sábado, 12 de septiembre de 2026

HABLEMOS DE ¿VIVIMOS TIEMPOS DE MAYOR FALTA DE EMPATÍA?... ¡POR FIN!

 

Al menos entre la gente de mi edad, existe una sensación compartida, un tema recurrente, casi unánime en cualquier conversación me atrevo a decir. Se trata de la firme convicción de que vivimos en una sociedad cada vez más egoísta, más insensible y desprovista de valores éticos básicos. Es como que observas que cada cual va a lo suyo y se olvida de que debemos convivir y, por consiguiente, debe haber unas normas para que esa convivencia sea factible y agradable para todos. Miramos a nuestro alrededor y nos invade la amarga certeza de que la empatía cotiza a la baja y de que cualquier tiempo pasado fue, sin duda alguna, infinitamente mejor.

Mucho me temo que esta percepción tiene dos caras: una parte de trampa mental y otra, bastante más amarga, de realidad pura y dura.

Comencemos por desmontar la primera parte. Según lo que he podido investigar, resulta que el hecho de que la ciudadanía sienta que la moral pública se desmorona no es un invento del siglo XXI. Se trata de un mecanismo psicológico viejo como la propia humanidad: el sesgo de declive o la ilusión del "tiempos pasados fueron mejores". La explicación científica es, simple y llanamente, una cuestión de supervivencia cognitiva. Nuestro cerebro, en su afán por protegernos, tiende a filtrar los recuerdos desagradables del pasado y a conservar los positivos (“declinación rosada”, se llama), mientras que el presente nos impacta en tiempo real con toda su crudeza, ruido y sobreinformación.

A esto se le suma la brecha generacional. Cada generación adulta juzga a los jóvenes desde la comodidad de quien ya ha superado los titubeos, miedos, incertidumbres y choques con muros típicos de la juventud, olvidando sus propios errores y proyectando una nostalgia idealizada de su propia época. Por lo visto, ya en la Grecia clásica, Sócrates se quejaba de que los jóvenes de su tiempo eran tiranos, no respetaban a los mayores y despreciaban la autoridad. Como podéis comprobar… ¡nada nuevo!

Hasta aquí, la trampa de la memoria. Pero quedarse únicamente en la explicación psicológica para justificar el malestar actual sería una coartada cómoda para no mirar de frente a la realidad. Porque, al margen de los engaños de la mente, hay algo que se ha roto en el tejido social. Y aquí es donde la sociología nos ofrece respuestas certeras. El sociólogo Zygmunt Bauman (uno de mis admirados) definió con maestría el terreno que pisamos al bautizar nuestra era como la Modernidad Líquida.

En la modernidad sólida —la de nuestras madres y padres—, la vida se vertebraba sobre instituciones fuertes y perdurables: empleos estables para toda la vida, comunidades de vecinos con lazos sólidos, familias con horizontes claros y un sentido de pertenencia compartido. Las reglas del juego eran previsibles y los compromisos se firmaban a largo plazo. Los roles, incluso los estereotipados, estaban perfectamente definidos y delimitados. Todo eso era sólido, sinónimo de seguridad y estabilidad.

Hoy, todo eso se ha derretido. Vivimos sumergidos en una liquidez donde nada dura, nada se consolida y donde la velocidad se ha convertido en el valor supremo. Supongo que es el precio de la libertad y la igualdad de derechos y oportunidades. Para comprender por qué sentimos que la empatía se evapora, conviene analizar cómo esta liquidez ha dinamitado nuestra convivencia a través de varios ejes fundamentales:

Por una parte nos han vendido la moto de que somos infinitamente libres porque podemos elegir entre cien tipos de yogures o cambiar de perfil en una red social. ¡Mentira! Se trata de una libertad de consumo, no de una libertad real. Nos han dejado solos frente a los problemas estructurales, transformando las luchas colectivas por derechos en batallas individuales donde cada cual debe buscarse la vida.

En la sociedad sólida, la persona se definía por su aportación o su trabajo; hoy nos conciben simple y llanamente como consumidores. La identidad ya no se construye a base de coherencia y valores, sino que se compra y se descarta según la moda de turno. El gran temor del ciudadano contemporáneo no es faltar a la ética, sino quedarse obsoleto o excluido del mercado.

En la era de las prisas, la inmediatez y el clic, el tiempo ha dejado de ser una línea continua de progreso para convertirse en una sucesión de momentos desconectados. La propia rutina es, en sí, una especie de scroll infinito impulsado por esa prótesis tecnológica en la que se ha convertido el teléfono móvil. Ya hay estudios completamente fiables han demostrado cómo la pantalla ha erosionado la conversación cara a cara, ese espacio imprescindible donde la mirada, el tono y el silencio del otro nos obligan a ejercitar la empatía real. En esta cultura de lo efímero, el compromiso a largo plazo (con una pareja, con un proyecto, con una causa) se percibe como una carga molesta que resta libertad. Al intermediar nuestra convivencia a través de un cristal, evitamos la incomodidad de la vulnerabilidad ajena, pero también nos privamos de la capacidad de conmovernos. Y sin tiempo, dedicación ni presencia física frente al otro, la empatía es sencillamente imposible.

Por otra parte, hemos pasado de las empresas con arraigo y lealtad mutua entre empleador y trabajador a la era de la flexibilidad extrema y el sálvese quien pueda. La precariedad laboral y la volatilidad no solo precarizan el bolsillo; precarizan el alma, minan la autoestima y destruyen los lazos de solidaridad en la trinchera del trabajo diario.

Las comunidades tradicionales, basadas en la ayuda mutua y el apoyo sincero, ya no se llevan. En su lugar han surgido comunidades "pegamento" o de ocasión: alianzas efímeras pegadas con la silicona de los intereses individuales o el consumo compartido, que se disuelven con la misma rapidez con la que se crearon.

Sin embargo, sería una trampa de ceguera selectiva o de pura hipocresía negar los indudables avances éticos que hemos conquistado. Si miramos atrás sin esa nostalgia rosa, la sociedad sólida de hace cuatro o cinco décadas era también profundamente rígida, autoritaria y excluyente. En ella estaban normalizadas la crueldad, las costumbres arcaicas, la obediencia como forma de sometimiento, la máxima de «la letra con sangre entra» y la violencia en general.

Hoy disfrutamos de una conciencia ética mucho más amplia en aspectos donde antes reinaba el silencio: la tolerancia cero ante cualquier forma de violencia o abuso (en la pareja, en el aula o en el trabajo), el reconocimiento explícito de la diversidad y los avances en la inclusión real de las personas con discapacidad, o una sensibilidad ecológica que busca proteger el futuro de los que vendrán. Hemos sustituido el respeto impuesto por el miedo por un respeto basado en la dignidad individual. Y eso es un logro formidable que no debemos desmerecer.

La tragedia de nuestro tiempo no es que hayamos avanzado en derechos y libertades (¡faltaría más!), sino que el mercado haya aprovechado esa individualidad para convertirla en aislamiento y consumo.

Dicho de otra forma: el sistema actual exige ser flexible, adaptable y voluble; exige no atarse a nada ni a nadie para poder rotar al ritmo que marca el mercado. En este escenario, la empatía y la compasión han pasado a considerarse debilidades estructurales. Es algo así como que si te detienes a ayudar al de al lado, pierdes posiciones en la carrera.

No nos engañemos. Es verdad que nuestra mente tiende a idealizar el ayer, pero también es una verdad incómoda que el modelo de sociedad que estamos construyendo (aun reconociendo y valorando los tremendos avances) premia el egoísmo y castiga el compromiso.

Nos toca a toda la sociedad, desde la pedagogía aplicada, desde la familia, desde las aulas y desde la vida diaria, negarnos a jugar ese juego. La empatía no es un adorno ético ni un eslogan buenista de campaña institucional; es la matriz fundamental que nos mantiene humanos, es lo que nos hace soportables los unos a los otros. Frente al sálvese quien pueda de la vida líquida, va siendo hora de volver a apostar por la solidez de los lazos compartidos, la solidaridad auténtica y el respeto por la dignidad del de al lado aunque esos valores no aparezcan en ningún currículo.

Fdo. Diego Bueno Linero

Nota de recomendación:

Recomiendo la lectura de «Modernidad Líquida» de Zygmunt Bauman a docentes, educadores, sociólogos, psicólogos, pedagogos y, en general, a toda persona que sienta curiosidad por lo humano, por cómo pensamos y por qué.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

HABLEMOS DE ¿VIVIMOS TIEMPOS DE MAYOR FALTA DE EMPATÍA?... ¡POR FIN!

  Al menos entre la gente de mi edad, existe una sensación compartida, un tema recurrente, casi unánime en cualquier conversación me atrevo ...