jueves, 4 de junio de 2026

HABLEMOS DE VELOCIDAD VITAL… ¡POR FIN!

 

Medios de comunicación, especialistas de la medicina, redes sociales y hasta el boca a boca; todos tenemos asumido y difundimos, como si fuera un dogma, que “vivir deprisa no es bueno”. Bien, pues me opongo a ese absolutismo de pensamiento y, por supuesto, lo voy a argumentar. Pienso que en muchas ocasiones estamos juzgando el concepto de "velocidad" desde un punto de vista equivocado.

Es cierto que, en comparación con otras épocas de la historia, vivimos en la era de la prisa; eso es un hecho. La respuesta a esta forma de vida es una filosofía que se repite como un mantra en libros de autoayuda, pódcast y redes sociales: ¡hay que frenar! Además, para colmo, ¡nos lo dicen en tono de reproche!: que si corremos no vemos el paisaje, que la velocidad nos anestesia y que vivir rápido es la garantía más absoluta para perderse las pequeñas cosas de la vida, por no hablar de lo mal que afecta a la salud. Todo eso me parece correcto en muchos casos, pero creo que hay un aspecto que se suele pasar por alto. Hay personas que necesitamos esa velocidad, que la hemos necesitado siempre, y que eso nos ha permitido vivir mejor y vivir más.

Yo, personalmente, siempre he vivido rápido, al menos en comparación con muchas de las personas que me han rodeado. Ya sabemos que el concepto de rápido y lento es subjetivo y se basa en la comparación con otros modelos de vida.

La velocidad no es sinónimo de superficialidad, sino de capacidad de procesamiento. Si tu "procesador central" va más rápido, tu percepción del tiempo se expande, lo que te permite vivir de forma intensa sin perder la nitidez de los detalles. Como nos enseñaron en la escuela, la velocidad es un concepto inventado; es simplemente la relación entre el espacio recorrido y el tiempo empleado. En la vida, la ecuación no es tan distinta. La velocidad vital no existe por sí sola, sino que es la relación entre los espacios que ocupas y en los que te mueves (físicos, intelectuales, emocionales) y los tiempos que empleas.

Ya nos decía Einstein hace más de un siglo que el tiempo no es algo fijo ni absoluto, sino que es elástico y relativo. Si la física demuestra que el movimiento altera el cronómetro (véase la teoría de la relatividad especial, ampliamente demostrada), ¿por qué nos empeñamos en aplicar una regla fija a la mente humana? El gran error social, a mi parecer, es asumir que todos tenemos el mismo motor y el mismo procesador.

Cuando estamos en el lugar que nos gusta, junto a la gente que queremos y haciendo lo que nos apasiona, el tiempo pasa volando, ¿verdad que sí? En otras ocasiones, coincidiendo con lo que no nos hace felices, el tiempo se nos hace súper lento. Cuando nos movemos rápido por la vida, interactuando en más espacios y procesando estímulos a mayor velocidad, no estamos acortando nuestra existencia ni haciéndola más borrosa. Al contrario: ¡estamos dilatando nuestra experiencia!

No todos procesamos la información al mismo ritmo. Hay quienes necesitan una tarde entera de silencio para digerir un capítulo de un libro, y hay quienes, en esa misma tarde, devoran varios capítulos, escuchan un disco, recogen la cocina y, entre medias, se detienen a observar cómo la luz de la tarde cruza el salón. ¡Y lo hacen saboreándolo todo! Vivir a mucha velocidad no significa, necesariamente, pasar de largo; significa interactuar en más espacios en el mismo tramo de tiempo.

Si tus capacidades te permiten procesar la realidad de manera más ágil, tu abanico de experiencias se multiplica. Es más, a mi parecer, sería un desatino cercano a la indolencia dejar de aprovechar esa cualidad y aburguesarse. Quien vive rápido porque puede, no está huyendo del presente, sino que lo está exprimiendo. Es capaz de captar el matiz de una conversación, la belleza de un gesto o el sabor de un café en cuestión de segundos, porque su "zoom" mental es más rápido, no más borroso. Mientras el dogma nos dice que la prisa difumina el paisaje, la psicología cognitiva nos recuerda que una mente activa y veloz puede enfocar con una nitidez asombrosa múltiples detalles a la vez.

Por supuesto, no hablo de la velocidad ansiosa, de esa prisa neurótica que nace del estrés y del "no llegar". Esa prisa sí que es ciega. Hablo de la velocidad vital elegida y disfrutada, la que nace del entusiasmo, de la curiosidad insaciable y de las ganas de abarcar mundo. Se puede vivir con el acelerador pisado y, a la vez, tener la sensibilidad intacta para lo pausado. Se puede ser un torbellino de actividad y, en el núcleo de ese movimiento, conservar una calma perfecta para apreciar los detalles que otros, incluso yendo despacio, no son capaces de ver.

Al final, la vida no se mide solo en los años que acumulamos, sino en la cantidad de realidad que somos capaces de procesar y disfrutar en esos años.

Solo existe un escenario en el que el freno debe ser pisado de forma imperativa: ¡la salud! La salud manda. Si nuestro cuerpo nos pide calma, debemos darle calma; si por edad o por enfermedad nos toca aminorar la marcha, debemos adaptarnos. Pero esa adaptación nunca es fácil para quien ha sido capaz de vivir y sentir intensamente, saboreando mucho, de mil formas distintas y de manera vehemente. Doy fe de ello.

Existe un proceso de adaptación a esos cambios, una especie de duelo, y se necesita tiempo para aceptar que los ritmos ahora son otros: más lentos, más pausados. Las ganas de masticar, sentir y disfrutar de cada bocanada de aire no se van; pero las fuerzas para hacerlo a la velocidad acostumbrada, sí. Y en esa nueva velocidad, obligada pero asumida, nos toca aprender a saborear el mundo con la misma intensidad de siempre, aunque sea a un compás diferente.

Esta realidad supone, a mi parecer, una de las grandes frustraciones y retos de la vida: aceptar que el combustible, en mi caso en forma de aire, nos afecta en todos los aspectos, incluidas todas las velocidades, ya sean de procesamiento, de movimiento o de respuesta. Al fin y al cabo, el cuerpo humano no es tan distinto de una llama: necesita oxígeno para arder, y cuando ese oxígeno escasea, la intensidad de la llama cambia, aunque el fuego siga ahí.

Fdo. Diego Bueno.

HABLEMOS DE VELOCIDAD VITAL… ¡POR FIN!

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