Por el día que es, por las circunstancias especiales, hoy me toca hablar de
mí.
Por la mañana, repartidor de género de alimentación en una C15 con el
carnet de conducir recién sacado; por la tarde, cortador de bacalao. Este fue
mi primer trabajo «formal», por supuesto sin contrato, sin nómina, cobrando por
semanas, totalmente explotado, trabajando diez horas diarias en turno partido y
cobrando 9000 pesetas a la semana (sí, he dicho bien). Así durante nueve meses
en los que me jugaba la vida, literalmente, al tener que conducir con prisas
cada día, meterme en los barrios con más delincuencia de Sevilla (aquella sí
que era delincuencia) y ser víctima de más de un robo, incluido uno en el que
el jefe me acusó de haberme quedado yo con la mercancía sustraída.
Antes, durante y después de esa etapa ya hacía trabajos esporádicos como
juez de línea (mi pasión era y sigue siendo el fútbol) y así me sacaba mi
dinerito para salir a tomar unas cervezas con la que era mi novia (a día de hoy
mi esposa). Fui pintor de brocha gorda en trabajos que me salían. Aprendí
pronto el oficio. Incluso organizaba porras durante los mundiales con papeletas
que vendía para pagarme las vacaciones de camping con los amigos.
Mientras estudiaba delineación industrial, hacía trabajos para los “niños
de papá” que estudiaban ingeniería o arquitectura, dibujándoles las láminas que
ellos debían hacer pero que no hacían porque preferían pagar a gente como yo
para que se las hiciera. De forma esporádica también trabajé haciendo
fotocopias de libros (algo ilegal, claro) por las noches en papelerías que nos
contrataban a puerta cerrada para que no les pillaran. Llegué incluso a tocar
la armónica junto a un amigo en la calle Sierpes para coger dinero para ir a la
feria. No es que viviéramos en la pobreza en mi casa, era simplemente que
sentía la necesidad de ser autosuficiente y buscarme yo las habichuelas.
Supongo que heredé ese hábito de mis padres ya que mi padre, además de ser
trabajador de los astilleros como carpintero, lo compaginaba con un trabajo que
tenía por las tardes en una carpintería de muebles y mi madre, además de ser
ama de casa trabajaba como limpiadora en bloques de pisos desde bien joven.
Tras esos primeros contactos con el mundo laboral, entré como delineante en
EMASESA, la empresa de aguas de Sevilla. El cambio a mejor fue brusco.
Condiciones bastante más dignas, aunque se trataba de un proyecto con fecha de
caducidad que me llevaría directo al paro tras su finalización. Concretamente,
dibujé a escala 1:10000 toda la red de saneamiento del distrito diez de Sevilla,
que es el de mayor extensión y población.
En esa época ya compaginaba trabajo, estudios y la chirigota, con la que,
tras quedar semifinalistas en el carnaval de Cádiz, nos salían actuaciones
todos los fines de semana durante cuatro años. Eso me permitía rascar otro
dinerito para mis gastos además de vivir a fondo y a tope la experiencia del
carnaval.
Durante unos meses fui también pinche de cocina, tanto en el hospital
infantil del Virgen del Rocío como en el de traumatología. Buenas condiciones,
pero solo trabajaba como sustituto en verano. Luego me salió un puesto como
operario en una fábrica de azulejos sevillanos donde el ritmo era cómodo y me
dejó espacio para componer para la última chirigota en la que salí. El problema
vino cuando la fábrica quebró y nos fuimos todos a la calle.
Más adelante, gracias a la titulación de Técnico especialista en máquinas
herramienta que obtuve en el centro donde he ejercido la docencia los últimos
19 años, trabajé como cortador y jefe de equipo en una fábrica de perfiles de
aluminio, desde donde pasé (en el mismo lugar) a una empresa dedicada a la
fabricación de accesorios de aluminio mediante máquinas transfer. Allí aprendí
a fondo mecánica, neumática, hidráulica, sistemas de producción, mantenimiento
electromecánico y automatización. Fueron once años en total. Once años de
explotación y de anécdotas de todo tipo de los que, aún a día de hoy, conservo
pesadillas esporádicas. Cuando eres víctima de acoso laboral ni siquiera eres
consciente del todo, y menos en una época en la que ni siquiera existía ese
término.
Se trataba de la típica empresa familiar en la que el jefe era un fascista
reconocido de los que brindaban con cava cada 20 de noviembre junto a sus cinco
hijos, a cual peor. Usaban todos los métodos propios de la mafia: extorsión,
chantaje, manipulación y acoso. Jugaban con el miedo al despido, cambiaban
órdenes sobre la marcha para culparte a ti de sus errores y minusvaloraban tu
esfuerzo para destruirte la autoestima y volverte dócil. Relegaban al incómodo,
cambiaban turnos solo para joder la vida familiar y te hacían sentir que
ponerse enfermo o exigir tus derechos era una traición al amo que te daba de
comer. Daban por hecho que las horas extras se regalasen y buscaban siempre la
coartada perfecta para echar a los trabajadores sin pagar un duro.
Sé que hay gente que piensa que mi posicionamiento en la izquierda tiene su
origen en esa mala experiencia, pero se equivocan. He podido comprobar a lo
largo de los años que lo mío no fue un caso aislado. Era y sigue siendo lo
habitual en un porcentaje altísimo del empresariado, la explotación pura y dura
de los trabajadores. Allí padecí en mis carnes lo peor del ser humano, la falta
absoluta de escrúpulos con tal de mantener un estatus, un beneficio económico y
un abuso de poder impune.
El nacimiento de mi hijo David, con los problemas de salud con los que vino
al mundo, me hizo dejar aquel trabajo y me abrió los ojos a una luz nueva.
Trabajé como amo de casa (eso sí, sin remuneración alguna, al igual que todas
las amas de casa históricamente) y educador de mis hijos durante cuatro años
(algo de lo que me siento tan orgulloso como profundamente agradecido a la
vida). Tras esa etapa surgió la posibilidad de convertirme en profesor de
formación profesional en mi especialidad (mecanizado y mantenimiento de
máquinas) y no lo dudé un solo segundo. La docencia siempre me atrajo, siempre
fue mi verdadera pasión. Ya la ejercía de forma natural en la empresa enseñando
a los nuevos compañeros que se incorporaban, y me apasionaba.
Como docente he ejercido durante los últimos 20 años, compaginando el
trabajo diario en el aula y taller con oposiciones, más estudios universitarios
y la participación en proyectos ilusionantes que me han hecho crecer, a partes
iguales, como persona y como profesional. La pedagogía aplicada siempre ha sido
una de mis grandes pasiones, la brújula que ha guiado cada una de mis
decisiones metodológicas.
Ha sido una trayectoria profesional intensamente rica, variada y llena de
aprendizajes continuos. Un camino que no solo me ha proporcionado el sustento
vital y autosuficiencia, sino que ha reforzado mi autoestima a base de retos
superados. A lo largo de estas más de cuatro décadas he tenido la oportunidad
de conocer lo mejor y lo peor de la condición humana, pero, sobre todo, este
camino me ha regalado a compañeros excelentes, muchos de los cuales son hoy
amigos imprescindibles.
Me quedo, sin dudarlo un solo segundo, con esta última etapa que ha sido
también la más extensa de mi vida profesional, la docencia. Ese contacto
permanente y cotidiano con el alumnado me ha mantenido conectado en todo
momento con las nuevas generaciones, con sus inquietudes, sus códigos y sus formas
de ver la vida. Siempre he defendido que convivir a diario con la juventud es
el verdadero secreto para mantener la mente fresca y el espíritu joven a pesar
del inevitable paso de los años. Como decía mi querido y admirado amigo
Anastasio (D.E.P.) en uno de nuestros monólogos, tirando de esa ironía tan
suya, «Lo peor de esto es que ellos siempre tienen la misma edad y nosotros, en
cambio, cada año sumamos uno más».
Es, sin duda para mí, la profesión más bonita del mundo. ¡La educación! Esa
ventana privilegiada desde la que aportar mi pequeño granito de arena para
construir una sociedad un poco mejor. Además, me ha brindado la oportunidad de
viajar al extranjero, impregnarme de otras culturas, conocer de cerca distintos
sistemas educativos y, sobre todo, traer, incorporar, disfrutar y transmitir
todo lo aprendido a mi día a día. He tenido la suerte de ir aplicando las
nuevas metodologías pedagógicas que iban surgiendo, impulsado por esa inquietud
por no quedarme nunca obsoleto, sumando cursos y más cursos para seguir
aprendiendo: Inteligencia emocional, prevención del acoso escolar, coeducación,
nuevas tecnologías aplicadas a las aulas, automatización e incluso las
herramientas de inteligencia artificial que hoy revolucionan la enseñanza. Todo
con el único fin de dar siempre lo mejor de mí a quienes tenía enfrente.
Y es que, por extraño que pudiera parecer, la tarea más repetida y
auténtica de un buen docente es la de aprender.
Aprender, evolucionar, descubrir y disfrutar. Disfrutar del enriquecimiento
personal para después compartirlo con el pasillo, el taller y el aula a base de
pura pasión. He tenido el inmenso privilegio de presenciar el milagro de tantos
chavales acostumbrados al fracaso escolar, desahuciados o señalados por su
propio entorno, que de pronto encontraban una chispa, conseguían titular y
abrían de par en par las puertas a un futuro laboral digno. Ver y ser partícipe
de ese cambio de mirada y el chute de autoestima en un chaval que ya no
esperaba nada de sí mismo es, sencillamente, la mayor recompensa que esta
profesión me ha podido regalar.
He tenido la inestimable oportunidad de participar de primera mano y con
absoluta entrega en la vida activa del IES El Arenal de Dos Hermanas. Durante
muchísimos años he disfrutado enormemente organizando e impartiendo charlas
sobre enfermedades poco frecuentes para visibilizar realidades que nos tocan de
cerca, divulgando sobre flamenco y flamencología para poner en valor nuestras
raíces, y promoviendo y participando en actuaciones musicales de todo tipo que
llenaban de vida los pasillos. Sin olvidar, por supuesto, la organización de
campeonatos de ajedrez o de torneos de pádel, momentos de convivencia pura más
allá del aula.
Todo ello compartido con compañeros y compañeras inolvidables con quienes
he sintonizado, he colaborado hombro con hombro y he construido proyectos
hermosos que me han dejado infinidad de satisfacciones personales y
profesionales, incluidos premios a nivel nacional y autonómico. Como también he
peleado, con la misma fuerza, contra todo lo que consideraba nocivo para el
alumnado y la educación, siendo el máximo exponente de esa batalla mi postura
firme contra la llamada formación dual.
Sin embargo, a raíz de la conversión del centro en CPIFP en 2021 (o al
menos coincidiendo en el tiempo con esa transformación y, supongo que influido
también por mi enfermedad), fui dándome cuenta de que mis fuerzas pedían otro
ritmo. De forma progresiva, fui apartándome de la primera línea en la
participación y vida activa del centro para centrarme en lo esencial: el
trabajo en el aula y taller con mi alumnado y el cuidado de mi salud.
Mirando atrás, a cada etapa, a cada paso y a cada aprendizaje de este largo
recorrido, no puedo por menos que estar infinitamente agradecido a la vida por
tanto. Me he sentido siempre, en general, profundamente valorado, apreciado,
respetado y querido, tanto por los compañeros con los que he compartido
trinchera como por el alumnado que ha pasado por mis aulas. Sentir ese afecto
sincero y saber que tu paso por la vida de los demás ha dejado una huella
positiva es, sin duda, la mayor recompensa a la que se puede aspirar.
Termino mi vida profesional con el corazón lleno, con la serenidad que da
la tranquilidad del deber cumplido en cada etapa y con la certeza absoluta de
que cada esfuerzo, cada mala noche y cada ilusión puesta en el camino han
merecido, con creces, la pena.
Hoy, 2 de septiembre de 2026, se cierra el ciclo de mi carrera profesional
y paso a ser jubilado. Una jubilación voluntaria a la que llego antes de lo
previsto porque, a veces, el cuerpo marca sus propios tiempos y la salud manda,
obligándome a tomar una decisión que no era ni deseada ni esperada. Pero toca
encarar un proceso de adaptación, concienciación y aceptación que creo que ya
está superado. Entro en otra etapa. La vida no es más que una sucesión de
etapas y esta no me da ningún miedo porque la conozco, la entiendo y la deseo. Toca
dedicarme a mi familia, algo que siempre he hecho pero ahora ya de pleno,
volcado en mis hijos, en mi esposa y en mí mismo. Al deporte en la medida en
que el cuerpo me lo permita, a escribir, tal como llevo haciendo desde que
tenía 12 años, a disfrutar de lo pequeño y de lo grande, a cuidar sin prisa las
amistades elegidas conscientemente... Y a asumir con orgullo mi nuevo cometido
como amo de casa y preparador para las oposiciones de mi hijo David. Como
sabéis, David es una persona con discapacidad, y eso hace que todo este reto
sea más complicado, más intenso y, al mismo tiempo, infinitamente más
ilusionante y bonito.
Estos son mis objetivos. Básicamente disfrutar de la vida, del mucho o poco
tiempo que me quede, a otras velocidades, buscando la calma y la serenidad pero
procurando que jamás se apaguen mis pasiones ni mis inquietudes. Procurando no
dejar de aprender, sea lo que sea, disfrutando a tope de mi música (la que
escucho y la que hago), creyendo en el amor como siempre, defendiendo la
justicia social y saboreando cada momento con las personas a las que quiero y
que me quieren. Familia y amigos.
Gracias a quienes habéis contribuido a que mi vida profesional mereciera la
pena.
Fdo. Diego Bueno