Dedicado a
todos mis congéneres, principalmente a amistades, familia y compañeros y
compañeras de trabajo que ya no cumplirán los 50 años.
Cuarenta años como profesional aprendiendo cada día sin llamarlo aprender:
normas nuevas, máquinas nuevas, procesos nuevos, alumnado nuevo, leyes
educativas que cambiaban antes de haber entendido la anterior, la revolución de
los ordenadores, la de internet, la de las metodologías innovadoras, software,
aplicaciones, las IA… Cuando trabajas, sea cual sea tu profesión, no dejas de
aprender. Forma parte de tu quehacer diario, viene impuesto y lo asumes. Ese
aprender constante mantiene a tu cerebro activo y en plena forma.
Sin embargo, llega un momento en que, sin ceremonia y sin nadie que te
avise de lo que viene después, de buenas a primeras, te ves en casa, sin esas
obligaciones y, por consiguiente, también sin esa necesidad de estar
aprendiendo. Durante cuatro décadas ha sido el sistema laboral el que ha
llevado las riendas de tu curiosidad mediante exigencias externas, y el peligro
de la jubilación es que ese motor impuesto se apaga de golpe. Si en ese momento
no eres capaz de encender tu propio motor interno —el del aprendizaje elegido
por puro placer vital y sin jefes a los que rendir cuentas—, la inercia te
arrastra hacia un parón definitivo.
Cuando la etapa de trabajo termina, la vida tiende a simplificarse. Más que
por decisión propia, por ausencia de demanda y de exigencia, de modo que cada
día se parece más al anterior. Ya sabemos que un cerebro al que nadie le pide
nada difícil deja de responder. Está más que comprobado. Dos años después de
haber dejado de trabajar, cuando cuesta concentrarse o fallan los nombres, todo
el mundo dirá lo mismo: «Es cosa de la edad». Sin embargo, no es solo la edad.
También influye clarísimamente que nadie le ha vuelto a exigir nada a ese
cerebro.
Y así se cierra el círculo: «Me retiro de lo difícil porque se supone que
por edad ya no estoy para eso, al retirarme empeoro, y al empeorar compruebo
que, en efecto, ya no estaba para eso». Desde dentro nunca parece un bucle; lo
que parece es una comprobación honesta de la realidad.
Lo he visto muchísimas veces en las aulas, en ese alumno que dice la típica
frase de «yo no valgo para esto» antes de intentarlo o que abandona justo
cuando deja de notar la mejora. Nadie nace con esa frase grabada. ¡Se aprende!
Un niño de ocho años que oye las bromas sobre las dificultades del abuelo con
el móvil no las está oyendo sobre el abuelo: las está guardando para dentro de
cincuenta años. Y cuando le toque, no le parecerá un prejuicio, le parecerá
sentido común. Está más que comprobado que la actitud respecto al aprendizaje
influye notablemente en la capacidad para aprender.
Otra cosa que conozco bien de las aulas es el alumno que necesita «tres
pasadas» donde otro necesita solo una. Pero debe quedar claro que ¡tardar más
no es no poder! Sin embargo, se suelen confundir ambas cosas. En la Formación
Profesional siempre hemos sabido que no se aprende atiborrándose de teoría de
golpe ni buscando atajos milagrosos, sino aplicando el «aprender haciendo». De
adulto hay que trocear la dificultad en pedazos pequeños y asumir la
incomodidad de la práctica real en lugar de refugiarse una y otra vez en lo que
ya dominamos.
A continuación voy a desmontar tres mitos que, simple y llanamente, son
falsos.
El primer mito dice que «el cerebro adulto ya está hecho». ¡Mentira!
Durante casi todo el siglo XX, la ciencia oficial dijo lo mismo que decían tus
abuelos. Se equivocaban. A los aspirantes a taxista de Londres los escanearon
antes y después de años memorizando la ciudad entera, y los que aprobaron
cambiaron físicamente el hipocampo. Eran adultos, muchos de mediana edad.
Aprendieron, y por eso su cerebro cambió. Con esto, el refrán de «loro viejo no
aprende a hablar» queda para lo que siempre fue: una barbaridad normalizada
como si fuera natural.
El segundo mito es el del «Ahora ya no. ¿Para qué?». Eufemismo para no
decir «me da miedo hacerlo mal delante de la gente». Un niño de nueve años que
toca fatal el violín no arriesga nada; todo el mundo ve normal que se equivoque
o sea torpe al aprender. Un adulto competente que se dispone a aprender a tocar
el mismo violín y lo toca igual de mal se juega lo que ha construido durante
décadas. El precio no es el esfuerzo mental, es la exposición pública. Por eso
tanta gente aprende a escondidas y otro tanto renuncia a aprender. Y luego está
la cuenta de los listillos, esa de «tengo 55 años y, para cuando lo consiga,
tendré 60». Los cinco años van a pasar igual, lo aprendas o no. La elección
real es si llegar a los 60 sabiéndolo o sin saberlo.
Y el tercero afirma que «aprender tiene que servir para algo». Esta es la
mentira que más daño hace, y la que más me toca de cerca.
«¿Y esto para qué sirve?». Veinte años oyendo esa pregunta a mi alumnado.
La respuesta fácil siempre ha sido escurrir el bulto con el «sirve para el
examen» o el «sirve para el mercado laboral». Yo, en cambio, he preferido
siempre la respuesta más honesta que conozco: muchas personas no estudian
botánica para acabar como botánicos y, aunque así fuera, eso no te asegura un
puesto de trabajo como tal; pero a partir de ahí, el paseo por el campo ya no
es el mismo paseo. Donde antes había verde, ahora hay especies con nombre, con
historia y con estación. Ahora hay más matices, más posibilidad de disfrute,
más autoestima. El campo no ha cambiado. ¡Ha cambiado quien lo mira! Y eso se
cobra y se disfruta desde la primera semana, aprendas lo que aprendas, sin
necesidad de título, sin puesto de trabajo asociado y sin nadie que te lo tenga
que agradecer. Con la música pasa igual: cuando estudias música o algún
instrumento, empiezas a oír cosas, matices, sonidos… en canciones que llevabas
veinte años escuchando. Con el dibujo o la pintura, empiezas a fijarte en cómo
influye la luz. En mi caso, todo lo aprendido sobre pedagogía o inteligencia
emocional, por ejemplo, me hizo entender mucho mejor cómo funciona nuestro
cerebro, cómo son los comportamientos humanos, cómo trabajar para buscar la
mejora personal cada día, cómo acercarme más al concepto de felicidad, cómo
buscar la mejor forma de transmitir conocimientos, cómo ser más eficiente en
mis quehaceres diarios o cómo afrontar con el mejor ánimo el día a día.
Piénsalo bien. ¿Qué ocurre cuando una sociedad solo admite el aprendizaje
que sirve para algo concreto? Pues ocurre, precisamente, que quien deja de ser
mano de obra es como que pierde el permiso para aprender. Eso es lo que dice,
ajustado a la realidad, la palabra «empleabilidad», es decir: ¡eres valioso
mientras produces! Y un jubilado, básicamente, es alguien a quien ya no le
debería interesar aprender porque no hay un puesto de trabajo que conseguir o
mejorar.
Asimismo hay otra razón más práctica para decidir apostar por el
aprendizaje: cuando nos acomodamos en la rutina en la que casi todos los días
son iguales y no se requiere nuestro esfuerzo y atención hasta el punto de
crear pocos recuerdos, los años pasan volando. Aprender algo difícil, con sus
errores y sus tropiezos, hace que los años vuelvan a durar. Solo por eso ya
merece la pena aprender algo.
Ahora bien, hay que ser honesto y hablar claro. ¡No todo se puede! Nadie
será bailarín profesional empezando a los cincuenta. Pero una limitación real,
pequeña y concreta no justifica una renuncia enorme. Hay gente que no ha
aprendido un idioma en su vida por miedo a la pronunciación, es decir, ha
renunciado a todo para evitar lo único que no podía conseguir: una buena
pronunciación.
El freno no está en el cerebro. Está en un hábito mental que nadie nos
enseñó de forma expresa y que, sin embargo, ha echado tantas raíces que lo
asumimos como si fuera una ley natural. Una sociedad que da por hecho que sus
mayores ya no tienen por qué aprender, les niega algo más que una afición: les
niega la dignidad de seguir siendo principiantes.
Yo, que he pasado media vida enseñando a otros a no rendirse a la primera,
no pienso hacer lo contrario ahora que me toca a mí. No pienso sentarme a ver
la vida pasar desde la barrera ni ejercer de espectador pasivo. Voy a ser el
peor de la clase en algo. Con torpeza, con paciencia y a base de pura pasión.
Porque el día que lo intento y me pongo a ello es mejor que el día que no lo
intento. Recuerda que lo peor de un cerebro atrofiado es que precisamente esa
atrofia nos impide darnos cuenta de que realmente está atrofiado.
Y tú, que estás leyendo esto… ¡piensa en algo que te gustaría aprender!
¿Ya?
Es muy probable que se te haya pasado por la cabeza la típica frase, esa de
«Ahora ya no. Con mi edad, ¿para qué?». ¡Comprueba si es cierta! Veinte minutos
esta semana. Pintura, fotografía, jardinería, idioma, un instrumento musical,
escritura… ¡lo que te dé la gana, coño! Y si puedes, búscate un grupo, un
taller o una academia donde haya más gente metiendo la pata a tu lado. Aprender
en compañía te obliga a cumplir con la cita y, sobre todo, te demuestra en
directo que compartir el coste de la vergüenza sale mucho más barato que
quedarse solo en casa.
Fdo. Diego Bueno Linero
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