martes, 13 de octubre de 2026

HABLEMOS DE SACAR UN DIEZ EN HISTORIA Y SUSPENDER EN HUMANIDAD… ¡POR FIN!

 

Hay una paradoja desgarradora en nuestro sistema educativo y cultural: un estudiante puede memorizar al milímetro las fechas del periodo de entreguerras del siglo XX, recitar el Tratado de Versalles, sacar un diez en el examen sobre la Segunda Guerra Mundial... y no haber entendido absolutamente nada del nazismo.

Saberse las cifras del horror de Auschwitz sirve de muy poco si, al apagar la televisión o el móvil o cerrar el libro de texto, miras con desprecio a quien huye de la miseria. De nada vale señalar las atrocidades del pasado con un dedo inquisidor si luego te sumas a la burla, la estigmatización o el linchamiento verbal contra los colectivos más vulnerables o que luchan por los derechos de todos. De nada sirve la erudición histórica si te tragas sin masticar la propaganda que convierte a tus vecinos en sospechosos y a tus iguales en enemigos.

El fascismo no se construye de la noche a la mañana ni arranca anunciando campamentos de exterminio. Antes de levantar las paredes de la violencia física, construye pacientemente el relato de la deshumanización.

Lo vemos hoy en la arquitectura de nuestros prejuicios cotidianos. Abrazamos con alfombra roja al capital extranjero sin importar su procedencia, pero criminalizamos al migrante pobre que cruza el mar huyendo del hambre y la guerra. Exigimos fronteras infranqueables y leyes punitivas para el necesitado, mientras concedemos privilegios a quien llega con la billetera llena, incluso aunque lo haga de forma alegal o, directamente, delictiva. Esa asimetría moral —donde la dignidad de una persona depende de su saldo bancario o del color de su piel— es el primer síntoma de una sociedad que empieza a olvidar lo básico.

El odio necesita un chivo expiatorio y, sobre todo, necesita despojar de empatía a los verdugos y a la sociedad que, con total pasividad, mira hacia otro lado. Se empieza ridiculizando a quien no tiene nada o criminalizando a quienes ocupan las plazas para luchar por derechos fundamentales como la vivienda, y se acaba justificando su exclusión, su desalojo y la violencia contra ellos.

Este clima no se queda en las palabras ni en las pantallas; termina en la calle. Lo observamos cuando la indignación legítima y el grito desesperado por un techo digno —como la protesta de quienes acampan en la Puerta del Sol contra la sangría de los desahucios injustos— son recibidos con una catarata de agresiones dialécticas, descalificaciones y odio.

Pero el peligro escala un peldaño más cuando la violencia verbal da paso a la intimidación física. La reaparición cada vez más impune de grupos de ultraderecha, exhibiendo sin pudor consignas de corte fascista y nazi, entonando cánticos de odio y buscando el choque directo, no es una anécdota violenta ni una provocación juvenil. Es la consecuencia natural de haber legitimado durante años un discurso que señala al vulnerable y condena la solidaridad comunitaria.

Cuando se normaliza que un grupo de ultras acose a ciudadanos concentrados en la vía pública para defender sus derechos, no estamos ante una pugna política más: estamos ante la erosión explícita de la convivencia democrática.

El fascismo triunfó en la Europa del siglo XX no solo por la fanatizada determinación de sus líderes, sino por la pasividad, la complicidad o el despiste de millones de personas corrientes. Convencieron a ciudadanos normales —padres, madres, trabajadores, vecinos— de que la causa de sus males no era un sistema injusto, sino el débil, el diferente, el disidente o el extranjero.

Por eso es fundamental frenar esta deriva desde la gente común. El pueblo no puede dejarse engañar por discursos tramposos que buscan canalizar la rabia y el malestar social hacia el odio al vecino. La crispación, el insulto y el señalamiento a cualquiera que resulte incómodo o diferente solo benefician a quienes quieren mantenernos divididos, asustados y enfrentados.

La Historia no es un archivador de fechas muertas; es un espejo y una advertencia. El verdadero examen de Historia no se aprueba en un aula; se aprueba cada día en la vida común cuando reconocemos los gérmenes del odio antes de que echen raíces, cuando rechazamos la violencia dialéctica que antecede a las agresiones físicas y cuando recordamos que la dignidad humana no se negocia ni se raciona. Si no aprendemos a identificar el fascismo cuando se cuela en nuestro día a día y se pasea por nuestras plazas —ya sin complejos y con total impunidad— las lecciones del pasado no habrán servido de nada.

Fdo. Diego Bueno

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