Recuerdo cuando Paul McCartney, con apenas veintitantos años y la cara
limpia de arrugas, nos cantaba aquello de “When I’m Sixty-Four”. Con esas
edades, los sesenta nos parecían un territorio desconocido, alejado y oculto,
casi de ciencia ficción. Una frontera lejana donde la vida se volvía de color
sepia, de chimenea, mecedora y babuchas de invierno a cuadros. En la canción
nos preguntaba si todavía lo necesitaríamos, si todavía lo alimentaríamos
cuando el calendario alcanzara esa cifra.
Hoy, tras haber cruzado ya ese umbral y mirar el espejo, uno no puede
evitar sonreír de medio lado. La respuesta a la vieja canción de “mis Beatles”
no es de nostalgia, sino de una rotunda y serena presencia. Sí, Paul, aquí
estoy. Y no estoy apagándome, al contrario, estoy encendiendo las luces más
cálidas de la casa. Dice mi esposa que soy el tonto de las lucecitas. Supongo
que es una forma inconsciente de añadir color a mi entorno y por tanto a mi
nueva vida de jubilado.
Ser sesentón es, ante todo, haber conquistado el derecho de caminar sin
prisa. Durante décadas hemos corrido por las metas, por los hijos, por la
profesión, por el mañana o, simplemente, porque sí. Ahora, casi de repente, el
mañana se ha convertido en un ahora espacioso. Llega esta edad en la que los
días transcurren despacio a la vez que los años pasan rápido. Ya no miramos
para juzgar, sino para comprender y sumergirnos en la realidad. Hay una poesía
callada en observar cómo cae la tarde, en escuchar un viejo acorde de guitarra
o en saborear un café por la mañana sintiendo que somos dueños casi absolutos
de nuestro tiempo. Hemos aprendido a viajar ligeros de equipaje, dejando caer
por el camino los compromisos que solo eran compromiso, y las ganas de
convencer a nadie de nada, para quedarnos solo con lo esencial, que es un
puñado de buenos amigos, las canciones que nunca fallan y el amor que ha sabido
madurar.
Sin embargo, a los sesenta, la mochila también pesa. La vida es un poliedro
que nos ha mostrado sus peores caras y sus más afiladas aristas. Hemos caminado
lo suficiente como para conocer la pérdida y haber tenido que despedir a seres
que eran parte de nosotros, de nuestra propia esencia. A veces pienso en ese
partido que ya no jugaremos, en esa voz que ya no volveré a escuchar, en ese
escenario que de pronto se queda a oscuras, en esas escaleras que ahora se
resisten a ser subidas o en aquellos gestos cotidianos que ya nunca se me
contagiarán. Sin embargo, es precisamente ahora cuando aprendemos a mirar el
dolor con otros ojos. Llega un momento en que decidimos dejar de mirar más allá
de donde podemos ver, comprendiendo que la ausencia nunca se sitúa en el
horizonte sino en la forma en que el alma recuerda lo perdido. Cuando los ojos
se cansan de confirmar los vacíos, los cerramos despacio, como quien clausura
una casa que se abandona, y decidimos simplemente sentir.
En esa penumbra voluntaria y madura descubrimos que amar no es retener una
presencia, sino consentir que su huella siga latiendo sin exigirle regreso.
Aprendemos a encontrar a quienes se fueron en la tibieza de nuestras propias
manos, en la cicatriz dulce de la memoria, en ese rincón del alma donde lo
perdido no desaparece, sino que aprende a convertirse en luz.
Y en ese mismo aprendizaje de la madurez, descubrimos también la inmensa
gratitud hacia aquellos que nos sostuvieron en el camino. Recordamos con
ternura los momentos en que se caían nuestros cielos, cuando se nos torcía la
voz, cuando los miedos nos miraban de frente o cuando el sendero plano de
repente se hacía pendiente. Es en esas horas difíciles, cuando la esperanza
parecía querer abandonar, donde siempre apareció una mano dispuesta a
sostenernos, una presencia silenciosa y atenta que nunca nos dejó atrás. Por
eso, ahora que empezamos a hacer balance, buscamos las claridades del horizonte
para agradecer de frente, con el corazón abierto, a quienes nos acompañaron a
pie de calle sin pedir nada a cambio.
Dicen que la juventud es un fuego impetuoso que busca devorarlo todo. Los
sesenta, en cambio, son la cálida belleza de las brasas. Hemos jubilado al ego
y le hemos dado la bienvenida a la ternura. Ya no nos importa ser el centro del
escenario y preferimos disfrutar viendo crecer a los nuestros, compartiendo lo
aprendido no como una lección magistral, sino como quien ofrece un vaso de agua
fresca en mitad del camino.
Llegar aquí es una victoria cotidiana y hermosa, un estado de gracia donde
los bolsillos se llenan de proyectos (unos nuevos y otros para ser retomados),
de viajes pendientes, de letras, muchas letras, guardadas en un cajón y de
risas compartidas. Paul se preguntaba si nos querrían al llegar a esta edad y
la respuesta es que nos queremos más que nunca a nosotros mismos y al mundo
cercano que nos rodea. Porque a pesar de las cicatrices, o precisamente gracias
a ellas, por primera vez en la vida ya no solo miramos pasar los días, sino que
los sentimos enteros y en su más maravillosa plenitud. Con todo el
agradecimiento del mundo por cada año ganado, no solo vivido, y por preservar
intactas las ganas de vivir mucho más.
Fdo. Diego Bueno
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