martes, 19 de mayo de 2026

HABLEMOS DE ¿POR QUÉ VOTAN A LA DERECHA MUCHOS TRABAJADORES POR CUENTA AJENA, PENSIONISTAS, PARADOS Y EMPLEADOS PÚBLICOS?... ¡POR FIN!

 

El éxito electoral de la derecha y la ultraderecha entre la clase trabajadora no responde a una contradicción estrictamente económica o de clase, sino, en mi opinión, a un fenómeno mucho más profundo. Se trata de un voto de protesta, reactivo y profundamente emocional, que se asienta sobre tres grandes pilares:

1. El rechazo cultural y la reacción ante los nuevos avances

El voto obrero a la derecha no nace necesariamente de compartir la ideología de los grandes capitales o corporaciones. En mi opinión existe una evidente incomprensión hacia los cambios culturales y sociales promovidos por la izquierda.

La incomprensión de las políticas de igualdad y diversidad: Muchos trabajadores se rebelan ante lo que perciben como "excesos" del feminismo (como la paridad mal entendida) o la inclusión de la diversidad en las aulas, llegando a ver la discapacidad como una "carga" contra la supuesta “excelencia” o un fruto de la mala suerte individual en lugar de una responsabilidad colectiva y social.

La resistencia a la transición ecológica: Se rechazan las políticas ambientales al considerarlas un freno a la prosperidad o un peaje inevitable del progreso humano, del mismo modo que se ataca al animalismo por entender que resta espacio de exclusividad a las personas.

El discurso de la sospecha social: Calan con fuerza los mitos de la desidia laboral (la idea de que muchos prefieren "vivir de una paguita"), el temor infundado a la ocupación ilegal de viviendas o los discursos que vinculan la inmigración masiva con la inseguridad ciudadana.

2. La fibra emocional e identitaria

El relato conservador ha sabido tocar resortes emocionales que las tripas y el sentido de pertenencia priorizan muchas veces por encima de otros preceptos. La convivencia con la extrema derecha (VOX) se ha normalizado y se ha naturalizado. Se tiene la sensación de: “No pasa nada”, “Son patriotas”, “Miran por lo nuestro”, “no tenían razón quienes nos metían miedo con la idea de que viene el fascismo”:

El monopolio del patriotismo: Se ha instalado la falsa percepción de que la derecha defiende mejor los símbolos nacionales y el orgullo de la identidad española, retratando a la izquierda como una opción ambigua o poco comprometida con la nación.

La demanda de orden y "mano dura": Frente a la percepción de inseguridad, el votante busca refugio en el discurso de firmeza que proyecta la derecha, asumiendo erróneamente que la izquierda es laxa. Esto se traduce también en un apoyo cerrado a los Cuerpos de Seguridad del Estado y el ejército, bajo el mito de que la derecha los protege más y mejor.

El refugio de la tradición y la religión: A pesar de sus preceptos anacrónicos, la religión católica sigue operando como un paraguas moral y cultural que conecta con las costumbres heredadas, un espacio donde la derecha se mueve con comodidad frente a la laicidad de la izquierda.

3. La paradoja de la abundancia

Vivimos tiempos de indudable bonanza económica y consumo masivo: restaurantes llenos, más viajes, más compras, recintos repletos para espectáculos y deportes, más vehículos de alta gama etc. Esta comodidad material, de forma inconsciente, adormece la conciencia de clase. Al tener más que perder y más bienes que proteger, el ciudadano se vuelve notablemente más individualista, egoísta y reacio a los cambios. Este aburguesamiento conecta de forma directa con la esencia del pensamiento de derechas (conservadurismo), que no es más que el deseo ferviente de que nada cambie para preservar los privilegios individuales ya adquiridos.

Las medidas a tomar por la izquierda: La vía de la pedagogía

Ante este escenario, la solución para la izquierda no es cambiar de principios ni renunciar a nuestras banderas que, básicamente son: Respeto a los derechos humanos, feminismo, diversidad, educación, sanidad, ecologismo, intervención del estado para evitar abusos de grandes corporaciones, justicia social, reducción de la brecha salarial/económica o mejora de los servicios públicos.

La gracia está en cambiar radicalmente la estrategia. La única vía para transformar la moral social, derribar prejuicios y despertar conciencias es la educación y la información pedagógica, tal y como ocurrió en su día con la concienciación sobre el uso del cinturón de seguridad o los peligros del tabaco por poner dos ejemplos claros en los que la educación y la concienciación social dio como fruto la aceptación social y normalización de medidas de obligatorio cumplimiento.

Para dar la vuelta a esta situación yo aplicaría las siguientes medidas:

Pedagogía de la igualdad real: Explicar que la paridad no busca desplazar al hombre válido, sino corregir la desigualdad de partida (la carga histórica de los cuidados no pagados) que impide a las mujeres competir en igualdad de condiciones. Hay que cuestionar con datos los sesgos machistas y la falsa meritocracia.

Desmontar mitos con transparencia: Mostrar las cifras reales de la inmigración (lo que aportan al Estado y a las empresas) y detallar la estricta vigilancia y cuantía de las ayudas sociales, dignificando a quienes las reciben por derecho frente al insulto de la "paguita".

Educación ambiental y animal: Informar con claridad sobre el sufrimiento animal y la necesidad urgente de la transición ecológica, demostrando que no es un capricho utópico, sino una transformación vital para el futuro de todos.

Pedagogía de la inclusión: Demostrar las bondades y el derecho de convivir en las aulas y por consiguiente en la vida social con personas con discapacidad, haciendo entender que la diversidad enriquece el crecimiento emocional e intelectual de todo el alumnado en lugar de limitarlo.

Límites afectivos frente al autoritarismo: Visibilizar en el ámbito educativo y familiar que la pedagogía práctica basada en el afecto y los límites eficaces es infinitamente superior a la "mano dura". Demostrar que los gritos, los cachetes y la intransigencia no educan jamás, sino que siembran traumas.

Defensa pedagógica y material de lo público: Explicar a los trabajadores y trabajadoras de forma clara y directa que la izquierda es la única que vela realmente por los servicios públicos (sanidad, educación, dependencia) para garantizar que nadie tenga que pagar por ellos de su bolsillo. El mensaje debe ser rotundo: el problema no es el modelo público, sino la necesidad imperiosa de mejorar la gestión para que sea eficiente, ágil y de calidad.

Garantía de pensiones y protección de la vulnerabilidad: Concienciar a la ciudadanía de que la izquierda es la que asegura las pensiones de las personas mayores y de las personas con discapacidad, protegiéndolas frente a los intentos de privatización o recortes, entendiendo que una sociedad justa se mide por cómo cuida a quienes más lo necesitan.

Dignificación de la dependencia (El espejo de la realidad andaluza): Denunciar con firmeza y datos la alarmante realidad de la dependencia en Andalucía, donde las personas dependientes y sus familias tienen que esperar meses, e incluso años, para recibir las ayudas que por derecho les corresponden. La izquierda debe comprometerse a desatascar esta situación, demostrando que la autonomía personal y el cuidado de los nuestros es una prioridad absoluta y urgente.

Señalar a los verdaderos responsables (Estrategia de impugnación): Adoptar estrategias valientes y directas, en la línea de "Adelante Andalucía", que dejen de culpar al eslabón más débil (el inmigrante, el parado, el empleado público) y pongan el foco en señalar a las grandes corporaciones, los oligopolios y los fondos de inversión, que son quienes realmente especulan con los derechos básicos de la ciudadanía (como la vivienda o la energía) para multiplicar sus beneficios a costa del esfuerzo de la clase trabajadora.

Fomentar la pedagogía del optimismo y la alegría: Cambiar el tono del discurso. La izquierda debe abandonar el victimismo y el reproche para conectar con el ciudadano desde una estrategia basada en fomentar la alegría, la esperanza y un proyecto de futuro ilusionante. Se trata de contagiar un optimismo tan integrador y constructivo que sea capaz de atraer e inundar incluso a aquellos ciudadanos que, por el motivo que sea, no votaron a las opciones de izquierda, demostrando que el progreso social es un beneficio para el conjunto de la sociedad, sin dejar a nadie atrás.

En definitiva, transformar la conciencia social lleva tiempo y exige constancia, tesón y tenacidad a partes iguales. No existen las fórmulas mágicas: solo cuando se informa y se educa con paciencia, la sociedad termina asumiendo los avances sociales con total naturalidad.

Fdo. Diego Bueno

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