Hay una paradoja
desgarradora en nuestro sistema educativo y cultural: un estudiante puede
memorizar al milímetro las fechas del periodo de entreguerras del siglo XX,
recitar el Tratado de Versalles, sacar un diez en el examen sobre la Segunda
Guerra Mundial... y no haber entendido absolutamente nada del nazismo.
Saberse las
cifras del horror de Auschwitz sirve de muy poco si, al apagar la televisión o
el móvil o cerrar el libro de texto, miras con desprecio a quien huye de la
miseria. De nada vale señalar las atrocidades del pasado con un dedo inquisidor
si luego te sumas a la burla, la estigmatización o el linchamiento verbal
contra los colectivos más vulnerables o que luchan por los derechos de todos.
De nada sirve la erudición histórica si te tragas sin masticar la propaganda
que convierte a tus vecinos en sospechosos y a tus iguales en enemigos.
El fascismo no
se construye de la noche a la mañana ni arranca anunciando campamentos de
exterminio. Antes de levantar las paredes de la violencia física, construye
pacientemente el relato de la deshumanización.
Lo vemos hoy
en la arquitectura de nuestros prejuicios cotidianos. Abrazamos con alfombra
roja al capital extranjero sin importar su procedencia, pero criminalizamos al
migrante pobre que cruza el mar huyendo del hambre y la guerra. Exigimos
fronteras infranqueables y leyes punitivas para el necesitado, mientras
concedemos privilegios a quien llega con la billetera llena, incluso aunque lo
haga de forma alegal o, directamente, delictiva. Esa asimetría moral —donde la
dignidad de una persona depende de su saldo bancario o del color de su piel— es
el primer síntoma de una sociedad que empieza a olvidar lo básico.
El odio
necesita un chivo expiatorio y, sobre todo, necesita despojar de empatía a los
verdugos y a la sociedad que, con total pasividad, mira hacia otro lado. Se
empieza ridiculizando a quien no tiene nada o criminalizando a quienes ocupan
las plazas para luchar por derechos fundamentales como la vivienda, y se acaba
justificando su exclusión, su desalojo y la violencia contra ellos.
Este clima no
se queda en las palabras ni en las pantallas; termina en la calle. Lo
observamos cuando la indignación legítima y el grito desesperado por un techo
digno —como la protesta de quienes acampan en la Puerta del Sol contra la
sangría de los desahucios injustos— son recibidos con una catarata de
agresiones dialécticas, descalificaciones y odio.
Pero el
peligro escala un peldaño más cuando la violencia verbal da paso a la intimidación
física. La reaparición cada vez más impune de grupos de ultraderecha,
exhibiendo sin pudor consignas de corte fascista y nazi, entonando cánticos de
odio y buscando el choque directo, no es una anécdota violenta ni una
provocación juvenil. Es la consecuencia natural de haber legitimado durante
años un discurso que señala al vulnerable y condena la solidaridad comunitaria.
Cuando se
normaliza que un grupo de ultras acose a ciudadanos concentrados en la vía
pública para defender sus derechos, no estamos ante una pugna política más:
estamos ante la erosión explícita de la convivencia democrática.
El fascismo
triunfó en la Europa del siglo XX no solo por la fanatizada determinación de
sus líderes, sino por la pasividad, la complicidad o el despiste de millones de
personas corrientes. Convencieron a ciudadanos normales —padres, madres,
trabajadores, vecinos— de que la causa de sus males no era un sistema injusto,
sino el débil, el diferente, el disidente o el extranjero.
Por eso es
fundamental frenar esta deriva desde la gente común. El pueblo no puede dejarse
engañar por discursos tramposos que buscan canalizar la rabia y el malestar
social hacia el odio al vecino. La crispación, el insulto y el señalamiento a
cualquiera que resulte incómodo o diferente solo benefician a quienes quieren
mantenernos divididos, asustados y enfrentados.
La Historia no
es un archivador de fechas muertas; es un espejo y una advertencia. El
verdadero examen de Historia no se aprueba en un aula; se aprueba cada día en
la vida común cuando reconocemos los gérmenes del odio antes de que echen
raíces, cuando rechazamos la violencia dialéctica que antecede a las agresiones
físicas y cuando recordamos que la dignidad humana no se negocia ni se raciona.
Si no aprendemos a identificar el fascismo cuando se cuela en nuestro día a día
y se pasea por nuestras plazas —ya sin complejos y con total impunidad— las lecciones del pasado no habrán
servido de nada.
Fdo. Diego
Bueno
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