Junio, la noche de San Juan. El mes de la purificación. Siempre he
pensado que buena parte de lo verdaderamente importante en la vida ocurre en
junio, tanto lo bueno como lo malo. Es un tiempo de días eternos de luz, de
hogueras y de aguas limpias que, dependiendo del rito que elijas seguir, te
invitan a resetear el alma.
Para mí, este mes posee un encanto único, casi magnético. Es el
prólogo perfecto del verano, ese momento en el que el calor del día y la vida,
de repente, se trasladan por completo a las plazas y portales en forma de
cercanía entre las personas. Hay una poesía callada en esas noches en las que
el aire huele a libertad, el reloj deja de importar y las conversaciones se
alargan sin prisa bajo un cielo estrellado que se resiste a oscurecer. Así tuve
la suerte de vivir los junios desde bien pequeño: vecinas al fresco en las
casapuertas y en las aceras, sillas de playa, pipas, música hecha y cantada,
cotilleos, risas… y la radio de fondo. Junio tiene esa magia indomable que une
el bullicio de la gente compartiendo en la calle hasta altas horas, la
intensidad de los finales de curso, el sabor del ansiado principio de las
vacaciones y, en definitiva, la vuelta al mar. Una reconexión profunda con
nuestra propia espiritualidad y con una música más íntima y libre.
Y en mitad de esta atmósfera, la noche de San Juan se alza como
una celebración de tiempos ancestrales. Me fascina pensar que sus raíces se
hunden en un pasado puramente natural y astronómico: el solsticio de verano.
Mucho antes de que el cristianismo existiera, los pueblos antiguos —como los
celtas o las culturas mediterráneas— veneraban los elementos que les daban la
vida. Al observar que a partir del 21 de junio los días empezaban a acortarse,
encendían hogueras monumentales en un rito hermoso: querían "darle
fuerzas" al Sol para que no se apagara, a la vez que usaban las llamas
para purificar los cuerpos, quemar lo viejo y atraer la fertilidad. Era una
fiesta de la tierra, de los sentidos y de la vida. Una velada tan mágica que
los antiguos celtas e incluso los romanos creían que esa noche el velo entre el
mundo real y el invisible desaparecía por completo. Decían las viejas fábulas
que era el momento en que las hadas salían a bailar entre los hombres y que las
plantas ocultaban tesoros, recordándonos que la naturaleza, en junio, alcanza
su máximo esplendor espiritual
La historia nos muestra cómo el cristianismo se apoderó de esta
costumbre pagana de una forma muy astuta. Las religiones imperialistas,
históricamente, se han adueñado de todo: de los lugares de culto, de los
palacios, de las riquezas, de las costumbres y hasta de los ritos de los
pueblos que sometían, pasándoles una capa de pintura ortodoxa para su propio
beneficio y control. Con San Juan hicieron exactamente eso. Al ver que era
imposible erradicar una fiesta tan arraigada en el alma del pueblo, la Iglesia
católica la camufló bajo su propio dogma, situando el nacimiento de San Juan
Bautista justo seis meses antes de la Navidad, coincidiendo con el solsticio.
Incluso el propio bautismo, que hoy nos presentan como un
sacramento central de su doctrina, no es más que otro rito de purificación a
través del agua copiado, apropiado y arrebatado de aquellas tradiciones paganas
que ya limpiaban el espíritu sumergiéndose en los ríos y en los mares.
Pero, a pesar de los dogmas y de las instituciones que intentaron
adueñarse de nuestra memoria colectiva, nadie ha podido apagar la verdadera
esencia de esta noche. Por eso me ha atraído desde siempre. Cuando saltamos
sobre el fuego o miramos las brasas, estamos quemando todo lo malo en un
intento de apartarlo y alejarlo de nuestras vidas, aunque solo sea de forma
simbólica.
San Juan sigue siendo, año tras año, la oportunidad perfecta para
los grandes comienzos y las grandes despedidas. Una ventana abierta a la
esperanza. Antiguamente, los deseos de la comunidad estaban puestos en las
cosechas que debían asegurar el sustento; hoy, nuestras esperanzas se vuelcan
en el futuro, tanto a nivel individual como colectivo. Al final, contra el
fuego, el agua, la espiritualidad libre y las ganas de renovación del ser
humano, no hay dogma que pueda.
Disfruten de junio, de la noche de San Juan, del fuego y del agua,
del calor, incluido el humano, de la vuelta al mar y a mirar arriba a los
cielos estrellados. Quemen lo que tengan que quemar, purifíquense y renueven
sueños porque esto, ni más ni menos, es la vida.
¡Salud para vivirlo!
Fdo. Diego Bueno.
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