A la hora de causar estragos y desafección en la opinión
pública, así como un rechazo generalizado hacia la política, la derecha
española juega con una ventaja nada despreciable: a la gente de izquierdas nos
causa verdadera repulsión la corrupción, sobre todo la intrínseca a los grandes
poderes del Estado. Por desgracia para el país, y por suerte para ellos, esto
no ocurre en la derecha.
Teniendo claro este precepto, la estrategia a seguir es
más que evidente. Acusar, difamar, fiscalizar, hostigar y azuzar a los poderes
del Estado para que rastreen igual que lo hace un sabueso en busca de droga
dentro de un vehículo en la frontera con Gibraltar. Abren y revuelven cajones y
armarios, levantan alfombras y se llevan “palante” lo que pillen. Por el camino
lo desordenan y rompen todo. Ese es el famoso “palantismo” que mencionaba la
virgen de Madrid (virgen por lo de impoluta y santa ya que, al fin y al cabo,
sus 7.291 fallecidos por desatención, abandono y desamparo iban a morir de
todas formas).
Bien, pues esto es lo que yo llamo “pesca de arrastre”.
Históricamente, la derecha ha hecho gala y se ha escudado en su supuesta mejor
gestión de la economía para convencer a los trabajadores de que les den su
voto. Pero ¡vaya mala suerte! Resulta que la economía va mejor que nunca y que
las cifras de desempleo son las mejores en décadas y todo a pesar de pandemia,
guerras y aranceles de Trump, así que hay que apelar irremediablemente a lo
único que les queda, es decir, al patriotismo de banderita —el verdadero
tampoco les vale porque, por desgracia para ellos, Pedro Sánchez ha mejorado la
imagen, el prestigio y la percepción de España en todo el mundo— y a la
corrupción. Lo de las costumbres arcaicas no les da tantos votos ya. Eso se lo
queda la ultraderecha y lo de la seguridad tampoco cuela a pesar del intento de
hacer creer que hay un okupa por cada metro cuadrado o que es normal que te
ocupen tu vivienda mientras bajas al Mercadona a por una tortilla de plástico.
Tras soltar todo tipo de redes, legales e ilegales,
lícitas e ilícitas, éticas y espurias, y recogerlas... han encontrado oro puro.
Corrupción de la buena en el gobierno progresista y en el propio partido
socialista, así que las personas de izquierdas estamos abatidas, frustradas y
desoladas.
Resulta que es precisamente en esa desolación donde se
desvela el abismo que nos separa. Mientras que en la derecha la reacción ante
la podredumbre propia es el cierre de filas, el corporativismo rastrero y la
justificación sistemática de los suyos, en la izquierda el golpe duele en el
alma. Nos abrimos en canal, exigimos responsabilidades fulminantes y nos
desangramos tanto pública como íntimamente. Ese dolor visceral, esa falta de
anestesia ante la deshonestidad, es el precio que pagamos por tener principios
éticos y no meros intereses electorales.
Y es ahí, en nuestro desánimo, donde la pesca de arrastre
celebra su verdadero triunfo. Su fin último nunca fue limpiar las
instituciones, sino inocular el veneno del "todos son iguales" en el
electorado progresista. Saben perfectamente que su votante es fiel y
disciplinado, inmune al desencanto; por eso, su victoria depende de que
nosotros, ante la frustración, tiremos la toalla, nos rindamos al cinismo y nos
quedemos en casa el día de las elecciones. El éxito de su red no es haber
pescado a unos corruptos en la izquierda, sino conseguir que la gente honrada
renuncie a la política. Ahí es donde suele pescar el populismo de la extrema
derecha y eso es realmente peligroso.
La corrupción es un enorme problema. Siempre lo ha sido.
Lleva siglos incrustada en el ADN de las instituciones de este país. Existe en
todos los estamentos, en todas las instancias, en todas las profesiones. Se
asume con una normalidad pasmosa, de la misma manera que siempre se ha
normalizado el defraudar a Hacienda o el pedir una factura sin IVA. Con esa
misma naturalidad se asimilan las mordidas en las recalificaciones de terrenos,
la compra de voluntades o los famosos pelotazos urbanísticos.
Si de verdad aspiramos a un cambio higiénico, a convertir
la corrupción en un estigma socialmente deleznable, la Justicia no puede llevar
una venda que solo tape un ojo. Debe actuar con la misma celeridad y el mismo
peso ante cualquier desmán, sin importar las siglas ni los apellidos. Y eso
incluye al emérito, al misterioso e indescifrable 'M. Rajoy' que nadie logra
identificar, a las presidencias autonómicas de Madrid o Valencia, y a cualquier
exministro y expresidente del Gobierno. Sin embargo, visto lo visto, la venda
de la justicia parece tener demasiados agujeros. Al final, no estamos ante una
cruzada por la limpieza democrática, sino ante una descarnada estrategia de
asalto al poder.
Quienes os defináis como personas de izquierdas, estoy
seguro de que sentiréis la misma desolación que yo; una quiebra interna que se
despliega en tres frentes abiertos. Desolación, en primer lugar, por la
podredumbre descubierta en el seno del gobierno progresista y en el propio
PSOE. Desolación, también, al constatar cómo ciertos sectores de la justicia,
los grandes medios de comunicación y las propias cloacas de las fuerzas de
seguridad del Estado se alinean, por las buenas o por las malas, para derrocar
a un ejecutivo democráticamente elegido. Y desolación, finalmente, ante la
demoledora sospecha de que esta estrategia les servirá para volver a ganar las
elecciones, abriendo de par en par las puertas a una nueva era de recortes
despiadados en nuestros derechos, en nuestra sanidad y en nuestra educación
pública.
Fdo. Diego Bueno.
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