El éxito electoral de la derecha y la ultraderecha entre
la clase trabajadora no responde a una contradicción estrictamente económica o
de clase, sino, en mi opinión, a un fenómeno mucho más profundo. Se trata de un
voto de protesta, reactivo y profundamente emocional, que se asienta
sobre tres grandes pilares:
1. El rechazo cultural y la reacción ante los nuevos
avances
El voto obrero a la derecha no nace necesariamente de
compartir la ideología de los grandes capitales o corporaciones. En mi opinión
existe una evidente incomprensión hacia los cambios culturales y sociales
promovidos por la izquierda.
La incomprensión de las políticas de igualdad y
diversidad: Muchos trabajadores se rebelan ante lo que perciben como
"excesos" del feminismo (como la paridad mal entendida) o la
inclusión de la diversidad en las aulas, llegando a ver la discapacidad como
una "carga" contra la supuesta “excelencia” o un fruto de la mala
suerte individual en lugar de una responsabilidad colectiva y social.
La resistencia a la transición ecológica: Se rechazan las
políticas ambientales al considerarlas un freno a la prosperidad o un peaje
inevitable del progreso humano, del mismo modo que se ataca al animalismo por
entender que resta espacio de exclusividad a las personas.
El discurso de la sospecha social: Calan con fuerza
los mitos de la desidia laboral (la idea de que muchos prefieren "vivir de
una paguita"), el temor infundado a la ocupación ilegal de viviendas o los
discursos que vinculan la inmigración masiva con la inseguridad ciudadana.
2. La fibra emocional e identitaria
El relato conservador ha sabido tocar resortes
emocionales que las tripas y el sentido de pertenencia priorizan muchas veces
por encima de otros preceptos. La convivencia con la extrema derecha (VOX) se
ha normalizado y se ha naturalizado. Se tiene la sensación de: “No pasa nada”,
“Son patriotas”, “Miran por lo nuestro”, “no tenían razón quienes nos metían
miedo con la idea de que viene el fascismo”:
El monopolio del patriotismo: Se ha instalado
la falsa percepción de que la derecha defiende mejor los símbolos nacionales y
el orgullo de la identidad española, retratando a la izquierda como una opción
ambigua o poco comprometida con la nación.
La demanda de orden y "mano dura": Frente a la
percepción de inseguridad, el votante busca refugio en el discurso de firmeza
que proyecta la derecha, asumiendo erróneamente que la izquierda es laxa. Esto
se traduce también en un apoyo cerrado a los Cuerpos de Seguridad del Estado y
el ejército, bajo el mito de que la derecha los protege más y mejor.
El refugio de la tradición y la religión: A pesar de sus
preceptos anacrónicos, la religión católica sigue operando como un paraguas
moral y cultural que conecta con las costumbres heredadas, un espacio donde la
derecha se mueve con comodidad frente a la laicidad de la izquierda.
3. La paradoja de la abundancia
Vivimos tiempos de indudable bonanza económica y consumo
masivo: restaurantes llenos, más viajes, más compras, recintos repletos para
espectáculos y deportes, más vehículos de alta gama etc. Esta comodidad
material, de forma inconsciente, adormece la conciencia de clase. Al tener más
que perder y más bienes que proteger, el ciudadano se vuelve notablemente más
individualista, egoísta y reacio a los cambios. Este aburguesamiento conecta de
forma directa con la esencia del pensamiento de derechas (conservadurismo), que
no es más que el deseo ferviente de que nada cambie para preservar los
privilegios individuales ya adquiridos.
Las medidas a tomar por la izquierda: La vía de la
pedagogía
Ante este escenario, la solución para la izquierda no es
cambiar de principios ni renunciar a nuestras banderas que, básicamente son:
Respeto a los derechos humanos, feminismo, diversidad, educación, sanidad, ecologismo,
intervención del estado para evitar abusos de grandes corporaciones, justicia
social, reducción de la brecha salarial/económica o mejora de los servicios
públicos.
La gracia está en cambiar radicalmente la estrategia.
La única vía para transformar la moral social, derribar prejuicios y despertar
conciencias es la educación y la información pedagógica, tal y como ocurrió en
su día con la concienciación sobre el uso del cinturón de seguridad o los
peligros del tabaco por poner dos ejemplos claros en los que la educación y la
concienciación social dio como fruto la aceptación social y normalización de
medidas de obligatorio cumplimiento.
Para dar la vuelta a esta situación yo aplicaría las
siguientes medidas:
Pedagogía de la igualdad real: Explicar que la
paridad no busca desplazar al hombre válido, sino corregir la desigualdad de
partida (la carga histórica de los cuidados no pagados) que impide a las
mujeres competir en igualdad de condiciones. Hay que cuestionar con datos los
sesgos machistas y la falsa meritocracia.
Desmontar mitos con transparencia: Mostrar las
cifras reales de la inmigración (lo que aportan al Estado y a las empresas) y
detallar la estricta vigilancia y cuantía de las ayudas sociales, dignificando
a quienes las reciben por derecho frente al insulto de la "paguita".
Educación ambiental y animal: Informar con
claridad sobre el sufrimiento animal y la necesidad urgente de la transición
ecológica, demostrando que no es un capricho utópico, sino una transformación
vital para el futuro de todos.
Pedagogía de la inclusión: Demostrar las
bondades y el derecho de convivir en las aulas y por consiguiente en la vida
social con personas con discapacidad, haciendo entender que la diversidad
enriquece el crecimiento emocional e intelectual de todo el alumnado en lugar
de limitarlo.
Límites afectivos frente al autoritarismo: Visibilizar en
el ámbito educativo y familiar que la pedagogía práctica basada en el afecto y
los límites eficaces es infinitamente superior a la "mano dura".
Demostrar que los gritos, los cachetes y la intransigencia no educan jamás,
sino que siembran traumas.
Defensa pedagógica y material de lo público: Explicar a los
trabajadores y trabajadoras de forma clara y directa que la izquierda es la
única que vela realmente por los servicios públicos (sanidad, educación,
dependencia) para garantizar que nadie tenga que pagar por ellos de su
bolsillo. El mensaje debe ser rotundo: el problema no es el modelo público,
sino la necesidad imperiosa de mejorar la gestión para que sea
eficiente, ágil y de calidad.
Garantía de pensiones y protección de la vulnerabilidad: Concienciar a la
ciudadanía de que la izquierda es la que asegura las pensiones de las personas
mayores y de las personas con discapacidad, protegiéndolas frente a los
intentos de privatización o recortes, entendiendo que una sociedad justa se
mide por cómo cuida a quienes más lo necesitan.
Dignificación de la dependencia (El espejo de la realidad
andaluza): Denunciar con firmeza y datos la alarmante realidad de la dependencia en
Andalucía, donde las personas dependientes y sus familias tienen que esperar
meses, e incluso años, para recibir las ayudas que por derecho les
corresponden. La izquierda debe comprometerse a desatascar esta situación,
demostrando que la autonomía personal y el cuidado de los nuestros es una
prioridad absoluta y urgente.
Señalar a los verdaderos responsables (Estrategia de
impugnación): Adoptar estrategias valientes y directas, en la línea de
"Adelante Andalucía", que dejen de culpar al eslabón más débil (el
inmigrante, el parado, el empleado público) y pongan el foco en señalar a
las grandes corporaciones, los oligopolios y los fondos de inversión, que
son quienes realmente especulan con los derechos básicos de la ciudadanía (como
la vivienda o la energía) para multiplicar sus beneficios a costa del esfuerzo
de la clase trabajadora.
Fomentar la pedagogía del optimismo y la alegría: Cambiar el tono
del discurso. La izquierda debe abandonar el victimismo y el reproche para
conectar con el ciudadano desde una estrategia basada en fomentar la alegría,
la esperanza y un proyecto de futuro ilusionante. Se trata de contagiar un
optimismo tan integrador y constructivo que sea capaz de atraer e inundar
incluso a aquellos ciudadanos que, por el motivo que sea, no votaron a las
opciones de izquierda, demostrando que el progreso social es un beneficio para
el conjunto de la sociedad, sin dejar a nadie atrás.
En definitiva, transformar la conciencia social lleva
tiempo y exige constancia, tesón y tenacidad a partes iguales. No existen las
fórmulas mágicas: solo cuando se informa y se educa con paciencia, la sociedad
termina asumiendo los avances sociales con total naturalidad.
Fdo. Diego Bueno
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