Hay imágenes en las redes
sociales que se quedan grabadas y que obligan a detenerse a reflexionar sobre
lo que está pasando a nuestro alrededor. En estos días he vuelto a ver
fotografías de barrios vulnerables con las calles llenas de suciedad, postales lamentables
de playas tras una jornada multitudinaria o zonas desoladas después de
cualquier evento masivo (conciertos, partido de fútbol, cabalgata de reyes,
procesiones…). Hay una tendencia cada vez más extendida a tirarlo todo al suelo
sin ningún miramiento, amparada en esa cómoda y egoísta idea de que ya vendrá
alguien detrás a recogerlo. Esa falta de respeto por lo común no surge de la
nada ni es un hecho aislado, sino la manifestación visible de un problema mucho
más profundo.
En la España de pleno
siglo XXI y por desgracia, en Andalucía más comúnmente, nos encontramos con
muchas personas que no han recibido en sus hogares una educación adecuada que
promueva la convivencia real y el respeto al entorno compartido. Se trata de
familias en las que no se ha fomentado la libertad individual vinculada al cumplimiento
de unas normas básicas de ciudadanía. Lo más preocupante de esta situación es
que esas personas están criando a sus hijos e hijas bajo el mismo patrón,
transmitiendo las mismas carencias y perpetuando un bucle muy difícil de
romper. Cuando el incivismo se normaliza desde la infancia en el propio hogar,
la calle se convierte simplemente en un vertedero o en un lugar sin ley donde
todo vale, sobre todo cuando existe el amparo del anonimato en la multitud.
Romper esta cadena
intergeneracional es un reto complejo pero imprescindible si queremos construir
una sociedad cohesionada. A mi entender esa ruptura solo es posible actuando
desde tres frentes complementarios que deben remar en la misma dirección. En primer
lugar es fundamental educar a los propios padres y madres, ofreciéndoles
herramientas y acompañamiento para que entiendan la importancia de transmitir
valores de respeto y responsabilidad en el día a día. Muchas veces no se trata
de mala intención, sino de una absoluta falta de referentes y de pautas formativas
en la vida adulta.
En segundo lugar
necesitamos una verdadera presión social articulada mediante la concienciación
comunitaria. No podemos permanecer indiferentes ni mirar hacia otro lado ante
las conductas incívicas en el espacio público. El rechazo ciudadano pedagógico
y las campañas continuadas deben dejar claro que el espacio de todos nos
pertenece a todos y requiere el cuidado de cada uno. La libertad individual
pierde su sentido cuando destruye la convivencia común.
Por último, el papel de
las instituciones educativas resulta determinante. La escuela, el instituto y
la universidad son los espacios públicos por excelencia donde se puede y se
debe compensar lo que a veces no llega desde las familias. El sistema educativo
no puede limitarse a la mera transmisión de contenidos académicos, sino que
debe ejercer de motor de transformación social, enseñando a vivir en comunidad
y cultivando el sentido del bien común desde la infancia. Solo combinando la
formación a las familias, la concienciación social y una educación pública
comprometida seremos capaces de romper este bucle y devolver el valor al
civismo que tanto necesitamos. Sin embargo, el marco educativo debe ir
acompañado de medidas de control firmes y efectivas. Resulta imprescindible
aumentar la vigilancia, dotando de más medios humanos y materiales a las
autoridades para que puedan velar por la convivencia y evitar los desmanes que
vemos a diario en nuestras calles. Esto exige implantar sanciones económicas
ejemplares y verdaderamente disuasorias que vayan de la mano de medidas
reeducativas y que generen un verdadero reproche social en quien las recibe.
Las consecuencias económicas deben ser claras, pero sin olvidar en ningún momento
que la herramienta principal para lograr una sociedad respetuosa y madura
siempre será la educación.
Fdo. Diego Bueno
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