Yo recuerdo
que desde siempre, buena parte del cine se ha caracterizado (independientemente
del argumento o la temática) por delimitar sin ambigüedades quiénes son los
buenos y quiénes los malos. Nos daba coraje cuando al final de una película que
te había mantenido en tensión ganaban los malos, y sentíamos alivio al ver
ganar a los buenos. Salías del cine con una profunda satisfacción si la
película tenía un buen final.
Bien, pues en
la vida real, a mi entender, ocurre algo parecido. Durante toda tu vida debes
ir posicionándote. A un lado o a otro. En mil temas distintos. Según tu forma
de ser, según tu interpretación de los acontecimientos, según lo aprendido, lo
heredado, lo vivido o según tu percepción de la realidad. Por suerte, siempre
he tenido la sensación de estar en el lado bueno, y cuando me he percatado de
que no lo estaba, me he cambiado de lado.
Gente con mala
sangre la hay en todas partes, pero… en unas infinitamente más que en otras. Es
una cuestión de valores. Si en tu forma de pensar prevalecen sentimientos como
el amor, la justicia social, la igualdad de oportunidades, la empatía, el
respeto a la convivencia, la honradez y las buenas intenciones, no hay duda de
que estás en el lado correcto. Esa certeza aporta una enorme paz y tranquilidad
de espíritu, y la convicción de que, nos digan lo que nos digan, sí existe una
moral superior.
¿Quiénes votan a VOX?
Fijaos que no
hablo de la extrema derecha en general; hablo de VOX. Y es que en España la
extrema derecha es diferente al resto de extremas derechas del mundo. Aquí, a
diferencia de otros países, hay un añadido, un condicionante que lo marca todo:
me refiero al franquismo.
VOX es el
cóctel que resulta de mezclar populismo exacerbado, mensajes simplones,
fascismo, racismo, xenofobia, aporofobia, violencia verbal y física, clasismo,
machismo y un patriotismo de banderita, fusil y golpes de pecho. Es la
resurrección de esa España profunda, rancia, gris y cerrada de mente.
A VOX lo
votan, sobre todo, los «locos», los catetos, los incultos, los policías, los
guardias civiles, los curas, los franquistas, los de la mala leche, los que
creen en la venganza más que en la justicia, los que apelan a la obediencia,
los que reniegan del pensamiento crítico, los que confunden el respeto con el
temor, los resentidos con las leyes de género, los que ven conspiraciones en la
Agenda 2030, los negacionistas del cambio climático, los anti-sindicatos, los
que culpan al inmigrante de todos sus males pero lo contratan sin contrato, los
aristócratas, los chulos a caballo, los de los Audi, Mercedes y BMW que no usan
intermitentes y se pegan al coche de delante, los que no quieren esperar cola,
los de los desfiles militares, los de «sujétame el cubata», los que presumen de
estar «en la pomada», los que van a los toros, los de la chaquetita enguatada y
los mocasines con borlas y, por supuesto, los jóvenes adoctrinados en la
cultura del «criptobro». Y, por muy contradictorio que parezca, también
lo votan mujeres: muchas mujeres que encajan exactamente en ese mismo perfil. Y
luego está el PP, que a día de hoy considero que es la marca blanca de VOX (y
no al revés). En el PP hay gente más «normal»; sin embargo, dos que duermen en
el mismo colchón… pues eso. Comprendo la sensación de impotencia de muchos de
sus votantes al verse obligados a votar a «su partido» a pesar de tener el
líder que tienen, así como la resignación de saber que terminarán pactando con
VOX. Comprendo esa sensación, pero solucionarlo es extremadamente fácil, así
que esa excusa no sirve de nada.
En fin, lo
dicho… Me siento muy bien porque sé que estoy en el lado correcto: el lado
correcto de la historia, del presente y del futuro. Si tras el 29N no gana el
fascismo (ganar sería gobernar junto al PP), saldré a la calle exactamente
igual que cuando salía del cine y sentía el aire fresco como una caricia, al
regocijarme a sabiendas de que habían ganado los buenos.
Fdo. Diego
Bueno
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