martes, 7 de julio de 2026

HABLEMOS DEL SILENCIO DE DIOS... ¡POR FIN!

 

Si un detective busca a una persona desaparecida durante años y no hay llamadas ni movimientos bancarios ni señales de vida, concluye que está muerta. Con Dios, a mi entender, ocurre lo mismo: miles de años de historia, billones de oraciones desesperadas y la respuesta objetiva ha sido siempre el vacío. No existe ni una sola intervención divina verificable, medible o documentable. Con estos datos, lo razonable, a mi humilde entender, sería ser ateos o, como mucho, agnósticos. Os paso a exponer las razones:

Razón 1. En la Edad de Bronce abundaban los milagros. Mares que se abrían, muertos que resucitaban, arbustos en llamas… Hoy, con 8.000 millones de teléfonos inteligentes registrando cada segundo, detectores de ondas gravitacionales y herramientas de precisión subatómica, Dios no aparece por ninguna parte ni en ningún caso y se da la curiosa circunstancia de que, “casualmente”, a mayor capacidad de verificación humana, menos manifestaciones divinas ocurren.

Razón 2. La neurociencia ha demostrado que las experiencias místicas pueden inducirse artificialmente. Existen estudios totalmente rigurosos y contrastados que prueban, por una parte, que si se estimula el lóbulo temporal con campos electromagnéticos, se logra que las personas sientan una "presencia divina o angelical". Pensad bien lo que esto significa. Por otra parte hay estudios, igualmente contrastados, que evidencian que los túneles de luz, los encuentros con seres radiantes y el éxtasis místico de las experiencias cercanas a la muerte que cuentan las personas que la han vivido no son más que el cerebro "drogándose a sí mismo" ante la inminencia de la muerte para poder morir en paz. Al final, si lo espiritual se reduce a pura neuroquímica, Dios no es más que una construcción cerebral.

Razón 3. Si nos fijamos bien, los dioses siempre se crean a imagen y semejanza de la cultura que los adora. Son guerreros para los vikingos, burócratas para los romanos o un monarca absoluto en la Europa feudal, y mueren cuando sus civilizaciones desaparecen (ya nadie adora a Ra o a Zeus).

Razón 4. Basta prestar atención a algo demasiado obvio que debería hacernos recapacitar, y es que la religión de un individuo está determinada casi por completo por su "código postal" de nacimiento. Si naces en China, lo normal es que seas budista o ateo, mientras que si naces en Arabia, lo más probable es que seas musulmán. Esto descoloca la idea de un Dios universal ya que, por lo que se ve, hay una clara dependencia de la geografía.

Razón 5. Históricamente, se recurría a la divinidad para explicar lo incomprendido, desde los truenos hasta las enfermedades. Sin embargo, con el avance científico, Dios ha ido en retirada constante hacia los huecos más pequeños de nuestra ignorancia. Darwin desmanteló el argumento del diseño biológico mediante la selección natural, y la cosmología actual (con hipótesis como el multiverso o la teoría de cuerdas) sugiere que las constantes físicas adecuadas para la vida son fruto del azar y del sesgo de supervivencia. Asimismo, físicos como Lawrence Krauss han planteado cómo el universo puede surgir matemáticamente de la nada. Es cierto que aún sabemos muy poco, pero el avance del conocimiento es imparable; a medida que desentrañamos los misterios del cosmos, vamos desterrando dogmas absurdos de otras épocas que, inexplicablemente, se resisten a desaparecer en pleno siglo XXI.

Razón 6. La distribución del dolor en el mundo no sigue ningún patrón moral como nos decían. Los tsunamis, la malaria o el cáncer infantil no respetan la virtud ni dependen de decisiones humanas, lo que desploma el argumento del libre albedrío para justificar el sufrimiento natural. El filósofo Sam Harris señala que un Dios pasivo ante el Holocausto o la tortura infantil sería moralmente inferior a cualquier ser humano decente. Suscribo plenamente sus palabras. Por eso, ante las tragedias inevitables de la naturaleza, suelo repetir una misma frase: «Menos mal que Dios no existe; porque si existiera, habría que renunciar a un ser tan cruel».

El invento de las religiones tiene su razón de ser en términos evolutivos; es una de nuestras características más humanas. Otra cuestión es que a día de hoy tenga algún sentido.

Nuestro cerebro está programado de fábrica para pecar de precavido: el que huía de una sombra “por si acaso”, sobrevivía; el optimista, a menudo no lo contaba. De siempre ha sido más rentable confundir una rama con una serpiente que quedarte tan tranquilo pensando que una víbora es solo un palo. El paso siguiente fue inevitable: empezamos a aplicar esa misma lógica a todo el entorno, imaginando voluntades e intenciones detrás del viento, los truenos o la muerte. Esta tendencia a buscar un responsable invisible detrás de cada cosa desconocida fue lo que acabó dando forma a las religiones... Y ese imaginario compartido fue el auténtico pegamento de las primeras tribus. No importaba si el mito era verdad o mentira; lo que importaba es que nos obligaba a cooperar, a mantener al grupo unido y a hacernos más fuertes. En términos de supervivencia, eso ha sido fundamental.

Por otra parte, es lógico que el materialismo deje grandes huecos sin responder, pero la mayoría de esos vacíos solo reflejan nuestras propias limitaciones para entender el cosmos. Una hormiga no tiene capacidad para ver a un elefante y viceversa. Son nuestras evidentes limitaciones físicas y biológicas las que necesitan el consuelo de un creador, y justamente de esa necesidad han surgido, desde siempre, los aprovechados y manipuladores que han gobernado todas las religiones a costa de la flaqueza humana.

¿Por qué existe el universo en lugar de la nada más absoluta? ¿De dónde salen las leyes de la física o el laberinto de la conciencia? ¿Cómo sostenemos las matemáticas o la propia moral? Si todo se reduce a la materia, ¿es el amor solo un espejismo y nuestros pensamientos meras reacciones químicas al azar en las que ni siquiera podemos confiar? Son preguntas enormes, pero quizás el error sea exigirle todas las respuestas a una ciencia que acaba de empezar, o buscar el refugio fácil en un Dios inventado para tapar lo que no entendemos. Quizás lo correcto sería hacer un ejercicio de humildad y asumir nuestras limitaciones hasta el punto de ser capaces de vivir en la incertidumbre.

Mi admirado Tomás de Aquino —filósofo, pero sobre todo teólogo— argumentó que Dios no es "un ser entre otros", sino el Ser mismo, el acto puro de existir o el "fundamento del ser". Esta podría ser una solución para aquellas personas que necesitan creer en lo increíble. Él no era agnóstico, pero quizás sea el agnosticismo honesto la única posibilidad de asumir y aceptar la incertidumbre, sin la necesidad de inventar certezas artificiales en forma de dioses para calmar ese vacío con el cual nacemos, vivimos y morimos. Al fin y al cabo, la certeza de un Dios no es imprescindible, de la misma manera que su desconocimiento tampoco es un callejón sin salida.

Desde mi ateísmo exacerbado hacia las religiones —claramente inventadas y modificadas por los humanos, no siempre con buenas intenciones— y mi agnosticismo ante lo incierto, tengo claro que la clave es asumir la incertidumbre como parte de eso que llamamos “vida” y, a ser posible, aceptarla; no con resignación, sino con absoluta naturalidad.

Fdo. Diego Bueno

HABLEMOS DEL SILENCIO DE DIOS... ¡POR FIN!

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