Antes de la primera
bocanada de aire, antes de conocer el peso del tiempo o el dolor de la
incertidumbre, todos nos refugiamos en un ovillo perfecto. La postura fetal no
es una rendición, es el lenguaje más antiguo del cuerpo. Es el blindaje
instintivo que protege el pecho y esconde la mirada cuando el temporal exterior
amenaza con romperlo todo. Nos encogemos no para desaparecer, sino para
resistir, para regresar al origen y buscar, en nuestro propio eje, el aire y la
paz que se nos niega.
El futuro era un pacto
silencioso, una promesa de horizontes que dábamos por sentada. Pensaba, con la
ingenuidad de los vivos, que esto duraría para siempre. Pero la vida no avisa.
Llega un revés ciego, un golpe seco que hace tambalear las esperanzas y los
sueños. De pronto, sientes como que todo parece terminarse demasiado pronto,
como que los años han pasado demasiado rápido. Sientes que la vida es arena
fina que se escapa entre los dedos y que cae, inexorable, en la parte baja del
reloj de arena. Y te preguntas: ¿Ya? ¿Esto es todo?
Y en medio de este
terremoto, la existencia parece perder su sentido. Te asalta el vacío al
comprender la fragilidad de la memoria: saber que, pasadas dos generaciones, el
olvido borrará los nombres y nadie recordará que estuvimos aquí. ¿Qué valor
tiene lo que dejas si el tiempo lo termina difuminando? Esa certeza mina las
fuerzas de la misma manera que lo hace la enfermedad, esa que se instala en el
pecho y te condena a la búsqueda constante de lo que antes era natural.
Sientes, justamente eso: falta de aire.
Esa asfixia, que te
desestabiliza por dentro, te vuelve un extraño ante ti mismo. En ese ahogo, a
veces tomas decisiones apresuradas o dices palabras de las que luego te
arrepientes, habitando un remordimiento incómodo. No son los problemas
cotidianos los que te pesan; esos los manejas. Son los problemas trascendentes,
los de fondo, los que de verdad te golpean con más fuerza de lo normal. Te
encuentras atrapado en una paradoja constante: a veces quieres y no puedes;
otras, puedes pero ya no quieres.
Así que decides retirarte
del frente. Te encierras en ti mismo, te enroscas, adoptas una postura fetal
ante el mundo. Es una actitud de resistencia silenciosa, un repliegue de
resignación y frustración, pero también de protección. En ese ovillo te adentras
en tu propia esencia e intentas buscar un rincón de calma. Para encontrar ese
equilibrio, lees y escribes desesperadamente, buscando respuestas o desahogo, y
prefieres la compañía de la música como la única y verdadera encauzadora de
paz.
Sin embargo, ni siquiera
en ese encierro hay tregua absoluta. Mientras buscas estar bien contigo mismo,
te acompaña el estrés invisible de intentar dejarlo todo listo, todo en orden,
para cuando toque partir.
Y es desde este refugio
de sombra y silencio desde donde nace la necesidad de pedir perdón. Un perdón a
quienes me rodean por estar sin estar, por habitar la realidad solo a medias,
ofreciendo una ausencia que no es física sino mental, como si el pensamiento se
hubiera quedado atrapado en un exilio voluntario. Toca disculparse por esos
dardos verbales, por los vaivenes del ánimo y por la incapacidad para gestionar
este oleaje de emociones, tan diversas, tan extrañas y tan ajenas a mí. Queda,
al menos, el amparo de las líneas escritas a contrarreloj, el refugio de
Spotify a todas horas, el trabajo silencioso en los quehaceres diarios y la
lectura compulsiva, como un intento callado de hallar el norte en mitad del
desconcierto.
Fdo. Diego Bueno
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