martes, 14 de julio de 2026

HABLEMOS DE “SER UN SESENTÓN” ... ¡POR FIN!

 

Recuerdo cuando Paul McCartney, con apenas veintitantos años y la cara limpia de arrugas, nos cantaba aquello de “When I’m Sixty-Four”. Con esas edades, los sesenta nos parecían un territorio desconocido, alejado y oculto, casi de ciencia ficción. Una frontera lejana donde la vida se volvía de color sepia, de chimenea, mecedora y babuchas de invierno a cuadros. En la canción nos preguntaba si todavía lo necesitaríamos, si todavía lo alimentaríamos cuando el calendario alcanzara esa cifra.

Hoy, tras haber cruzado ya ese umbral y mirar el espejo, uno no puede evitar sonreír de medio lado. La respuesta a la vieja canción de “mis Beatles” no es de nostalgia, sino de una rotunda y serena presencia. Sí, Paul, aquí estoy. Y no estoy apagándome, al contrario, estoy encendiendo las luces más cálidas de la casa. Dice mi esposa que soy el tonto de las lucecitas. Supongo que es una forma inconsciente de añadir color a mi entorno y por tanto a mi nueva vida de jubilado.

Ser sesentón es, ante todo, haber conquistado el derecho de caminar sin prisa. Durante décadas hemos corrido por las metas, por los hijos, por la profesión, por el mañana o, simplemente, porque sí. Ahora, casi de repente, el mañana se ha convertido en un ahora espacioso. Llega esta edad en la que los días transcurren despacio a la vez que los años pasan rápido. Ya no miramos para juzgar, sino para comprender y sumergirnos en la realidad. Hay una poesía callada en observar cómo cae la tarde, en escuchar un viejo acorde de guitarra o en saborear un café por la mañana sintiendo que somos dueños casi absolutos de nuestro tiempo. Hemos aprendido a viajar ligeros de equipaje, dejando caer por el camino los compromisos que solo eran compromiso, y las ganas de convencer a nadie de nada, para quedarnos solo con lo esencial, que es un puñado de buenos amigos, las canciones que nunca fallan y el amor que ha sabido madurar.

Sin embargo, a los sesenta, la mochila también pesa. La vida es un poliedro que nos ha mostrado sus peores caras y sus más afiladas aristas. Hemos caminado lo suficiente como para conocer la pérdida y haber tenido que despedir a seres que eran parte de nosotros, de nuestra propia esencia. A veces pienso en ese partido que ya no jugaremos, en esa voz que ya no volveré a escuchar, en ese escenario que de pronto se queda a oscuras, en esas escaleras que ahora se resisten a ser subidas o en aquellos gestos cotidianos que ya nunca se me contagiarán. Sin embargo, es precisamente ahora cuando aprendemos a mirar el dolor con otros ojos. Llega un momento en que decidimos dejar de mirar más allá de donde podemos ver, comprendiendo que la ausencia nunca se sitúa en el horizonte sino en la forma en que el alma recuerda lo perdido. Cuando los ojos se cansan de confirmar los vacíos, los cerramos despacio, como quien clausura una casa que se abandona, y decidimos simplemente sentir.

En esa penumbra voluntaria y madura descubrimos que amar no es retener una presencia, sino consentir que su huella siga latiendo sin exigirle regreso. Aprendemos a encontrar a quienes se fueron en la tibieza de nuestras propias manos, en la cicatriz dulce de la memoria, en ese rincón del alma donde lo perdido no desaparece, sino que aprende a convertirse en luz.

Y en ese mismo aprendizaje de la madurez, descubrimos también la inmensa gratitud hacia aquellos que nos sostuvieron en el camino. Recordamos con ternura los momentos en que se caían nuestros cielos, cuando se nos torcía la voz, cuando los miedos nos miraban de frente o cuando el sendero plano de repente se hacía pendiente. Es en esas horas difíciles, cuando la esperanza parecía querer abandonar, donde siempre apareció una mano dispuesta a sostenernos, una presencia silenciosa y atenta que nunca nos dejó atrás. Por eso, ahora que empezamos a hacer balance, buscamos las claridades del horizonte para agradecer de frente, con el corazón abierto, a quienes nos acompañaron a pie de calle sin pedir nada a cambio.

Dicen que la juventud es un fuego impetuoso que busca devorarlo todo. Los sesenta, en cambio, son la cálida belleza de las brasas. Hemos jubilado al ego y le hemos dado la bienvenida a la ternura. Ya no nos importa ser el centro del escenario y preferimos disfrutar viendo crecer a los nuestros, compartiendo lo aprendido no como una lección magistral, sino como quien ofrece un vaso de agua fresca en mitad del camino.

Llegar aquí es una victoria cotidiana y hermosa, un estado de gracia donde los bolsillos se llenan de proyectos (unos nuevos y otros para ser retomados), de viajes pendientes, de letras, muchas letras, guardadas en un cajón y de risas compartidas. Paul se preguntaba si nos querrían al llegar a esta edad y la respuesta es que nos queremos más que nunca a nosotros mismos y al mundo cercano que nos rodea. Porque a pesar de las cicatrices, o precisamente gracias a ellas, por primera vez en la vida ya no solo miramos pasar los días, sino que los sentimos enteros y en su más maravillosa plenitud. Con todo el agradecimiento del mundo por cada año ganado, no solo vivido, y por preservar intactas las ganas de vivir mucho más.

Fdo. Diego Bueno

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