No he necesitado mucho tiempo para plasmar mi análisis, y el motivo es bien
sencillo: ¡el resultado ya se conocía antes de abrir las urnas!
Obviamente, las votaciones solo han venido a confirmar lo que se esperaba.
Con pequeñas variaciones, pero, básicamente, han ganado la derecha y la
ultraderecha. Ante este escenario, considero que existen motivos de peso que,
desde la izquierda, debemos analizar en profundidad y con absoluta frialdad.
Por mi parte, desde la humildad y la lejanía de las "cocinas" y
los despachos de los partidos políticos, pero desde la más absoluta cercanía a
la realidad social en la que me encuentro inmerso, he llegado a las siguientes
conclusiones:
Lo primero que debo decir es que no me gusta este resultado. No me gusta,
entre otras cosas, porque observo que es el reflejo de la sociedad en la que
vivimos: una sociedad en la que prima el negocio, el dinero y lo material. Sin
embargo, creo que desde la izquierda deberíamos hacer una profunda reflexión
para intentar entender qué lleva a los trabajadores y asalariados, tanto
públicos como privados, a votar por una opción de derechas.
Es cierto que existe una parte emocional y cultural relacionada con la
defensa de las tradiciones que llaman “de toda la vida” (refiriéndose, claro
está, a las de sus padres y abuelos, no a las de toda la vida). Pero
creo que, en gran medida, el voto de estos trabajadores a los partidos de
derechas encierra una evidente protesta motivada por los siguientes factores:
Protesta ante los avances en igualdad: Se rebelan ante temas como el feminismo (me asombra la cantidad de gente
que todavía no sabe lo que significa) y ante lo que ellos denominan los
“excesos del feminismo” o “feminismo extremista”. Resaltan los detalles que no
gustan para obviar las generalidades justas. Por ejemplo, suelen decir que el
tema de la paridad está yendo demasiado lejos al no permitir que la persona más
válida, en caso de ser un hombre, ocupe el puesto por aquello de la paridad.
Protesta por las políticas ambientales: Rechazan los cambios que se introducen como consecuencia de la lucha
contra el cambio climático. Muchos de estos votantes consideran que el
deterioro ambiental es, simplemente, el peaje inevitable de la prosperidad
humana.
Protesta contra el animalismo: Lo ven como si le estuviéramos otorgando a los animales un estatus y un
espacio que debería pertenecernos en exclusiva a las personas.
Protesta ante la tardía madurez de los jóvenes: Atribuyen este fenómeno a un supuesto “exceso de
libertades” y a la falta de la mano dura que, según su visión, caracteriza a la
izquierda.
Protesta ante la supuesta desidia laboral: Una desidia que achacan a la cantidad de personas
que, según dicen, “deciden vivir de una paguita” en vez de trabajar y producir.
Protesta por la identidad nacional: Reclaman una falta de compromiso con la nación española, exigiendo esa
visibilidad y orgullo que, a su juicio, solo pueden proporcionar símbolos como
las banderitas.
Protesta ante la corrupción:
Sostienen el discurso de que la corrupción está ahora instaurada e
institucionalizada en los partidos de izquierda.
Protesta contra el populismo utópico: Rechazan los discursos basados en la clase trabajadora, entre otras cosas,
porque consideran que esa clase social ya ni siquiera existe.
Protesta ante la inseguridad ciudadana: Se alimentan del temor a una supuesta inseguridad en las calles, fruto de
una pretendida dejadez ante la inmigración masiva. Usan el espejo de Francia
para agitar el miedo a los guetos, afirmando que las personas magrebíes se
apoderan de las ciudades, queman contenedores y cometen agresiones sexuales.
Protesta contra el “buenismo”: Es la españolización del concepto woke. Defienden que la vida está
hecha para los más listos, los más avispados y los más intrépidos; que quienes
arriesgan (los emprendedores) deben tener su recompensa económica y social
porque son los únicos que crean riqueza. Eso dicen. Como si la riqueza no la
crearan los trabajadores, como si fuera lícito avasallarlos o explotarlos o
tratarlos como “carne fresca”.
Protesta contra la inclusión de la diversidad: Consideran que una familia en cuyo seno hay una
persona con discapacidad es, simplemente, víctima de la mala suerte y que, por
tanto, “le ha tocado lidiar con ese problema” (como si no se tratara de una
responsabilidad social, además de familiar). Llegan a defender que sus hijos no
tienen por qué pagar las consecuencias de convivir en las aulas con este tipo
de personas “raras”, argumentando que eso les impide exprimir al máximo sus
propias capacidades.
Protesta contra la supuesta ocupación de viviendas: Por el motivo que sea, se ha instalado en ellos la
conciencia de que existe un peligro real (alimentado por supuestos datos) de
que personas que pretenden vivir "por la cara" pueden quitarte tu
vivienda o tu segunda residencia aprovechando que no estás en casa, con la idea
de que luego no habrá forma legal de echarlos de tu propiedad.
Hay una parte de la derecha (una parte importante) que es la de siempre:
los conservadores, los empresarios, la gente de mucho dinero, los carcas de
toda la vida, los herederos del franquismo, los reaccionarios, los machistas,
los explotadores... Esa gente, todos juntos, no son tantos. Ellos son fieles y
serán siempre fieles al voto de derechas.
Sin embargo, observando el porcentaje de votos obtenidos, es innegable que
existe otra gran parte de la población trabajadora que a día de hoy vota a la
derecha por motivos como los que acabo de exponer. Creo que mal haríamos desde
la izquierda si no tuviéramos en cuenta a toda esa gente.
Obviamente, las izquierdas no vamos a dejar de ser feministas, ni
animalistas, ni progresistas respecto al cambio climático; tampoco dejaremos de
ser activistas en favor de los derechos humanos ni firmes defensores de la
intervención del Estado para que no se conculquen los derechos fundamentales de
la ciudadanía, como la vivienda, una educación pública de calidad o una sanidad
garantizada, universal y pública para todos.
Concienciación a través de la educación
A mi entender, la solución pasa por seguir haciendo una labor de educación.
Lo que provoca cambios en la moral social es la conciencia, y lo que crea
conciencia es la educación. No existen las fórmulas mágicas.
La historia y la experiencia nos lo demuestran:
Únicamente cuando se informó (y educó) a la población sobre las
consecuencias de no usar el cinturón de seguridad, nos concienciamos de que era
necesario utilizarlo.
Únicamente cuando se informó a toda la población de que fumar es sumamente
perjudicial para la salud, se admitió con total naturalidad la prohibición de
fumar en lugares públicos y cerrados.
Por consiguiente:
Únicamente cuando se informe a la sociedad de que hay animales cuyo sistema
nervioso les hace sufrir dolor, tristeza y desamparo, se dejará de
maltratarlos.
Únicamente cuando se informe de las consecuencias del cambio climático y de
la necesidad de transformar las formas de obtener energía, se verá con mejores
ojos la transición ecológica.
Únicamente cuando se informe debidamente a la ciudadanía de la necesidad,
del derecho y de las bondades, incluso desde un punto de vista puramente
egoísta, de convivir con personas con discapacidad, se querrá su no exclusión
de la sociedad.
Únicamente cuando se expliquen las circunstancias personales y sociales de
quienes perciben una ayuda o pensión social, detallando sus cuantías, su
naturaleza y los estrictos trámites de vigilancia que conllevan, se verá con
buenos ojos que existan personas con ese derecho.
Únicamente cuando se muestren las cifras reales de la inmigración, lo que
aportan al Estado, a las empresas y a los particulares, y se visibilicen los
resultados de las soluciones a los problemas de convivencia, se mirará a los
migrantes como lo que son: personas que poseen y merecen exactamente los mismos
derechos y deberes que cualquier ciudadano nacido aquí.
Únicamente cuando se entienda que las mujeres asumen históricamente la
mayor parte de la carga de los cuidados no pagados (hijos, dependientes, tareas
del hogar) y que, por tanto, no compiten en igualdad de condiciones; únicamente
cuando se comprenda que un hombre puede acumular más "méritos"
(disponibilidad para viajar, echar horas extra o hacer networking
nocturno) no por ser más válido, sino porque las estructuras sociales le
permiten externalizar esas cargas, se asumirá que es imposible valorar los méritos
sin corregir primero la desigualdad de partida que la paridad busca equilibrar.
Del mismo modo, esto solo cambiará cuando se explique en qué consisten los
sesgos inconscientes del machismo, o cuando se cuestione con la misma dureza la
"meritocracia" de un hombre mediocre que ocupa un puesto de
responsabilidad que cuando ese puesto lo ocupa una mujer.
Únicamente cuando se explique y se entienda que la pedagogía va mucho más
allá de las teorías de los libros, y que existe una pedagogía práctica basada
en demostrar que el afecto es perfectamente compatible con los límites;
únicamente cuando comprendamos que los gritos, los cachetes o las malas formas ¡NO
EDUCAN jamás y en ningún caso!, y que esa "mano dura" que algunos
tanto reclaman lo único que provoca son traumas (otra cosa es que las personas
traumadas sean incapaces de reconocer sus propias heridas); únicamente cuando
se visibilice que existen métodos eficaces para educar en valores, concienciar
y reconducir comportamientos sin necesidad de recurrir al autoritarismo, se
entenderá, por fin, que la fuerza y la intransigencia nunca serán el camino
para educar a nuestros hijos y alumnos.
¡Y así con todo!
Así que nos toca educar y concienciar para que todos sigamos aprendiendo,
progresando y mejorando. Esto lleva tiempo; se necesita constancia, tesón y
tenacidad a partes iguales, y siempre estará supeditado al poder adquisitivo de
la gente porque lo admitamos o no, existe una paradoja respecto de la bonanza
económica.
Sé que lo que voy a decir a continuación va a provocar el desacuerdo de la
mayoría de vosotros debido a un concepto llamado “pesimismo social” que nos
impide ser conscientes del todo, pero la realidad es que vivimos tiempos de
bonanza económica. Ahí están los datos.
Gastamos más que nunca, compramos más que nunca, viajamos más que nunca y
pagamos más que nunca (incluidos los servicios privados de educación y sanidad,
cuyo uso se ha multiplicado en los últimos tiempos). Vemos los restaurantes
abarrotados, donde ya hay que reservar incluso para tomarse una simple cerveza,
más coches de alta gama que nunca, más compras online que nunca y más
supermercados a la vuelta de la esquina. Los estadios de fútbol, los teatros y
los conciertos están siempre llenos a pesar de sus altos precios.
Y hacemos todo eso, evidentemente, ¡porque podemos hacerlo!
Nadie gasta lo que no tiene. Sin embargo, esta bonanza económica trae
consigo sus propias consecuencias: una de ellas es que, incluso de forma
inconsciente, hace que la gente se vuelva mucho más reacia a los cambios y
notablemente más egoísta.
Y es que, precisamente, las señas de identidad de los partidos de derechas
son el egoísmo, el individualismo y el conservadurismo... que no es más que el
deseo ferviente de que nada cambie o, directamente, el empeño en preservar los
privilegios que ya se tienen.
¡Qué casualidad, ¿verdad?!
Esta es mi reflexión.
Fdo. Diego Bueno
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