A veces, la vida se vuelve un paisaje que me trae recuerdos olvidados para
convertirlos en olvidos recordados. Florecen, amenazantes, los fantasmas de lo
vivido. Mi mirada se topa con una niebla persistente como si la realidad misma
se estuviera desdibujando, obligándome a mirar hacia un interior que hoy pesa
demasiado.
Siento el cansancio no como un sueño pendiente, sino como un lastre de
plomo que se ha instalado en mis huesos. Es una impotencia silenciosa que se
cuela en cada suspiro, recordándome que el aire, ese aliado invisible, hoy se
hace de rogar. Mis fuerzas, antes firmes, parecen haberse marchado de viaje sin
avisar, dejándome una frustración agria que a veces estalla en irritabilidad,
un chispazo eléctrico que solo intenta proteger lo poco que me queda de calma.
Y me duele el silencio de las habitaciones.
Y me duele ver las batallas en las que andan inmersos quienes más quiero:
la lucha por un futuro menos incierto y ese abismo en los ojos de quien busca
encajar en un mundo que no siempre sabe entender la belleza de lo diferente.
Siento que debo ser el faro, pero hoy mi luz parpadea, exhausta de combatir las
olas.
La melancolía se ha vuelto una estancia conocida: ya no me sorprende la
penumbra. Es la desesperanza de ver cómo el calendario avanza implacable hacia
un adiós profesional que no elegí, sino que me fue impuesto por el cuerpo. Me
noto extraño en mi propia piel, navegando en una tristeza que no es llanto,
sino un vacío denso, una inercia que me susurra que mañana será solo otra
versión del hoy. Cuando el amanecer no es nuevo significa que encallas.
Siento que el abrazo no hace desaparecer el frío, que el sol no ilumina mis
tinieblas, que ni tan siquiera la música deja de ser ruido.
Soy un náufrago en tierra firme, esperando, a veces con desesperación, a
veces cargado de desesperanza, que el mar se calme, mientras aprendo a aceptar
que, por ahora, mi única tarea es sobrevivir a la tormenta.
Fdo. Diego Bueno
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