la primera bocanada de aire, antes de conocer el peso del tiempo o el dolor de la incertidumbre, todos nos refugiamos en un ovillo perfecto. La postura fetal no es una rendición, es el lenguaje más antiguo del cuerpo. Es el blindaje instintivo que protege el pecho y esconde la mirada cuando el temporal exterior amenaza con romperlo todo. Nos encogemos no para desaparecer, sino para resistir, para regresar al origen y buscar, en nuestro propio eje, el aire y la paz que se nos niega.

El futuro era un pacto silencioso, una promesa de horizontes que dábamos por sentada. Pensaba, con la ingenuidad de los vivos, que esto duraría para siempre. Pero la vida no avisa. Llega un revés ciego, un golpe seco que hace tambalear las esperanzas y los sueños. De pronto, sientes como que todo parece terminarse demasiado pronto, como que los años han pasado demasiado rápido. Sientes que la vida es arena fina que se escapa entre los dedos y que cae, inexorable, en la parte baja del reloj de arena. Y te preguntas: ¿Ya? ¿Esto es todo?

Y en medio de este terremoto, la existencia parece perder su sentido. Te asalta el vacío al comprender la fragilidad de la memoria: saber que, pasadas dos generaciones, el olvido borrará los nombres y nadie recordará que estuvimos aquí. ¿Qué valor tiene lo que dejas si el tiempo lo termina difuminando? Esa certeza mina las fuerzas de la misma manera que lo hace la enfermedad, esa que se instala en el pecho y te condena a la búsqueda constante de lo que antes era natural. Sientes, justamente eso: falta de aire.

Esa asfixia, que te desestabiliza por dentro, te vuelve un extraño ante ti mismo. En ese ahogo, a veces tomas decisiones apresuradas o dices palabras de las que luego te arrepientes, habitando un remordimiento incómodo. No son los problemas cotidianos los que te pesan; esos los manejas. Son los problemas trascendentes, los de fondo, los que de verdad te golpean con más fuerza de lo normal. Te encuentras atrapado en una paradoja constante: a veces quieres y no puedes; otras, puedes pero ya no quieres.

Así que decides retirarte del frente. Te encierras en ti mismo, te enroscas, adoptas una postura fetal ante el mundo. Es una actitud de resistencia silenciosa, un repliegue de resignación y frustración, pero también de protección. En ese ovillo te adentras en tu propia esencia e intentas buscar un rincón de calma. Para encontrar ese equilibrio, lees y escribes desesperadamente, buscando respuestas o desahogo, y prefieres la compañía de la música como la única y verdadera encauzadora de paz.

Sin embargo, ni siquiera en ese encierro hay tregua absoluta. Mientras buscas estar bien contigo mismo, te acompaña el estrés invisible de intentar dejarlo todo listo, todo en orden, para cuando toque partir.

Y es desde este refugio de sombra y silencio desde donde nace la necesidad de pedir perdón. Un perdón a quienes me rodean por estar sin estar, por habitar la realidad solo a medias, ofreciendo una ausencia que no es física sino mental, como si el pensamiento se hubiera quedado atrapado en un exilio voluntario. Toca disculparse por esos dardos verbales, por los vaivenes del ánimo y por la incapacidad para gestionar este oleaje de emociones, tan diversas, tan extrañas y tan ajenas a mí. Queda, al menos, el amparo de las líneas escritas a contrarreloj, el refugio de Spotify a todas horas, el trabajo silencioso en los quehaceres diarios y la lectura compulsiva, como un intento callado de hallar el norte en mitad del desconcierto.

Fdo. Diego Bueno

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