martes, 1 de septiembre de 2026

HABLEMOS DE MI JUBILACIÓN... ¡POR FIN!

 

Por el día que es, por las circunstancias especiales, hoy me toca hablar de mí.

Por la mañana, repartidor de género de alimentación en una C15 con el carnet de conducir recién sacado; por la tarde, cortador de bacalao. Este fue mi primer trabajo «formal», por supuesto sin contrato, sin nómina, cobrando por semanas, totalmente explotado, trabajando diez horas diarias en turno partido y cobrando 9000 pesetas a la semana (sí, he dicho bien). Así durante nueve meses en los que me jugaba la vida, literalmente, al tener que conducir con prisas cada día, meterme en los barrios con más delincuencia de Sevilla (aquella sí que era delincuencia) y ser víctima de más de un robo, incluido uno en el que el jefe me acusó de haberme quedado yo con la mercancía sustraída.

Antes, durante y después de esa etapa ya hacía trabajos esporádicos como juez de línea (mi pasión era y sigue siendo el fútbol) y así me sacaba mi dinerito para salir a tomar unas cervezas con la que era mi novia (a día de hoy mi esposa). Fui pintor de brocha gorda en trabajos que me salían. Aprendí pronto el oficio. Incluso organizaba porras durante los mundiales con papeletas que vendía para pagarme las vacaciones de camping con los amigos.

Mientras estudiaba delineación industrial, hacía trabajos para los “niños de papá” que estudiaban ingeniería o arquitectura, dibujándoles las láminas que ellos debían hacer pero que no hacían porque preferían pagar a gente como yo para que se las hiciera. De forma esporádica también trabajé haciendo fotocopias de libros (algo ilegal, claro) por las noches en papelerías que nos contrataban a puerta cerrada para que no les pillaran. Llegué incluso a tocar la armónica junto a un amigo en la calle Sierpes para coger dinero para ir a la feria. No es que viviéramos en la pobreza en mi casa, era simplemente que sentía la necesidad de ser autosuficiente y buscarme yo las habichuelas. Supongo que heredé ese hábito de mis padres ya que mi padre, además de ser trabajador de los astilleros como carpintero, lo compaginaba con un trabajo que tenía por las tardes en una carpintería de muebles y mi madre, además de ser ama de casa trabajaba como limpiadora en bloques de pisos desde bien joven.

Tras esos primeros contactos con el mundo laboral, entré como delineante en EMASESA, la empresa de aguas de Sevilla. El cambio a mejor fue brusco. Condiciones bastante más dignas, aunque se trataba de un proyecto con fecha de caducidad que me llevaría directo al paro tras su finalización. Concretamente, dibujé a escala 1:10000 toda la red de saneamiento del distrito diez de Sevilla, que es el de mayor extensión y población.

En esa época ya compaginaba trabajo, estudios y la chirigota, con la que, tras quedar semifinalistas en el carnaval de Cádiz, nos salían actuaciones todos los fines de semana durante cuatro años. Eso me permitía rascar otro dinerito para mis gastos además de vivir a fondo y a tope la experiencia del carnaval.

Durante unos meses fui también pinche de cocina, tanto en el hospital infantil del Virgen del Rocío como en el de traumatología. Buenas condiciones, pero solo trabajaba como sustituto en verano. Luego me salió un puesto como operario en una fábrica de azulejos sevillanos donde el ritmo era cómodo y me dejó espacio para componer para la última chirigota en la que salí. El problema vino cuando la fábrica quebró y nos fuimos todos a la calle.

Más adelante, gracias a la titulación de Técnico especialista en máquinas herramienta que obtuve en el centro donde he ejercido la docencia los últimos 19 años, trabajé como cortador y jefe de equipo en una fábrica de perfiles de aluminio, desde donde pasé (en el mismo lugar) a una empresa dedicada a la fabricación de accesorios de aluminio mediante máquinas transfer. Allí aprendí a fondo mecánica, neumática, hidráulica, sistemas de producción, mantenimiento electromecánico y automatización. Fueron once años en total. Once años de explotación y de anécdotas de todo tipo de los que, aún a día de hoy, conservo pesadillas esporádicas. Cuando eres víctima de acoso laboral ni siquiera eres consciente del todo, y menos en una época en la que ni siquiera existía ese término.

Se trataba de la típica empresa familiar en la que el jefe era un fascista reconocido de los que brindaban con cava cada 20 de noviembre junto a sus cinco hijos, a cual peor. Usaban todos los métodos propios de la mafia: extorsión, chantaje, manipulación y acoso. Jugaban con el miedo al despido, cambiaban órdenes sobre la marcha para culparte a ti de sus errores y minusvaloraban tu esfuerzo para destruirte la autoestima y volverte dócil. Relegaban al incómodo, cambiaban turnos solo para joder la vida familiar y te hacían sentir que ponerse enfermo o exigir tus derechos era una traición al amo que te daba de comer. Daban por hecho que las horas extras se regalasen y buscaban siempre la coartada perfecta para echar a los trabajadores sin pagar un duro.

Sé que hay gente que piensa que mi posicionamiento en la izquierda tiene su origen en esa mala experiencia, pero se equivocan. He podido comprobar a lo largo de los años que lo mío no fue un caso aislado. Era y sigue siendo lo habitual en un porcentaje altísimo del empresariado, la explotación pura y dura de los trabajadores. Allí padecí en mis carnes lo peor del ser humano, la falta absoluta de escrúpulos con tal de mantener un estatus, un beneficio económico y un abuso de poder impune.

El nacimiento de mi hijo David, con los problemas de salud con los que vino al mundo, me hizo dejar aquel trabajo y me abrió los ojos a una luz nueva. Trabajé como amo de casa (eso sí, sin remuneración alguna, al igual que todas las amas de casa históricamente) y educador de mis hijos durante cuatro años (algo de lo que me siento tan orgulloso como profundamente agradecido a la vida). Tras esa etapa surgió la posibilidad de convertirme en profesor de formación profesional en mi especialidad (mecanizado y mantenimiento de máquinas) y no lo dudé un solo segundo. La docencia siempre me atrajo, siempre fue mi verdadera pasión. Ya la ejercía de forma natural en la empresa enseñando a los nuevos compañeros que se incorporaban, y me apasionaba.

Como docente he ejercido durante los últimos 20 años, compaginando el trabajo diario en el aula y taller con oposiciones, más estudios universitarios y la participación en proyectos ilusionantes que me han hecho crecer, a partes iguales, como persona y como profesional. La pedagogía aplicada siempre ha sido una de mis grandes pasiones, la brújula que ha guiado cada una de mis decisiones metodológicas.

Ha sido una trayectoria profesional intensamente rica, variada y llena de aprendizajes continuos. Un camino que no solo me ha proporcionado el sustento vital y autosuficiencia, sino que ha reforzado mi autoestima a base de retos superados. A lo largo de estas más de cuatro décadas he tenido la oportunidad de conocer lo mejor y lo peor de la condición humana, pero, sobre todo, este camino me ha regalado a compañeros excelentes, muchos de los cuales son hoy amigos imprescindibles.

Me quedo, sin dudarlo un solo segundo, con esta última etapa que ha sido también la más extensa de mi vida profesional, la docencia. Ese contacto permanente y cotidiano con el alumnado me ha mantenido conectado en todo momento con las nuevas generaciones, con sus inquietudes, sus códigos y sus formas de ver la vida. Siempre he defendido que convivir a diario con la juventud es el verdadero secreto para mantener la mente fresca y el espíritu joven a pesar del inevitable paso de los años. Como decía mi querido y admirado amigo Anastasio (D.E.P.) en uno de nuestros monólogos, tirando de esa ironía tan suya, «Lo peor de esto es que ellos siempre tienen la misma edad y nosotros, en cambio, cada año sumamos uno más».

Es, sin duda para mí, la profesión más bonita del mundo. ¡La educación! Esa ventana privilegiada desde la que aportar mi pequeño granito de arena para construir una sociedad un poco mejor. Además, me ha brindado la oportunidad de viajar al extranjero, impregnarme de otras culturas, conocer de cerca distintos sistemas educativos y, sobre todo, traer, incorporar, disfrutar y transmitir todo lo aprendido a mi día a día. He tenido la suerte de ir aplicando las nuevas metodologías pedagógicas que iban surgiendo, impulsado por esa inquietud por no quedarme nunca obsoleto, sumando cursos y más cursos para seguir aprendiendo: Inteligencia emocional, prevención del acoso escolar, coeducación, nuevas tecnologías aplicadas a las aulas, automatización e incluso las herramientas de inteligencia artificial que hoy revolucionan la enseñanza. Todo con el único fin de dar siempre lo mejor de mí a quienes tenía enfrente.

Y es que, por extraño que pudiera parecer, la tarea más repetida y auténtica de un buen docente es la de aprender.

Aprender, evolucionar, descubrir y disfrutar. Disfrutar del enriquecimiento personal para después compartirlo con el pasillo, el taller y el aula a base de pura pasión. He tenido el inmenso privilegio de presenciar el milagro de tantos chavales acostumbrados al fracaso escolar, desahuciados o señalados por su propio entorno, que de pronto encontraban una chispa, conseguían titular y abrían de par en par las puertas a un futuro laboral digno. Ver y ser partícipe de ese cambio de mirada y el chute de autoestima en un chaval que ya no esperaba nada de sí mismo es, sencillamente, la mayor recompensa que esta profesión me ha podido regalar.

He tenido la inestimable oportunidad de participar de primera mano y con absoluta entrega en la vida activa del IES El Arenal de Dos Hermanas. Durante muchísimos años he disfrutado enormemente organizando e impartiendo charlas sobre enfermedades poco frecuentes para visibilizar realidades que nos tocan de cerca, divulgando sobre flamenco y flamencología para poner en valor nuestras raíces, y promoviendo y participando en actuaciones musicales de todo tipo que llenaban de vida los pasillos. Sin olvidar, por supuesto, la organización de campeonatos de ajedrez o de torneos de pádel, momentos de convivencia pura más allá del aula.

Todo ello compartido con compañeros y compañeras inolvidables con quienes he sintonizado, he colaborado hombro con hombro y he construido proyectos hermosos que me han dejado infinidad de satisfacciones personales y profesionales, incluidos premios a nivel nacional y autonómico. Como también he peleado, con la misma fuerza, contra todo lo que consideraba nocivo para el alumnado y la educación, siendo el máximo exponente de esa batalla mi postura firme contra la llamada formación dual.

Sin embargo, a raíz de la conversión del centro en CPIFP en 2021 (o al menos coincidiendo en el tiempo con esa transformación y, supongo que influido también por mi enfermedad), fui dándome cuenta de que mis fuerzas pedían otro ritmo. De forma progresiva, fui apartándome de la primera línea en la participación y vida activa del centro para centrarme en lo esencial: el trabajo en el aula y taller con mi alumnado y el cuidado de mi salud.

Mirando atrás, a cada etapa, a cada paso y a cada aprendizaje de este largo recorrido, no puedo por menos que estar infinitamente agradecido a la vida por tanto. Me he sentido siempre, en general, profundamente valorado, apreciado, respetado y querido, tanto por los compañeros con los que he compartido trinchera como por el alumnado que ha pasado por mis aulas. Sentir ese afecto sincero y saber que tu paso por la vida de los demás ha dejado una huella positiva es, sin duda, la mayor recompensa a la que se puede aspirar.

Termino mi vida profesional con el corazón lleno, con la serenidad que da la tranquilidad del deber cumplido en cada etapa y con la certeza absoluta de que cada esfuerzo, cada mala noche y cada ilusión puesta en el camino han merecido, con creces, la pena.

Hoy, 2 de septiembre de 2026, se cierra el ciclo de mi carrera profesional y paso a ser jubilado. Una jubilación voluntaria a la que llego antes de lo previsto porque, a veces, el cuerpo marca sus propios tiempos y la salud manda, obligándome a tomar una decisión que no era ni deseada ni esperada. Pero toca encarar un proceso de adaptación, concienciación y aceptación que creo que ya está superado. Entro en otra etapa. La vida no es más que una sucesión de etapas y esta no me da ningún miedo porque la conozco, la entiendo y la deseo. Toca dedicarme a mi familia, algo que siempre he hecho pero ahora ya de pleno, volcado en mis hijos, en mi esposa y en mí mismo. Al deporte en la medida en que el cuerpo me lo permita, a escribir, tal como llevo haciendo desde que tenía 12 años, a disfrutar de lo pequeño y de lo grande, a cuidar sin prisa las amistades elegidas conscientemente... Y a asumir con orgullo mi nuevo cometido como amo de casa y preparador para las oposiciones de mi hijo David. Como sabéis, David es una persona con discapacidad, y eso hace que todo este reto sea más complicado, más intenso y, al mismo tiempo, infinitamente más ilusionante y bonito.

Estos son mis objetivos. Básicamente disfrutar de la vida, del mucho o poco tiempo que me quede, a otras velocidades, buscando la calma y la serenidad pero procurando que jamás se apaguen mis pasiones ni mis inquietudes. Procurando no dejar de aprender, sea lo que sea, disfrutando a tope de mi música (la que escucho y la que hago), creyendo en el amor como siempre, defendiendo la justicia social y saboreando cada momento con las personas a las que quiero y que me quieren. Familia y amigos.

Gracias a quienes habéis contribuido a que mi vida profesional mereciera la pena.

Fdo. Diego Bueno

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