Este pasado 9 de septiembre se ha votado en el Senado el dictamen de la
reforma de las Leyes de Discapacidad y Dependencia. Una vez más, el PP quiere
frenar la inclusión en la escuela ordinaria a través de estas cuatro enmiendas:
Enmienda 112 y 113: Consolidan o justifican la segregación al mantener
vivas las modalidades separadas (centros de educación especial o aulas
específicas) de forma habitual.
Enmienda 114: Elimina la obligación legal de que los equipos de orientación
busquen primero alternativas de inclusión real en aulas ordinarias.
Enmienda 143: Suprime la obligación (recogida en la LOMLOE) de dotar de
recursos suficientes a los centros ordinarios en un plazo determinado para
poder atender la diversidad.
La derecha española, sumida en su cerrazón de mente y buscando la
privatización de la educación de las personas con discapacidad (hay que ser
desalmado), defiende un modelo donde los
centros de Educación Especial sigan siendo una vía habitual y no una excepción,
favoreciendo que la administración no invierta lo suficiente en adaptar la
escuela pública ordinaria. El motivo de fondo es clasista: se trata de que
quien pueda pagarlo, que lo pague, y a quien no, que se joda.
Los argumentos que dan están plagados de tópicos, como ese (y sé que lo
piensan muchos padres y madres) de que la presencia de alumnado con
discapacidad en un aula ordinaria va en contra de la excelencia. Como si no le
viniera bien al alumnado sin discapacidad convivir con personas con
discapacidad. El aula debe ser un reflejo de la calle.
Está más que demostrado que compartir aula con alumnado con necesidades
especiales no resta posibilidades al alumnado aventajado. No lo digo yo; no es
una percepción subjetiva. Lo dicen los resultados académicos (incluido el
famoso informe PISA) en aquellos países donde hay total inclusión. Segregar,
apartar y, por consiguiente, discriminar, está mal. El único precepto que hay
que cumplir es invertir más en educación. ¿En qué se puede invertir más y mejor
para el futuro de un país?
Os voy a contar cómo es el modelo educativo de los países nórdicos, la
conocida como «Escuela para Todos» de Finlandia, Noruega o Suecia.
Existen los colegios especiales, sí, pero con un rol absolutamente
marginal. Alrededor del 95% o 98% del alumnado con necesidades educativas
especiales está en la escuela ordinaria. A partir de los años ochenta no se
anduvieron con gilipolleces. ¡Cerraron o reconvirtieron la mayoría de los
centros específicos! Justo lo contrario de lo que proponen PP y VOX.
¿Significa eso que metieron a los chavales en un aula común y se lavaron
las manos? No. Los antiguos centros de educación especial se transformaron en
centros de recursos para asesorar al profesorado de a pie. La excepción allí es
la norma aquí ya que solo los casos con afecciones gravísimas o dependencias
muy severas acuden a entornos plenamente especializados.
La inclusión en los países nórdicos es una inversión brutal en recursos
humanos y organizativos. Su sistema se sostiene sobre un modelo de tres capas:
Apoyo General: Co-docencia. Dos profesores dentro del aula ordinaria de
forma habitual. No un voluntario, no un técnico a media jornada: dos docentes
enseñando juntos.
Apoyo Intensivo: Refuerzo temporal en grupos reducidos para quien lo
necesite, sin necesidad de esperar a que un informe psicopedagógico tarde ocho
meses en autorizarlo.
Apoyo Especial: Un Plan Individualizado (IEP) con asistentes de aula y
especialistas integrados en la propia plantilla del colegio.
Allí no se espera a que el alumno o la alumna fracase para intervenir, sino
que se interviene para que no fracase. Y las familias no tienen que dejarse la
piel ni la cuenta corriente ya que disponen de transporte adaptado, asistencia
en el hogar y servicios de respiro familiar que están garantizados por el
sistema público de bienestar.
¡Dignidad, no caridad!
¿Y qué pasa con PISA y la famosa «excelencia»?
Llegamos al meollo de la cuestión. La derecha y, en general, quienes se
oponen a la inclusión sostienen que meter a todo el mundo en la misma clase
«baja el nivel» y perjudica al alumnado de altas capacidades. ¿Qué dicen los
datos objetivos de los informes PISA? Pues dicen que la inclusión plena no
tira del nivel hacia abajo sino que tira del suelo hacia arriba.
Y no es una impresión mía ni una cuestión subjetiva. Cuando se publicaron
los resultados de PISA 2018, la propia ministra de Educación finlandesa señaló
que las diferencias entre las 214 escuelas evaluadas eran mínimas: el sistema
no fabrica centros buenos y centros malos según a quién escolaricen. Y no es
casualidad: Finlandia no separa, no clasifica ni divide a su alumnado por
itinerarios durante los nueve años de educación básica. Compárese con Alemania,
donde a los diez años se deriva a cada niño hacia un tipo de instituto distinto
según su rendimiento —Gymnasium, Realschule, Hauptschule—, y donde los primeros
resultados de PISA provocaron tal disgusto que allí lo llamaron el «shock
PISA»: obligó a cuestionar precisamente ese modelo de separación temprana. No
es una ocurrencia mía: la propia investigación académica sobre PISA se ha usado
durante años para estudiar qué efecto tiene separar al alumnado por capacidades
desde edades tempranas. Casualmente el modelo alemán es el que hace babear a la
derechona española.
Y sí, Finlandia ha bajado puestos desde 2012, como otros países de nuestro
entorno. Pero ningún análisis serio atribuye ese descenso a la inclusión. Los
motivos son el aumento de alumnado en situación socioeconómica desfavorecida y
que los adolescentes leen menos por gusto que antes. Lo digo para que nadie me
acuse de contar solo la mitad de la película.
Los países nórdicos han demostrado que la equidad reduce drásticamente el
fracaso escolar. Su fortaleza no es fabricar un puñado de «superestudiantes» de
élite al estilo de los sistemas asiáticos, donde la presión y la segregación
temprana hacen estragos en la salud mental de los chavales, sino lograr que la
inmensa mayoría alcance competencias sólidas para la vida favoreciendo, a la
vez, la excelencia del alumnado aventajado
¿Tiene riesgos este modelo? Por supuesto. El gran reto de la inclusión real
en una clase heterogénea es no descuidar los extremos: garantizar que quien
necesita más tiempo lo tenga, pero sin frenar ni aburrir al que puede volar más
alto. Y eso solo se consigue a base de recursos, ratios reducidas y mucha
pedagogía aplicada.
La inclusión real no es un eufemismo para abaratar la educación ni un
cartel para colgar en la puerta del instituto. Inclusión es dotar al
profesorado de herramientas, de parejas pedagógicas en el aula y de
especialistas que estén al pie del cañón, no sobrecargados con veinte centros a
la vez.
La excelencia de un sistema educativo no se mide por la nota del alumno más
brillante, sino por el respeto, la autosuficiencia y la dignidad que es capaz
de ofrecerle al que más dificultades tiene para salir adelante. Este precepto
ayuda a todo el alumnado, incluidos los alumnos y alumnas brillantes tal y como
se puede comprobar. Esto es lo que no quieren entender los cenutrios que buscan
la segregación.
Quien lea esto y dude de lo que digo, que se informe. Que se informe bien
antes de decir o proponer medidas que atentan contra los derechos humanos más
elementales. Una pena que andemos así todavía en los tiempos que corren.
Fdo. Diego Bueno
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