Sí. Sé que a todos nos ha pasado. Incluso nos ha pasado muchas veces, con
gente muy distinta y en situaciones muy dispares.
Estás escuchando lo que la otra persona te está contando. Le miras a los
ojos, muestras interés, te esfuerzas para que, gestualmente, le quede claro que
le estás prestando atención; le haces ver que la entiendes e incluso, no
estando de acuerdo en lo que sea que te esté contando, no intervienes para no
interrumpir. Haces gala de una empatía absoluta, de manual, digiriendo e
hilando con santa paciencia hasta que, por fin, llega tu turno. Tu momento para
intervenir y hacer que lo que está ocurriendo deje de ser un monólogo y se
convierta en un diálogo.
Y en ese preciso instante en que empiezas a hablar… ¡ZAS! La otra persona,
tu interlocutor, de repente deja de prestarte atención. Ya sea porque se pone a
interactuar con el móvil, porque sigue a lo suyo con la labor que hacía antes
de hablarte, porque se pone a hablar con un tercero o, directamente, porque se
da la media vuelta y se va (creedme que me ha tocado padecer todos estos
supuestos). El caso es que te deja ahí, con la palabra en la boca y cara de
gilipollas.
Lógicamente te quedas pensando: «¿Pero esto qué coño es?».
Parece que nos hemos olvidado de que conversar es un intercambio de
regalos: tú me das tu tiempo, yo te doy mi atención, tú me das tu opinión y yo
te doy la mía y ambos nos damos empatía y respeto. Cuando ese trueque se rompe
y solo uno entrega, la charla deja de ser un espacio compartido para
convertirse en una incautación.
Que tu interlocutor decida mirar la pantalla de un móvil a mitad de una
conversación te hace sentir invisible. Y lo peor no es la falta de educación
que eso supone —que, por supuesto, también—, sino la absoluta falta de
curiosidad, interés y respeto por el otro. Mucha gente ha cambiado el arte de
conversar por la urgencia de ser escuchada, sin importar lo más mínimo qué
tiene que decir quien está enfrente.
Porque escuchar no es solo estar en silencio esperando tu turno para volver
a hablar. Escuchar es acoger, es validar, es tener la generosidad de estar
presente. Y cuando esa presencia se rompe por la mitad, lo que era un puente
entre dos personas se convierte en un muro. Al menos a mí me pasa que me alejo
mental y físicamente.
En más de una ocasión me han dado ganas de decir «¿Te molesta si hablo
mientras miras el móvil?». A ver si así, por lo menos, nos da para sacarle una
sonrisa a la ironía. Ojo, y debo aclarar que lo del móvil es el caso más
extremo y sangrante, pero no el único. A veces, de forma «casual», la otra
persona cambia la mirada, se la ve distraída, se ocupa de alguna cosa ajena a
la conversación, llama a alguien o se distrae con las musarañas. Lo cierto es
que creo que no merece la pena decir nada. Simplemente aprendes que con esa
persona no es ni posible ni aconsejable conversar, así que te retiras, te
apartas, te alejas e incluso a veces desapareces.
Es evidente que el esfuerzo que haces es claramente ímprobo. Muchas veces,
en honor a una amistad o un contexto concreto, por respeto y por pura
educación, incluso permites que esa persona te explique con todo lujo de
detalles algo que acaba de descubrir, adoptando la pose y la importancia de
quien se cree en posesión de uno de los grandes secretos de la humanidad…
cuando resulta que tú ya conocías ese «secreto» desde hacía años.
Ahí estás tú, mordiéndote la lengua, haciendo acopio de una humildad casi
franciscana, asintiendo con la cabeza mientras aguantas el impulso de decirle:
«Oye, que eso ya lo hacía mi abuela en los noventa». No lo haces por no romper
la magia, por no chafarle el entusiasmo ni herir su ego descubridor. Decides
regalarle tu tiempo y tu atención, haciendo ver que te está revelando el
misterio de la piedra filosofal.
Por eso, el contraste resulta todavía más sangrante. Te has tragado su
lección magistral sobre la rueda, has aguantado el chaparrón de su entusiasmo
autorreferencial y, cuando por fin le dices algo tan simple como: «Sí, claro,
de hecho yo lo leí hace tiempo en…», ves cómo sus ojos se apartan de los tuyos,
su mano busca instintivamente el teléfono en el bolsillo o mira hacia el techo
buscando una mosca a la que prestarle más atención que a ti.
En ese milisegundo descubres la dura realidad: no quería compartir un
hallazgo contigo, solo quería un público. No buscaba un interlocutor, buscaba
un espejo donde mirarse y un par de orejas prestadas. Y en cuanto el
protagonismo cambia de manos, la conversación deja de interesarle.
Estoy seguro de que esto nos pasa a todos y a todas en demasiadas ocasiones
(incluidas esas personas). Ojalá no sea yo una de ellas jamás.
Fdo. Diego Bueno

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