miércoles, 26 de agosto de 2026

HABLEMOS DEL ARTE DE DAR EN ESTOS TIEMPOS… ¡POR FIN!

 

Vivimos tiempos marcados por el repliegue hacia el propio yo. Nos enroscamos en postura fetal a modo de protección frente a una supuesta —o no tan supuesta— agresividad exterior. Se trata de una era donde el egoísmo parece haber ganado terreno en la cotidianidad. Muchas personas adoptan la lógica del miedo: «Si todos son egoístas, yo, por mi bien, debo serlo también».

Visto desde una perspectiva evolutiva y social, este fenómeno tiene cierta lógica, a mi entender, ya que la mayoría de quienes vivimos en el primer mundo tenemos cubiertas las necesidades primarias, tanto vitales como materiales. Al desaparecer la urgencia de la supervivencia básica, surge la falsa ilusión de la autosuficiencia, olvidando que la cooperación, el apoyo mutuo, la solidaridad y el altruismo son pilares indispensables para la convivencia humana. Así ha sido siempre y esa es, precisamente, la base de nuestro éxito como especie.

Por más que nos empeñemos en ensalzar el amor como el sentimiento supremo y la llave maestra para alcanzar la tan ansiada felicidad, hay una verdad ineludible que conviene recordar: ¡resulta absolutamente imposible experimentar un amor auténtico sin la capacidad de dar y de darse! El amor no se sostiene en el vacío ni en el mero deseo; exige la entrega generosa y diaria de lo mejor de uno mismo. Requiere ejercitar activamente el entendimiento, la paciencia, la tolerancia y una empatía genuina capaz de ponernos en la piel del otro.

Por todo ello, resulta completamente incompatible el egoísmo del que muchas personas hacen gala —con frecuencia escudado bajo la superficial excusa de un malentendido «amor propio»— con la auténtica plenitud que brota de la entrega desinteresada. Querernos a nosotros mismos jamás debería ser un pretexto para aislarnos en la complacencia, sino la base firme desde la que ofrecer nuestra mejor versión al mundo. Y digo bien… ¡al mundo!, no solo a las personas amadas.

Además, esta dinámica individualista actual tiene una triste cara B: la vivencia de la carencia convertida en exigencia. Con frecuencia, quien se entrega pero no recibe lo que considera justo, termina demandando atenciones, gestos y afectos a modo de «regalos reclamados». Pero los verdaderos regalos no se piden ni se exigen. En el preciso instante en que un detalle debe ser solicitado o demandado, la acción pierde su pureza y deja de ser un regalo para convertirse en una transacción o en una obligación cumplida. ¡Ojo!, está muy bien solicitar lo que se desea, esto forma parte del arte de la comunicación pero una cosa es expresar nuestros gustos y deseos y otra bien distinta es tener que andar reclamando lo que se necesita.

Además, suele decirse que nunca se llega a conocer del todo a la otra persona, pero, a mi entender, esto ocurre simplemente porque todos vamos cambiando. Cambia la persona y cambia la forma de entender al otro. Cambia tanto el emisor como el receptor. Cambian los gustos y necesidades, cambian las formas de regalarse y de recibir al otro.

Nos encontramos, por tanto, ante una paradoja profundamente incongruente: por una parte somos más egoístas que nunca y, por otra, seguimos ensalzando el amor. Vemos a nuestro alrededor a gente que demanda, que pone condiciones, que exige pero no da; gente que se entrega pero no recibe con justicia; gente que cree en el amor pero ya no espera regalar ni ser regalada; gente que «regala» a modo de inversión para sacar tajada de alguna forma, o gente que apenas da migajas esperando recibir a cambio oro puro.

El verdadero acto de regalar —ya sea un objeto, un gesto, tiempo, palabras o afecto— nace de la libre iniciativa de quien decide ofrecerse al otro de manera genuina. La auténtica magia del amor radica en que la dádiva debe ser disfrutada con la misma intensidad por quien la ofrece que por quien la recibe; solo entonces el acto de dar trasciende al individuo y se convierte en un puente indestructible entre dos almas. Esto, que parece tan simple, es algo que, en mi opinión, hemos ido perdiendo o que, al menos, se ha devaluado gravemente en los tiempos que corren.

Fdo. Diego Bueno

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